Otro juego más

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Summary

En un mundo donde todo gira en torno al dinero, donde cada persona parece hipnotizada por el brillo de un simple papel, la vida se convierte en una lucha constante. No importa si tienes deudas o no, el dinero lo mueve todo y es capaz de arrastrar incluso a los más prudentes a la desesperación. Por eso muchos arriesgan su vida por un puñado de billetes. Entre ellos, están Erlea y Julieta, dos jóvenes mujeres con cuentas pendientes y una necesidad urgente de cambiar su destino. Tras ver un misterioso anuncio en televisión que promete riqueza inmediata, ambas deciden adentrarse en un juego clandestino, junto a algunos de sus amigos y otros desconocidos que comparten la misma sed por salir de la miseria. Sin embargo, lo que parece una competencia peligrosa por un premio millonario se convierte en una lucha brutal por la supervivencia, donde las reglas son mortales y la traición está a la vuelta de cada esquina. Lo que nadie imagina es que Erlea oculta un secreto que puede cambiarlo todo, un pasado que ni siquiera Julieta, su esposa y compañera de vida, conoce por completo. Mientras los juegos avanzan y la sangre corre, Erlea deberá decidir entre proteger a quienes ama o revelar la verdad que la ha perseguido durante años. Juntas, Erlea y Julieta se enfrentarán a un infierno disfrazado de oportunidad, donde no solo arriesgarán su propia vida, sino la de todos los que se crucen.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Erlea- El dinero. Ese papel sucio que la gente idolatraba como si fuera un dios.

Caminando por las calles rotas de la ciudad, Erlea no podía evitar ver cómo todos parecían rendirle culto. Nadie hablaba de otra cosa. Nadie vivía para otra cosa. Desde los autos de lujo pasando a toda velocidad hasta el anciano que recogía latas en la acera, todos parecían movidos por la misma droga, los billetes.

Erlea caminaba con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta raída.

Julieta caminaba a su lado, observando los carteles pegados en los muros desconchados, anuncios de préstamos imposibles, trabajos falsos y ofertas desesperadas. Y, entre ellos, aquel cartel que ya había visto días antes.

Anuncio- ¿Deudas? ¿Sin salida? Participa en el Juego. Gana millones.”

Julieta- Siguen poniéndolos por todos lados.

Dijo Julieta con una mueca de desconfianza.

Julieta- Seguro es una estafa más.

Erlea no respondió. Solo apretó la mandíbula. El anuncio era tentador, demasiado tentador para quienes, apenas podían respirar con las deudas que las estaban ahogando. Pero también lo era para el resto de la ciudad. Eran miles, quizás millones, los que vivirían en la cuerda floja. Sabía que ese tipo de “oportunidades” no salían gratis.

Erlea- Podría ser nuestra salida.

Se atrevió a decir Erlea, bajando la voz.

Julieta se detuvo en seco y la miró. Sus ojos se llenaron de temor y rabia.

Julieta- ¿De verdad piensas en eso? ¿En meternos en un juego clandestino? ¿Sabes cuánta gente no vuelve de esas mierdas?

Erlea sostuvo la mirada, pero no dijo nada. Ahora Julieta estaba involucrada. Ahora tenía algo que perder.

El viento helado de la tarde cortó el silencio entre ambas. Mientras seguían caminando, las luces de un televisor encendido detrás de la vitrina de una tienda captaron la atención de Erlea. En la pantalla, el mismo anuncio volvía a aparecer, como si las persiguiera.

Anuncio- Un solo juego. Una sola oportunidad. ¿Hasta dónde llegarías por el dinero?”

La voz del locutor era seductora y cruel a la vez.

Erlea suspiró, sabiendo que esa pregunta era una trampa. Pero, con las cuentas acumulándose y la desesperación cerrándoles todas las salidas, tal vez era hora de arriesgarlo todo.

Porque en ese mundo, donde la vida misma tenía precio, quizás otro juego más era lo único que les quedaba.

El apartamento era pequeño, con paredes agrietadas y muebles viejos que parecían pedir descanso. Sin embargo, entre esas cuatro paredes, Erlea y Julieta habían construido su refugio, su mundo privado.

