Más que un juego BL

All Rights Reserved ©

Summary

EN EDICIÓN - ESTARÁ SIENDO RE-PUBLICADO CON CAMBIOS SIGNIFICATIVOS. Bruno tiene dos reglas en la vida: mantener un perfil bajo y no dejar que nadie descubra que es gay. En una universidad donde el juicio y los rumores son tan peligrosos como los exámenes finales, su única aliada es Garam, su prima y falsa novia. Sin embargo, su mundo cuidadosamente construido comienza a tambalearse cuando Iván, el chico más popular y sarcástico, parece tener una extraña fijación en molestarlo. Mientras Bruno lucha por descifrar sus propios sentimientos mientras Iván enfrenta las consecuencias de vivir tras una fachada, ambos descubrirán que a veces las sombras más oscuras pueden dar paso a una luz inesperada, si solo se atreven a dejarla entrar. Créditos de la portada a Luna @liten.moon 💖✨

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

Los árboles empezaban a perder su vibrante color verde, anunciando sin sutileza la llegada del otoño. Para algunos, era una estación hermosa, con su clima templado, las hojas doradas y las tardes largas. Para Bruno, en cambio, era una tortura. No por el frío ni por la melancolía del paisaje, sino por una razón más sencilla y egoísta, el fin de las vacaciones.

Regresar a clases lo deprimía.

Aunque ya cursaba el segundo año de la universidad y no le iba particularmente mal, lo cierto era que detestaba la rutina académica. Le gustaba estar en casa, encerrado, jugando videojuegos sin culpa. Prefería perderse en mundos virtuales antes que interactuar con profesores o compañeros con los que no tenía nada en común.

Bruno se consideraba una persona simple, con gustos básicos. El clásico friki que le gustan los videojuegos, el anime, y la firme convicción de que su cama era mejor compañía que cualquier salida social.

Sin embargo, esas vacaciones habían sido diferentes. Especiales, incluso.

¿Por qué?

Porque, por primera vez, se animó a probar un videojuego en línea. No fue por iniciativa propia, claro. Su mejor amigo, Camilo, lo convenció tras semanas de insistencia. El juego se llamaba Dark Paradise, un MMORPG de estética mágica y diseño tan colorido que parecía una mezcla entre cuento de hadas y videoclip de K-pop. Según Camilo, el progreso era más rápido si te unías a un clan determinado. A Bruno eso no le interesaba demasiado… hasta que vio los avatares.

Fue amor a primera vista.

El estilo dreamycore de la ropa, los entornos etéreos, los efectos brillantes, todo le fascinó. El juego estaba claramente orientado a un público femenino, pero eso no le importaba, a Bruno le encantaban las cosas lindas.

Su personaje era un príncipe del Reino del Caramelo. Eso lo divertía mucho, porque su avatar era tan bonito como él mismo, aunque en la vida real no tuviera nada de delicado. Era atractivo, sí, y lo sabía, pero su actitud estaba muy lejos del estereotipo de “príncipe rosa”. Tenía una lengua filosa, pocas pulgas y un gusto refinado por el sarcasmo. Era abiertamente gay con su grupo cercano, pero evitaba hablar de su sexualidad con desconocidos, incluso dentro del juego.

Por eso no interactuaba demasiado con las jugadoras que le mandaban corazones virtuales o querían casarse con su avatar.

Lo que realmente hizo que ese verano fuera inolvidable fue conocer al Rey del Mundo Oceánico. No sabía quién era en realidad, solo conocía su nombre de usuario @kaisen12 y, aun así, ese desconocido fue la mejor parte de sus vacaciones.

Era divertido, ingenioso y, sorprendentemente dulce. Cada conversación con él le sacaba una sonrisa. Bruno ansiaba escuchar su voz, aunque fuera por un segundo. Pero @kaisen12 prefería los mensajes escritos. Nunca hablaron por llamada ni intercambiaron fotos. A pesar de eso, o quizás por eso mismo, se volvieron cercanos, íntimos incluso. Pasaron tantas madrugadas juntos que Bruno ya lo consideraba tan importante como Camilo o Sebastián, sus únicos dos amigos reales.

