El Destino de Proteus

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Summary

El pequeño Eliedas es el último de su especie: los diedra, una antigua raza considerada por los karnantes la especie más antigua y cercana a su deidad Geos, pero tan amada como odiada por los karnantes. El joven Diedra deberá abandonar Sortoloxia, el hogar donde fue criado, y dejar a su tutora, la gobernante de aquel país, ante las tensiones que han ido en aumento por su presencia. Ahora, hasta que la situación mejore o se encuentre una solución para su regreso, estará al cuidado de una criatura conocida como una emanación. Mientras unos desean que rija su futuro por el camino de un guerrero, otros, por el de un soberano. Incluso por el de una divinidad están otros, deseosos de su muerte. Es solamente aquella emanación quien desea que pueda disfrutar su infancia y poder darle un futuro.

Genre
Fantasy/Drama
Author
Halogi
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Dia que un (No)Elegido Conoció al Hijo de Geos

Un pequeño miraba a su alrededor, admirando el gran recinto con asombro. Observó figuras de criaturas que se asemejaban a él, plasmadas en las paredes con piedras preciosas color turquesa y que vestían el recinto en largas hileras en posición solemne de defensa. Los techos eran murales en los que apenas se distinguían los colores que acaparaban percudidos y deteriorados tintes turquesas, rojos y marrones que le acompañaban.

Eran narraciones de la vida cotidiana de los que una vez fueron dueños de este lugar, quizás guerreros o tal vez sacerdotes de un culto. Pero había una figura que destacaba: era el de una criatura, cubierta en toda su extensión de un destacable color blanco, distinto a los demás murales en el recinto, se trataba de un ser de una larga complexión similar al de una serpiente, de no ser por las seis largas extremidades que sobresalía de su cuerpo. Denotando una monstruosa cabeza en forma de calavera de felino. Aquel ser, según lo que se podía interpretar, estaba azotando su ira sobre una ciudad, entre el fuego y el agua que se liberaba de la tierra.

El chico paró de mirar, sintió afligirse el corazón y su estómago se contrajo en un ligero dolor, similar a una opresión. Buscando la calma, puso la vista sobre sus custodios, pero no basto: las preguntas acapararon su joven mente ¿Qué era este lugar? Y, ¿Qué significaba que lo hubieran traído aquí? Su tutora jamás soltó palabra cuando pidió su asistencia, y salieron de manera discreta del palacio. ¿Acaso sería su nuevo hogar? Este lugar estaba lejano a la ciudad donde nació, pensó con temor que tal vez ya no seguiría el camino deseado por los karnante y sería abandonado. Se reconfortó pensando que su tutora no se atrevería a tal blasfemia después de todo, el antiguo camino de los diedras había sido borrado de este mundo, y había quedado él como su último vestigio con vida.

Uno de sus custodios era de la raza de los karnante, seres que se asemejan a una especie de reptil humanoide. Era un macho de tonalidad verde oscura que se podía notar en las partes descubiertas de una piel brillosa que indicaba una buena salud. Característico del género de su raza, tenía, debajo de su mentón, a diferencia de las hembras que carecían de este, una larga protuberancia rígida De hecho, estaba conformada por un duro hueso que no contrastaba con el color de la piel de su poseedor. En los extremos de su cuello tenía una delgada protuberancia que recorría ambos lados de forma triangular, delgada como los pétalos de una flor. La forma parecía y recordaba a la abertura de un alcatraz, y llegaba, por lo que se podía ver, a mitad del pecho. Este ejemplar revelaba tener ojos amarillos que recordaba a los felinos.

Su acompañante era una hembra, una curiosidad, una rareza casi única. Se trataba de un híbrido de humano con karante, aunque no fuera herencia directa de sus progenitores sino de antepasados anteriores, pero conservaba la figura de una ascendencia híbrida de primera generación.

Tenía una figura similar a su compañero: delgados brazos, cuatro dedos, pero carecía de garras, aunque este tenía una pequeña protuberancia triangular en la parte superior de sus muñecas. También sus piernas, de similar manera, eran largas y no estaban encorvadas, asemejándose más a las de los humanos. Fuera de allí, carecía de pechos como las hembras de la raza humanas, siendo similar a las hembras karnante de su reino. Aunque sí había heredado una cabellera larga y rizado color azabache que se combinaba y contrastaba con su brillante piel azul. Poseía, como el macho, ojos amarillos, aunque su mirada se asemejaba más a la de los humanos y había heredado los labios de los mismos. Pero seguía teniendo unos gruesos caninos como sus parientes reptiles.

