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Christopher caminaba por los pasillos de la escuela envuelto por el tumulto de los estudiantes que salían de sus clases con urgencia. Mientras avanzaba, su mirada se desplazó hacia el tablero de anuncios donde se exhibían los últimos avisos y noticias de la escuela. Y fue allí, en ese momento cuando uno en particular llamó su atención, deteniendo su marcha para leerlo con más detenimiento.
Se trataba de las postulaciones para ser director del periódico escolar. Christopher había estado a la espera de esta oportunidad por un largo tiempo. Había intentado postularse antes, pero no reunía los requisitos: tener al menos un año de estudios en la preparatoria. Ahora que finalmente estaba allí, sentía que era el momento perfecto para intentarlo de nuevo. Su corazón latió de emoción al ver el aviso en el tablero de anuncios.
Tenía una buena corazonada al respecto, y su entusiasmo iba en aumento.
—¿Te perdiste? —aquella voz conocida que sonaba a sus espaldas llamó su atención. Liam se acercó a él y lo saludó con un beso en la mejilla, permaneciendo detrás suyo.
Liam era su novio, y aunque no llevaban todas las clases juntos, siempre se encontraban en los pasillos fuera de clases, intercambiando sonrisas y besos furtivos cuando coincidían.
—Solo estaba mirando el anuncio —expresó con su voz repleta de entusiasmo—. Abrieron las postulaciones para director del periódico escolar —su vista se volvió al anuncio, y su mirada se iluminó, un brillo que Liam conocía perfectamente.
—¿Vas a postularte? —preguntó Liam, su voz repleta de curiosidad. Christopher asintió sin dudar, su rostro iluminado con una sonrisa decidida, mientras daba media vuelta para quedar frente a frente. La mirada de Liam se oscureció inesperadamente.
—¿Qué sucede?
—No, nada. —Liam dijo, su voz llena de dudas— Me parece excelente que quieras postularte. De verdad, estoy orgulloso de ti. Pero… —hizo una pausa, mostrándose inseguro—, me preocupa que afecte nuestro tiempo juntos. Apenas nos vemos por nuestras actividades extracurriculares. Me encantaría pasar más tiempo contigo, pero si estás ocupado con el periódico... no sé, me temo que nos veremos aún menos.
Christopher se detuvo a pensar en las palabras de Liam, y se dio cuenta de que su novio tenía razón. Sus horarios estaban llenos de actividades extracurriculares y clases adicionales. Liam estaba ocupado con el club escolar de fútbol después de sus clases, y Christopher con sus clases de francés después de la escuela. En algunas ocasiones, apenas se veían en los pasillos cuando se cruzaban entre clases.
Miró el anuncio en el tablero una vez más. La duda comenzó a crecer en su mente.
—Tienes razón.
Christopher se enganchó al brazo de Liam y caminaron juntos por el pasillo, sumidos en un silencio cómodo.
La conversación anterior seguía resonando en su mente, y Christopher no podía evitar sentirse un poco culpable por no considerar a Liam en su decisión. Parecía que Liam estaba genuinamente preocupado por la posibilidad de que Christopher se presentara al cargo de director del periódico escolar y que esto impactara en su relación.
Christopher se preguntó si estaba priorizando sus ambiciones personales sobre su relación con Liam. También se preguntó si realmente estaba tomando la decisión correcta.
Las campañas para el próximo director del periódico escolar habían comenzado una semana después de la recepción de formularios de los postulantes y los estudiantes estaban entusiasmados por la competencia.
Cada campaña utilizaba su creatividad para ganarse el voto de los estudiantes, algunos postulantes utilizaron carteles coloridos y llamativos, mientras que otros optaron por realizar presentaciones en vivo divertidas. Era casi divertido ver a los postulantes compitiendo por el puesto cada uno a su manera, siempre respetando las reglas y la integridad de la otra persona.
