La Piel del Viejo Coyote

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Summary

Cuando la muerte llego a Roberto, su alma fue atrapado en el cuerpo de un coyote y trasladado a otro mundo donde la vida y la muerte se cruzan, donde habitan dioses y seres sobrenaturales. Un antiguo dios olvidado por los humanos, que aunque perdió el afecto hacia la humanidad,el viejo dios coyote no se olvidó de ellos. Es quien ha salvado a Roberto y tiene la intención de traerlo de regreso a la vida. Sin embargo, aquel humano que ato como enlace familiar hace un viaje para rescatar a aquellos que le han dado cobijo en aquel reino, lo que ha entorpecido sus planes para traerlo a casa.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Caída del Dragón Dorado

Un estruendo se escuchó, alli yacía delante de una multitud el cuerpo de un gran dragón. Sobre el cuerpo de la enorme bestia dorada caían gotas de sangre acompañadas de saliva caliente. El dragón respiraba agitado con sonidos roncos, atragantándose con la sangre que llenaba su garganta, contemplaba con sus pupilas color oliva a su agresor, un dragón carmesí de enormes alas plateadas quien se relamía el hocico victorioso. El dragón caído, lucho por soltar un gruñido leve, pero fue acallado con un velo mordisco a su serpentino cuello, bastó para silenciarlo y darle muerte.

—Yo he ganado—. Reclamo con gran soberbia aquel dragón de alas plateadas

Extendió sus alas plateadas, posándose con sus patas delanteras en son victorioso sobre el cuerpo del rey caído, rugiendo y escupiendo una llamarada azul al cielo.Todos a su alrededor quedaron atónitos por semejante acontecimiento, un frío silencio se adueñó del entorno. Su rey había muerto por los dientes de este dragon.

Un observador se deslizó silencioso y rápido entre la multitud. Aprovechando la conmoción de este suceso, que le dieron poca importancia a la criatura rayada de pelaje dorado, que estaba buscando alejarse de la zona de combate.

Ya lejos, en un salto, emprendió el vuelo, surcó los cielos, dirigió su vista a un gran palacio que se podía observar, y se apresuró para llegar a su destino.

Aquel tigre blanco de rayas grisáceas aterrizó en la entrada del castillo, se detuvo unos segundos queriendo respirar aire con la tentación de dejarse caer en el suelo, pero sacudió su cabeza recordando su misión allí.

Soltó un rugido desesperado, las puertas se abrieron y no vaciló en adentrarse, corrió por los pasillos, casi resbala y estampa su cuerpo contra la pared. Al llegar a su destino, una habitación a la que abrió la entradaempujándose con sus enormes y pesadas patas.

En el interior la tigresa se topó con una pequeña criatura, se trataba de un coyote de un manto marrón claro con una sub capa color crema, el animal se levantó en alerta del suelo ante la entrada de la nueva visitante. Sus orejas color marrón y su cola se irguieron, abriendo sus fauces de forma amenazante, pero guardo la calma al percatarse quién era la recién llegada.

Ambas criaturas intercambiaron miradas, el coyote de inmediato entendió de la tragedia ocurrida al mirar el dolor en los ojos turquesas de la tigresa dorada. Ambas criaturas giraron su vista sobre un nido hecho de telas violetas, allí descansaba una criatura, un ser de forma equina de piel azulada, era esbelta, con pequeños picos en sus costados de los hombros, contaba con una espesa crin blanca que rodeaba el lomo de su cabeza incluso la espalda hasta formar una mullida cola llena de risos, su cabeza sostenía uno par de largas y delgadas astas, tenía unos pequeños bigotes alargados, pero eran tan delgados que eran poco notables.

—Su majestad—. Hablo la tigresa —Nuestro rey perdió la batalla y...