Julieta preparaba café en la diminuta cocina mientras Erlea encendía un cigarrillo en la ventana, observando las luces parpadeantes de la ciudad que nunca dormía.

Julieta- ¿Sigues pensando en el anuncio?

Preguntó Julieta sin voltear, removiendo la taza con una cuchara algo desgastada.

Erlea- No puedo evitarlo. Cada día es peor. Hoy llegaron tres cartas más del banco.

Julieta dejó la cuchara a un lado y se giró, con el ceño fruncido.

Julieta- Ya lo sé, pero eso no es una excusa para que nos metamos en algo así. Hay otras formas de salir de esto.

Erlea soltó una risa amarga.

Erlea- ¿Cómo cuál? ¿Vender este cuchitril? Nadie nos va a pagar ni la mitad de lo que debemos. Ni siquiera podemos pagar la electricidad del próximo mes.

Julieta se acercó y tomó el rostro de Erlea con ambas manos. La miró como lo hacía cada vez que el miedo y la desesperación amenazaban con separarlas.

Julieta- No quiero perderte, Erlea. No voy a dejar que termines como esos pobres idiotas que apuestan su vida por dinero.

Erlea cerró los ojos y apoyó la frente contra la de ella.

Erlea- Tampoco quiero perderte. Pero ya no sé qué más hacer.

El silencio se coló entre ambas, pesado, incómodo. Luego Julieta se dejó caer sobre el viejo sofá y exhaló, cansada.

Julieta- ¿Me prometes algo?

Preguntó con voz baja.

Erlea- Lo que quieras.

Julieta- Si decidimos hacer esto, si de verdad entras a ese juego, lo haremos juntas. No me dejes atrás.

Erlea la miró, sorprendida. Nunca pensó que Julieta aceptaría siquiera considerarlo. Pero allí estaba, dispuesta a lanzarse con ella al abismo.

Erlea- ¿Estás segura?

Julieta- No me voy a quedar aquí sola, mientras tú arriesgas el cuello. Si vamos a hundirnos, nos hundimos las dos.

Erlea esbozó una sonrisa cansada, pero sincera. Julieta era su fortaleza, la única persona que había estado siempre a su lado, incluso cuando el mundo se desmoronaba.

Erlea- Está bien. Juntas, hasta el final.

Julieta asintió. Ambas sabían que acababan de cruzar una línea invisible, una que ya no les permitiría volver atrás.

Esa misma noche, la ciudad parecía aún más oscura de lo habitual. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales mientras el vapor del café se mezclaba con el humo del cigarro de Erlea. Ambas no intercambiaban palabra, pero la tensión en la sala era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.

De repente, el teléfono móvil de Erlea vibró sobre la mesa, sacándolas del silencio. La pantalla mostraba un número desconocido.

Julieta frunció el ceño.

Julieta- ¿Quién es?

Preguntó, sin apartar la mirada del celular.

Erlea dudó unos segundos antes de responder.

Erlea- No lo sé.

Con un gesto lento, respondió la llamada y una voz distorsionada, metálica, habló al otro lado de la línea.

LJM- Veo que han tomado una decisión.

Erlea sintió un escalofrío en la espalda.

Erlea- ¿Quién eres?

Preguntó, aunque en el fondo ya lo sabía.

LJM- Mañana, 4 de la madrugada. Estación de tren abandonada en el sector industrial. solo una mochila pequeña, sin nada de armas o serán descalificados. La mochila será revisada al ingresar al juego.

La línea se cortó. Erlea bajó lentamente el teléfono, como si de pronto pesara una tonelada.

Julieta se levantó del sofá.

Julieta- ¿Era el juego?

Preguntó, aunque la respuesta ya era obvia.

Erlea asintió con un leve movimiento de cabeza.

Erlea- Mañana, a las tres.

Julieta respiró hondo y tragó saliva. Parecía que quería retroceder, decir que no, pero algo en sus ojos la mantenía firme. Orgullo, miedo o amor, tal vez todo a la vez.

Julieta- Pues supongo que será mejor empacar.

Esa noche casi no durmieron. Juntas, sentadas en la cama, hicieron una pequeña mochila con lo poco que podían llevar, algo de ropa, un par caja de supresores de alfa y omega, y una foto de ambas, vieja y arrugada, que Julieta metió a escondidas entre la ropa.

