Capítulo 1
La noche era densa y sofocante en el desierto egipcio. La luna, alta en el cielo, proyectaba sombras fantasmales mientras un grupo de jinetes trataba de alcanzar a dos sombras que estaban escapando. Una de las sombras, un joven de ojos ámbar y mirada fiera sujetaba con fuerza y desesperación las riendas de su caballo. Su ropa de lino fino estaba rasgada, y la sangre manchaba los bordes de su túnica.
—¡Más rápido! —gritó Zahir, mirando hacia atrás mientras las antorchas de sus perseguidores se acercaban como un enjambre de luciérnagas furiosas.
—Mi señor, el río está cerca. Si llegamos al bote, podrá escapar —respondía Amun, su fiel sirviente, con voz serena a pesar del peligro. El hombre, de cabello oscuro y alto, una piel morena y con rastros de quemaduras por el sol, la única persona de confianza que quedaba para él.
Ambos agitaron las riendas de los caballos para que estos pudieran ir más rápido. El silbido de una flecha cortó el aire, impactando en la arena a pocos metros de ellos, Zahir frunció el ceño, maldiciendo en silencio, su caballo se asustó y poco perdía el control, consiguió calmar al animal para que siguiera avanzando.
Sabía que no podía confiar en nadie. Todos querían algo de él: su linaje, su herencia, su vida. Tres años atrás vivía en la mayor gloria, su padre, Faron, su hermano el príncipe heredero, su hermana mayor, quien sería la futura esposa del heredero, y sus dos hermanas, y él. Su madre murió al darle a luz, así que solo eran ellos.
El reino se levantó, Egipto cayó bajo las manos de los israelíes, quienes estaban cansado de la esclavitud, no creían en las palabras de Dioses de egipcios, solo había un Dios para ellos, el Dios hebreo. Atacaron a la familia y todos perecieron, excepto el joven príncipe, Zahir, quien fue salvado y protegido por Amun, su fiel sirviente. Dentro de él corría la sangre de Ra* estaba en su sangre, no podía morí.
Los años solo hicieron que los forasteros y mercenarios lo buscaran, querían verlo al mejor postor. En ese tiempo aprendió a huir, esconderse, a desconfiar y asesinar.
—No nos alcanzarán—se dio en voz baja, aunque sus propias palabras carecían de convicción.
El río finalmente apareció ante ellos, una franja oscura y tranquila en el desierto. En la orilla, un pequeño bote esperaba, oculto entre las plantas.
—Suba, mi señor —ordenó Amun mientras ayudaba a Zahir a descender del caballo. Sus manos temblaban ligeramente, pero no por miedo, sino por la urgencia del momento.
Zahir subió al bote, pero algo en la expresión de Amun lo detuvo. El sirviente no subía al bote, y seguía sin soltar las riendas de los caballos.
—¡Amun, rápido! ¡No hay tiempo para esto! —gritó Zahir.
Amun lo miró con una suave sonrisa, una que Zahir no había visto en mucho tiempo.
—Mi lugar es aquí, mi señor. Debo asegurarme de que no lo sigan.
—¡No! ¡No lo voy a permitir! —Zahir intentó levantarse, pero Amun se acercó rápidamente y puso una mano firme en su hombro.
—Usted es el último de su linaje. Si algo le pasa, no habrá nadie para recordar el nombre de su familia y mi deber como sirviente es servir y proteger a la familia— explico. —Deje que cumpla con mi deber hasta el final.
Las palabras de Amun eran irrefutables, y Zahir lo sabía. Observó cómo su sirviente empujaba el bote hacia el agua. Su corazón latía con fuerza, no quería eso, quería que Amun se fuera con él, quería una vida con él.
—¡Por favor! No me dejes, ven conmigo— suplico, no quería soltarlo, no quería que se fuera
—Viva, mi señor. Eso es todo lo que le pido. —dijo mientras acariciaba su mejilla, tampoco lo quería dejar ir, quería irse con él pero si no distraían a esos hombres era muy probable que los volvieran a alcanzar.
La tentación de besarlo una vez más era fuerte, pero el sonido de los cascos de los caballos y los gritos de los perseguidores se hacía más fuerte. Amun empujo con más fuerza el bote, este empezó a flotar, sin dudarlo le dio la espalda y salió del agua para desenvainar una vieja espada que llevaba en la cadera y se plantó firme frente a la orilla, como un guardián dispuesto a enfrentar a un ejército.
Zahir, impotente, agarró los remos y comenzó a remar. Desde el bote, miró hacia atrás una última vez. La figura de Amun, iluminada por las antorchas enemigas, quedó grabada en su memoria.
El eco de la lucha se perdió en el murmullo del agua. Y aunque Zahir estaba a salvo, una nueva soledad lo envolvía, una que ni siquiera el río podía llevarse. Sin poder evitarlo lanzo un grito de dolor, lo único que le quedaba se había ido.
Amun se había ido.
El río se volvió cada vez más indomable conforme Zahir se alejaba, y empezaba a adentrarse gran océano, el territorio de Nun*. La corriente, primero tranquila, comenzó a ganar fuerza, arrastrando el bote hacia remolinos peligrosos. Zahir luchó por mantener el equilibrio, pero su inexperiencia con los remos le jugó en contra.
—¡Maldita sea! —gruñó entre dientes, tratando de maniobrar, mientras el agua salpicaba su rostro. Los remolinos se volvieron más intensos, y el rugido del agua inundó sus oídos.
Una ola particularmente fuerte golpeó el bote, volcándolo por completo. Zahir fue lanzado al agua fría y turbia, sus pulmones ardiendo mientras luchaba por respirar. Las corrientes lo arrastraron como si fuera un simple fragmento de madera, y todo se volvió negro.
Cuando finalmente recuperó la conciencia, Zahir sintió la calidez del sol sobre su piel y el sabor salado del agua en sus labios. Abrió los ojos con esfuerzo y se encontró tumbado en una playa desconocida. La arena blanca se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y una densa selva comenzaba a pocos metros de él.
Con dificultad, se incorporó, mirando a su alrededor. No había rastro de sus perseguidores ni del bote. Estaba completamente solo en lo que parecía ser una isla desierta.
Apretó los puños, una mezcla de frustración y alivio lo recorriéndolo. Había sobrevivido, pero ahora enfrentaba un nuevo desafío: encontrar la forma de salir de ese lugar.
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Por otro lado, a varios días de distancia de donde Zahir enfrentó su odisea, Etel también vivía una tragedia propia. Días anteriores estaba en casa, con su tribu cerca del Atlántico donde se conocerá como Canadá en un futuro.
Vivía con su familia, su padre era consejero del encargado de la tribu., su madre era una de las curanderas, ayudaba a las demás mujeres a dar a luz, curaban a los hombres que salían de caza lejos de la región, y su hermano, un total bárbaro adicto a la caza, siempre lo veías cazando o peleando con algún animal salvaje.
Etel aprendió la pesca, fue la única idea que tuvo con tal de no ser parte del círculo de consejeros de la tribu. Se hizo de dos amigos, una chica de nombre de Sikwan*, con quien su hermano estaba empeñado a casarse pero la chica era demasiado reacia a aceptar su cortejo, las pieles de osos no la enamoraban en realidad. El otro amigo era Makwa*, era hijo de una de las mejores familias de la tribu, tenían generaciones de cazadores y guerreros entre ellos, hubo una conexión demasiado fuerte entre ellos al conocerse.
—Lo dices como si fuera gran cosa— decía Etel, ese día estaban lejos del campamento, acostados en un gran grupo de pieles que habían conseguido para descansar. A un costado dormía su otra amiga, Sikwan, quien parecía siempre un oso en la época nevada. En ese momento Etel le contaba acerca de la insistencia de sus padres en aceptar la oferta de ser parte del gran consejo.
—Tu familia es muy conocida, que ellos te pidan unirte al consejo suena muy bien— alentaba su amigo. Ese día el cielo estaba despejado aunque aún los arboles estaban llenos de nieve. —Papa siempre dice que les debemos respeto…
—Les debemos respeto— interrumpió Etel con sarcasmo. —Es fácil para ti, a ti solo te piden ser un cazador y eso es mucho más interesante. Mejor pelear con un oso que con un grupo de ancianos que con trabajo pueden ver más allá de sus narices.
—Sí, pero un día podría morir por un oso o un alce ¿no te preocupa eso? — decía con falsa tristeza y haciendo un puchero.
Etel no hizo más que sonrojarse y darle un manotazo a su amigo.