La criatura equina, un kirin, desvió sus brillantes ojos carmín sobre sus pequeñas crías que descansaban cercas de su cuerpo, tres pequeños dragones plateados de ojos rojizos, que poseían el largo cuerpo serpentino de su padre. Las crías había heredaron la crin rizada de su madre recordando su procedencia híbrida, carecían de alas como los dragones de la especie de su recién fallecido padre, pero su madre sabia bien que sin ellas todavía podrían emprender el vuelo conforme fueran creciendo.

Estos pequeños era algo, siempre estuvo anhelando, pero ahora se arrepentía de traerlo al mundo, aterrada por la idea que la vida de sus crías llegara hasta aquí con apenas un par de horas de haber nacido.

El coyote se acercó a ella, froto su hocico sobre el lomo de la kirin quien cerraba los ojos al tacto en dolor ante la perdida, el can contemplo preocupado a las crías, y miró a los ojos de la reina, quiso hablar para reconfortarla

—Ako...

El canino detuvo su voz cuando un estruendo impacto sobre el techo, este fue derribado ante la abrumadora entrada de aquel dragón rojizo, de alas plateadas, de cuerpo tosco y pesado, que había llegado sujetando entre sus patas la cabeza del dragón rey. De inmediato, tanto el coyote y el tigre se pusieron delante la familia real de forma a protectora.

El dragón los contempló con mofa; sin embargo, no habló, su objetivo y era otro y se lanzó directo al ataque el par de guardias que sabían que este dragón quería devorar a las crías.

La tigresa se lanzó a detenerle, pero un zarpazo bastó para tirarla al suelo, el dragón enterró sus garras en la piel del felino, quien soltó un alarido de dolor. El cánido fue en su ayuda, haciendo caso omisa a la voz de su majestad, rogándole que desistiera. El coyote se lanzó al cuello al cual se sujetó, fue inútil, sus colmillos eran incapaces atravesar la gruesa cubierta de piel escamosa, aun así se aferró.

El coyote tomado por una de las garras del dragón y fue aventado al suelo , retenido por la enorme pata del dragón.

Se escuchó unas guturales carcajadas, cuyo dueño posaba su mirada en el pequeño cuerpo debajo de él, abrió su boca del cual escurría saliva entintada con algunas gotas de sangre, acerco su hocico sobre rostro del coyote, dilato su boca cuanto pudo. Pero allí recayó su error, ante la cercanía el coyote irguió como pudo su cuello y veloz aferro sus fauces debajo del párpado de su atacante, logrando desgarrar un pedazo de carne de esa zona. Tan rápido como fue su canto de victoria, las garras se apretaron a su cuerpo y las enormes fauces mordieron en la espalda del pobre animal que soltó un chillido de dolor.

El canido sintió como el aire se iba al ser apretado su estómago, sintió un mareo acompañarlo, su vista se había vuelto borrosa amenazando con perder el conocimiento, la única sensación que empezó a permanecer fue el ardor expandirse en su espalda.

La Kirin se alzó de su nido, y golpeo con sus pezuñas delanteras al dragón, apartándolo del coyote al que solto, y la kirin que tomó con su boca y regresó con él al nido y rodeo de manera protectora con su cuerpo al canino, enroscándose y cubriéndolo de la vista de su enemigo junto a sus crías.

—Ya eres mía Ako, he ganado y la cabeza de tu marido es prueba de ello—. Exclamo el dragón.

Ako gruñó y alzó su cuello.

—¡No prueba más que tu insensatez!

—¿Insensatez? Son insensatos tus sirvientes al interponerse, conoces la ley, ahora yo gobierno y tú...

—¡¡Cállate, insolente, todavía el linaje de la familia de mi marido vive!!—Dijo la Kirin miró a sus pequeños bebés.

—no hay nada que reclamar.

—Eso no importa.

—Claro que importa, y mucho nadie te reconocerá como rey, nadie ni siquiera los otros guardianes.

—¿Y a mí qué?

—No serás más que un falso Rey, tu asesino—exclamó la kirin— Jamás el poder de los antiguos dragones será tuyos, rey en palabra, pero jamás reconocido.

