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El creador de ángeles

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Summary

Él es oscuridad, él es perversión, él destruye a los seres de luz que habitan en la tierra. 𓆩𓆪 Agnes y sus padres tienen una terrible maldición: pueden convertirse en "ángeles", seres que son cazados por monstruos que salieron del propio infierno. Ella debe aprender a vivir con el secreto, mientras intenta comprender por qué Hunter, el insoportable estudiante de intercambio, presenta su mismo don y atrae criaturas como un imán. Pero no es un monstruo el ser más letal que acecha a Agnes. También está él, la oscuridad en persona, el responsable de sus desgracias: el creador de ángeles.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 0

Aquel que se transforma ya no es humano, por lo tanto, no merece vivir”.

Mi mano temblorosa tocó el letrero de madera con la inscripción que ahora era ley. Mis dedos resbalaron por toda la textura áspera e intenté zafar la madera que anclaba dicho letrero a la tierra. Debido a la sangre, me fue muy difícil hacerlo y tuve que dejar entre la nieve la única manta que tenía.

Pronto, la madera se rompió y suspiré aliviada.

Por fin tenía algo con lo cual defenderme.

Debía escapar lejos, a un lugar donde él jamás lograra encontrarme. Sin embargo, un grito me paralizó por completo en un segundo.

—¡Adeline! ¡Te mataré!

A pesar de la nieve que caía, pude distinguir a la perfección al hombre que se acercaba volando. Esas malditas alas negras que tantas veces había visto en mis pesadillas eran inconfundibles, sumadas a la voz ronca que era del mismísimo demonio.

—¡Deja de llamarme así! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Yo no soy esa mujer!

Comencé a correr sin prestarle atención a mi captor, quien me repetía mil veces que me mataría de unas formas inimaginables. Él era capaz de todo, era un auténtico monstruo.

Pude cruzar el río gracias a dos enormes rocas y vi a un grupo de hombres no muy lejos, poniendo trampas y buscando algo de comer entre la nieve.

—¡Ayuda! —grité y obtuve la atención de uno de los hombres.

Era joven, más o menos de mi edad, con el cuerpo temblando del frío y una enorme piel de oso que lo cubría de pies a cabeza. Se apresuró a llamar a sus compañeros y me señaló impresionado.

Enseguida corrieron a mi encuentro y suspiré con alivio. Tenían armas, podían hacerle frente al demonio que me perseguía.

—¿Te encuentras bien?

Asentí.

En total eran seis, ninguno pasaba de los treinta años. En el pasado, tal vez pertenecieron a algún equipo de fútbol de la zona, lo supe por sus ropas y su apariencia atlética.

—Un hombre me persigue… —No les dije de quién se trataba, no me ayudarían si se enteraban de que me perseguía el líder de esos demonios.

—Ven con nosotros, tenemos una comunidad. Puedes esconderte en nuestra madriguera el tiempo que quieras.

—Gracias, se los agradezco mucho.

Seguí al hombre con piel de oso y, para mi buena suerte, la entrada a su madriguera no estaba tan lejos. La habían escondido muy bien, con ramas llenas de nieve cubriendo la puerta de madera.

Primero entraron dos hombres, quienes me ofrecieron sus manos para poder descender segura. Antes de aceptar, vi la mirada de depravación de los cuatro que aún seguían en la superficie. Uno se relamió los labios, los otros, comenzaron a desabrochar sus pantalones

Di un paso hacia atrás, siendo consciente de que, en su dichosa madriguera, no había nadie más aparte de ellos. Pensé mejor las cosas y decidí no bajar. Una chica delgada y bajita sola en un espacio muy pequeño con seis hombres que tenían más de un año sin ver a una mujer no sonaba para nada bien. Y, aunque siempre intentaba ver lo positivo de las cosas, esta vez me fue imposible.

Tal vez había cometido un error, pero mi desesperación por escapar de él era tanta, que me volvía tonta.

Regresé a la realidad cuando uno de los hombres intentó tomarme del cabello.

—Creo que seguiré sola mejor…

—Vamos, preciosa. No ha empezado la diversión —dijo el que tenía la mirada más peligrosa de todos.

—Len, pedazo de animal, no la asustes —exclamó otro mucho más bajito y tomó mi cabello—. Vaya, jamás había conocido a alguien con pelo blanco.

—¡Silencio todos! —gritó el hombre de piel de oso—. No tienes nada de que temer. Adelante, entra a la madriguera. Estarás a salvo con nosotros.

Vi al interior del refugio y fui testigo de cómo otro hombre preparaba unas cadenas.

Genial, Agnes. Eres una estúpida.

Esquivé al enano que me impedía escapar y corrí de regreso al río.

Fue fácil para los cuatro hombres atraparme. El de la mirada depravada me jaló del cabello y con fuerza me mandó al suelo. Después llegaron los otros dos en compañía del enano y me tomaron de las piernas para arrastrarme a la madriguera.

—¡Quítenme las manos de encima, malditos cerdos! —grité—. ¡Ayuda! ¡Alguien, quien sea, ayuda!

Cerré mis ojos con fuerza recordando a mis padres y supe que ellos no podían ayudarme. Pensé en Hunter, aunque su recuerdo era un recordatorio amargo de lo que se había convertido mi vida. Y, por último, pensé en aquel demonio y no pude decidir si era peor estar con él o con esta bola de enfermos.