—Idiota, sabes que me pondré triste— dijo con una risa antes de volver a mirar a Makwa. Ese era su mayor miedo, que un día saliera y jamás volviera.
Sonrieron y tomaron sus manos, Sikwan dormía así que no vería esos gestos de cariños, esos que eran prohibidos.
—Mañana iré a pescar al sur, así que no te veré estos días— dijo Etel con ternura. —Cuando regrese ¿estarás esperándome?
—Mi corazón y yo siempre estaremos esperándote— dijo antes de depositar un beso los nudillos de sus manos unidas.
Etel sonrió. El viaje no sería largo y pronto volvería a casa, tal vez tres días si el clima jugaba en su contra.
El sonido de trompetas los alerto, Sikwan se levantó de golpe y tomo en automática la lanza que descansaba a su lado, sus ojos buscaban el peligro.
Etel y Makwa se levantaron de igual forma, este último tomo su lanza, Etel no tenía armas a diferencia de ellos dos, él no sabía cazar ni pelear. Empezaron a ver humo por la zona del campamento.
Una invasión. Makwa fue más rápido, se adelantó a ambos.
El trayecto de regreso a la aldea, que normalmente era sereno y familiar, se convirtió en una carrera desenfrenada, con ramas que arañaban su rostro y nieve que se alzaba bajo sus pies. Cuando alcanzó la última línea de árboles que daba a su hogar, el horror lo detuvo en seco.
El lugar donde siempre había habido risas y actividad ahora estaba sumido en el caos. Las cabañas ardían, vomitaban columnas de humo que se alzaban hacia el cielo. Hombres desconocidos, envueltos en capas pesadas y armados con espadas y hachas, arrastraban a las mujeres y a los niños hasta un bote en la costa mientras los ancianos y algunos hombres yacían en la nieve, incapaces de defenderse.
Etel dio un paso adelante, pero la escena lo abrumó. No sabía pelear, nunca había tocado un arma en su vida, y el instinto de correr y esconderse lo golpeó con fuerza. Sin embargo, cuando vio a Makwa forcejeando contra dos invasores que intentaban reducirlo, algo dentro de él se rompió.
—¡Makwa! —gritó con toda las fuerzas.
El joven cazador se giró hacia el sonido de su voz, con el rostro ensangrentado y los ojos desbordantes de furia.
—¡Etel, corre!
Pero no corrió. Antes de que pudiera moverse, una mano poderosa lo sujetó por detrás, un agarre que lo inmovilizó como una trampa de hierro. Se debatió, pateó y trató de liberarse, pero sus movimientos eran torpes y desesperados.
—¡Déjenlo! —oyó a Makwa gritar mientras intentaba avanzar, pero un golpe en la cabeza lo derribó en la nieve.
Etel se giró para ver el rostro de su captor, pero todo ocurrió demasiado rápido. Otro golpe, esta vez dirigido a su sien, lo dejó tambaleándose. Su visión se tornó borrosa, y los gritos y el sonido del fuego se mezclaron en un eco distante. Lo último que escuchó antes de caer fue la voz de Makwa, desgarrada por la desesperación, llamándolo por su nombre.
Cuando recuperó la consciencia, un viento helado le azotaba el rostro. Abrió los ojos lentamente, solo para descubrir que estaba atado y recostado en un bote que se balanceaba al compás de las olas. Las manos y los pies le dolían por las cuerdas que lo mantenían prisionero, y a su alrededor, mujeres y niños lloraban en silencio, abrazándose unos a otros para darse calor.
Busco con la mirada alguna señal de sus amigos, no veía un rostro que fuera considerado como “amigo”, no veía a Sikwan, no la habían atrapado ¿pero si la habían matado?
Makwa.
Se alertó pero una tos lo hizo frenarse.
Un hombre corpulento, con una barba enmarañada, lo miró desde el otro extremo del bote, era clara la señal de que no se moviera o seria asesinado al momento. Etel quiso hablar, exigir respuestas, pero su garganta estaba seca y el frío había robado toda la fuerza de su cuerpo.
¿Por qué lo subieron a él? Se preguntó pero al mismo tiempo se paralizo. Lo habían confundido con una mujer, estaba claro por cómo lo trataban. Desde joven sufría aquella confusión entre la tribu, cuando alguien nuevo llegaba y lo veía en ocasiones lo confundían con una mujer pero él explicaba en realidad quien era, su hermano siempre se burló diciendo que fácil podrían ponerle la vestimenta de su madre y una mujer.
El pensamiento era agridulce: le habían personado la vida, pero lo había condenado a un destino incierto. Mientras el bote se alejaba más y más, solo podía pensar en Makwa, en sus ojos llenos de terror, y en si alguna vez se volvería a ver.
La travesía había sido tranquila al principio, pero los cielos se tornaron grises y el viento trajo consigo unas nubes llenas de desastre.
La tormenta golpeó sin advertencia. Las olas azotaban el barco con una fuerza descomunal, estaban perdiendo el equilibrio y alguno de los hombres ya habían caído al agua. Las mujeres lloraban junto con los niños, uno de los guardias dejo caer su espada, Etel vio la oportunidad de tomarla y cortar la cuerda, llevándose alguna herida por el mal movimiento.
—¡Debemos abandonar el barco! —gritó un hombre, pero su voz se perdió en el caos. Etel apenas alcanzó a escuchar las palabras cuando una ola inmensa barrió la cubierta, volteando el barco y arrastrándolo al mar.
El agua salada llenó su boca y nariz mientras luchaba por mantenerse a flote. Se aferró a un pedazo de madera, su única esperanza en medio de la inmensidad del océano.
Nadie más salió del agua.
Cuando la tormenta finalmente se disipó, Etel estaba exhausto. Había perdido la noción del tiempo, el hambre y la sed comenzaban a afectarlo. Al tercer día de deriva, divisó tierra a lo lejos. Reuniendo sus últimas fuerzas, remó con manos y pies hasta que sus rodillas tocaron la arena.
Etel cayó de bruces, jadeando mientras la brisa cálida de la isla lo envolvía. Estaba vivo, pero ahora enfrentaba un territorio desconocido. Al levantarse, observó el paisaje con ojos alerta: una playa virgen y una selva que prometía peligros y refugio en igual medida. Busco algún otro sobreviviente pero no encontró nada más, todos se habían ahogado.
Estuvo varios dando vueltas, lo único que había encontrado fueron unas bayas viejas, cazo uno peses con una red vieja que le llevo Sedna*.
—Sobreviviré —murmuró para sí mismo, todas las noches. Quería volver a casa, debía volver a casa.
Tras vivir una semana en esa isla una tormenta llego a la isla, se refugió entre los troncos caídos, esa noche no pudo dormir, los rugidos de la tormenta lo ponían nervioso, el olor de la lluvia y el sabor salado le recordaban el día en el que el bote se volcó.
Sin saberlo, el destino había comenzado a entrelazar su camino con el de otro joven naufrago, cuyas pisadas pronto se cruzarían con las suyas.
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El aire cálido y salado de la isla envolvía a Etel mientras caminaba por la orilla. Sus pies hundidos en la arena húmeda dejaban huellas que las olas pronto borraban. Habían pasado días desde que llegó a esta tierra desconocida, y aunque había encontrado agua dulce y frutos, la soledad comenzaba a pesarle más que el hambre.
“¿Habrá alguien más aquí?” pensó, mirando el horizonte infinito. Pero el silencio de la isla siempre respondía con la misma indiferencia.
Hoy había más sol que el resto de la semana, estaba en un lugar donde parecía ver más tormentas que un cielo despejado así que el buen clima era muy extraño para él. Tal vez ese día podría ir más lejos sin miedo a que lo alcanzara una tormenta, como paso la noche anterior. Dejo sus ropas en su pequeño refugio, usar pieles de animal resultaban incomodo de día, no había nadie más que las robara.
Sin embargo, ese día, no estaba solo.
Zahir observaba desde la penumbra del bosque. Llevaba horas siguiendo las pisadas que había encontrado cerca de un arroyo, las mismas que lo habían llevado a esta extraña figura que ahora caminaba a lo lejos. Su instinto le decía que debía mantenerse oculto; la desconfianza era la única aliada que le quedaba.
“Un hombre... no parece un guerrero,” pensó, evaluando los movimientos del desconocido. Su ropa, hecha jirones y pieles, no le daba señales de su origen. Y la piel blanca le causaba mayor desconfianza, el no confiaba en foráneos, siempre eran traidores y egoístas. Aunque su cuerpo le confundía ¿un hombre o una mujer?, pensó, era mucho más delgado que él.