El dragón bufo con enfado miro hacia el techo, soltó un feroz gruñido y golpeó con su cola las paredes de la sala, dio un salto para alzar el vuelo fuera de habitación

La kirin suspiro aliviada, luego mira a su protector, al que cubrió con su cola. Los mechones de la crin desprendieron partículas de luz que al caer en las heridas se fueron cerrando sobre coyote, que se retorció negándose, emitiendo un débil no.

—Quieto—. Le reprendió Kirin cuando el Coyote intentó alejarse arrastrandose fuera del nido.

—Estás débil... Acabas de dar a Luz.

—Y tú nos acababas de proteger Roberto.

La kirin sobo con la nariz cariñosamente las orejas del cánido. Enseguida llamó a la tigresa:

—Acércate, sanaré tus heridas Yun.

La tigresa se acercó con un movimiento torpe, cojeaba al andar y brotaba sangre al costado de sus piernas.

—No será necesario, prioriza a Roberto, mi cuerpo es más resistente —la tigresa entrecerró los ojos—. No sabemos si usó veneno en él.

—¿Y tú? ¿No lo uso en ti?

—No, mi señora, no me llegó a morder—. Respondió Yun a la kirin—Roberto evitó que me mordiera. Pero usted, la felina giró su cabeza contemplando la enorme cabeza en la habitación, volteo hacia su gobernante, ella mantenía sus ojos sobre el cadáver de su compañero. Aka Instintivamente con su cola cubrió la imagen a sus crías

—Yo me haré cargo, procure sanarlo— Dijo la felina. Se dio la vuelta y antes de dar paso miró por última vez a la reina— pero no se desgaste.

—Ya es suficiente.—Dijo el coyote

Roberto Intentó arrastrarse lejos del alcance de la reina, pero ella, cuando ya estaba casi fuera, lo sujeto del pellejo y lo devolvió de un tirón de regreso al nido—No puedo perderte a ti también—dijo la hembra y luego miro hacia arriba al techo destrozado.

—Y usted necesita toda la fuerza posible, para... Lo lamento—. Dijo con voz quebrada el canino.

—Mi llanto tendrá que esperar, ahora me necesitan-Dijo la hembra, cuyo dolor enterró con la firmeza de su voz.

La voz corrió fugas de hogar en hogar hasta abarcar todo el reino, más de un habitante quedó anonadado por la noticia, ya fueran independientes de los afectos que tuvieran por el dragón dorado. Brotaban mil sentimientos en cada habitante , corazones destrozados ante la pérdida, algunos se regocijaba aunque de manera más reservada ante lo que les parecía una excelente noticia. Pero la duda surgía de que tan cierto era que aquel poderoso dragón dorado había sucumbido ante aquel forastero, pero cuando con gran egolatría el dragón rojo de alas plateadas surcaba los cielos exponiendo a mil voces su victoria y no era acallada por el gobernante cualquier duda de su muerte quedaba atrás, dejando el rastro de la incertidumbre.

Los cuatro guardianes del reino se reunieron, un enorme dragón, escamas tan oscuras como el ébano, tan brillantes comparables con una piedra preciosa al ser tocadas por la luz, conocido como Yoru. La tortuga Làng, quien poseía un desgastado caparazón que indicaba ser el miembro más viejo de los cuatro integrantes, La soberbia, pero benevolente ave de fuego Fēngbào y Aka la noble, pero fiera kirin la heredera del fallecido tigre Tao quien fue anterior a ella guardián. Discutieron que debía hacerse, ellos eran poderosos, pero en el momento en que el dragón extranjero derrotó a su rey, la magia lo protegía de los guardianes.

—Te sientes mejor—. Habló la tigresa dorada, cuando vio llegar al cánido a la sala.

El coyote asintió

—Ya no hay rastro de cicatrices, Aka se aseguró que no quedara marca—Roberto miró su espalda—ella insistió.

—No me sorprende—Viro su vista hacia la reunión— Espero podamos salir pronto de esto

—¿Cuáles son nuestras opciones? Pelearán.

