La Asamblea
Cojo otro jarrón y lo lanzo contra el suelo. El agua y las flores se desparraman por el suelo, entre una lluvia de cerámica lavanda, para reunirse con el resto del desastre que estoy provocando e incluye más jarrones, piedras decorativas, figuritas muy feas que también debían ser muy caras y cualquier otra cosa frágil y de pequeño tamaño que he podido encontrar en los últimos veinte minutos.
Romper cosas tiene algo catártico. La furia al lanzarlas. El sonido que hacen al chocar contra el suelo. O las paredes O los muebles. El ruido es la mejor parte, lo que hace que algo haga clic en mi cabeza y me desprenda de parte de la ira. Verlas hacerse añicos también está bien. Me tranquiliza y me mantiene alejada de la violencia hacia las personas, que casi siempre opino que es mucho peor que la violencia hacia los objetos inanimados. El problema está en que me estoy quedando sin nada que romper. No estoy muy segura de qué haré cuando eso pase. Ahora mismo me cuesta pensar con claridad.
La Asamblea terminó hace una hora. Estar en esta habitación es lo más cerca de asistir que se me permite por mi doble crimen, ser mestiza y mujer, así que tuve que esperar a mi hermano apareciera para enterarme de la razón de que me obligaran a venir.
Maday tardó diez minutos en atreverse a hablar y otro tanto, entre tartamudeos e inicios en falso, en contármelo. Conseguir que dejara de reírme creyendo que era una broma me llevó un poco más de tiempo. Creérmelo fue más difícil. Si creen que voy a aceptarlo no me conocen en absoluto.
—¡Tiene que ser una broma! —grito.
Si lo repito las veces suficientes tal vez él admita que lo es. Aunque no tengo muchas esperanzas con eso. Quiero a mi hermano con locura, sin embargo, me tiene demasiado miedo como para mantener una broma así durante tanto tiempo. De niños nos queríamos menos y tuve que enseñarle por las malas que podía cuidar de mí misma y no iba a permitir que me pasara por encima. Aprendió la lección.
—¡No pueden hacerme esto! —insisto.
—Ebi… —dice él en un leve susurro.
—¡No, de Ebi nada! —estallo girándome hacia él —¡¿A ti te parece normal?!
Maday suelta un suspiro agotado y se pasa una mano por el corto pelo de un rubio oscuro que mis tres hermanos mayores comparten. Le falta carácter para enfrentarse a mí. O ganas. Tal vez ambas.
Todavía lleva su ropa para la Asamblea. Un pantalón de vestir color crema, chaleco gris claro, una camisa arrugada de color indeterminada que ya tendría que dejar para trapos y una chaqueta larga de un gris oscuro preciosa, que le regalé hace dos navidades. Sus zapatos están llenos de rozaduras y barro, detalle por el que le adoro y me preocupa que muera solo a la vez. Parece que ha dormido con la ropa puesta después de atravesar un pantano. Y no solo por su ropa.
—Le conozco, somos amigos, y no… bueno… él… —sacude la cabeza y hace una mueca que en otro momento me habría parecido graciosa —. No te hará daño.
Ya tengo en la mano casi lo único que me queda por romper, un plato decorativo. Sus palabras hacen que detenga el movimiento que le pondrá fin a su existencia. Lo coloco de nuevo en su soporte con delicadeza asegurándome de poner el pequeño paisaje de un lago montañoso derecho. Luego me acerco a Maday despacio, muy despacio, mirando a esos ojos grises que también comparte con nuestras hermanas mayores.
Él no se mueve. Se pone pálido, traga saliva y empieza a temblar, pero no se mueve.
—Muchísimas gracias, de verdad —digo con suavidad, casi amable —. De toda esta situación de mierda la parte que más me preocupaba con diferencia era la posibilidad de que el hombre con el que pretenden casarme a la fuerza me maltrate.
Ni siquiera lo grito. Suelto las palabras y dejo que cada una de ellas le golpee con toda la amargura que filtro en ellas. Y tengo mucha amargura dentro que dejar salir ahora mismo.
En una habitación a puerta cerrada, sin que se me permita estar presente ni mucho menos hablar en mi nombre, unos hombres que se creen con el derecho a tomar decisiones sobre mi vida por mí han acordado que, por el bien de una raza a la que solo pertenezco cuando les conviene, debo casarme con un completo desconocido y parir a una nueva generación de superbrujos. Pero, claro, ¿qué más da cuando no debe preocuparme degollarle mientras duerme por haberme puesto la mano encima?