Zahir no podía permitirse bajar la guardia.
Etel se detuvo de pronto. Sintió una presencia, algo que no encajaba con el habitual susurro de las olas y las hojas. Giró la cabeza lentamente hacia el bosque.
—¿Quién está ahí? — preguntó en voz alta, aunque no esperaba una respuesta. Su corazón latía, tomo un pedazo de tronco del suelo, listo para golpear a todo lo que se acercara él.
Zahir tensó la mandíbula. Las palabras eran ajenas, extrañas, pero el tono no parecía amenazante. Finalmente, después de unos momentos que se hicieron eternos, dio un paso adelante, dejando que la luz filtrada entre los árboles y revelara su figura.
Etel lo vio aparecer: no era tan alto como él, con la piel oscura y los ojos amarillos que lo observaban con una mezcla de alerta y curiosidad, era la mirada de un felino. Su cabello era oscuro, largo hasta los hombres, su ropa pudo ser blanca en algún tiempo pero las manchas de tierra y sangre cambiaron esa tonalidad.
Nunca había visto alguien tan diferente a él, no se parecía a los invasores de cabellos claros que atacaron la tribu. Quiso dar un paso hacia él pero el otro se puso a la defensiva rápidamente y de sus ropas saco una daga, las señales de alarma se activaron en él.
Se quedó quieto.
—¿Amigo? — intentó Etel, señalándose el pecho y luego apuntando hacia Zahir con un gesto esperanzado.
El moreno respiraba agitado “¿Qué?”, pensó, no comprendió a la otra persona, era un dialecto diferente. No bajo la guardia.
—¿Dónde estamos? — pregunto.
Etel no comprendió.
— ¿Amigo? — volvió a preguntar, tal vez el otro no lo escucho.
Zahir se desesperó, no había forma que el otro le entendiera y parecía que el tampoco podría entender al otro chico.
—No entiendo tu lengua— dijo Zahir en voz baja, con el ceño fruncido y agitando la cabeza en negación. Su tono era firme, pero no agresivo.
Etel lo miró, confundido. Las palabras del chico no tenían sentido para él y el gesto de negación lo dejo mucho más confundido “¿Era o no amigo?”, pensó. Dio un paso más cerca, bajando el tronco y levantando ambas manos, intentando demostrar que no era una amenaza.
Zahir, aunque receloso, bajó la guardia ligeramente. Alzó una mano guardo la daga entre sus ropas e imito el gesto de Etel, y luego señaló el inicio de la playa, como sugiriendo que se mantuvieran a distancia segura.
Los siguientes minutos fueron una danza torpe de señas malinterpretadas. Etel intentaba ofrecer algo de fruta que llevaba en sus bolsillos, pero Zahir pensó que se trataba de un trueque y buscó entre sus propias pertenencias algo que pudiera ofrecer, no encontrando nada, unas dos nueces y unas yerbas medicinales, las cuales estaban mojadas. Ambos se frustraron hasta el punto en el que los gestos se volvieron más grandes y exagerados, Zahir resopló, molesto, y se cruzó de brazos.
“Esto será imposible,” pensaron ambos al mismo tiempo, aunque en lenguas diferentes.
Sin embargo, ni uno ni otro se alejaron. En el fondo, ambos sabían que, en esta isla solitaria, encontrarse con otro ser humano, aunque incomprensible, era mejor que seguir enfrentando la soledad absoluta.
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El silencio entre ellos era incómodo, roto solo por los rugidos lejanos de las olas y el crujir de hojas bajo sus pies. Después de su torpe primer encuentro, Etel había intentado acercarse a Zahir, pero el egipcio mantenía una distancia deliberada, observándolo con una mezcla de cautela y desconfianza.
Zahir había aprendido que la cercanía con otros seré era peligrosa. La experiencia le había enseñado que incluso la bondad podía ser una fachada para esconder dagas. Sin embargo, no podía negar que el joven, a pesar de sus gestos frustrantes y su lengua incomprensible, parecía tan perdido como él. Se veía agradable.
“¿Va a seguirme todo el día?” pensó Zahir, lanzando una mirada rápida hacia Etel, que caminaba unos metros detrás de él, cargando una improvisada cesta hecha con ramas.
Por su parte, Etel estaba igual de frustrado. Había intentado compartir comida con Zahir, ofrecer ayuda para recoger agua, incluso gesticular sobre cómo podrían trabajar juntos, pero todo era recibido con una mirada fría o un movimiento de cabeza. Eso empezaba a desesperarle.
El sonido del cielo los hizo frenar, Etel miro hacia arriba y frunció el ceño mientras chasqueaba la lengua, el olor del viento indicaban que esa noche haría tormenta, necesitaba comida. Dejo la canasta y se acercó pronto a la orilla del mar, donde empezó a jalar su improvisada red de pesca.
“¿Qué le pasa?” pensó el moreno al verlo, apretando los labios mientras veía cómo el otro hombre hacia su trabajo. Lo miro sorprendido cuando vio pescados, un pescador. Había visto a algunos cuando su hermano lo llevaba a visitar el reino.
Al sacar los pescados Etel los lanzo dentro de la canasta y con un gesto señalo un costado de la isla. Sin mirar empezó a caminar, Zahir se quedó un rato en su lugar, no confiaba en seguirlo pero el sonido de los truenos lo hizo considerar que lo mejor será ir a donde fue el otro tipo.
Etel no dijo nada, no le insistiría al chico, estaba seguro que era bastante inteligente para darse cuenta de la tormenta que se avecinaba, tardaría al menos unas cinco horas en tocar tierra. Al poco rato escucho pasos atrás de él, giro un poco la cabeza para ver al chico, pero este se frenó y frunció el ceño al verlo, parecía que no quería que el chico lo viera. Etel suspiro y siguió su camino.
Ignorando a Zahir se fue directo al rio, donde limpio el pescado, no tardo mucho. Al regresar se sorprendió de ver a Zahir sentado en donde claramente era su cama. Etel lo miró incrédulo.
—¿En serio? ¿Aquí? — Murmuró en su idioma, señalando su refugio y luego a Zahir con un gesto que intentaba decir —Busca otro lugar.
Zahir frunció el ceño. No entendía las palabras, pero el significado era evidente. Enderezándose, cruzó los brazos y señaló el suelo a sus pies, como diciendo que tenía tanto derecho a estar allí como Etel.
—No tienes poder aquí, — murmuró en egipcio, aunque sabía que no sería entendido.
Etel suspiró, frotándose la frente. La idea de compartir su espacio con un extraño no le hacía gracia, pero tampoco podía dejarlo ir, no era tan mala persona para dejar al otro bajo la lluvia.
Si algo había aprendido en sus días en la isla, era que la supervivencia sería mucho más difícil solo y la tormenta no ayudaba en nada.
Resignado, Etel se sentó y ofreció un pedazo de pescado a Zahir, el cual hizo una cara de asco. El moreno miraba a su alrededor, parecía que quería decir algo pero no sabía cómo decirlo, Etel lo miro confundió y tomo una de las bayas que encontró, estaba por metérsela a la boca cuando una mano lo detuvo.
Amun le había enseñado a Zahir sobre la supervivencia con frutos silvestres, le conto que algunos de ellos contienen veneno y como fugitivos no tenia a sus catadores de confianza que probaban todo antes que el príncipe. Y la baya que claramente Etel estaba pormeterse a la boca era de un veneno que provocaba alucinaciones, el mismo lo comprobó antes de que Amun le enseñara, fue horrible.
Etel intento soltarse pero Zahir fue más rápido y quitándole la baya la aventó lejos.
—No— decía pero Etel seguía sin comprender. Con unas señas bastante torpes trato de simular vómito y girar la cabeza en señal de mareo, Etel no comprendió hasta que Zahir simulo un cuchillo en su propio cuello y le recordó ese juego de fingir morir que tenía con sus amigos.
—Venenosa— dijo y sin pensarlo arrojo el resto de bayas fuera del refugio.
La tormenta piso tierra. El unció en comer fue Etel, Zahir no parecía agradarle la idea de comer pescado crudo a diferencia del otro.
Durmieron de espaldas uno al otro sin tocarse, Zahir solo abrazo su daga y Etel miraba la nada.
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Con el pasar de los días el conflicto entre ambos aumento, era verdad que aún no podían entenderse totalmente pero una cosa tenían claro entre ambos, se desesperaban rápidamente uno del otro.
