Prólogo
El brillante vestido azul irradiaba esplendor, lujo, realeza, mientras Zoey lo veía reflejado en el cristal a medida que abría la puerta del balcón, ansiosa por respirar aire fresco. Se apoyó sobre la barandilla de éste, viendo las luces de las casas iluminando en noche de luna llena, agobiada de tanta formalidad.
Era su cumpleaños número dieciocho, pero no quería estar allí, no quería la gran fiesta que su madre había hecho para las gemelas Zoey y Zym.
“De todos modos, ni siquiera se siente especial…” dijo en su mente, colocando su barriga contra la madera.
—Princesa, debería volver a la fiesta—dijo Richard, el viejo secretario de su madre.
—¿Qué caso tiene? No deseo volver. La fiesta ha terminado para mí—dijo ella con tristeza.
—¿Quiere contarme qué pasa por su mente?—preguntó él, colocándose a su lado.
—Todos los años es lo mismo. Una fiesta por nuestro cumpleaños. Pensé que este año sería diferente al cumplir la mayoría de edad… sin embargo, nada ha cambiado. Comportarme con etiqueta, bailar con desconocidos y por sobre todo, Zym siendo el centro de atención, como siempre.
El anciano sonrió.
—Bueno, es el deber de una princesa. No todos los nobles son tan sociables como la princesa Zym, no se preocupe.
—¡Pero yo no pedí ser una princesa! Has vivido toda tu vida en este castillo. No te preguntas acaso, ¿qué hay más allá de aquel horizonte azul que forma el mar? ¿qué se siente vivir con libertad, sin reglas, sin etiquetas, sin que nadie te conozca…?
El anciano no supo qué responder ante las dudas de la joven y ella resopló, tomándose el rostro.
—Solo quiero sentir que estoy haciendo algo especial con mi vida…
En ese momento la reina anunció el baile de las cumpleañeras y Zoey entrecerró los ojos, llena de impotencia por no poder hacer nada, volviendo al salón.
Sobre la pista, varios hombres sacaron a bailar a las gemelas y mientras la princesa Zym sonreía, su hermana Zoey no podía evitar su disgusto de compartir su momento con desconocidos. Ella miraba al suelo mientras le hablaban, pero una voz conocida le hizo levantar la mirada.
—Feliz cumpleaños, princesa Zoey.
—¡Profesor Howl! Muchas gracias…
Ella le hizo una pequeña reverencia de agradecimiento y él ofreció su mano para bailar con ella, quien la tomó con gusto.
—Pense que a usted no le gustaban este tipo de eventos—dijo ella mientras daban algunas vueltas.
—¿Cómo podría faltar a su cumpleaños? Usted y sus hermanas son las personas con las que comparto todos mis días. Son importantes para mí.
Ella se sonrojó. Nunca había escuchado palabras tan amables salir de él. Siempre se veía tan serio y amargado, que la princesa ni siquiera sabía de qué color eran los ojos del hombre.
—Pero no se lo diga a sus hermanas. Puedo imaginar lo ruidosas que serían en cuánto a ello.
La joven soltó una pequeña risita y pensó que después de todo el profesor Howl no era tan tirano como ella pensaba, mientras seguían dando vueltas por la gran pista de baile.