—No, los guardianes no pueden hacer nada.

—¡No me digas que es por honor! Rayos mató a su Rey a sangre fría, incluso fue a por las crías de Aka¡

—No es decisión de ellos Roberto, están atados a la magia, los viejos reyes lo impusieron para evitar que las cuatro bestias se revelaran, ellos están a merced de Deimos.

—Viste como Ako la atacó, ella...

—Sí, pero su poder no era nada, solamente por haberlo enfrentado, el poder de ella se ha visto debilitado, Aka es más poderosa que este dragón, te lo aseguro, pero al ser nuestra guardiana está condenada a sucumbir como cualquier siervo de este reino, ahora todo lo que puede hacer es esperar.

—Kawa, debemos llamarlo—. Expresó la kirin

—¿Kawa?—Pregunto Roberto mirando a la tigresa.

—Es cierto, olvido que no eres de este reino, es el hermano del dragón dorado, puede reclamar el trono sin necesidad de pelear... eso, en teoría; sin embargo, se marchó hace siglos a vivir al mar infinito.

—Nunca atendido un llamado, menos ahora —vociferó el ave rojiza— Nosotros no podemos cruzar, recuerda el pacto para cualquier habitante, Knephas no es lugar para nuestra gente, entre más estemos allí y nos acerquemos al mar infinito la conexión entre los mundos terrenales y espirituales nos llevará a la locura.

Las únicas que lo pueden hacer sin afectar su cordura son las almas humanas. Te recuerdo que ellos son muy apetecible para los arkanos que habitan en montones en esas tierras, cualquier humano miembro de nuestro pueblo se negaría e incluso si aceptaran nunca llegarían.

—Dejense de problema, no me reniegues mi derecho, y quizás a una de tus crías le perdone su vida—Habló el intruso, de forma déspota, acentuando su soberbia en cada palabra—. El hijo de los ríos nunca ha estado interesado en cuidar su linaje, cuando se marchó estuvo claro. No vendrá a socorrerte Aka solamente por ser la esposa de su hermano.

Un gruñido resonó en la sala, Roberto se había aproximado de un rápido salto al centro del recinto, encarando al dragón, arrugando el lomo de su hocico, y mostrando sus fauces.

—No me he olvidado de ti-dijo con desagrado el dragon escarlata.

El dragón acercó su rostro, exponiendo de lado su cara, mostrándola, queriendo que viera la carne del párpado inferior desgarrado ,la descubierta piel aún estaba sanando, era brillante, rosada y se entremezclaba con pequeñas manchas rojizas. Roberto erizó el pelambre de su espalda, a la par que se mantenía gruñendo.

—! Roberto¡—llamó la Kirin— ¡Detén esto ahora! ¡Vuelve con Yun!

Aunque la voz dé a hembra fue demandante, su expresión denotaba temor, estaba desesperada por apartarlo del dragón alado. Inmediatamente, Roberto obedeció, alejándose de costado, sin apartar su mirada del dragón.

—Mmm, descuida mi Reina, no lo mataré, respeto que tenga el valor de hacerme frente un ser tan insignificante, pero quizás deba aprender su lección sacándole un ojo o tal vez dos.

Esta vez la Kirin respondió golpeando el suelo con sus pezuñas.

—¡No te atrevas!—. Expresó la hembra con bramidos acompañada de un chasquido de sus dientes, encarando al dragón rojizo.

—Tal vez si eres más dócil lo reconsidere—. Le dijo aquel reptil alado, mofándose de la kirin, cociente de lo vulnerable que era Aka.

—Lárgate Deimos

El dragón intruso miró hacia la demás criatura en el recinto

—A si dejan que trate a su nuevo gobernante.

—No eres nuestro rey —Expresó la vieja tortuga, no te secundaremos, no podemos herirte ni matarte, pero no escucharemos órdenes tuyas, y mientras así sea nadie en el reino lo hará, tu voz será sorda ante todos los demás.