Por ejemplo, el refugio de Etel había cambiado totalmente y la forma en la que había pasado le había molestado en gran parte.
Zahir, acostumbrado a tomar decisiones en soledad, lo ignoró deliberadamente y comenzó a inspeccionar el refugio. Apretó los labios con desaprobación al ver las débiles ataduras que mantenían la estructura en pie. “Es un milagro que esto durara la tormenta”, pensó.
Etel, viendo cómo Zahir manipulaba su trabajo, perdió la paciencia. Había ido por agua así que al llegar y ver como su refugio era tirado se enojó, señalándolo y diciendo en un tono bastante molesto.
—¡Déjalo! ¡Es mío!
Zahir lo miró, confundido por las palabras, sabía que ese tono de voz era de alguien molesto, sin contar el ceño fruncido del otro y aun así opto por ignorarlo y tomar la soga que sostuvo esos días el refugio. Señalando el nudo, agito la cabeza en negación.
—Si quieres sobrevivir, esto debe mejorar— decía en desaprobación ante aquel nudo tan débil, aunque sabía que el otro no le entendió nada.
Por unas horas estuvieron en una riña sin entenderse, al final Zahir le dio la espalda e ignorándolo siguió su trabajo. Antes de caer la noche el refugio quedo mucho mejor, estaba asegurado con ramas de palmas y pedazos de tronco que fue encontrando. Las pieles, que antes eran la ropa del canadiense, ayudarían como una cama. Había suficiente espacio para ambos, Etel estuvo molesto varios días al principio aunque en ningún momento se negó a dormir ahí.
Para Zahir el tema de la comida era un infierno, Etel parecía acostumbrado a comer pescado crudo, sin embargo el egipcio no hacía más que mirarlo con asco, el apenas y había sobrevivido con algo de fruta silvestre.
Hubo varios días sin tormenta, lo cual ayudo mucho debido a que encontraron ramas secas y pudieron encender su primera fogata, Zahir estaba fascinado. Esa tarde tomo los pescados que cazo Etel y los puso al fuego, el canadiense lo dejo cocinar, veía fascinado como Zahir preparaba la comida y el olor era realmente exquisito.
Fue la primera vez que vio comer algo de carne a Zahir, se veía hambriento, el otro le preparo uno a Etel, comieron en silencio esa tarde. En días fue la primera vez que se sintieron menos incomodos.
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Habían pasado algunas semanas desde su primer encuentro, y aunque aún no podían entenderse con palabras, Zahir y Etel habían comenzado a dividir tareas de manera implícita. Etel se concentraba en pescar cerca de las rocas donde las aguas eran menos profundas, mientras que Zahir exploraba los alrededores, buscando frutos y yerbas, así como alguna señal que pudiera ayudarles a salir de ahí, aun tenia esperanza que Nun le enviara su bote del mar.
Esa mañana, Etel regresó al claro con un puñado de peces colgando de una liana. Sus movimientos eran eficientes, su maestro estaría realmente orgulloso de verlo de esa forma.
Zahir, al ver los peces, frunció el ceño. Admiraba en secreto la habilidad del chico, pero no podía evitar sentir un leve toque de celos. Él, un príncipe educado en la caza y la guerra, ahora dependía de un extraño para alimentarse. Con un suspiro, señaló los peces y luego a sí mismo, haciendo un gesto de agradecimiento seco antes de tomar uno para prepararlo en el fuego.
Etel levantó una ceja, divertido por la actitud distante del egipcio. “¿Siempre es tan serio?” Pensó mientras se sentaba cerca y comenzaba a limpiar otro pescado.
Horas después, mientras ambos recogían madera cerca del bosque, Zahir vio algo que le hizo detenerse en seco: huellas grandes y profundas en la tierra. Señaló las marcas, llamando la atención de Etel con un gesto rápido.
Etel se acercó, examinando las huellas con una mueca de preocupación. Aunque no entendía lo que Zahir decía, el gesto de su rostro era claro: había peligro cerca.
No tardaron mucho en descubrir al responsable. Entre los árboles apareció un jabalí de gran tamaño, sus colmillos brillando al sol mientras gruñía, agitando la tierra bajo sus patas. El animal, territorial y agresivo, no estaba dispuesto a dejarlos marchar.
Zahir reaccionó primero, desenvainando la daga que llevaba atada a su cintura. Era pequeña y no era ideal para un animal de ese tamaño, pero no iba a retroceder. Se giró hacia Etel, gesticulando con rapidez para que se apartara.
Sin embargo, Etel no era del tipo que se quedara al margen. Agarró una rama gruesa del suelo, asumiendo una postura defensiva. “No pienso dejar que me mate”, pensó mientras el jabalí bajaba la cabeza, lista para embestir.
El enfrentamiento fue caótico. El jabalí cargó hacia ellos, y ambos se apartaron en direcciones opuestas para evitar el impacto. Zahir intentó usar su daga para alcanzar el costado del animal, pero el movimiento fue torpe, y el jabalí giró rápidamente, obligándolo a retroceder.
Etel, mientras tanto, lanzó su rama hacia el jabalí, golpeándolo en el lomo. El animal se giró hacia él con un gruñido, dándole a Zahir la oportunidad de acercarse por detrás y clavar su daga en la pata trasera del animal.
La pelea continuó con ambos hombres coordinándose torpemente, usando señas improvisadas y gritos para distraer al animal y evitar ser heridos. Finalmente, Zahir logró darle un golpe certero con su daga mientras Etel lo mantenía ocupado desde el frente.
El jabalí cayó con un último gruñido, agotado por sus heridas. Ambos hombres se dejaron caer al suelo, jadeando y cubiertos de sudor y suciedad.
Por un momento, el silencio volvió a la isla, roto solo por el sonido de sus respiraciones. Entonces, Etel, cubierto de lodo y con el cabello pegado a su frente, dejó escapar una carcajada.
Zahir lo miró, sorprendido. El sonido claro y despreocupado del canadiense era completamente opuesto a la tensión de los últimos días. No pude evitarlo; La risa de Etel era contagiosa. Zahir, por primera vez desde que llegaron a la isla, escuchó, y pronto comenzó a reír también, aunque en voz baja.
Ambos se miraron, aun riendo, conscientes de lo absurdo de la situación. Dos extraños, separados por idiomas y culturas, ahora unidos por un jabalí que casi los mata.
“Supongo que sobrevivimos”, pensaron ambos al mismo tiempo.
Desde que habían llegado no habían comido otra cosa que no fuera pescado, y la carne roja se sintió muy bien para Zahir. Etel en un principio estaba por comer la carne cruda hasta que Zahir se lo quito de la misma forma que con las bayas, señalo el fuego y lo dejo cocinar.
Los días después del enfrentamiento con el jabalí trajeron un cambio sutil en su dinámica. Aunque el idioma seguía siendo un obstáculo, Zahir y Etel comenzaron a esforzarse más para entenderse. Sin saberlo, cada uno encontraba consuelo en la compañía del otro.
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Etel era naturalmente expresivo. Sus gestos, combinados con las palabras que repetía en Mi’kmaq*, se convirtieron en un medio para intentar explicar sus ideas. Se aseguraba de señalar objetos, imitar acciones, y usar su rostro para expresar emociones.
Una tarde, mientras estaban sentados junto al fuego, Etel señaló el cielo y luego imitó con sus manos la forma de una nube. Luego dijo claramente:
—Kepmite’tmnej.*
Zahir, que observaba con atención, asintió despacio. Señaló hacia el cielo y repitió el gesto de la nube antes de intentar decir la palabra:
— Kep…mi…te’tm…nej.
Etel asintió entusiasmado, sonriendo mientras repetía la palabra de nuevo, esta vez más despacio. Zahir frunció el ceño, como si estuviera procesando, y luego lo repitió con más confianza.
A medida que los días pasaban, Etel usaba este método con más frecuencia, enseñándole palabras simples para objetos y acciones comunes: agua, fuego, comida. Aunque Zahir no podía formar oraciones, poco a poco comenzaba a reconocer los sonidos.
Agradecía sus años de aprendizaje, los sacerdotes siempre elogiaban su inteligencia, decían que si no fuera porque ya había un príncipe heredero él podría ser el siguiente. A lo cual siempre Amun decía que tal vez no sea el próximo faraón pero fácilmente podría convertirse en un embajador.