No sé qué habría dicho Maday, o si se habría atrevido a decir algo, porque la puerta se abre. Solo alcanzo a ver de refilón quién está interrumpiendo mi arrebato. Es más que suficiente.
Agarro el plato decorativo y lo lanzo contra la pared, cerca del intruso. El plato impacta a menos de un palmo de su cabeza haciéndose añicos. Él no se mueve. Ni siquiera pestañea.
Ninguno de los fragmentos le roza. Ni esa pequeña satisfacción se me permite.
Miro a Maday, que gira la cabeza para no tener que enfrentarse a mí. Ha sido cosa suya. No me importa. No lo suficiente para echárselo en cara. No haberle hecho ni un rasguño me sienta como un puñetazo en las tripas, sin embargo, no me lo habría perdonado si llego a herirle.
El intruso cierra la puerta a su espalda. Nos miramos evaluándonos mutuamente. Estamos en tablas. Él tampoco tuvo la oportunidad de asistir a la Asamblea ni hablar en su propio nombre. Tiene la misma culpa en esto que yo y por su ceño fruncido, le hace la misma ilusión.
Aythami es un hombre grande. Es alto y ancho de espaldas, algo que la ropa que se ha puesto para la Asamblea acentúa todavía más. Es un atuendo que hasta mi padre aprobaría, que incluso envidiaría, con unos pantalones de un negro lustroso a juego con el abrigo largo de solapas anchas, una camisa tan blanca que deslumbra y sobre la que destacan el pañuelo que lleva atado al cuello y el juego de cadenas sueltas que le ciñen la camisa a los (inmensos) músculos de su pecho. Las botas que lleva parecen recién sacadas de la caja, porque ni recién lustradas brillarían de esa forma de no ser nuevas. El perfecto caballero de la Asamblea. Salvo porque no es miembro. Y por el pelo.
Su pelo es de un negro tan brillante y lustroso como su abrigo o sus botas, pero lo lleva largo y despeinado. Quizás eso último solo sea cosa de que se le riza en las puntas de una forma anárquica, pero me cae mejor si pienso que es por dejadez y así tendré menos ganas de matarlo para ahorrarme todo este drama.
No sé mucho de él; solo que es el mejor amigo de mi hermano desde siempre, su nombre, que su magia se manifiesta en forma de aburridas mejoras físicas y que dicen que es viudo, aunque nunca se haya casado. Que su abuelo, como mi padre, estuvo encantado de cerrar el trato que va a condenarnos. Y que nadie le ha enseñado unas mínimas normas básicas de educación.
—¿Ya te crees con derecho a entrar sin molestarte en llamar primero? —le pregunto.
Él se apoya en la puerta, que al abrir hacia adentro queda asegurada por su peso, y le da un golpe desganado con el puño, cambiando el agarre sobre la caja que carga.
Maday sufre un ataque de risa nerviosa. No hay nada de humor en ella, solo tensión que necesita salir por algún lado.
—Esto me gusta tan poco como a ti —dice Aythami.
Sé que es verdad. Debería hacerlo todo más fácil, servirnos como nexo para alguna clase de entendimiento cordial, pero no. Seguimos mirándonos con la misma fría desconfianza.
—¿Vienes a admirar tu nuevo trofeo? ¿El que te has ganado por nacer? —espeto, sabiendo que es cruel e injusto y sin que me importe.
Él ni se inmuta. Me mira y suelta un suspiro cansado, como si estuviera igual de cansado que lo demás. Y eso lo hace todo más difícil.
—Esas podrían ser mis líneas —aprieto los dientes —. Insisto, esto me gusta tan poco como a ti y soy un trofeo para tu familia tanto como tú lo eres para la mía.
Pateo una mesilla. No me quedan cosas que lanzar a mano. Tiene razón. No se la daré ni bajo tortura, por supuesta, pero sé que la tiene.
En mi caso mi padre debe estar doblemente orgulloso del trato puesto que conseguirá mejorar su posición, poder y prestigio, no en ese orden, sacrificando algo que para él nunca ha tenido ninguna importancia: mi felicidad.
—Ebi… —llama Maday.
—¡No me hables! —le digo —¿A qué has venido?
Levanta la caja que sostiene con una mano a modo de respuesta. Una caja grande y no muy pesada. No para él. Sé lo que es. El fin de todo. Mis cadenas. Mi condena. Un puto vestido de novia.