—Je, creen que eso me detendrá, mientras su susodicho heredero no aparezca, todo esto me pertenece. Eso te incluye a ti Aka, aunque no sea por completo, lo eres. Si Kawa se digna a venir, tendrá el mismo destino que tu difunto marido.

Los pequeños dragones, ya tenían tres semanas de nacidos, el mismo tiempo en el que dragón dorado pereció, ya había abiertos sus ojos y comenzaban arrastrarse en el nido curioseando alrededor con lo que sus escasos sentidos les permitía.

En ocasiones Roberto descansaba fuera del nido, pero la mayor parte dormía a lado de las crías para entibiarlos con su calor corporal. Los acicalaba o eso intentaba, no era un amante de tal acto, pero las crías eran tan insistentes que no le quedaba opción mientras la madre no regresara.

Se apartó de ellas cuando al fin estaban dormidas, Su madre tardaría en regresar. Pero esa era la oportunidad, debía irse ahora. Salió de la habitación y llamó a una de las niñeras para que se encargara de ellos.

Hecho andar cuando se aseguró que estuvieran al cuidado de otros adultos, recorrió el palacio hasta quedar afuera del castillo, se acercó a la empinada bajada cuyo sendero se perdía ante la densa neblina.

—No vayas.

El coyote miró a los lados buscando que no hubiera ningún alma. Estiró su pata con cuidado de no resbalar, probo el suelo, presionando primero con sus garras, apretando las almohadillas de su pata, girando levemente. El coyote al sentirse seguro de no resbalar dio unos cuantos pasos, y empezó a bajar en un suave trote, ocasionalmente regresaba la mirada y veía empequeñecer al gran palacio, eso le costó un par de caídas, y rodadas cuesta abajo, pero que rápidamente se recuperaba levantándose y sacudiendo el polvo al pelaje.

Entre más bajaba, iban apareciendo unos pedazos de rocas flotantes. Roberto se detuvo cuando encontró una roca a su alcance, tanteo la distancia, caminando de lado a lado siguiendo el cúmulo de rocas, en la primera oportunidad Roberto echo un salto. Aplicó el mismo movimiento con las siguientes rocas, salto en salto iba alejándose más del suelo, dejando a la vista los hogares del reino que se veían tan, minúsculo. El gran castillo, no dejaba de verse imponente, resguardado por aquella fachada completamente carmín, con colores dorados adornando sus puertas.

—No vayas.

Se alertó moviendo sus orejas ante aquella voz, y Roberto se vio paralizado al escuchar un rugido, y fue empujado casi cae al vacío, pero inmediatamente fue sujetado del pellejo antes que descendiera hasta lo que podría resultar una más que una dolorosa caída. Aun así, por instinto, buscó liberarse, retorciendo su cuerpo, pero su captor lo sacudió de arriba hacia abajo, para luego ser soltado sobre la misma roca.

—Yun..—Tosió—Si ni quiera te vi—

La felina levantó su pata y apretó la nariz del cánido con sus garras.

—Deberías de aprender a utilizar esto que llamas nariz—dijo la tigresa a Roberto, sé que se sobó la nariz con su pata.

—¿Adónde vas cachorro?—Preguntó la tigresa clavando sus fieros ojos en el pequeño coyote

—¡No es tu problema!

—Sí que lo es¿ Acaso dejaras a Aka a merced de Deimos?

—¡Nunca!... pero debo irme...

—¿A dónde?—Roberto la ignoró, busco rehuir, tentado a saltar a la próxima roca como vía de escape; sin embargo, la mirada atenta de la felina, acechándolo, lo hacía desistir.

—Roberto, no quiero ser yo quien te entregue bajo sospecha de traición.

—Bien, bien, te diré, traeré a Kawa.

—¿Cómo? No digas tonterías.

—Olvidas mi procedencia, mi alma es humana, es lógico que sea yo.