Para Zahir, aprender el idioma de Etel era un desafío que se tomaba con seriedad. Cada palabra nueva que Etel repetía era como un fragmento de un rompecabezas que debía armar. Había algo casi obsesivo en su dedicación, como si demostrar que podía entender fuera un asunto de orgullo.
Por las noches, cuando Etel se quedaba dormido, Zahir se sentaba cerca del fuego, murmurando en voz baja las palabras que había aprendido ese día. A veces, pronunciaba mal, frunciendo el ceño mientras intentaba corregirse. Otras veces, se sorprendía de lo rápido que una palabra parecía quedarse grabada en su mente.
Etel era el que tenía mayor dificultad para entender el lenguaje de Zahir, entendía algunas palabras pero estaba seguro que fácil podría contar con sus dedos las palabras que había aprendido, agua, comida, tormenta y fuego. Demasiado básicas y no entender a Zahir le desesperaba.
Eran esos momentos donde extrañaba mucho más a Makwa, al ser de una familia antigua tenían mayor conocimiento en idiomas diferentes, es probable que fácilmente podría entenderle a Zahir y podría traducirle las cosas. El moreno parecía darse cuenta de la frustración del canadiense, así que con paciencia creo una especie de vocabulario con señas, recordó los jeroglíficos y de alguna forma Etel parecía comprender más esos dibujos y gestos con las manos que las palabras de su boca.
El proceso no estuvo exento de frustraciones. Había días en los que Etel intentaba explicar algo con señas complicadas, solo para que Zahir se quedara mirándolo con confusión.
Una tarde, mientras Etel trataba de enseñarle a Zahir a usar una caña de pescar improvisada, Zahir terminó dejando caer la vara al agua por accidente. Etel, molesto, cruzó los brazos y murmuró algo en Mi’kmaq que claramente no era un cumplido.
Zahir levantó las manos en un gesto universal de calma, señalando la vara y luego a sí mismo. Finalmente, hizo un gesto de disculpa que Etel entendió. Aunque aún estaba molesto, no pudo evitar una ligera sonrisa.
Aunque cuando era Zahir quien se frustraba era una historia muy diferente, siempre gritaba y decía groserías que claramente Etel no comprendía pero sospechaba que no eran buenas palabras. Terminaban al final aventándose arena, tierra o incluso piedras, insultándose en sus propios idiomas, al final del día se ignoraban y al día siguiente seguían como si nada.
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El avance más significativo llegó cuando Etel intentó enseñarle una palabra clave: su nombre.
Señaló su pecho y dijo con claridad:
—Etel.
Zahir lo observó, procesando. Luego señaló hacia él y murmuró:
—E...tel— escuchar su nombre en palabras del moreno le removía el estómago, se sentía como cuando estaba con Makwa ¿era normal eso?
Etel sonrió y asintió antes de señalar al otro, esperando que hiciera lo mismo. Zahir pareció dudar por un momento antes de responder, señalando su pecho:
—Zahir.
Etel repitió el nombre con una pronunciación casi perfecta, lo que sorprendió al otro. El egipcio sonrió ligeramente, asintiendo en aprobación. Lo miro con ternura, ese fue el primer día que no soñó con Amun, soñó con una conversación que algún día podría tener con el de piel clara.
Por primera vez, ambos sintieron que el muro entre ellos comenzaba a desmoronarse.
Con el tiempo, Etel se volvió más hábil en usar señas para explicar conceptos más complejos, mientras que Zahir demostraba una impresionante memoria para recordar palabras y sonidos. La comunicación seguía siendo lenta, pero se estaban entendiendo mejor.
Un día, mientras trabajaban juntos para reforzar el refugio, Etel dijo en Mi’kmaq con una sonrisa:
—Tú y yo... equipo.
Zahir no entendió las palabras completas, pero reconoció la intención. Asintió con la cabeza, levantando una mano para imitar un gesto que Etel solía usar cuando las cosas salían bien. Aunque no podían hablar el mismo idioma, el mensaje era claro: estaban juntos en esto.
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Una noche, la temperatura en la isla descendió abruptamente. Zahir, acostumbrado al calor abrasador del desierto, comenzó a temblar, aunque intentó ocultarlo. Etel, que había notado los escalofríos, desde que el cielo se ocultó el chico no dejaba de temblar y el castañeo de sus dientes no lo dejaba dormir.
—Zahir— dijo en voz baja.
El otro lo miro con duda, sin pensarlo Etel abrió los brazos e hizo señas para que se acercara. Aquel gesto hizo que Zahir dudara, era verdad que ahora confiaba un poco más en el chico pero todo lo que vivió le impedía acercarse más. El aire se volvió más frio, sabía que acercarse a Etel ayudaría a mantener más el calor. Cuando él otro se cansó de mantener los brazos abiertos empezó a bajarlos y antes de conseguirlo Zahir se acercó rápido y se acurruco en su pecho.
Éter fue el siguiente en quedarse congelado.
—Si tienes más frio dime— dijo en voz baja mientras abrazaba más fuerte al otro.
Aunque Zahir no entendió las palabras, el gesto fue claro. Se acurruco más en el pecho de Etel.
—Gracias, Etel— dijo antes de caer dormido.
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Un día, mientras ambos descansaban bajo un árbol, Etel comenzó a dibujar en la arena con una ramita. Dibujó montañas, ríos y finalmente un cuadro con una señal e humo, simulaba su casa. Zahir, curioso, observó en silencio antes de señalar el dibujo y luego a Etel, como preguntándole qué significaba.
Etel tocó el dibujo del templo y luego señaló su pecho, diciendo:
—Casa.
Zahir lo entendió. Después de un momento de duda, tomó otra ramita y comenzó a dibujar. Su trazo era menos firme, pero logró crear algo que se parecía a una pirámide y un sol encima. Señaló el dibujo y luego se tocó el pecho.
Etel asintió lentamente, entendiendo que ambos compartían el anhelo de regresar a sus hogares. Fue un momento silencioso, cargado de melancolía, que les recordó cuán lejos estaban de todo lo que conocían.
Zahir miro a Etel.
—Etel— dijo en susurro para que el otro lo mirara.
En la arena empezó a dibujar una serie de personas, todos dentro de un solo circulo y señalando la pirámide que representaba su casa. Familia.
Etel tardo en entender un poco, asintió con su cabeza. Dibujo a su madre y padre en ella junto con su hermano, cuando estaba por decir que solo los tenían ellos dibujo a Makwa y a Sikwan, sus mejores amigos.
Zahir sonrió, aunque se veía más triste en realidad. Etel tenía una casa a la que volver, tenía una familia que le esperaba.
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Una noche, una tormenta feroz azotó la isla. Los fuertes vientos amenazaban con derribar el refugio que habían construido juntos. Mientras intentaban asegurar las paredes improvisadas, Etel perdió el equilibrio por una ráfaga de viento y cayó al suelo.
Zahir lo vio y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia él para ayudarlo a ponerse de pie. Le sostuvo el rostro con ambas manos, sus ojos oscuros buscando algún indicio de que Etel estuviera herido.
Etel negó con la cabeza, tocando la mano de Zahir para indicarle que estaba bien. Sin embargo, ninguno soltó al otro de inmediato. En ese momento, mientras la tormenta rugía a su alrededor, compartieron una mirada que hablaba más que cualquier palabra.
Fue Zahir quien se alejó primero, su corazón latía y le asustaba, solo Amun había conseguido que eso pasara con el ¿se siente más apegado a Etel y por eso sucede eso con su cuerpo?
Después de la tormenta, ambos estaban agotados, pero el refugio seguía en pie. Se sentaron juntos en la playa, mirando el horizonte.
El sol comenzó a salir, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. Zahir señaló el sol y murmuró algo en su idioma, probablemente un agradecimiento a Ra por otro día de vida.
Etel no entendió las palabras, pero al ver la expresión tranquila de Zahir, sonrió y dijo en Mi’kmaq:
—Es hermoso, ¿verdad?
Aunque ninguno entendió las palabras del otro, el silencio compartido era suficiente. Estaban aprendiendo que el lenguaje del corazón no necesitaba traducción.
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El refugio improvisado estaba tranquilo, iluminado únicamente por la tenue luz de la luna que se filtraba entre las grietas. Zahir, como siempre, había tomado su lugar junto a Etel. No era algo que planearan, pero con el paso del tiempo, dormir juntos se había convertido en una costumbre; una forma de protegerse mutuamente del frío y de la soledad.