—No sé si te valdrá. Tampoco me importa si quieres usarlo o no —admite Aythami.
Levanta la caja hacia mí sin moverse del sitio. Entró sin invitación, esa parece ser toda la descortesía de la que es capaz y no va a moverse de la puerta a menos que tenga mi permiso para ello.
Suelto un gruñido que hasta a mí me parece demasiado exagerado.
—Deja eso por ahí.
Hago un gesto vago hacia alguna parte de la habitación porque decirle por dónde puede meterse la caja y lo que contiene sería grosero hasta para mis estándares. Él duda, mira a Maday y ocurre alguna clase de intercambio entre ellos que no alcanzo a ver antes de que Aythami se aleje de la puerta para dejar la caja sobre la cama.
—Podrías haber enviado un mensajero —digo.
Él me mira muy serio. No, serio no. Lo que hay en sus ojos oscuros es una profunda tristeza. Resignación. Puro agotamiento. Nada tan prosaico y fácil de manejar como la seriedad.
—Quería hablar contigo cara a cara. Para sentar las bases de nuestro matrimonio —aclara.
—¿Qué te parece si la base de nuestro matrimonio es que no exista? —espeto.
—Esa opción la tienes: abandonar y el exilio. No tienes arraigo, no participas en los negocios de la familia y apenas te relacionas con el resto de nosotros. Si es lo que quieres no voy a impedírtelo —dice Aythami, que no tiene ni idea de lo que habla.
Esas son las opciones que Maday me presentó: boda o el exilio. En la última hora he sopesado la idea en todas sus formas, con todas sus consecuencias, y le he dado tantas vueltas que si mis opciones fueran huevos ya habría montado un merengue. La Asamblea no puede tocar a mis clientes, proveedores ni amigas y tampoco mi casa. Mi vida en el exilio no cambaría gran cosa. Lo único irreemplazable que tienen para amenazarme son mis hermanos. Y ahí está el truco.
Si pudiera renunciar a ellos nunca habría entrado en esta habitación en primer lugar. No estaría en este edificio. Ni en este lío. Sería libre. Y me sería más fácil sobrevivir si me arrancara directamente el corazón del pecho. Hacer eso me destrozaría. Y esto también. No encuentro una salida. Estoy atrapada en una situación imposible y haga lo que haga tendré que abandonar algo que amo.
Así que aquí estoy. En esta mierda de habitación, en esta mierda de encrucijada y destrozando todo lo que tengo a mi alcance porque es lo único sobre lo que tengo algún control. Y no me gusta, casi ni ayuda, pero si paro me tumbaré en una esquina a llorar hasta morir y esa no es una opción.
—No es tan sencillo —admito.
A él le dieron las mismas opciones y aquí está. Tampoco debe ser fácil para él.
—¿Y si hacemos que lo sea?
No me gusta su tono. Suena a promesa y sé bien lo que le cuesta a un mago romper una promesa. «La palabra de un mago tiene el mismo valor que una rata podrida a medio devorar» era una de las frases preferidas de mi madre. He tenido la desgracia de comprobar que, como en casi todo, tenía razón.
—Podría haberte ido mucho peor —dice Maday, que es increíble que haya llegado a la edad adulta con esa bocaza que tiene.
Le miro. Él se encoge de hombros e intenta fundirse con la pared que tiene detrás.
—Podrían haberme emparejado con el viejo Ubay —digo con suavidad —. Como la idea es que tengamos hijos habría sido una pésima elección.
—Solo intento ver el lado bueno de… —levanto una mano en su dirección.
—¡Calla!
—Nuestro matrimonio solo existirá bajo el papel —dice Aythami, ignorándonos por completo —. Es lo único a lo que pueden obligarnos.
Un diez en actitud y un menos veinte en estrategia a largo plazo.
—Un plan infalible —digo —. Seguro que nadie aparecerá para averiguar cómo va lo de preñarme ni optarán por ampliar el experimento y condenar a otros a seguir nuestro ejemplo.
U otro trillón de mierdas que todavía no he tenido tiempo de pensar o me faltan maldad e imaginación para prever.
—No eres muy sociable —con otros brujos, pero voy a ser generosa y dejar que siga hablando —, vives lejos de cualquiera que podría tener el menos interés en visitarnos y, seamos serios, son muy pocos los que se atreverían a molestarte. Acabarán por cansarse y olvidarnos y si conoces a alguien…
—Ya conozco a alguien —le interrumpo. Por dejarlo claro.