Ambos permanecieron custodiando al pequeño, atentos a la entrada del recinto hasta que se atrevió a entrar un extraño. Uno cuya apariencia era desconocida en aquellas tierras. La imagen no dejaba indiferentes a los presentes, pues era la de un cánido con un manto azabache en su desaliñado pelaje, acompañado de una mancha blanca en su pecho. Y, aunque de apariencia lobuna, tenía enroscada su cola, y su hocico era un poco más corto y delgado de los que podían ser sus parientes lejanos.

La hembra, ante la atónita expresión de su acompañante, asintió con la cabeza y se inclinó hacia adelante en una reverencia.

—Es un honor conocer a uno de los hijos de mi tatarabuelo—. Dijo la hembra.

El cánido se levantó bruscamente, sus orejas se contrajeron hacia atrás, el pelaje de la espalda se erizó y arrugó fugazmente su hocico, pues ni siquiera alcanzó a emanar gruñido alguno. Tras el rápido desliz de emociones, se recostó en el suelo, con sus ojos azules mirando directamente a los amarillos de la hembra karnante .

—Creo que mi apariencia relata que no hay lazo que nos una, mi señora, más tratándose de alguien como su antepasado.

—Lo que Geos unió en tu familia, ata a la mía. Y es algo que debe honrarse—.respondio la mujer al canino.

—Mi señora, a diferencia de mis demás familiares, deseo mantenerme alejado de la influencia de vuestro ancestro. Debe entender que será un héroe entre su gente, pero para alguien como yo es un genocida.

—¡Insolente! —bramó con enfado el kranante macho y con intenciones de reprenderlo al elevar un bastón que mantenía en su mano; pero su líder lo detuvo colocando la mano en su hombro.

—Me dejé llevar por el sentimiento que Victus tiene hacia ti. Fue mi error, debí prever la animosidad que cargas hacia mi pariente.

—Y a pesar de ello, por respeto a la memoria de mi pasado en estas tierras, preferiría no guardar rencores con su familia a causa de su ancestro.

—Respetaré tu decisión, si es lo que deseas. Aun así, te pido que no me niegues tu ayuda.

— Sortloxia fue mi hogar, no hay nada que temer que aún respondo a la llamada de sus líderes como lo haría cualquiera de sus ciudadanos, pero con la libertad de poder negar la petición si va en contra de mis principios, de lo contrario no le negaré aun si llevas la sangre de Victus.

La hembra se mostró aliviada ante aquella respuesta, y pasó su mirada al pequeño que se recargó en su costado engurrándose en sus prendas. Con una suave palmadita, le animó a dar un paso al frente y le susurró un «todo estará bien».

A petición de la fémina salió de su escondite y, con un par de pasos firmes, se puso a la vista de la criatura intentando poner un semblante rígido. Sin embargo, enseguida se podía prever una falsa seguridad al observar cómo se mordía los labios y cómo sus garras, pegadas a los costados, se aferraban con fuerza a la tela de su ropa.

El cánido ladeó la cabeza, confundido, y acompañó el gesto con una mirada curiosa.

—Un diedra —susurró el extraño animal.

La criatura era apenas una cría. Se notaba por su estatura pequeña, pues apenas llegaba a la cintura de sus dos acompañantes. Carecía de los cuatro ojos típicos de su especie: tenía abiertos los dos de la parte superior, mientras los de la parte inferior, que al abrirse serían un poco pequeños, se confundían a simple vista con una cicatriz o una marca de nacimiento. Sus ojos aún no se presentaban feroces como lo hacían los adultos de su especie. Aquellos ojos almendrados, que contrastaban con el color oliva de su piel, por el momento se mostraban grandes y adorables, casi de apariencia gatuna.

—Me llamo Elie... Elie... Eliedas —dijo con voz temblorosa el pequeño.

—No entiendo, mi señora. ¿Qué tiene que ver este pequeño con su petición?

—Este pequeño te necesita. Tu gente es la más cercana a Geos. Son los únicos capaces de cumplir mi encomienda—. Respondio la hembra al extraño.

—Toda criatura es cercana a Geos —corrigió sin quitar la atención a la cría—. Todavía no veo cómo puedo ser de ayuda.

—Me gustaría que fueras su tutor.