Etel, sin embargo, no podía conciliar el sueño. Miraba el techo mientras su mente daba vueltas. Había algo que lo inquietaba, algo que no lograba definir, pero que estaba relacionado con Zahir. Su compañero dormía profundamente a su lado, el rostro relajado y tranquilo, como si en el sueño encontrara un refugio del peso que siempre parecía llevar sobre los hombros.
Sin pensarlo demasiado, Etel giró hacia él, rodeándolo con un brazo en un gesto casi automático. Zahir, aunque estaba dormido, se acomodó instintivamente, apoyando la cabeza contra su pecho.
El corazón de Etel latía con fuerza. ¿Qué era esta calidez que sentía cada vez que estaba cerca de Zahir? ¿Era solo gratitud por su compañía, por haber sobrevivido juntos? ¿O era algo más profundo?
“¿Me estoy enamorando de ti?” pensó Etel en silencio, su mirada fija en la oscuridad.
El pensamiento le asustaba, el rostro de Makwa apareció en su cabeza. Su pecho se estrujo, en casa le esperaba a quien le había entregado su corazón pero ¿Por qué en ese momento era Zahir quien le daba esa calidez?
Cerró los ojos y decidió no darle más vueltas por esa noche, dejando que el sueño lo venciera mientras sentía la respiración tranquila de Zahir contra su cuerpo, lo abrazo con más fuerza.
La mañana siguiente amaneció despejada. Los días nublados que habían envuelto la isla durante semanas finalmente habían terminado, y el sol bañaba todo con su luz cálida y dorada.
Zahir estaba radiante. Por primera vez en mucho tiempo, parecía lleno de energía, extrañaba el sol de Egipto y los rayos del sol de ese día le daban energía, cerró los ojos y suspiro. Sin dudarlo empezó los preparativos para el desayuno, Etel aun dormía.
Mientras preparaba el pescado que tenían de reserva estuvo dando vueltas a un pequeño asunto. Era verdad que desde que llego a la isla no había tenido más que pesadillas y malos sueños con la muerte de su familia y de Amun, sin embargo tenía un tiempo que no soñaba con otra cosa que no fuera con Etel.
Soñaba que ambos podían hablar sin ningún problema por sus idiomas, compartían historias, sueños y deseos, y en más de una ocasión hasta había soñado que este lo abrazaba con ternura y lo besaba. Ese recuerdo no hizo más que sonrojarse, se sintió un manojo de nervios.
No se había sentido así desde tiempo atrás.
Al escuchar a Etel salir del refugio trato de disipar esos extraños pensamientos y lo invito a comer con él. Ambos permanecían en silencio, pero era mucho más cómodo a diferencia de los primeros días.
Al terminar de comer tomó a Etel de la mano y lo guio fuera del refugio, cuando hacían eso el otro ya sabía su significado; explorar más lejos la isla ahora que el tiempo estaba a su favor.
Etel no dudo en tomar su mano y empezar a caminar juntos. Pasaron la mañana explorando la isla, disfrutando del buen clima. Zahir corría entre los árboles, dejando escapar pequeñas risas que Etel rara vez escuchaba. Para él, ver a Zahir tan feliz era como presenciar un milagro, tenía mucho tiempo que no veía su rostro amargado y desconfiado.
Al mediodía, encontraron un claro rodeado de árboles y flores silvestres. El aire estaba lleno de un aroma dulce, y el sonido de los pájaros creaba una melodía suave y relajante. Zahir se sentó bajo un árbol, cerrando los ojos y disfrutando del momento.
Etel, mientras tanto, comenzó a recolectar algunas flores. Con paciencia empezó a trenzarlas, formando una pequeña corona, recordaba que Sikwan siempre hacia esas coronas en primavera, las hacía para ambos. Extrañaba a su amiga.
Cuando terminó, se dio cuenta que Zahir estaba frente a él, en algún punto se había sentado a su lado y observaba su trabajo, parecía que jamás había visto una corona de flores en su vida.
—¿Qué es eso? — preguntó en voz alta, cuando sabía que Etel no le entendería, hizo algunos gestos en señal de pregunta.
Etel señalo su cabeza.
—Mijua’ji’jk aqq wi’katik*— contesto mientras señalaba su cabeza.
Sin dudarlo puso aquella corona de flores, todas en colores naranjas, un color que parecía ser uno de los favoritos de la isla. Ese tipo de flores había en todos lados.
Zahir se tensó al principio pero al ver que aquel circulo de flores sobre su cabeza le hizo recordar esos años donde sus hermanas ponían cuentas y joyas sobre su cabeza, alegando que a él le quedarán mucho más hermosas que a ellas, sobre todo los rubís y aquellas piedras en naranja y amarillo. Su corazón se derritió en ese momento.
Tener aquella corona le hizo mucho más feliz, saber que la hizo Etel y se la había puesto sobre la cabeza le hizo sonreír. Una sonrisa que tenía años que no sentía, ni siquiera Amun había conseguido hacerlo reír y sonreír como en aquel momento, una sonrisa donde mostraba sus hoyuelos, aquella que se vuelven contagiosas y hacían brillar a las personas. Esta vez, su sonrisa era amplia, tierna y genuina, como la de un niño.
Etel se quedó congelado, sentía que sus mejillas se volvían rojas. Esa sonrisa detuvo todo su ser, en todo ese tiempo jamás había visto sonreír de esa manera a Zahir. Era verdad que habían reído y sonreído cuando el momento lo ameritaba pero estaba seguro que esas sonrisas aún tenían miedo y desconfianza la mayor parte del tiempo pero en ese momento no era así. Podía ver hoyuelos, un sonrojo en las mejillas de Zahir y podía jurar que sus ojos brillaban con mayor intensidad.
Etel se quedó mirándolo, incapaz de apartar la vista. Esa sonrisa, esa pureza que rara vez veía en Zahir, le confirmó lo que había estado evitando aceptar. Sí, estaba enamorado. Sin importar las barreras del idioma, las diferencias culturales o las circunstancias en las que estaban atrapados, su corazón había encontrado algo único en Zahir.
—Zahir, — murmuró Etel suavemente, aunque sabía que el egipcio no lo entendería.
Zahir inclinó el cabeza, confundido, pero esa sonrisa suya no se desvaneció. Para él, el momento era perfecto, y aunque no compartieran las mismas palabras, sus miradas lo decían todo.
No supo en que momento sus manos se habían entrelazado, pero ninguno quería soltar aquella razón por la que seguir viviendo.
Para Zahir entender sus sentimiento fue más complicado, la desconfianza siempre estuvo con él y las pocas veces que había sentido que podía volver a creer en la gente no hizo más que decepcionarlo. Sin embargo, con Etel aquellas barreras estaban empezando a caer, se sentía feliz todas las mañanas al despertar en brazos del otro, disfrutaba de ir a la playa con él y velo pescar, alababa sus hazañas cuando este cazaba algún rato o un animal que no fuera marino, sabía que Etel era malo en la caza pero había aprendido rápido cuando Zahir se ofreció a darle consejos.
—Hathor*, ayúdame a entender— dijo un día que buscaba frutos. Ese día cada uno estaba por su lado, Etel buscaba algunas ramas para el fuego mientras el buscaba algo de frutos e instalaba algunas trampas para los animales. —Amun sabría que decirme— dijo con tristeza, en ocasiones sentía culpa de seguir pensando en su sirviente.
Era verdad que había compartido sentimientos y su corazón dolía al recordar que este había muerto pero era su confidente y su amigo. Suspiro cansado.
El sonido de un gruñido lo puso alerta, trepo rápido a uno de los árboles y vio a un grupo de jabalís, en las últimas semanas habían visto varios. Estaban bajando a la playa, era muy probable que venían de las profundidades de la isla.
Hasta el momento solo habían matado dos, pero siempre en equipo. Etel. Miro donde se suponía que debía estar Etel, no podía ver nada y si se movía los jabalís no duraría en atacar.
Esperar se sintió eterno, debía dejar que estos se fuera por su cuenta. No podía arriesgarse a bajar en ese momento.
Una vez que estuvo solo bajo rápido y empezó a gritar el nombre de su compañero.
—¡Etel!
No recibió respuesta
—¡Etel! –grito con mayor desesperación.
¿Y si esos animales lo golpearon mientras él estaba sumido en sus pensamientos? Dios, no podía pasar eso, si algo le pasara a Etel, él no podía vivir con eso.
No quería estar solo.
Quería a Etel.
—¡Etel! –grito con más fuerza y desesperación. Sabía que eso podría volver a traer a esos animales pero empezaba a perder el control.