—Tanto mejor —no es la reacción que esperaba por su parte —. Si te quedas embarazada diremos que es nuestro y acabará esta pesadilla —creyendo ellos que ha sido un éxito y animándolos a volver a intentarlo —. Tendrán lo que quieren y nos dejarán tranquilos.
Su optimismo, o falta de sentido común, resulta adorable. Y muy poco realista.
—Si consigues quedarte embarazada voy a tener muchas preguntas —dice Maday, que todavía no me explico cómo se las ha arreglado para llegar a adulto sin que le estrangule.
—En mis planes no entra un embarazo ni a corto ni a largo plazo —admito.
—Y si el crío no se te parece tampoco estarán muy contentos —dice Maday.
Le miro, maravillada.
—Es la primera cosa sensata que sale de tu boca hoy —digo, por alentar ese comportamiento en el futuro.
Aythami lo descarta con un gesto de la mano. O no termina de entender las consecuencias de su plan maestro o no le preocupan. Él está tan… tranquilo. Yo acabo de destrozar una habitación de hotel en un ataque de ira y él ni ha dado un grito. Eso me cabrea todavía más.
—Mi madre me tuvo sin contar con su marido, eso no impidió que mi abuelo me acogiera como si fuera parte de su familia —ventajas de ser el brujo más poderoso de su generación —. Si hay magia en él no se harán preguntas. Si no la hay le ignorarán y dejarán de hacer tonterías.
—¿Y cómo le sentará a tu pareja que finjas que vuestra progenie es de otra persona? —le pregunto, por obligarle a poner los pies en el suelo.
—No tendré hijos. Si tú tampoco no seremos la primera pareja que no puede concebir.
Suspiro. Es una maldita locura y lo peor de todo es que todavía tendré que estar agradecida porque Aythami esté intentando hacer esta situación imposible más tolerable para los dos.
—Sí, es genial —admito —. Ahora solo tengo que descubrir cómo decirle a mi novia que me he casado sin que rompa conmigo en el proceso.
Aythami se pasa una mano por el pelo despeinándose todavía más y agacha la cabeza, no sé si avergonzado o qué, pero agradezco que al fin muestre alguna emoción que no es ni seguridad ni agotamiento.
—Con eso no puedo ayudarte.
—Ni puedes evitar que tenga que abandonar mi casa y trasladar mi taller, con todo lo que ello conlleva —en molestias y en desastre potenciales.
—Solo intento que esta situación sea lo más soportable posible para los dos —dice.
Se acerca a mí y me ofrece una mano grande cubierta de cicatrices y callosidades. Miro a Maday preguntándome, no por primera vez esta noche, si le quiero lo suficiente para aceptar esto, y acabo estrechándole la mano a mi prometido.
—Supongo que tenemos un trato.
La puerta se abre y entre una de las personas a las que menos ganas tengo de ver en estos momentos. Maday se cuadra y se aparta de la pared que intenta usar de escondite. La fuerza de la costumbre, supongo. Ya ni siquiera me enfado cuando lo hace. Es demasiado triste.
—Padre —saluda agachando la cabeza.
Jonay le mira a él, que es una versión mucho más joven y amable, luego a mí, que no me parezco a ninguno de mis parientes vivos, y por último a Aythami. El brujo le sostiene la mirada y le saluda con una leve inclinación de cabeza, un gesto que podría ser hasta respetuoso, y que mi padre finge no ver porque es así de imbécil.
—¿No podías esperar un poco más? —le suelta, frunciendo la nariz como si algo apestara.
En favor de Aythami diré que apenas reacciona a la pulla, salvo por la mirada capaz de fundir el acero que le dedica a Jonay y apenas dura un segundo. No me habría importado que le diera un puñetazo. Con esos brazos que tiene seguro que le rompe algún hueso y no me avergüenza admitir que se lo merecería y me habría encantado verlo.
—Nos vemos en la ceremonia si no huyes antes —dice, abandonando la habitación él que puede.
Le entiendo a la perfección. Mi padre tiene el don de conseguir que hasta la persona más paciente y benévola quiera destrozarle la cabeza con un martillo después de diez minutos. Estoy convencida de que es más un don mágico que la telequinesis de la que tanto presume.
Él también trae una caja idéntica a la que Aythami dejó sobre mi cama en tamaño y forma, casi también en estilo. Los brujos no son demasiado originales para según qué cosas. Me obliga a cogerla empujándomela contra las costillas.
—Era de tu madre. No lo rompas.