Nunca lo presionó para que revelara su identidad. Intuía que, si empujaba demasiado, lo perdería. En cambio, eligió compartir más sobre sí mismo, esperando que eso animara al otro a abrirse, pero no funcionó. Bruno sentía que su “otaku” aún desconfiaba y aunque él tampoco había revelado su nombre verdadero, sí le contó en qué estudiaba, cómo era su rutina, qué le gustaba hacer fuera del juego.

A veces se preguntaba si esa confianza no era un error, pero no podía evitarlo. Abrió la aplicación de chat, como cada noche, para despedirse.

> @bear03:

No quiero ir a clases mañana T_T

Quiero seguir hablando contigo...

> @kaisen12:

Yo tampoco quiero :cccc

Descansa, osito.

> @bear03:

TE DIJE QUE NO ME LLAMES ASÍ, OTAKU

> @kaisen12:

Pero tu nombre de usuario dice “bear”, aguántate, perdedor.

YA VETE A LA CAMA.

Si tenemos tiempo después de clases... podemos jugar.

> @bear03:

JAJAJAJAJA

Descansa, otaku. Te voy a extrañar.

Bruno sonrió, dejando el celular a un lado de la cama. No mentía, lo iba a extrañar y mucho.

Después de una última partida donde habían ganado espadas especiales, apagó la computadora, se metió bajo las sábanas y cerró los ojos. El peor día del año lo esperaba y no estaba listo para enfrentarlo sin su otaku.


El lunes comenzó mal desde el momento en que Bruno abrió los ojos. Su cabello estaba hecho un desastre, rebelde incluso para sus estándares. Su madre lo despertó a gritos como si fuera un niño de primaria, y sus hermanos ya estaban vestidos, desayunando, listos para ir a la secundaria, mientras él, el supuesto ejemplo a seguir, apenas podía mantener los párpados abiertos.

Tenía ojeras, la voz ronca y el cerebro funcionando al treinta por ciento. El regreso a clases era un castigo.

Intentó hacer lo posible por verse decente. Usó crema para peinar, se cambió tres veces de camiseta hasta que encontró una que no tuviera manchas visibles, y se puso sus pantalones negros favoritos, con cadenas que tintineaban al caminar. Su estilo despreocupado no era exactamente popular entre sus familiares, pero tampoco le importaba. Nunca había sido alguien que se arreglara para complacer a los demás.

Ese día, sin embargo, presentía que todo iría cuesta abajo.

Salió apurado de casa, con una tostada a medio comer y la mochila colgando de un hombro. Iba tan concentrado en no llegar tarde que no notó la figura que se acercaba por detrás. Cuando ya casi cruzaba la entrada del campus, una mano tiró bruscamente de la correa de su mochila.

Bruno tropezó y casi cayó de bruces.

—¡¿Qué diablos…?! —giró, dispuesto a gritarle al imbécil que se atreviera a jalarlo así.

Pero al enfocar la vista, se encontró con una cabellera negra brillante, larguísima, y unos ojos celestes que conocía demasiado bien.

—¡Garam! ¿Estás loca?

—Shhh, cállate y ven —susurró ella, agarrándolo de la mano y arrastrándolo hacia una esquina del patio, lejos del flujo de estudiantes.

Bruno no opuso resistencia. Estaba demasiado adormilado como para armar escándalo. Caminó con ella sin saber si estaba soñando o viviendo un nuevo nivel de pesadilla.

—Me separé de Iván —soltó Garam de golpe, como si esa noticia debiera significar algo para él.

—¿Y… a mí qué me importa? —parpadeó, sin registrar el nombre.

—Bru, por favor. Fue tu compañero el año pasado.

Él la miró con desconfianza.

—Para mí solo existen Sebastián y Camilo. El resto son NPCs.