—Definitivamente, una tontería, los arcanos te devorarán—. Dijo la tigresa con su voz cada vez mostrándose más irritada.

—No con este cuerpo—Dijo Roberto

—Sigues estando más loco que digo loco y estúpido.

—No, este cuerpo fue hecho para protegerme de ellos, la persona que me trajo aquí lo moldeó para ello, puedo hacerlo, es nuestra oportunidad, debo ir Yun

— No solamente son los Arkano hay más cosas peligrosas que puedas encontrar. Podrías decirles a Aka.

—No puedo decirle a Aka, me detendría.

—Si es una oportunidad para que sus crías sobrevivan, aunque le duela, no se negara Roberto, aunque se trate en esperanzas vacías.

—Tal vez tengas razón, pero tardará en dar la orden y es tiempo que no puedo perder, si Deimos se entera no creo durar mucho más que las crías de Aka...Y los dos sabemos —bajo la mirada hacia sus patas que enterraban su garra en la roca —que Aka me ve como una de sus crías. Además, Deimos matará a los pequeños en su primera oportunidad.

—¡Maldición!—escupió la tigresa—Bien vete, pero a cambio te acompañaré

—Pero no puedes entrar.

—Soy hija del antiguo guardián tigre Tao, no me subestimes cachorro.

—Tu poder se verá mermado Yun.

—Ja, pasará mucho antes de que mi poder se vea afectado.

La tigresa se agazapó, dio un salto hasta la siguiente roca, volteo hacia Roberto y con un ademán le insto a seguir, así escalaron saltando de rocas en roca. Roberto quedando atrás y la tigresa vigilando cuando podía el paso del coyote.

—Puedes volar, así llegaríamos más rápido—. Comentó el coyote tras un salto a la siguiente roca.

—No, hacerlo es más agotador que simples saltos, solamente en emergencias, pequeño.

—Pos esta es una

—Bueno... Una emergencia de emergencias.

Conforme se acercaban se alcanzaba a ver unas raíces emergiendo entre las nubes, la tigresa se detuvo, espero que Roberto le alcanzara. Al instante que le tuvo aún lado le tomó con un bocado de la espalda. Se agazapó calculando la distancia y el peso que llevaba, cuando la distancia fue menor entre la piedra que yacían y esas raíces. Yun saltó retrayendo sus garras para aferrarse a la madera, escalo aferrando cada una de sus patas en la raíz hasta llegar aún lugar sólido donde pisar y lanzó el cuerpo de Roberto para luego saltar.

—Lo siento, si fui algo brusca—Se disculpó Yun, revisando al coyote.

Roberto asintió al momento que se levantó, sacudió su cuerpo. El coyote, sintiéndose curioso, se dirigió a observar dónde estaban. La vista era la de un enorme árbol, cuyas raíces habían escalado, al levantar su rostro Roberto más allá del tronco, estaban sus ramas que sostenían esferas de diversos colores, era imposible contarlas desde donde estaban.

El coyote se acercó a la orilla donde la oscuridad abundaba, pero todavía podía apreciar como las raíces rodeaban al mundo del que habían salido, un mundo que para Roberto se asemejaba a una esfera de cristal atrapada por el abrazo de enormes raíces, cuya forma era similar al de una madre serpiente agazapada de manera protectora sobre su nido ante un depredador.

—Vámonos.

Un ligero tirón de su rabo por la tigresa detuvo la apreciación del coyote, Yun señaló con un ademán de su cabeza un umbral que se encontraba en el tronco, al acercarse este era incandescente con un aura entre azul y violeta, lastimando los ojos de ambas criaturas.

Cuando atravesaron el cielo pasó de unos oscuros con cientos de estrellas, a un cielo rosado rojizo con piedras flotantes a lo lejos, también había una pequeña cascada que termina formando un lago.

—Mmm no es muy distinto a casa—Menciono, Roberto.