Cuando el sol empezó a asomar entre los edificios, ambas sabían que la vida como la conocían estaba a punto de terminar.

Erlea se colocó en la parte de atrás de su pelo una horquilla con punta afilada pero el otro lado con una decoración de Estrellas. Al igual que su amada cual colocó dos horquillas de decoración de flores.

Julieta- No me gustaría dejar esto aquí, fue tu primer regalo, de nuestro primer mes de casadas.

Erlea- Tranquila, no pasará nada.

Horas más tarde, la estación abandonada era aún más lúgubre de lo que imaginaban. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y las vigas oxidadas crujían con cada ráfaga de viento. Al llegar, vieron a otras personas, desconocidos, también esperando en silencio, algunos en pareja, otros solos.

Erlea tomó la mano de Julieta con fuerza. Había llegado un auto, Todos ingresaron, Desde dentro no se veía nada del exterior , y ni siquiera se veía quien conducía ya que tenía una división ocultando a los conductores.

El interior del auto era oscuro, el aire estaba cargado de una tensión insoportable. El rugir del motor era lo único que se escuchaba, ahogando cualquier intento de conversación. Cada uno de los que iban dentro parecía atrapado en sus propios pensamientos, algunos mirando al frente, otros mirando al vacío, como si sus mentes intentaran huir de lo que estaba por venir.

Julieta se aferraba a la mano de Erlea, sus dedos entrelazados con fuerza, como si fuera lo único que las conectaba con la realidad. A pesar de la oscuridad que las rodeaba, Erlea sentía el calor de su mano, un consuelo efímero en medio de la tormenta.

El tiempo parecía haberse detenido. Cada minuto dentro del auto era una eternidad. El estómago de Erlea se retorcía, pero no se atrevía a hablar. Julieta tampoco. El silencio se había apoderado de ellas.

Finalmente, después de lo que parecieron horas, el auto se detuvo. La puerta se abrió bruscamente, y un hombre de rostro oculto por una máscara de metal les indicó que salieran. Erlea miró a Julieta con una mezcla de miedo y determinación.

Erlea- Vamos.

Dijo Erlea, su voz apenas un susurro.

Ambas salieron, y el aire frío de la noche les dio la bienvenida. El lugar era desolado, con edificios en ruinas y un pavimento cubierto de suciedad. Un patio grande, rodeado de vallas de metal, se extendía frente a ellas. En el centro, había un grupo de personas, todas esperando en silencio. Algunas se miraban entre sí, nerviosas, otras parecían resignadas.

Los guardias les pidieron que se pusieran en fila. Un hombre, alto y de mirada vacía, se acercó con una expresión indiferente.

GJM- Mochilas.

Dijo en un tono seco.

Uno por uno, los participantes comenzaron a vaciar sus mochilas. Erlea observó cómo sus pertenencias eran revisadas minuciosamente. No era solo ropa o comida lo que se buscaba. Los guardias revisaron cada rincón, cada costura, buscando algo que pudieran considerar peligroso.

Pero de un momento a otro, revisaron la mochila de Julieta y sus dedos encontraron la pequeña fotografía arrugada que ella había escondido. Uno de los guardias la sostuvo entre sus dedos enguantados, observándola con desdén.

GJM- ¿Qué es esto? Julieta tragó saliva y dio un paso al frente. Julieta- Es solo es solo una foto personal. El guardia la miró fijamente por un segundo eterno, como si estuviera debatiéndose entre confiscarla o devolverla. Finalmente, lanzó la foto de vuelta a la mochila con indiferencia.

GJM- No vuelvan a ocultar nada. La próxima vez no seremos tan indulgentes.

Le entrego una ropa de color rojo.

Julieta asintió en silencio y Erlea le apretó la mano con fuerza, sintiendo la tensión vibrar en los dedos de su esposa.

Una vez terminada la inspección, todos fueron guiados hacia un gran almacén vacío a pocos metros. Las luces parpadeantes del techo dejaban al descubierto un espacio frío y sin vida. En el centro de la sala había un escenario improvisado, cubierto por una lona negra. La multitud murmuraba nerviosa, los pasos resonaban contra el suelo de concreto.