—Eres un idiota —murmuró ella, frustrada—. Pero necesito tu ayuda.

Bruno cruzó los brazos. Esa frase nunca traía cosas buenas.

—Estoy bien así, gracias.

—Iván no quiere aceptar que terminamos —explicó ella—. Me manda mensajes todo el tiempo, aparece donde estoy, inventa excusas para hablarme. Está siendo muy insistente.

—Bloquéalo.

—No es tan simple. Me lo cruzo en todos lados. No lo entiendes… él no va a rendirse solo porque yo lo ignore. Por eso necesito que finjas ser mi novio.

Bruno se quedó en silencio, procesando las palabras una por una.

—¿Perdón?

—Solo por un tiempo. Lo suficiente para que entienda que ya no tiene chances.

—¿Por qué yo? ¿Por qué no le pediste a otro amigo tuyo?

—Porque ya le dije que tú eras mi novio.

—¿¡Qué demonios te pasa!? — sintió cómo se le bajaba el azúcar.

—Nadie sabe que somos primos —dijo ella, como si fuera un detalle menor.

—¡Pero nosotros sí lo sabemos! ¡Y es suficiente como para que esto sea incómodo a niveles ilegales!

Garam se cruzó de brazos, como si no entendiera su drama.

—Solo será este cuatrimestre, Bru. Te lo juro. Me está volviendo loca.

Él se pasó una mano por la cara, luchando contra la realidad. Recordaba perfectamente el día que Garam le dijo que aplicaría a la misma universidad. Él había jurado no cruzarse con ella, mantener las distancias, pero no. Se inscribió en artes visuales y, aunque estaban en carreras distintas, parecía tener un radar interno para encontrarlo cada vez que aparecía en el campus.

Su prima era lo opuesto a él, extrovertida, expresiva, parte del club de teatro, con un aura brillante que llamaba la atención. Su cabello azabache llegaba hasta la cintura, y sus ojos celestes eran tan absurdamente bonitos que daban rabia. Garam era hermosa, encantadora… y un verdadero dolor de cabeza.

—No puedo creer que me arrastres a esto —murmuró Bruno.

—No seas exagerado, nadie va a sospechar nada.

—Claro, porque es completamente normal que alguien como tú ande colgada de un emo antisocial con cadenas en los pantalones.

—Dramático —le dijo, entrelazando sus dedos con los de él—. Solo tienes que caminar a mi lado. Disimula mejor o van a pensar que te llevo amenazado.

Bruno sentía que cada paso lo alejaba de su dignidad. Caminaban por el patio como una “pareja”, y aunque Garam parecía cómoda en el papel, él quería desaparecer.

—Me vas a pagar por esto —gruñó.

—Sí, sí. Te invito algo. Te hago las tareas. Lo que quieras.

—Un testamento, eso quiero. Que conste que fue tu idea, y que, si tu novio quiere asesinarme soy inocente en todo esto.

—¡Exnovio, Bru! ¡Ex! —le recordó Garam, apretando su brazo con fingida dulzura.

Bruno bajó la mirada para no hacer contacto visual con nadie, pero la paz duró poco.

—¡Brunooo!

Esa voz escandalosa solo podía ser de una persona.

Camilo.

Bruno se tensó de inmediato, Camilo sabía todo sobre él, incluso su orientación, así que la imagen de Garam pegada a su brazo debía parecerle un plot twist salido de una telenovela.

—Mierda… baja la voz —susurró entre dientes—. Luego te explico…

Trató de hacerle señas discretas con la cabeza, pero Camilo, como siempre, no captó nada.

—¿Ella quién es? ¿Qué está pasando? ¡Sebastián, ven aquí!

—Soy su novia —respondió Garam con total naturalidad.

Sebastián se acercó, observó la escena, y soltó una carcajada que casi lo hizo caer al piso. Bruno le lanzó una mirada asesina. El silencio que siguió fue tan incómodo que hasta las palomas dejaron de moverse.