El animal se levantó y se dirigió precipitado con paso brusco hacia la hembra híbrida, haciendo que el guardia se posicionara enfrente de manera protectora. Mostró con un gruñido sus fauces en advertencia y de sus dedos resaltaron sus fuertes y gruesas garras. Esto no inmutó a su huésped quien, tras mirar unos segundos sobre Eliedas, se dirigió tranquilamente hacia la hembra.

—¿Por qué piensa que debería hacerme cargo?, apenas me conoces y lo que has de saber de mí probablemente será de terceros. No lo veo como algo sabio de tu parte.

—Confío en las palabras de Victus sobre tu gente y confío en los enviados de Geos. Hasta donde sabemos. Eliedas es el último de su pueblo. Los últimos ancianos diedras lo dejaron a mi cuidado antes de dar su último aliento y me temo que, de la misma manera que mi pueblo venera a su raza, existe el odio hacia ellos con el mismo rigor. Ya ha habido atentados contra su vida. Además, no ha sido fácil su integración con nuestro pueblo —la hembra suspiro—, y aunque me pese separarme de Eliedas llegamos a la conclusión de que si hay alguna posibilidad de tener un futuro y un lugar, es con una emanación.

El cánido reflexionó sobre lo último. No era una conclusión del todo errada y mucho según las palabras que siguió relatando la híbrida.

—Contigo es posible ese futuro, nosotros no podemos ofrecerle algo similar como lo fue su gente, menos los humanos que desconocen mucho del pueblo de los diedras. Al ser lo que eres, un fragmento de Geos, conectan contigo todas las criaturas.

—Sé sincera, piensas que haré esta experiencia menos dolorosa, pero también quieres un guardaespaldas hasta que resuelvas este lío—. dijo el canino.

La hembra híbrida guardó silencio y asintió.

—Quiero construirle un futuro brillante.

Aquel animal caminó y se posó a lado de la joven cría. Al olfatear podía oler su nerviosismo. El pequeño trataba de mantenerse firme y con porte solemne, pero desde la perspectiva del can, un pequeño soplo desmoronaría el muro de confianza que intentaba proyectar.

Así que, al mismo tiempo que el chico comenzó a respirar agitadamente ante la cercanía de la extraña criatura, quien nunca en su joven existencia había tenido contacto alguno con algo semejante y ahora lo tenía cara a cara, el canino liberó su voz suave.

—Tranquilo, sé que me temes...

—No, yo... no... tengo miedo —expresó el chico molesto, forzándose a mostrarse valiente aun cuando su espalda estaba por arquearse del miedo que cargaba.

—Está bien sentirlo. Te diría que no tengas miedo, pero es entendible. Los lobos y los perros no somos criaturas comunes en las tierras de los karnantes, y menos alguien como yo. Así que no tienes por qué esforzarte.

El cánido empezó a merodear hasta quedar a espalda del pequeño. Presionó con suavidad su nariz contra la espalda, justo en medio de la columna. Ese simple toque fue suficiente para que se relajara, sus hombros se destensaran y sus manos dejaran de aferrarse a las telas. El chico le miraba extrañado por lo que acababa de ocurrir.

—Has tenido que pasarlo muy mal —dijo con voz suave el extraño—. Ya has escuchado los planes de nuestra señora, pero te pregunto antes de tomar una decisión: ¿es tu deseo venir conmigo?

El diedra se mostró sorprendido por la pregunta. Tanto, que comenzó a jugar en un ademán inseguro con sus manos al frotarlas una contra la otra y virando hacia atrás con sus custodios.

—Dicen que así tienen que ser.

—Creo que tienen razón, por desgracia, para los dos, pequeño —esa última frase, sin mostrarse con desagrado, la el expuso el can en tono simpático y juguetón. Esto hizo que la cría mostrara una sonrisa en sus labios y dejara ver su dentadura que le acompañaba un par único de colmillos. Aunque de menor tamaño que un adulto de su especie, se notaban fuertes y afilados.

—Creo que estamos empezando a entendernos. Por lo que veo, sí vendrás conmigo.

El chico asintió y luego, el cánido con voz amable le dijo:

—Si no llegas a sentirte cómodo a mi lado, eres libre de decírmelo, y yo hablaré con nuestra señora para ver qué se puede hacer. Ya sé tu nombre, pero como es lógico necesitarás el mío. Debo confesar que carezco de uno propio como los humanos y los karnantes suelen usar, pero usa la palabra Slaen para referirte a mí.