De pronto, una figura subió al escenario. Iba vestida con un traje elegante y una máscara blanca sin rasgos, solo dos agujeros negros en el lugar de los ojos. La voz que salió de su boca era la misma voz distorsionada que había llamado a Erlea la noche anterior.

LJM- Bienvenidos al Juego.

El silencio se hizo absoluto. Nadie respiraba.

LJM- Algunos de ustedes han llegado aquí por desesperación. Otros, por ambición. Todos, sin embargo, han decidido apostar algo invaluable: su propia vida.

El eco de sus palabras rebotó por las paredes del almacén. Julieta deslizó su mano hacia las horquillas que decoraban su cabello, instintivamente. Erlea hizo lo mismo. Ese pequeño gesto entre ambas era su única forma de sentirse seguras en ese lugar hostil.

LJM- Las reglas son simples. Superen las pruebas. Gánense su libertad. Si fallan, ya saben qué sucede.

El murmullo creció entre los participantes. Algunos intercambiaban miradas temerosas, otros parecían listos para todo. La figura enmascarada hizo una pausa antes de dar la última instrucción.

LJM- Primera prueba, en cinco minutos.

Señaló una enorme puerta de acero al fondo de la sala que lentamente comenzó a abrirse con un chirrido metálico que puso los pelos de punta a más de uno.

Julieta- ¿Qué crees que sea?

Susurró, sin apartar la vista de la puerta. Erlea- No lo sé, pero no te sueltes de mí.

Ambas se mantuvieron juntas, mientras las sombras al otro lado de la puerta comenzaban a desvelar un escenario desconocido y siniestro. Una cuenta regresiva iluminada apareció sobre el escenario, marcando los cinco minutos que parecían más eternos que cualquier noche que hubieran vivido en la ciudad.

Y mientras el reloj bajaba a cuatro minutos, ambas supieron que no había vuelta atrás.

LJM- El primer juego consiste en un juego clásico que todos conocen.

Los Encantados.

La figura enmascarada bajó del escenario mientras el eco de sus pasos resonaba en el almacén. El murmullo creció, hasta convertirse en un murmullo ansioso, casi un rugido de confusión.

LJM- Pero aquí es diferente.

Las luces se encendieron de golpe, cegando momentáneamente a todos. Cuando la vista de Erlea se adaptó, pudo ver que el espacio al otro lado de la puerta no era un simple campo, sino un enorme patio dividido en zonas delimitadas por muros bajos, escondites improvisados y estructuras hermosamente pintadas como un patio de un colegio. Todo parecía diseñado para un juego de niños.

LJM- Diez de los guardias serán “los encantadores”. Encantarán a los demás. Si un jugador es tocado y no es liberado por otro en menos de tres minutos será eliminado.

Un suspiro colectivo recorrió la sala. Algunos tragaron saliva. Otros temblaron.

Un grupo de guardias, vestidos con uniformes negros y máscaras metálicas, se alinearon a un lado del patio.

LJM- Los guardias decidirán a quién cazar primero. El resto corre.

Un zumbido llenó la sala cuando la enorme puerta de acero terminó de abrirse por completo. Detrás de ella, unas pantallas gigantes mostraban la cifra de 1.000 jugadores.

Erlea- ¿Mil personas?

Murmuró Erlea, horrorizada, al ver la inmensidad de la multitud.

Julieta le apretó la mano más fuerte.

LJM- Tiempo límite para esta ronda 30 minutos. Si sobreviven, pasarán al siguiente juego, son 10 juegos en total.

Las reglas parecían sencillas, pero la crudeza de la situación era evidente. Aquel juego infantil se había transformado en algo brutal.

LJM- Guardias, preparados. Jugadores, atentos. El juego comienza.

¡Ahora!

El sonido de un disparo retumbó en el aire, no de bala, sino de señal. Los jugadores salieron corriendo como si el suelo ardiera bajo sus pies, algunos empujándose, otros cayendo. Las estructuras oxidadas se convirtieron en refugios improvisados mientras los guardias comenzaban su persecución.

Erlea jaló a Julieta detrás de una pila de escombros, ambas jadeando.