—Sí… chicos, ella es mi novia —dijo Bruno finalmente, con los dientes apretados.

Camilo y Sebastián se quedaron quietos, boquiabiertos.

—Después les cuento —añadió, arrastrando a Garam en otra dirección antes de que alguno hiciera un comentario peor.

Los amaba, claro que sí, pero en ese momento, deseaba poder silenciarlos a los dos con un solo botón como en Dark Paradise. Qué distinto sería todo si pudiera usar magia también en la vida real.


Ya dentro del edificio de Ciencias, Bruno le rogó a su prima que lo dejara en paz. Detestaba ser el centro de atención. Después de lo vivido en la secundaria, había aprendido a sobrevivir bajo perfil. Lo ponía ansioso ver tantas miradas encima, como si todos pudieran leer lo que sentía. Su corazón latía tan fuerte que no sabía cuánto más podría soportar.

Apretó los puños, sin entender cómo Garam había podido arrastrarlo a esa farsa, sabiendo lo mucho que le había costado reconstruirse. Ella no fue testigo de lo que ocurrió en la secundaria, pero su madre se encargó de que toda la familia supiera el “escándalo”. Desde entonces, Bruno solo quería una vida tranquila, lejos de todo eso. Ahora… todo podía volverse a desmoronar.

Garam, sin embargo, parecía satisfecha con su actuación. Se despidió con un beso en la mejilla que Bruno recibió con una mueca horrorizada y le anunció con tono alegre.

—A partir de hoy, almorzamos juntos, prepárate.

Luego desapareció por las escaleras.

Bruno se quedó inmóvil unos segundos, viendo cómo su cuatrimestre se convertía oficialmente en una pesadilla.

Suspiró y se dirigió hacia su primera clase del día. Por suerte, Garam tenía que volver a su facultad. Pero justo antes de llegar al aula, cuatro manos lo arrastraron sin previo aviso hacia el baño más cercano.

Ni siquiera protestó. Su nivel de estrés era tan alto que apenas procesó lo que ocurría.

—¿Puedes explicarnos ahora, Bru? —dijeron Camilo y Sebastián al unísono, acorralándolo contra la pared, entre los lavabos y la puerta. Bruno rodó los ojos, agotado.

—¿En serio tiene que ser ahora? Ya casi empieza la clase…

—No nos vengas con evasivas —reclamó Sebastián, cruzándose de brazos—. ¿Tienes idea de lo que fue verte llegar de la mano con la chica más llamativa del campus?

—Sí, Bru, fue como ver una dimensión paralela —añadió Camilo, señalándolo con cara de escándalo—. ¡Nos pasamos todas las vacaciones juntos! ¡Hablabas del otaku misterioso, del príncipe de los océanos, y ahora resulta que tienes novia!

—¡No tengo novia! —resopló Bruno—. Lo de hoy fue un secuestro emocional. Garam me metió en esto sin aviso.

—¿Conoces a Garam? —ambos se miraron descolocados.

Bruno se tomó un segundo para respirar. Les explicó lo esencial. Que su prima había terminado con su novio, que el tipo no la dejaba en paz, y que, como medida desesperada, ella había decidido convertirlo en su “novio”.

—Solo… entiéndanlo, ¿sí? —pidió Bruno—. Ayúdenme con esto, al menos por ahora.

Camilo hizo un gesto teatral de fastidio.

—Sabes que tengo la lengua floja, ¿no?

—Lo sé —admitió Bruno—. Pero también sé que me quieres y tú sabes lo importante que es para mí mantener esto alejado de los demás.

Camilo bufó, pero finalmente sonrió.

—Maldita sea.

—Esto va a salir horrible —sentenció Sebastián, resignado.

Bruno asintió. Estaba completamente de acuerdo.

Cuando el reloj de Camilo vibró con una notificación, los tres se miraron una última vez antes de salir disparados. Camilo tenía clases en otro edificio, pero Sebastián y Bruno compartían Física y Elementos de Astronomía.