—No te engañes, esta tierra es un sitio inestable, te darás cuenta conforme nos adentramos—La tigresa olfateo el aire a su alrededor.—Tendrás que hacer uso al cien de todo de tu cuerpo, olfatea bien, ten atenta tus orejas. No subestimes el lugar donde pisas, y por favor se atentó con cada paso que des y mira a todos los lados... Como ahora.

Gritó Yun y empujó a Roberto antes que una enorme masa los aplastara. La caída fue tan fuerte que un enorme cúmulo de tierra se levantó y causo un fuerte estruendo.

La tigresa se colocó encima del canino, protegiéndolo con su cuerpo de la tierra levantada. La felina inspeccionó con el olfato la enorme masa de pelo que tenía un aroma entremezclado de lodo y sangre. Poseía unos enormes colmillos, así como un pelaje de un exquisito color dorado.

Yun levantó ligeramente el cuello apartándose de su protegido y caminó alrededor del cuerpo olfateando su alrededor, seguido de Roberto quien el felino pidió que no se despegara de su lado. Se trataba del cadáver de un jabalí, que tenía el cuello desgarrado, era una herida fresca que había acabado con la vida del animal.

—¿Quién lo habrá matado? —preguntó Roberto.

—Ni ideas.

Buscaron a su alrededor al posible cazador hasta que Yun y Roberto se percataron de la presencia de un lobo de pelaje rojizo, mirando de perfil con su ojo derecho dorado, mientras reposaba su cabeza en la roca donde descansaba.

—¡¿Quién eres?!— Exigió Yun

El can bostezó con aburrimiento y estiró su cuerpo. Volteó a verlos de frente, revelando una cicatriz en medio de su hocico, pero lo que impacto más a Yun y Roberto fue la apariencia de ese animal. Varias partes de su cuerpo carecían de pelaje, sobre todo la parte izquierda de su cuerpo, era casi solamente pellejo al descubierto de un tono rojizo, moteado de negro, como si hubiera sido carboncillo. Una de las oreja estaba arrancada.

El lobo, aunque los miro curioso unos instantes, se vio distraído cuando una rápida ráfaga de aire golpeó el pelaje de los presentes. Un zumbido recorrió el lugar tras la caída de un enorme dragón oscuro que provocó el vibrar de la tierra. Rugió en su llegada y luego trepó encima del jabalí muerto.

Este dragón era un espécimen de forma serpentina, que recordaba al difunto rey pero poseía alas y su escama eran un oscuro tono ébano, debajo del pecho tenía una tonalidad plateada con patrón de rayas que le recorría hasta la punta de la cola , poseía un par de cuernos color Bermellón.

—¿Será...Kawa?

—No, ni siquiera es de la misma especie —comentó Yun sin quitar la vista de ambos individuos.

El dragón recién llegado soltó un rugido aunque fuerte, no se expresaba con amenaza o advertencia, era más bien un llamado.

Maní, se escuchó entre cada rugido, el gran lagarto al no recibir respuesta trepó a una roca próxima a la loba y aferrándose con fuerza a la roca , esta comenzó agrietarse por la presión. Siguió insistiendo por varios minutoscon sus rugidos, que a veces iban bajando hasta volverse chirridos para luego elevar potenciando en resonante bramidos.

—Creo estamos a salvo, pero qué incómoda situación—Dijo la tigresa con voz apenada, apartando su vista de ambos individuos.

—¡¿Qué?¡

—Estamos ante una propuesta de cortejo entre esa loba y ese dragón.

—¡¿En serio?! Pero, pero ella es muy.... Esta chiquita. Para bueno ya sabes qué cosas...

—De la misma manera que Aka con el difunto rey -Mencionó Yun — , la especie importa poco para un dragón, pueden asumir cualquiera o pueden hacer que otros asuman la de un dragón.

—Pero Aka jamás fue transformada y el rey siempre fue dragón—. El tigre soltó un suspiro—es una historia... complicada.

La loba soltó un bramido con disgusto y dijo:

—¡Rechazo tu regalo! —exclamó severa — También rechazó tu cortejo Hati.