Atiné a darle una patada a uno, pero recibí un golpe en las costillas como respuesta. Así que decidí ya no pelear. Tenía todavía un as bajo la manga y rezaba para no usarlo.

Sin nada de delicadeza, me tiraron dentro de la madriguera y después entraron los cuatro hombres. Mi cabeza dolió sobre el suelo de piedra y fui testigo de cómo cerraban la puerta y la luz del exterior se extinguía, al igual que mis esperanzas de salir ilesa de esta.

—Haces todo mucho más difícil de lo que ya es —dijo el hombre de piel de oso y me enseñó una pistola—. No me obligues a usarla.

Le escupí en la cara y, antes de darle un puñetazo, el hombre de la mirada depravada se lanzó sobre mí.

—No desperdicies municiones, Tyler. —Puso su mano en mi cuello e hizo presión—. Ya la tengo bien sujeta. Yo seré el primero.

Antes de que los otros hombres inmovilizaran mis brazos y piernas, comencé a moverme como loca para tener la espalda descubierta. Sentía el dolor de mis alas, pero estaban lejos de salir. No lo harían si no me concentraba y estaba lejos de lograrlo.

De un manotazo, el maldito me dejó quieta y me quitó la blusa de un tirón.

—¡No me toques!

Uno de los hombres tapó mi boca, impidiendo que siguiera gritando mientras otro batallaba con bajar mi pantalón.

Las lágrimas se acumularon en mis ojos y seguí moviéndome con fuerza, buscando alguna posibilidad de ser libre. En medio de mi lucha, sentí una piedra muy afilada cerca de mi brazo. No me servía para nada, tenía las manos inmovilizadas, pero una idea vino a mi cabeza.

Si él olía mi sangre, me encontraría en un segundo.

No me importaba ser de nuevo su prisionera, eso era mucho mejor que las cosas que me harían esos malnacidos.

Bueno, al menos eso esperaba.

Presioné con fuerza mi brazo contra esa piedra y una gruesa gota de sangre salió de mi piel.

No tuve tiempo para más, el hombre que tenía encima logró bajar mi pantalón y me abrió las piernas con brusquedad.

—No llores, linda —dijo y se quitó el cinturón.

Cerré los ojos mientras mis gritos se ahogaban en la mano de uno de esos infelices y cuando creí que me destrozaría, la puerta de la madriguera salió volando.

Los hombres se quedaron como estatuas, viendo asustados a la silueta alada en la entrada de la madriguera.

El aire que provocaba el constante aleteo de sus alas, entró como una ventisca, mezclado con la nieve. La silueta era aterradora, pero yo no podía estar más feliz.

Sonreí con cierto alivio. Esos malditos asquerosos no se saldrían con la suya.

Aparté de un empujón al hombre que tenía encima y mis ojos se cruzaron por un momento con los del demonio alado.

¿Era alivio lo que noté por un momento en su mirada?

Fuera lo que fuera, ese leve gesto desapareció cuando sacó su espada.

Sin decir una sola palabra, se dejó caer sobre ellos y comenzó la verdadera matanza. La espada del demonio partió a la mitad la cabeza del hombre de la mirada depravada, después cortó de un tajo el brazo del hombre de piel de oso, con el cual sostenía la pistola.

Yo solo me quedé en un rincón, escuchando los gritos de agonía de esa bola de enfermos. Con lentitud y mientras todos se unían para atacarlo, me estiré lo más que pude sin que pareciera sospechoso y me hice con la pistola.

Rápidamente, la escondí en mi pantalón.

Un chorro de sangre que impactó contra mi cara me regresó a la realidad. Al ver de qué se trataba, me topé con que el demonio alado le había arrancado el corazón al hombre enano, al igual que las piernas y parte de su cabeza. Los trozos de carne y la sangre me provocaron arcadas e intenté cerrar los ojos. Solo podía calmarme pensar en que estaba de nuevo en casa, con mamá y papá, comiendo alguna cena navideña.

Eso no me bastó y tapé mis oídos para ignorar las súplicas del último hombre que seguía con vida.

Un pensamiento comenzó a rondar por mi cabeza: debía ser valiente, enfrentar al demonio. Si lograba matarlo, sería por fin libre. Con mis manos temblorosas comprobé que la pistola seguía escondida e hice un enorme esfuerzo para abrir los ojos.

—Adeline… —Se acercó lentamente a mí y lanzó a un lado su espada—. ¿Te hicieron daño?

No, a él no le importaba mi bienestar. Quería matarme.

Entonces lo confronté.

Sus ojos celestes me observaban de una forma extraña. ¿Era preocupación lo que irradiaba su mirada? Imposible.

Las gotas de sangre dejaban un rastro por su pálida piel y ni hablar de sus alas empapadas, que me cerraban el paso.

El demonio acarició por un momento mi mejilla y, poco a poco, fue llegando a mis labios. Se inclinó y cuando su respiración se mezcló con la mía, fui capaz de moverme por fin. Aunque mi mente me gritaba que no lo hiciera, ya estaba cansada de él.

¿Lo odiaba?

Sin duda alguna.

Coloqué la pistola a la altura de su corazón y cerré los ojos mientras presionaba el gatillo.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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