El pequeño se fue con aquella criatura, dejando un sentimiento de incertidumbre para muchos: para la joven cría que no sabía qué esperar de este extraño, para el macho karnante que no veía de fiar a ese extranjero que resultó no ser tan extranjero y para la hembra híbrida que rogaba por el bien de Eliedas.

—Sé que es nuestra mejor opción, pero no creo sea prudente dejar a la cría con alguien que tiene conflictos con tu familia —habló el macho karnante a su señora que se mostró con una suave sonrisa—, podría querer vengarse al herirle a usted usando a Eliedas.

—Slaen nunca lo haría, no es un ser malvado.

—La venganza es tentadora, incluso para los más nobles de corazón , es un veneno con un poderoso deseo de ejercerlo, aun con su fidelidad. No veo otra razón del porqué aceptó tan fácil.

—Ochenta años sin levantar su ira hacia mi familia me dicen lo contrario.«A pesar del daño que mi familia causó a la suya» Pensó la fémina.

No es su naturaleza vengarse. El día en que ocurra será tanto su fin como el de muchos, no tomará ese riesgo.

—Espero tenga razón, mi señora –dijo el macho, esto observando la salida del recinto que se iluminaba por el alba de los primeros rayos del sol.

Las orejas de la emanación se irguieron al escuchar el brusco detener de unos pies que luego se pusieron en marcha al apresurar su paso par, una vez más, alentar su andar. El can disminuyó su paso al percatarse del corazón agitado de su nuevo acompañante, quien trató de estar a la par del andar de su nuevo tutor sin mucho éxito, pues en su tercer intento se escuchó golpear su pie contra el suelo y tropezar. El olor a sangre y polvo detuvo a Slaen de seguir y se volteó para encontrarse que el chico no estaba en el suelo. Sin embargo, apenas había logrado frenar la caída al presionar con fuerza su pierna izquierda, que estaba delante de la otra contra el suelo con mucha fuerza.

—Te has lastimado.

Eliedas se había raspado la punta de los dedos, las rocas le habían dejado rascada la piel, con sangre visible.

Podemos descansar un rato —dijo al acercarse a la cría.

—¡No estoy cansado!—,expresó refunfuñando en respuesta y, poniéndose inmediatamente en posición de firmes.

—Entonces caminaré a tu ritmo.

—No —dijo evitando la mirada de su cuidador.

Slaen echó un vistazo a los pies de la cría. Su calzado había desaparecido, bueno, uno de sus zapatos había desaparecido, y el que quedaba se estaba desgastando. Mientras, los pies del pequeño tenía otras heridas y ampollas ocasionadas por la fricción de sus pies contra la tierra y las piedras.

—Oh.

Slaen bajó su cabeza para olfatear las piernas del diedra.

—¡¿Qué haces?! —preguntó Eliedas apartándose por inercia al recibir un ligero lengüetazo del can.

—Lo siento, fue instintivo —dijo con sus orejas contrayéndose hacia atrás—. Muchas bestias lo hacen para aliviar y sanar a su compañero. Me dejé llevar por los instintos de este cuerpo —mencionó sin dejar de mirar los pies descalzos del chico—. ¿En qué momento perdiste el otro zapato?

—No lo sé, no me di cuenta.

El cánido pensó que el chico quería hacerse fuerte o bien era alguien muy orgulloso.

—¿Aún llevas las monedas que te dio la matriarca?

El chico se descolgó el bolso que llevaba y lo abrió revelando el contenido y mostrando varios cambios de ropa, así como varias monedas.

Slaen fijó su vista en el horizonte. Era una visión árida, limpia de cualquier otra cosa que no fuera un panorama árido de tierra rocosa, con algunos brotes de musgo seco y el cielo rojizo que revelaba su próximo anochecer.

—Hay una pequeña villa. Cuando anochezca por completo sus luces se harán visibles. ¿Crees poder aguantar hasta entonces?

—Sí, puedo, sí puedo —contestó de forma frenética asintiendo con un movimiento rápido y repetido de su cabeza. Veloz, se apartó del can y adelantó el paso.

—No es por allá —le advirtió el animal, haciendo que el chico, algo cohibido, regresara al lado de su nuevo cuidador.

—Perdón.