Erlea- Hay que mantenernos en movimiento. Si nos atrapan.

Julieta- No nos atraparán.

La mirada decidida de Julieta hizo que Erlea asentara, aunque el terror le quemaba el estómago. Desde su escondite, observaron cómo los guardias ya habían tocado a varios jugadores. Los “encantados” quedaban congelados en el sitio, de pie, con las manos alzadas, esperando a ser liberados por algún valiente.

Pero pocos se atrevían a acercarse. Sabían que liberar a alguien era arriesgarse a ser el siguiente en caer.

De pronto, a su izquierda, un joven fue atrapado. Erlea la reconoció como uno de sus amigos en el colegio, James. El chico quedó inmóvil, temblando. Sus tres minutos comenzaron a correr, contados por un temporizador que apareció sobre su cabeza proyectado por una especie de dron flotante.

Julieta miró a Erlea.

Julieta- No podemos dejarlo así.

Erlea- ¡Nos arriesgamos a que nos atrapen!

Julieta- Erlea.

La decisión era inmediata y peligrosa. ¿Salvar a otros o priorizar su propia supervivencia?

Y mientras el contador del chico bajaba a dos minutos, los gritos de los demás resonaban por todo el campo, mezclados con la risa sádica del presentador.

El juego apenas comenzaba.

Erlea- Mierda.

Salió corriendo para desencantar a su amigo y llevarlo hacia donde estaba Julieta.

Mientras Erlea corría hacia James, sentía cada latido de su corazón retumbar en sus oídos. El dron flotaba sobre su amigo, marcando 01:45, 01:44. El sudor le caía por la frente, pero no se detuvo.

A pocos metros, uno de los guardias giró la cabeza hacia ella.

Guardia- ¡Allí!

Erlea esquivó una mano que intentó sujetar, deslizándose por debajo de las piernas del oficial. James la miró con desesperación mientras el temporizador bajaba a la 01:30.

Erlea- ¡Aguanta!

Se lanzó y lo tocó en el brazo. Un pitido agudo resonó cuando el temporizador desapareció y James se derrumbó de rodillas, jadeando.

James- Gracias, gracias.

Erlea- ¡Vamos, levántate!

Pero antes de que pudieran regresar al escondite de Julieta, otro guardia apareció bloqueando el paso. Su máscara metálica reflejaba la luz de las pantallas gigantes.

Erlea arrastró a James hacia un costado y corrieron bordeando una pared baja. Los tres minutos de James se habían reseteado, pero el peligro no había terminado.

Desde el escondite, Julieta los observaba con el corazón en la boca. Su impulso fue salir, pero se contuvo cuando otro guardia pasó cerca.

Julieta- Vamos, vamos.

De repente, un chillido al otro lado del campo desvió la atención de varios guardias. Otro grupo de jugadores había organizado una revuelta improvisada para mantener alejados a los guardias, arrojando todo lo veían a su paso y empujando algunas estructuras para crear una barricada.

Erlea aprovechó la confusión para llevar a James hasta donde estaba Julieta.

Julieta- ¡Rápido!

Cuando por fin se reunieron, las tres respiraban agitadas, rodeadas de sombras y el eco de pasos lejanos.

James- Nos matarán.

Julieta- No si nos mantenemos juntas.

Erlea miró hacia el campo abierto. Más y más jugadores eran encantados y eliminados conforme los minutos pasaban. Cada rincón estaba teñido de tensión y desesperación. Pero también había una chispa de esperanza. Un grupo de jugadores empezaba a colaborar para distraer a los guardias y liberar a otros.

Julieta- Si queremos sobrevivir, necesitamos aliarnos con ellos.

Erlea- ¿Estás segura?

Julieta- No vamos a durar solas.

James asintió, recuperando algo de compostura, mientras seguían hay escondidos. Viendo cómo los 30 minutos estaban por terminar.

Erlea- Solo quedan 10 minutos, estaremos bien.

En el horizonte, la figura del presentador seguía observando todo desde una plataforma elevada, su risa resonando como un eco maligno.

LJM- Esto es muy emocionante, todos corren por sus vidas. Mientras algunos solo se ríen de la cara de la muerte.

LJM- Fin del juego.