Christopher se sumió en un mar de dudas y confusión, preguntándose si había tomado la decisión correcta. Había pasado tanto tiempo imaginando cómo sería ocupar ese cargo, y ahora se sentía como si hubiera dejado escapar una oportunidad invaluable. Se sentía desalentado y vació por dentro. La falta de confianza en sí mismo lo había llevado a dudar de sus capacidades y abandonar su sueño, y ahora se preguntaba si había tomado la decisión correcta.
—¡Chris! —gritó una voz desde la puerta del salón de clases. Chris se volteó y se encontró con su mejor amigo con una expresión de sorpresa—. ¿Qué pasó? —preguntó Oscar—. Pensé que ibas a postularte para director del periódico escolar. ¿Por qué no estás en la lista?
Christopher se encogió de hombros con una expresión de desinterés, intentando ocultar la verdad tras su expresión.
—Es que… —Chris dijo, evitando mirar a su amigo, con una voz que sonaba un poco demasiado casual—, me olvidé. No es gran cosa, seguro que habrá otras oportunidades en el futuro.
Oscar se sentó en el lugar vacío a su lado. Su mirada penetrante hizo que Christopher se sintiera incómodo. Colocó una mano en su hombro con un gesto que parecía de consuelo.
—Chris, eres un terrible mentiroso —Oscar suspiró con resignación, pero luego una sonrisa astuta se dibujó en su rostro. Él sabía que Liam había influido en esa decisión de alguna manera—. Pero no te preocupes, estoy aquí para ayudarte. ¿Qué tal si dejo que ese idiota se las vea conmigo? —Chris se echó a reír, pero rápidamente sacudió la cabeza en negación—. ¡Déjame darle con la silla! Así le quito lo pendejo. ¡Ándale!

En casa, Christopher había logrado evitar los interrogatorios de sus padres, que siempre parecían saber cuándo algo andaba mal.
Su mente se convirtió en un campo de batalla. A pesar de sus esfuerzos por olvidar el asunto, sus pensamientos continuaban atormentándolo con dudas y temores. Se sintió agobiado y sobrecargado por sus propios pensamientos. Justo cuando creyó haber encontrado un poco de tranquilidad, la voz de su padre lo llamó desde la sala, rompiendo el silencio y sacándolo de su estado de confusión. La voz familiar lo devolvió a la realidad.
Él se apresuró a salir de la cama, que había sido su refugio en los últimos días, y se aseguró de tener un aspecto medio decente antes de ir a la sala. Cuando entró allí, sus padres lo esperaban con una expresión difícil de leer.
—Chris, tenemos que hablar —dijo con cautela su padre, Alfred. Sin embargo, su esposo, Gadiel, fue directo al grano:
—Nos mudamos el fin de semana.
Chris quedó atónito.
—¿Qué?
—¡Te dije que lo explicaríamos con calma! —su padre reprendió a su esposo.
—Mejor que lo sepa ahora, si la mudanza está programada para dentro de dos días —replicó su esposo.
—¿Dos días? —Christopher preguntó en un hilo de voz. su mano envolvió la otra con fuerza, tratando de contener su ansiedad.
Las palabras de sus padres resonaban en su mente. La noticia lo golpeó con fuerza, y los recuerdos inundaron su mente, la imagen de Oscar, su mejor amigo. Su corazón se encogió al pensar en Liam...
—¡No pueden hacerme esto! ¡Me niego!

La despedida fue un momento complicado para él, ya que la mudanza se avecinaba más rápido de lo que hubiera querido. Con el corazón pesado, se despidió de sus familiares más cercanos y amigos en la escuela en su último día, sabiendo que no los vería por un tiempo.
Por supuesto, sin dejar de lado a Liam. Se abrazaron durante un largo tiempo, prometiendo escribirse a diario y que, sin importar las circunstancias, intentarían hacer que su relación funcionara.