—Descuida, incluso a mí me pasó cuando aún era más joven. Pero creo que yo aún era peor. En cuanto pude mis cuatro patas agarraron fuerza y las pude mover sin tambalear, no cesé en usarlas y dejé de arrastrarme por el suelo como una lombriz. ¡Trotaba sin reparo! Era bueno para correr, pero malo para orientarme. Una vez, mi madre nos llevó a mi hermana y a mí a enseñarnos a cazar. Estaba tan emocionado que, cuando nos tocó descansar un poco, decidí adelantarme y entrar al bosque y no me fijé siquiera qué rumbo tomaba. Solamente corría, sin freno alguno, hasta que me di cuenta de que estaba solo. Lo peor es que no sabía volver.

Eliedas siguió el paso del can, escuchando, atento pero algo perdido, con su vista en el suelo y con los hombros caídos. Aún le persistía el sentimiento de vergüenza, solamente observando el andar de sus pies con el de su cuidador notando que las de su tutor eran más delgadas al de las otras especies que conocía y cubiertas por aquella textura de pelaje color oscuro.

—No sabía usar ni mi nariz ni mis oídos para guiarme, y me desesperaba fácilmente como para poner atención con mis ojos, era una cría muy atolondrada... —Miró de soslayo a la cría quien seguía mostrándose apocada, irguió su cabeza y elevó un poco más su voz, sin dejar de ser suave—. Estuve perdido tres días; fue la primera vez que experimenté el sentimiento de hambre. Aunque intenté cazar, fue inútil y terminé herido. Incluso me torcí una de mis patas...

Recordó ansioso aquellos hechos, y mordisqueaba el pasto o alguna rama para saciar la ansiedad y el hambre. Contó acerca de cómo su propio lloriqueo aumentaba al no hallar el camino de regreso, y omitió para el pequeño la parte de cuando un latir apresurado sofocaba su pecho, y cuando este empezó a disminuir por el agotamiento y el dolor de sus cansadas patas junto al dolor de su pata torcida.

—Al final caí rendido al suelo como tantas veces, pero esta vez no quería levantarme, ya no lo... bueno como ves, tuvo un final feliz, sigo aquí.

El dolor pareció apagarse al tiempo que sus ojos se entrecierran; el frío, que en un principio le calaba, conforme iba perdiendo la conciencia se volvió reconfortante.

Luego, tras unos breves segundos en la oscuridad o quizas fueron minuto o tal vez mucho más la verdad, Slaen ya no lo recordaba la emanación, solamente tenía memorizado la sensación de ser acogido por manos amables,tan reconfortantes como cálidas. Y una vos suave vos musitando en repetidas ocasiones que no le dejará

—Eso es todo lo que recuerdo... Bueno, eso y la sarta de regaños de mi madre. Eso nunca lo olvidaré.

—¿Ella te encontró?

—No, pero sí me buscó sin parar durante esos días perdidos. Quien me llevó a casa fue mi —se detuvo en seco para confusión del pequeño diedra, parecía buscar la palabra con la que continuar, pero no tardó en volver en sí—... mi padre —dijo con sequedad y con pronunciación desdeñosa en cada sílaba. Luego elevó su mirada sobre el horizonte, que empezaba a tornarse entre azul y tintes morados oscuros, junto al apagarse de la luz solar, a la vez que pequeñas luces se hacían notar conforme el par se acercaba.

Luego posó su vista sobre Eliedas, quien ahora miraba en la misma dirección. Después siguió viendo el paso torpe de la cria por el dolor en su pie descubierto.

—¿Alguna vez has visto a un humano? — preguntó alentando intencionadamente su paso, para quedar atrás.

—Mmm... no. Sé que son, pero solamente los he visto en libros y en algunos retratos.

—¿Ni siquiera de lejos? Sé que en ocasiones son visitados por ellos.

—Tampoco, si se presentaba alguno no se me dejaba verlo.

—Entonces tendré que pedirte que no temas, cuando voltees.

—! ¿Qué?!

Sintió un pequeño jalón de su bolso, estaba siendo abierto, sintió aligerar el peso. Pero todavía obedeció la orden, aun cuando fue tentador voltear.

—Cambiaré mi forma, has de saber que mi especie tiene esta habilidad. —El pequeño asintió— Bueno, si es así, espera a cuando te diga que es seguro, es algo impresionante —dijo y en unos instantes, vio la tierra y las piedras levantarse en dirección contraria. Sintió una ventisca helada golpear suavemente su espalda mientras se mantenía erguido en espera de una orden, tentado a girarse y ver, con ligeros movimientos de su rostro, pero aun sin alcanzar a enterarse de que ocurría detrás de él.