El dragón resoplo molesto por la respuesta.

—Regresa a casa—Dijo la loba.

La hembra dio la vuelta y salto de la roca, el dragón abrió la boca soltando un resoplido seguido de un retumbante rugido que abrió un remolino que escaparon chispas azuladas, el dragón lo atravesó y desapareció tras adentrarse.

—Que bueno, ya termino —. Dijo entre dientes Yun, sacudiendo la cabeza incómoda— Es mejor así, corrimos con suerte, ese joven podría haberse desquitado, tras su... Rechazo... ¡¿Dónde estás?!—reclamó la tigresa girando su cabeza en toda direccion.

—¡¿Hey, donde vas?!

—A preguntarle la dirección, es lógico—. Acotó a lo lejos su compañero canino

—Lógico es ir con precaución, cachorro tonto.

Yun fue ignorada por Roberto en un veloz movimiento, se fue detrás de la loba, pues el can sabía que la tigresa lo detendría si no actuaba, la loba no se veía lejos, caminaba tranquila, no sería difícil de alcanzar.

—Señorita, señorita

La hembra detuvo su andar.

—Detente—. Advirtió la loba confundiendo al coyote.

Roberto tarde entendió el aviso, el suelo que pisaba se volvió inestable y empezaba a resquebrajarse, pensó Roberto que se hundiría junto a la roca pero salió una enorme cantidad de raíces que empezaron a dar forma a un árbol, Roberto esquivo de un salto, pero tambaleo y golpeó contra la madera.

—¿Estás bien?—Preguntó la desconocida, la loba se aproximó rodeando el árbol recién salido que no paraba de emerger y se colocó a lado del Coyote.

— Algo norteado, pero muchas gracias—exclamó sacudiéndose su nariz con su pata, la loba lo miro confundido, inclinó la cabeza con extrañeza.

—¿Eso significa?...

—Olvídelo, cosas mías, estoy bien, bien, pero quería preguntarle...

—¡No!—.Dijo la loba.

—Pero ni siquiera le he preguntado.

—Supongo lo viste, rechace a ese dragón, no quiero ilusionarte niño.

— Yo estoy por otra cosa señorita—Dijo con un ligero tartamudeo Roberto— No me parece bien que me rechacen sin siquiera haberme declarado.

Roberto se le erizó el pelaje avergonzado de sus palabras, quería hundir su cabeza bajo tierra.

—Bien, habla jovencito.

—Estoy buscando al dragón Kawa, se sabe que vive en estas tierras.

—Se dé quien hablas, pero lleva siglos de su llegada, que no se ha acercado a la entrada de este mundo—miró hacia las montañas, según dicen, se resguarda atravesando el claro oculto por bruma, donde está el mar infinito.

—Cómo llegó hasta allí.

—Sigue el río de los espíritus , en la noches el camino es fácil de rastrear,si quieres puedes quedarte en mi guarida hasta que llegue el momento, no tengo problema indicarte como llegar.

—Perfecto, me sería de mucha ayuda, necesito encontrarlo lo más pronto posible.

—No, no, no—Era la tigresa que acentuaba cada no con un gruñido.

—Yun estás aquí, esta señorita nos ayudará.

—No las conoces, yo no la conozco, sin ánimos de ofender, señorita.

—Que descarada Yun.

—Mira, quien habla—chocó su cabeza con fuerza con el pobre de Roberto que resintió el impacto.

—¿De qué se ríe?—exclamó Yun girando su vista hacia la loba.

—Nada, jovencita, pero tienes razón, tu amigo no debería fiarse así.

—Escuchaste, hasta ella opina lo mismo—Expresó Yun.

—Sí, si ya escuche—Roberto bajó su cabeza, junto a sus orejas, sintiéndose avergonzado y pensó en su erro:

«Tiene razón, ya me mal acostumbre a vivir en la comodidad del palacio, que olvide ser precavido»

—Pero les aseguro que no es mi deseo hacerles ningún mal. Soy mani.