Nada prometedor.

Apenas llegaron al aula, Sebastián, siempre curioso, lanzó una pregunta al aire.

—¿Y quién es el ex de Garam, por cierto?

—No sé, un tal Iván… —respondió Bruno con poco interés, justo antes de ser embestido por alguien que pasó como un rayo a su lado.

Tropezó, casi cayó.

—Mierda… —murmuró, sobándose el brazo.

—¿Tan temprano y ya diciendo groserías, Lombardi? —reprendió el profesor, que acababa de entrar.

—Lo siento, profesor.

—Que no se repita. Busquen asiento.

Bruno bufó en silencio y buscó su lugar habitual, junto a la ventana, a un asiento del fondo, pero se detuvo en seco. El último asiento ya estaba ocupado. Un chico alto, de complexión atlética, cabello rubio oxigenado con raíces castañas, chaqueta negra y auriculares al cuello lo observaba con cara de fastidio. Tenía la mandíbula marcada, cejas gruesas, un aro en la oreja izquierda y una expresión que decía “ni te me acerques”.

Bruno frunció el ceño. ¿Qué problema tenía?

De todos modos, se sentó justo delante. Fingió que no lo veía, pero podía sentir la mirada del otro perforándole la nuca. Hasta que llegó el pase de lista.

—¿Bruno Lombardi?

—Presente.

—¿Iván Marino?

El corazón de Bruno se detuvo por un segundo.

No… no puede ser.

—Presente —respondió la voz que venía justo detrás de él casi con sorna.

Bruno sintió un escalofrío. No quiso mirar. No necesitaba hacerlo. Tenía la certeza de que ese chico era Iván. El Iván. El ex de su prima. Porque no mencionaron a otro Iván en su clase.

Pasó el resto de la clase tenso como una cuerda. No sabía si era paranoia, pero sentía los ojos de Iván en su espalda como si lo analizara y lo juzgara.

“¿Será el ex de Garam?”, pensó. “¿O simplemente es otro imbécil más?”


Cuando la clase terminó, Bruno guardó sus cosas a toda velocidad. Quería salir de ahí cuanto antes. Pero justo cuando se levantaba, escuchó una voz baja, lo suficientemente cerca como para erizarle la piel.

—Así que por esto me dejó Garam…

Bruno se giró con lentitud. Iván estaba de pie, apoyado contra el banco con una sonrisa torcida. Lo observaba con superioridad, como si supiera algo que él no.

—¿Perdón?

—No sabía que le gustaban los chicos bonitos y problemáticos.

Bruno sintió que algo se activaba dentro suyo. Las ganas de estrellarle la mochila en la cara, por ejemplo.

—¿Tienes algún problema conmigo? —preguntó, cruzándose de brazos.

Iván bajó la mirada unos segundos, como dudando. Pero luego la levantó y clavó sus ojos en los de Bruno.

—Solo digo lo que veo. ¿Te molesta?

—Mira, si estás celoso, te aviso que no tengo la culpa de tener mejor cara que tú —espetó Bruno, dando un paso hacia él.

Sebastián apareció por detrás, nervioso. Camilo asomó la cabeza por la puerta, captando la escena en segundos. Iván sonrió, ladeando la cabeza. Un brillo extraño cruzó sus ojos.

—No te confundas. No eres guapo. Eres bonito, como un twink maricon.

—Y tú pareces un idiota con complejo de matón —soltó Bruno.

Sebastián lo tomó del brazo de inmediato.

—Vamos a almorzar, Bru. Ya.

Camilo intervino también, logrando que Bruno diera media vuelta mientras seguía bufando. Mientras lo arrastraban fuera del aula, Bruno lanzó una última mirada hacia atrás. Iván seguía ahí sonriendo como si disfrutara cada segundo del caos que acababa de provocar.


No dijeron nada hasta que estuvieron lo suficientemente lejos del aula… y, sobre todo, de Iván.