—Ya está —dijo Slaen, y lentamente Eliedas se volteó, quedando anonadado por la nueva imagen que delante de él se presentaba. Ya no tenía la forma cuadrúpeda y con pelaje, había sido reemplazada por una figura humanoide, por una criatura de una extraña tonalidad trigueña que le recordaba a la arena del mar al comenzar el atardecer. Aunque delgado, se notaba que era un cuerpo musculoso, pero Eliedas sentía que era más frágil que el de una karnante, un poco más bajo en estatura. Su rostro era fino, de rasgos delicados, que le recordaban ligeramente a lo diferente que eran las hembras karant con los rostros más toscos que los machos. Pero lo que más llamó su atención fueron las extremidades de Slaen: a diferencia de los kranantes que poseen cuatro dedos, tenía cinco, un cabello similar al que su tutora llevaba en su cabeza. Slaen había conservado el color oscuro de su pelaje, era largo hasta llegar a los hombros y levemente rizado en las puntas. Aquello era una cosa extraña para el chico. Aquella bestia peluda pasó a estar desprovista de casi todo su pelaje y, para consternación del joven, ¿cómo se había cambiado tan rápido? Y es que cubría su cuerpo con el ropaje que había guardado en el bolso y le quedaba a la medida y bien colocado.

—Tranquilo —dijo poniéndose a la altura de la cría—. Lamento tener que exponerte tan pronto a nuevas experiencias.

—Está bien, no debí sorprenderme al saber que usted es una emanación... ¡Ah!

Fue sujetado debajo de las axilas y, de un instante al otro, se encontró sentado encima de los hombros de Slaen.

—Sujétate bien. —Entre el tambaleo de su cuerpo y el no saber cómo actuar, se inclinó y se agarró de la cabeza de su cuidador.

—Cuidado, que no veo —dijo más entre risas que molesto.

—Ya falta poco, pero no creo que tus pies aguanten, así que el resto del camino irás en mis hombros.

Así fue, en el camino restante, Eliedas se mantuvo con su cuerpo inclinado mientras se aferraba a la cabeza del... ¿humano?, quien no se inmutaba ante el fijo, pero tembloroso agarre del chico. El pequeño sintió el vértigo de la altura, jamás había experimentado ser cargado de esta manera y el contacto era nuevo. La textura del cabello del sujeto era suave, pero, para el pequeño, ese contacto picaba entre sus dedos. No le causaba dolor, pero sí era algo molesto que lo tentaba a soltarse si no fuera por el miedo a una caída que podría resultar dolorosa.

—Ponte el manto sobre la cabeza— le previno cuando ya estaban adentrándose al pequeño poblado. Rápidamente, Slaen agarró su capucha y se la colocó sobre la cabeza a Eliedas.

No era bueno alertar a otros que Eliedas se marchaba con un extra fuera de estas tierras, al menos no cuando todavía permanecían en estas, después de todo Eliedas salió sin avisar del reino, sería polémico que la cría de los venerados diedras fuera dado a manos extrañas, habría quien lo verían como un insulto a sus creencias. Quizás habría quienes se alegrarán, otros podrían aprovechar para tomar venganza con sus propias manos al saber que Eliedas estaba lejos de la protección de la matriarca, y este sujeto no le parecía fuerte a la cría, al menos en los estándares de su gente, quizás lo era con su ¿Especie? Reflexionaba el pequeño diedras mientras avanzaban por el pequeño poblado. No pasaban desapercibidos por sus residentes, pero era Slaen quien llamaba demasiado la atención, un humano, aunque no eran inexistentes, eran pocos que visitaban estas tierras y generalmente se miraban dentro de las grandes ciudades, no en pequeños poblado de Sortoloxia.

En su andar, Slaen se detuvo en un par de ocasiones para hablar con algunos pobladores, preguntaba qué medio de transporte podría llevarlo a un sitio llamado Silvanem. Los residentes le indicaron:

—Si quieres salir de aquí... —el karnante macho se detuvo para observar brevemente al que reconocía como un humano. También observó a Eliedas, pero poco le importó, ya que el chico, como supuso él mismo, no lo reconoció por la capucha; estaba más intrigado con la figura adulta—. Tendrá que comprar un umbra, de otra manera le será muy difícil. Casi nadie va allá, es raro el karnante que quiera hacer tan largo viaje por nada, pero, al menos si conoce el camino, con un umbra podrá recorrer tan larga distancia. El karant señaló el camino cuando Slaen preguntó de quién podrían conseguir el umbra.