—Ra, te lo pido— corrió rápido en búsqueda del otro.
Las ramas arañaban su piel, se había tropezado en varias ocasiones y estaba seguro que algunas piedras se enterraron en sus pies pero todo dolor no lo sentía, lo unció que podía sentir era el dolor en su pecho. Dolía el hecho de pensar en que Etel le pasara algo.
—¡Etel! Por favor— se sentía al borde del llanto ¿Cuánto fue la última vez que lloro?
Se frenó en espera de respuesta. Cayo al suelo con las esperanzas acabadas pero el sonido de pisadas lo alerto al instante, vio salir de entre los arboles al canadiense. Parecía confundido, tenía ramas y un animal en la mano, parecía que había atrapado a un roedor.
—¿Zahir? —dijo confundido.
Al verlo en el suelo y con los ojos llorosos pensó lo peor. Soltó todo y corrió a un lado del moreno.
—¿Estas bien?— pregunto asustado. Inspecciono a Zahir, veía rasguños y rastro de sangre en sus brazos. —¿Qué sucedió?
Sabía que no le entendía pero en esos momento no podía pensar en otra cosa que no sea en Zahir temblando y asustado.
—Etel…— dijo antes de soltar en sollozo. —Etel…— su corazón latía rápido.
Estaba bien.
Etel estaba a salvo.
Está a su lado.
No dudo ni dos segundo en abrazarlo y empezar a sollozar con fuerza. El otro se encontró mucho más confundido y sin dudar lo abrazo, jamás había escuchado a Zahir llorar, le sorprendía demasiado.
—Por favor, no me dejes— suplicaba Zahir.
No quería volver a sentirse solo.
Quería estar con él.
Se alejó un poco y tomo el rostro de Etel entre sus manos y lo miro a los ojos.
—No me abandones, —suplico, — porque sin ti mi ka* se pierde.
Etel no necesito entender egipcio para darse una idea de lo que Zahir intento decir. Tomo sus manos y asintió lentamente la cabeza mientras volvía a bazar al otro, no lo soltó en ningún momento.
—Ketu’ aq gisna’wan ala nitapt* —dijo en Mi’kmaq.
Después de ese día Zahir no dejaba a Etel, ni a luz ni a sombra. Siempre estaban juntos, el tomarse las manos al caminar se volvió tan natural.
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Los días soleados se volvieron más frecuentes, y aunque Zahir y Etel habían aprendido a convivir en la isla, ambos comenzaron a percibir algo diferente en el horizonte. Etel, especialmente, pasaba más tiempo observando el mar, buscando alguna señal de esperanza. A menudo dibujaba formas en la arena, símbolos que representaban barcos o casas.
Zahir notaba la nostalgia en los ojos del otro, y aunque no podía entender sus palabras, sí entendía el deseo de regresar. Quería seguir en esa isla junto a Etel pero en su corazón sabía que había algo más esperándolo. Familia, amigos, una vida que él no tenía.
Una tarde, después de una gran tormenta, como la que los llevo a la isla, y regresar de sus tareas diarias, vieron un bote. El mar llevo un bote. Zahir fue el primero en correr a verlo, lo reconocía. Era su bote, aunque se veía bastante roto y la madera estaba húmeda.
—Nun— dijo feliz mientras señalaba el mar y daba saltos de alegría. —Nos envió el regreso a casa— dijo feliz.
—¡Vamos a volver! — grito Etel muy feliz, abrazo a Zahir y dio vueltas mientras ambos reían felices.
Etel tenía experiencia en arreglar botes, sabía que podía reparar este. Zahir al principio se encontró feliz pero ¿Dónde iría él? Regresar a Egipto ahorita sería demasiado peligroso, necesitaba un ejército que se aliara con él y reclamar su reino, para eso debía dejar ir a Etel. Él estaba demasiado ilusionado con volver a casa.
Debían separar sus caminos.
Zahir, aunque lo ayudaba, no podía ignorar el nudo en su pecho. Cada martillazo, cada cuerda atada, significaba que su tiempo con Etel se acercaba a su fin. Pero en lugar de detenerlo, se esforzaba por ayudar más.
Una noche, mientras descansaban, un sonido rompió la calma de la isla: pasos fuertes y gruñidos. Zahir despertó primero, con los sentidos alerta, y rápidamente sacó a Etel del refugio. Un grupo de jabalíes salvajes había llegado, atraídos por los restos de comida cercanos. Era la primera vez que veían un grupo de jabalís tan grande.
Ambos tomaron palos para defenderse, pero los animales eran agresivos y numerosos. En la confusión, Etel tropezó, y un jabalí se dirigió hacia él. Zahir, sin dudarlo, saltó entre ellos, empujando a Etel fuera del camino. El jabalí logró golpear a Zahir, ambos se levantaron y corrieron a lo que quedaba de la fogata de anoche. Tomaron algunos palos y empezaron a ahuyentar a los animales.
Estos asustados por el calor del fuego regresaron por donde vinieron. El silencio reino nuevamente, cayeron exhaustos. Etel corrió a hacia Zahir y trato de inspeccionar el golpe de, sin embargo este solo negó con la cabeza e hizo señas en afirmación de estar bien.
Con duda Etel le dejo ser.
A la mañana mientras el de piel blanca arreglaba el bote el otro se excusaba con ir a tomar un baño.
Al llegar al pequeño rio se despojó de toda su ropa, empezó a limpiarla mientras miraba su costado. El jabalí había perforado la piel, estaba seguro que incluso pudo llegar al musculo, se quejó y suspiro al limpiar la herida, parte de la sangre había cicatrizado pero seguía doliendo.
—Una hemorragia— dijo con preocupación. Tomo lo último de yerbas medicinales que tenía y con cuidado se vendo con trozos de tela.
Decirle a Etel de la herida lo preocuparía mucho más. No podía decirle nada, él podía resolverlo solo. Los siguientes días Etel estuvo muy enfocado en reparar aquel bote, los jabalís se volvieron acercar al refugio, y seguir ahí ya no era nada seguro.
Noto un comportamiento extraño en Zahir, en más de una ocasión intento preguntarle qué le sucedía pero este lo unció que afirmaba era estar bien. No se sentía convencido. En más de ocasión despertó a mitad de la noche para ver a Zahir frente al fuego, parecía sufrir de frio estos últimos días.
Cuando finalmente terminaron la balsa, ambos se quedaron mirándola en la costa, sin decir nada. Etel quería preguntarle a Zahir que haría una vez que encontraran una nueva tierra ¿aceptaría ir con él a su tribu?
Sabía que en casa no eran bienvenidos los invasores pero podía convencer a la gente que él podría ser de ayuda, tal vez aceptaría el trabajo del consejo a cambio de que dejaran vivir ahí a Zahir. ¿Estarán bien todos en casa? Se sentía angustiado el hecho de pensar que los invasores acabaron con todo y no hubiera una casa a la que volver.
—Zahir— dijo en voz baja, no quería romper el ambiente que se formaba.
El otro lo miro, se veía pálido pero se esforzó en sonreír. Etel pidió su mano y este no dudo en dársela, sin pensarlo beso sus nudillos. Aquello dejo desconcertado a Zahir, su corazón latía y las lágrimas querían escapar.
Los últimos días sufría de escalofríos, tenía fiebre y la herida había tomado unos colores bastante repugnantes, se había infectado. Incluso una noche intento quemar la herida pero lo unció que consiguió fue lastimar la piel alrededor.
Etel no lo sabía. No podía decirle, sus caminos estaban destinado a separarse. Él debía volver a casa con su familia y Zahir debía volver a Egipto y recuperar su pirámide.
Pero por ese momento quiso ser egoísta. Quiso ser libre, quería irse con Etel, quería viajar a su lado, quería abrazarlo por la eternidad, entender su idioma y costumbres, quería juntar sus cuerpos y besarlo. Quería volverlo su amante.
Soñó con un lugar para ambos. Un lugar libre. Sonrió.
Fue su turno de acercar los nudillos de Etel a sus labios y besarlos.
Era su última noche en la isla. No había más tiempo.
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Con la balsa terminada y provisiones cuidadosamente preparadas, Zahir y Etel subieron juntos, remando hacia el horizonte, “No había señal de tormenta”, pensó esa mañana Etel. Zahir miraba la Isla, por primera vez quiso volver y quedarse ahí para siempre con el otro.