—¿¡Estás loco, Bru!? —exclamó Sebastián, mirándolo como si acabara de cruzar una autopista con los ojos vendados—. ¿Cómo se te ocurre enfrentarlo?

—Tu prima te acaba de enviar directo a la horca —añadió Camilo, pálido—. Literalmente.

—¿Tanto drama por un imbécil con el ego roto?

—Bru —suspiró Sebastián—. Probablemente no te diste cuenta porque vivís en tu nube gamer, pero Iván es de los tipos más conocidos del departamento de Ciencias. Si no es el más popular, pega en el palo.

—Y el más buscado —añadió Camilo—. Está en el club de atletismo, tiene pinta de modelo alternativo y… bueno, las chicas lo idolatran. Aunque él parece más interesado en su reflejo que en cualquier otra cosa.

—Y su grupo de amigos no es precisamente amable —añadió Sebastián, con gesto de desagrado—. Jay tiene alma de villano de película adolescente.

—Y Elías —añadió Camilo con un suspiro—. Cree que el dinero le da permiso para ser un idiota superior, y a veces lo consigue.

—Yo… no tengo idea de quiénes son —admitió, encogiéndose de hombros.

Sus dos amigos lo miraron como si acabara de decir que no sabía quién era Pikachu.

—Impresionante —dijo Sebastián, sin sorpresa—. Siempre superas mis expectativas.


En el buffet del campus, los tres estaban por sentarse en una mesa algo retirada cuando Bruno sintió un tirón en el brazo.

Garam había reaparecido, brillante como un faro en plena tormenta, y lo arrastró sin pedir permiso hacia su grupo. Bruno, resignado, llevó consigo a Camilo y Sebastián como escudo humano.

Por suerte, el grupo de Garam no era desagradable. Carla, la hermana menor de Camilo, los saludó con entusiasmo. A su lado estaba Tomás, un chico del club de teatro con voz suave, mirada intensa y sonrisa tímida. Bruno no había cruzado muchas palabras con él, pero notaba cada vez que lo observaba. Esa clase de atención lo ponía nervioso. No sabía si era juicio o interés, y eso lo descolocaba.

El ambiente era ameno. Se hablaba de series, de ensayos teatrales, de profesores nuevos. Bruno empezaba a relajarse… hasta que sintió una palmada seca en la espalda que casi le hizo escupir la hamburguesa.

—Garam, de verdad… no pensé que pudieras caer tan bajo.

La voz de Iván resonó fuerte y clara. Bruno giró de golpe.

Iván estaba de pie, con una lata de bebida en la mano, expresión burlona y el cabello oxigenado despeinado como si acabara de salir de una editorial de moda rebelde. A su lado estaban tres chicos imponentes, uno con cabello anaranjado y sonrisa torcida, otro más tranquilo, con cara de no querer estar ahí, y un tercero elegantemente vestido, con reloj caro y gesto arrogante.

Bruno los evaluó en silencio. Eran altos, atléticos, tan atractivos como intimidantes. Una parte de él quiso huir; otra parte quiso tomar una foto para guardarla como wallpaper.

—Oh, vamos, Iván. No molestes a mi novio —respondió Garam con naturalidad, como si acabara de presentar a su perro.

Bruno se atragantó con su comida. Tosió, se limpió la boca, y buscó con desesperación su botella de agua. Sebastián se tapó la cara. Camilo se encogía como si intentara desaparecer.

—Mierda… —logró decir Bruno, en voz baja.

Iván ladeó la cabeza. Su mirada se posó en él con una mezcla de desprecio y desconcierto. Bruno aprovechó el impulso.

—¿Tienes algún problema? —espetó, todavía rojo por la tos.

—Solo me sorprende, pensé que tenías estándares. Pero bueno, cada quien se entierra como quiere.

Bruno se puso de pie, sin pensar. Sentía que el corazón le palpitaba en las sienes.

—Vete, de verdad. No quiero que tu fea cara me quite el apetito.