El temporizador marcó que los 30 minutos habían acabado, y así todos lo que quedaban congelados murieron con un fino disparo en la cabeza.

Mientras los disparos silenciosos marcaban la eliminación de los que no habían sido rescatados, el terror se apoderó de todos. James se quedó paralizado, con la mirada fija en los cuerpos sin vida.

James- ¿Dónde está Darrell?

Su voz temblaba. Los ojos de James se movían frenéticos por el campo, pero no veía a su esposo en ninguna parte.

Julieta no perdió el tiempo y tomó a Erlea del brazo, arrastrándola con fuerza.

Julieta- Hay que volver.

Erlea- ¡James, ven!

Pero James seguía buscando entre los escombros y los jugadores se reagrupan en donde estaban en el inicio.

James- ¡No lo veo! ¡No lo veo!

Julieta- ¡James, tenemos que irnos ya!

James apretó los dientes, y finalmente corrió tras ellas. Entre las sombras hasta llegar al grupo que había formado la resistencia una decena de jugadores con ropa desgarrada y miradas decididas.

Uno de ellos, un chico robusto con una cicatriz en la mejilla, levantó la mano en señal de alto.

Líder- ¿Aliados?

Julieta- Sí, venimos a ayudar.

El grupo les abrió paso y rápidamente los integraron, los recibieron con los brazos abiertos.

James- Darrell, él también entró en este maldito juego, no puedo dejarlo solo.

Erlea colocó una mano en su hombro, viendo como su amigo caía en lágrimas.

Erlea- Lo encontraremos.

James negó con la cabeza, sus labios temblaban, pero tragó saliva y asintió.

Mientras tanto, los guardias comenzaban a reagruparse, frustrados por la cooperación de los jugadores.

Julieta- Tenemos que idear un plan antes de que empiece el siguiente juego.

El rugido de la voz de LJM resonó otra vez, su tono sádico se clavó en sus nervios.

LJM- ¡Felicitaciones a los 741 sobrevivientes! Prepárense para la siguiente ronda. Será inolvidable.

Pero como dictan las reglas, mostraremos a los jugadores eliminados.

LJM- Pero como dictan las reglas, mostraremos a los jugadores eliminados.

Una pantalla gigantesca emergió desde la oscuridad, encendiendo su luz fría sobre las ruinas. Uno a uno, los rostros de los caídos comenzaron a proyectarse, acompañados por un sonido lúgubre, un eco que retumbaba en los corazones de los presentes.

Erlea apretó los labios, las lágrimas amenazaban con desbordarse mientras observaba los rostros, algunos conocidos, otros no, pero todos con una historia que ya no podría contarse. James contenía la respiración, cada imagen era una daga más que se hundía en su pecho.

Y entonces, la imagen que temía apareció.

Darrell Sanchéz.

James cayó de rodillas, sus manos temblorosas cubriéndose el rostro mientras un grito ahogado escapó de su garganta.

James- No, no puede ser.

Julieta se arrodilló a su lado, abrazándolo con fuerza mientras Erlea miraba a la pantalla, inmóvil, tragándose el nudo que se le formaba en la garganta. Todos alrededor bajaron la mirada en señal de respeto, en silencio, dejando que el dolor hiciera su trabajo.

LJM- ¡Nos vemos en el próximo juego! ¡Descansen bien, si es que pueden!

La voz desapareció, pero el eco de las palabras quedó flotando como una sombra. James, con los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada, susurró.

James- Le prometí que no lo dejaría solo.

Un silencio denso cubrió al grupo, solo roto por los sollozos apagados y el viento helado que soplaba entre las ruinas. Mientras el dolor y la rabia se apoderaba de James, Erlea apretó con fuerza la mano de Julieta, y en su mirada había algo más que tristeza era determinación.

Erlea- No podemos permitir que este juego termine de destruirnos.

Julieta asintió, limpiándose una lágrima rebelde.

El juego finalizó con la imagen del grupo rodeado por la oscuridad, un puñado de almas rotas pero aferradas a la esperanza, preparándose para enfrentar el horror que les esperaba en la siguiente ronda. Mientras otras solo reían al ver la generosa cantidad de dinero. Siendo observados por la fría mirada de los guardias.

Continuará.