Estuvieron unas horas remando hasta que Zahi soltó su remo, temblaba y se quejaba, Etel se acercó a él. El Egipto intento apartarlo pero su fuerza ya era demasiado débil, el otro noto su piel caliente, tenía fiebre y escalofríos así como también intentaba ocultar algo entre sus ropas.
Con facilidad pudo quitarle sus ropas y dejar al descubierto su cuerpo. En el costado de su abdomen había claramente una herida abierta e infectada.
—¡Zahir! El jabalí te lastimo esa noche— dijo molesto y preocupado ¿Por qué no le dijo nada? ¿Qué no confiaba en él?
Zahir jadeo, el dolor se volvió muy irritable y el ondeo del bote con el agua no le hacía más que marear. Vomito sin duda. Su fuerza se agotaba.
—Debemos de volver— decía Etel con preocupación. Calculaba que estaban a dos horas, ahí podía encontrar una forma de curar a Zahir.
—No— gemía Zahir e intentaba tomar el remo pero no podía sostenerlo. Etel lo ignoro y antes de siquiera decir algo un trueno los alerto a ambos, una tormenta se avecinaba. No había tiempo.
Zahir miro el cielo.
El mar pronto empezó a demostrar su temperamento. Las olas crecían, y el agua se filtraba lentamente por los bordes de la balsa.
Etel remaba con desesperación, debían volver pronto, debían ponerse a salvo. Zahir se sintió mal, pero no debido a la herida, si no porque el otro estaba dejando su oportunidad de volver a casa para salvarlo a él, sonrió con una gran tristeza.
No podía pasar eso, Etel debía volver, él tenía una familia que lo esperaba, incluso entre sueños Etel siempre decía una palabra. Makwa. Sonaba a un nombre, Zahir siempre dudo en repetir aquello o intentar preguntarle, un presentimiento le decía que sería un tema incómodo para el otro.
Una ola más alta sacudió la balsa. El remo de Zahir salió del bote, su respiración era cada vez más complicada, ya no tenía ninguna fuerza.
—E…Ete…Etel…—un trueno no dejo que el otro escuchara, trato de decir su nombre con mayor fuerza. Los rugidos de las olas no dejarían que el otro le escuchara y su débil voz ya no podía más.
Ahí comprendió al fin a Amun, como se sintió al dejarlo y por qué lo hizo. Amun se había ido para proteger lo más amaba y ahora el turno de Zahir de hacer lo mismo
Con fuerza se acercó a Etel y tomo su rostro. El otro tenía un claro signo de preocupación y angustia, Zahir sonrió con ternura y tristeza, y por primera vez se atrevió a cruzar esa línea.
Zahir se inclinó hacia él y lo besó con una ternura que nunca antes había mostrado. Fue un beso breve, cargado de significado, una despedida silenciosa que decía todo lo que nunca se habían dicho.
Etel quedó inmóvil, sus ojos abiertos en sorpresa y confusión. Antes de que pudiera reaccionar, Zahir tomó el remo y con el último grado de fuerza que tuvo golpeo la cabeza de Etel, lo suficiente para que cayera inconsciente. Estaba seguro que le dejaría un golpe que duraría días.
El cuerpo de Etel quedó tendido en la balsa, y Zahir lo acomodó con cuidado, asegurándose de que estuviera seguro. Miró al cielo, donde las nubes se volvían cada vez más negras. El agua seguía filtrándose y el peso de ambos solo ocasionaría que se volcara.
—Lo siento— dijo en un sollozo antes de besar sus labios y mejillas una última vez. Quería quedarse, quería irse con él, no podía, estaba cansado la fibra era demasiado fuerte y el dolor de la herida se volvía más dolorosa, miro su abdomen y noto que la sangre volvía a filtrarse.
Cansado miro el cielo.
—Ra, por favor, cuidado. Hathor, protege lo único que me queda. Nun, llévalo a un lugar seguro— suplico a los dioses.
Un susurro provoco que se volteara, entre las olas veía una figura conocida.
—Amun— dijo. ¿Eran alucinaciones?
Se levantó y miro la orilla del bote, miro una última vez a Etel antes de saltar al agua. El frio pareció despertarlo pero al mismo tiempo entumió su cuerpo, sabía que uno de los remos se perdió y con un Etel desmayado no había quien moviera el bote.
Con la poca fuerza que tuvo empezó a empujar el bote. Sabía que no iría demasiado lejos antes de que sus fuerzas se acabaran.
Cuando su cuerpo comenzó a ceder al cansancio y la fiebre, dejó que las olas lo llevaran, con la tranquilidad de haber hecho lo necesario para salvar al único ser que había llegado a importarle.
Dejo de sentir dolor, no sentía nada en realidad, cuando abrió los ojos lo recibió un color azul. El agua ardía dentro de su cuerpo.
Pidió perdón.
Perdón a su familia por no protegerlos.
Pidió perdón a Amun, por no valorar y hacer justicia a su sacrificio.
Pidió perdón a los Dioses por acabar con la sangre de Ra.
Pidió perdón a Etel, por abandonarlo y no irse con él.
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Cuando Etel despertó, la balsa estaba lejos. La cabeza le dolía, y al darse cuenta de que estaba solo, su pecho se llenó de un pánico. Se incorporó como pudo, llamando el nombre de Zahir una y otra vez, su voz empezaba a quebrarse.
—¡Zahir! — grito pero no hubo respuesta.
Miró alrededor, al mar infinito, buscando alguna señal de su compañero. Pero Zahir no estaba.
—¡Zahir!
El mar fue el único que escucho los gritos desgarradores.
Rompió en dolor y llanto, golpe la madera del bote. Se sentía desesperado. Zahir se había ido. Estaba herido y jamás se dio cuenta, debió inspeccionarlo el mismo ese día.
Etel abrazó sus rodillas, dejando que las lágrimas fluyeran libremente. No supo cuánto tiempo estuvo así, horas, no fue hasta que vio algo dorado al final del bote. Se acercó y su corazón se encogió.
La daga de Zahir. Desde que se encontró el chico la llevaba a todos lados, nunca se soltaba de ella y nunca dejo que Etel la tomara. Ni siquiera al dormir la soltaba.
Apretó con fuerza la daga, lastimando sus manos en el proceso, la guardo entre sus ropas y tomando el remo empezó a remar, sabía que hasta el anochecer podría volverse a ubicar, la osa mayor lo llevaría a las tierras que buscaba. Conto las provisiones de comida que tenía, las cuales estaban mojadas debido a las lluvias.
El suave balanceo de la balsa era el único sonido que acompañaba a Etel mientras miraba al horizonte, donde el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un dorado melancólico. Pronto las estrellas lo guiaran a casa.
Apretó los puños sobre sus rodillas, con los ojos clavados en el agua. Era como si su corazón estuviera atrapado entre el peso de la pérdida y el deber de seguir adelante. No podía borrar la imagen de Zahir, ni la calidez del último beso que compartieron, un gesto que ahora entendía como una despedida.
—¿Por qué lo hiciste? —, se repetía, tenía horas repitiendo esa pregunta, cerrando los ojos mientras una lágrima rodaba por su mejilla. —¿Por qué siempre fuiste tan terco? Podríamos haber encontrado otra solución... juntos.
Pero sabía que no había “otra solución”. Zahir lo había sabido desde el principio, incluso antes de subir a la balsa. Había visto en sus ojos algo que no expreso hasta ese momento, esa determinación que Etel no había querido ver en ese momento.
El dolor en su pecho era como un peso que amenazaba con hundirlo, pero junto a ese dolor también surgía algo más: un propósito. Zahir no se había sacrificado para que él se quedara aquí, ahogándose en su propia tristeza. Había dado su vida para que Etel tuviera la oportunidad de regresar, de volver a casa.
Etel levantó la vista al horizonte, respirando hondo mientras el aire salado llenaba sus pulmones. Las primeras estrellas aparecieron en el cielo oscuro. La más brillante estaba guiándolo a sus tierras.
El dolor seguía ahí, una punzada constante que parecía crecer con cada pensamiento de Zahir: su sonrisa, su risa escasa pero sincera, la fuerza de sus manos cuando trabajaban juntos, y la suavidad de su abrazo por las noches. Todo eso ahora era un recuerdo.
Pero tenía que seguir. Por él. Por Zahir.
Secó las lágrimas de su rostro con algo de su ropa.
—Volveré a casa—, se dijo a sí mismo, con una determinación que empezaba a reemplazar el peso de su pena.
Tomo el remo y empezó a remar nuevamente, siguiendo la estrella que lo guiaba a casa.