Slaen bajó a la cría , dejándolo encima de un pequeño barril tapado para evitar que tocara el suelo, y le dijo al pequeño que volvería pronto.

Cuando regresó, volvió con una gran criatura alada, de un precioso color turquesa claro que intentaba su plumaje con varias y diminutas manchas blancas rodeando su cuerpo; las plumas recorrían su esbelto cuerpo, desde su alargada cola, que se meneaba de un lado para otro hasta sus delgadas y largas patas. La única parte que carecía de este plumaje era su pálido rostro. Este era plano y redondeado de color gris claro, con pequeñas fosas nasales rosadas y con largos ojos almendrados color oscuro que daban una impresión terrorífica que podía acrecentarse con el abrir de su boca que, a pesar de su pluma, no poseía pico alguno y daba la sensación de una burlesca y siniestra sonrisa. A los lados de su cabeza, sobresaliendo entre el plumaje, tenía unos pequeños cuernos que levemente estaban torcidos.

Cuando estuvo enfrente del pequeño, la criatura se levantó de sus cuatro patas y se irguió con la ayuda de las dos traseras, haciendo notar su tres enormes garras. A ello, el umbra estiró su largo cuello y se aproximó a Eliedas, a quien miró fijamente. Inspeccionando, bajó la cabeza de manera cautelosa. Luego la ladeó en un ademán de curiosidad.

El pequeño quiso dar un paso hacia atrás ante la presencia de la extraña criatura, pero resistiendo la idea de huir. Slaen susurró un «todo está bien». Su tutor pasó su mano y empezó a masajearla por debajo del espeso plumaje del cuello. Se notó que le gustaba mucho, pues cerró los ojos disfrutando del tacto, emitió un chistoso gorjeo y posó sus patas delanteras nuevamente al suelo. Cuando Slaen se detuvo de acariciar, tomó nuevamente al chico por debajo de los brazos con la intención de subirlo al lomo del umbra, pero la criatura gruñó al tiempo que apartaba su cuerpo. El joven, ante ello, pataleó aterrorizado e involuntariamente, golpeó la rodilla de Slaen con su pie herido. El diedra lloriquea ante el ardor de su pie por el golpe, y por el susto que se había llevado. Fue soltado, tembloroso, miró a su cuidador. Después pasó a mirarse la rodilla y se sintió acongojado sin atreverse a mirar.

—Fue mi culpa, disculpa —declaró Slaen poniéndolo a su altura nuevamente, aunque con esto dejó ver una mueca de dolor al flexionarse—me precipite.— Pasó de soslayo a mirar a la criatura al lado. —No pensé que te tendría miedo.

—¿Miedo?— expresó el pequeño.

—Eres algo nuevo, es normal que actúe con hostilidad. —Sacó de su bolsillo un pedazo de carne seca que ofreció al pequeño—. Dáselo, intenta acariciarlo conmigo mientras se lo come, eso ayudará a que te tome confianza o, por lo mínimo, lo distraerá.— Eliedas extendió su mano con las palmas abiertas mostrando el alimento y el animal se acercó cauteloso y algo curioso. No pudiendo resistir el olor de la comida, bajó su cabeza haciendo que el cuello rozara la tierra; luego la elevó y lentamente tomó el alimento y comenzó devorarlo, azuzado por Slaen que juntó su mano acariciando el suave plumaje. Eliedas lentamente y conforme sentía su piel pasar por cada tramo de plumas, se iba entreteniendo y relajando, destensando su cuerpo. Lo mismo pasaba con el umbra, que, al inicio, mientras probaba su comida, se mantuvo cauteloso y mirando al diedra inquisitivamente. Pero conforme más comía más se perdía en ello y se veía más cómodo con la presencia del chico.

—¿Estás listo? —preguntó Slaen a Eliedas, quien, no muy convencido, asintió permitiéndole ser nuevamente cargado y puesto, esta vez, en la montura de la criatura, seguido por Slaen que montó en la espalda, quedando detrás de Eliedas a quien ayudó a acomodarse y a sujetarse de las riendas que tomó y que estaban atadas a los cuernos del umbra.