Jay, desde atrás, soltó una carcajada discreta. Mauro lo tomó del brazo y murmuró.

—Ya, déjalo. Todos están mirando.

Pero Iván no se movió. Se giró hacia sus amigos y preguntó con tono neutral.

—¿Acaba de llamarme feo?

Bruno sonrió, aunque no le salía del todo bien.

—¿Lo dudabas?

Esa fue la gota que rebalsó el vaso.

Todos los estudiantes en el comedor comenzaron a murmurar, mirar, cuchichear. Bruno sintió las miradas clavadas en su espalda, como dagas. No era lo mismo llamar la atención que ser el protagonista de un chisme universitario.

Garam le pasó una mano por la espalda, en señal de consuelo.

—Lo siento… —murmuró.

No respondió, solo bajó la mirada y se obligó a seguir comiendo, aunque cada bocado le supiera a cartón.


La tarde fue aún peor. Volver al aula y tener que sentarse delante de Iván otra vez fue un ejercicio de autocontrol. Bruno sabía que no podía cambiar de lugar sin levantar sospechas. Sabía que no podía huir, pero tenerlo detrás, con esa presencia inquietante, lo hacía sentirse expuesto.

Iván no volvió a decirle nada. Pero su silencio era igual de ruidoso que sus comentarios. Bruno apretó el puño en su regazo y se repitió internamente, “esto apenas comienza. Respira. Aguanta. No le des poder”.

Pero cuando la clase terminó y se levantó para salir, sintió algo que lo hizo girar por reflejo. Iván seguía ahí. Lo miraba como si supiera algo que él no. Como si hubiera estado esperando este juego mucho antes de que Bruno siquiera supiera que existía y lo peor era que, aunque lo odiaba, su corazón latía como si también jugara.

Iván dejó la lata vacía en el tacho más cercano y se apoyó contra la pared, de brazos cruzados, observando desde lejos cómo Bruno se alejaba del comedor con sus amigos.

No dijo nada.

Tampoco lo siguió.

Mauro se le acercó con un paquete de papas en la mano.

—¿Te lo vas a tomar personal o solo te gusta hacer escándalos a la hora de comer?

—¿Desde cuándo están saliendo? —preguntó, como si no le importara, aunque le importaba demasiado.

—No sé. Garam lo anunció hoy. Fue raro… pero bueno, también fue muy Garam —se encogió de hombros.

Iván apretó los dientes. Raro era poco. No es que le doliera ver a su ex con otro, ni siquiera estaba seguro de si la consideraba “ex” en serio, pero el tipo que había elegido… Bruno Lombardi. Un nombre que le sonaba demasiado familiar, pero no era eso lo que lo tenía inquieto.

Era él.

Ese chico con cara de querer prender fuego el mundo, con su aire de fastidio eterno, con esa voz sarcástica que no se molestaba en caer bien con ese rostro bonito, demasiado bonito y no solo en el sentido tradicional. Había algo molesto en la manera en que se sentaba, en cómo sostenía la mirada, aunque estuviera temblando por dentro. Bruno no se parecía a nadie y eso le molestaba.

Jay apareció a su lado, metiéndose una gomita en la boca.

—¿Por qué te enganchaste con eso? —preguntó, divertido—. ¿Estás celoso?

—Cállate —gruñó Iván.

Se rió y se fue, como siempre, sin tomarse nada en serio. Iván se quedó en silencio. Apoyó la cabeza contra la pared, cerró los ojos un segundo.

¿Por qué le había dicho eso?

“Bonito”, “maricón”.

Palabras que salieron solas como reflejo. Como mecanismo de defensa. Como si insultarlo hiciera más fácil entender por qué, al verlo, le costaba respirar. No tenía idea de qué estaba haciendo, pero sí sabía una cosa. Ese chico no iba a ser fácil de ignorar y él… no estaba listo para lo que eso significaba.

(Todos los créditos de estas hermosas ilustraciones a @liten.moon que la pueden encontrar en Instagram)