El único arrepentimiento que llevaría consigo a esa nueva etapa de su vida sería el de no haberse presentado como candidato para director del periódico escolar cuando tuvo la oportunidad, especialmente porque Liam había influido en su decisión de no hacerlo. Sin embargo, a pesar de esa sombra de duda, sabía que contaba con el apoyo incondicional de Liam, quien siempre había estado a su lado, lo que le daba la confianza necesaria para enfrentar lo que vendría.
La mañana siguiente llegó más rápido de lo que hubiera querido. El coche estaba cargado y listo para partir hacia su nuevo destino, y el camión de mudanzas detrás de ellos. Su teléfono sonaba debido a los mensajes de sus amigos, que lo animaban y le pedían que les enviara fotos de su destino. Así que, él se aseguró de tener su cámara a mano en todo momento.
Christopher se detuvo un instante para contemplar el lugar que había sido su hogar durante tanto tiempo. Hasta que su momento de reflexión fue interrumpido cuando su padre lo llamó al auto. Era el momento de partir.
A medida que se alejaban, el bullicio de la ciudad comenzó a desvanecerse. Los edificios altos, que antes dominaban el horizonte con sus fachadas de cristal, se fueron convirtiendo en estructuras más bajas y dispersas, hasta ser reemplazados por un vasto mar de árboles que se extendían hasta lo más lejano.
Conforme se aproximaban a su destino, Christopher observó una casa que se alzaba en medio del campo. La casa era de estilo rural, de dos niveles, con una fachada de ladrillo rojo y ventanas de color blanco; en la parte exterior se encontraba un porche acogedor. Era un sitio tranquilo, muy distinto a la ciudad que habían dejado atrás.
Esa noche, mientras desempacaba sus cosas en una habitación, que ahora le parecía demasiado vacía, cada objeto se transformaba en un recordatorio de la vida que había construido y que tuvo que dejar atrás: las fotos con sus amigos, libros, y aquellos pequeños detalles que llevaban consigo una historia compartida. Christopher se sentía atrapado en un torbellino de recuerdos, en una red de ansiedad y nostalgia de la cual no podía liberarse.
Estaba sumido en sus pensamientos, hasta que el sonido de su teléfono lo sacó de su mente, solo para darse cuenta de que se trataba de una notificación por la batería baja. Revisó los mensajes que había intentado enviar, pero lo frustró la falta de cobertura que impidió que los mensajes fueran enviados.
Los sonidos de la sala llamaron su atención y lo hicieron salir de su habitación, donde encontró a sus padres enfrascados en una batalla contra el router del wi-fi.
—Un poco más arriba, y… ¡Quédate ahí! —su padre dijo. Christopher se asomó por la puerta y vio a su padre con su celular, haciendo algo que no alcanzó a ver.
—¿Ya funciona?
—No, solo quería tomarte una foto —rio su padre. Christopher se acercó a ver la foto.
—Alfred, no es divertido —reprendió su esposo.
Después de un rato, se rindieron con aquel aparato infernal. Cuando Alfred lo encontró, intentaron conectarlo, pero seguía sin captar señal. Mientras tanto, comenzaron a desempacar el resto de las cosas. Christopher se unió a la tarea, ya que estaba ahí, colocando las fotos familiares sobre la chimenea.
Christopher había pasado el día recorriendo el infinito campo, completamente absorbido por su celular desde que llegó a ese pueblo, pero la horrible señal lo forzaba a mantener su dispositivo en la mano, buscando un poco de cobertura. Salió al patio apuntando el teléfono hacia arriba, esperando ansiosamente a que apareciera una barra de señal y, con ella, el testamento que le escribió a su novio por WhatsApp finalmente se enviara.
—¡Christopher, bájate de ese árbol que te vas a partir la cabeza! —le gritó su papá, Gadiel, al verlo casi en la punta en su desesperación por captar señal.
El chico volvió a maldecir a ese pueblo perdido y también a sus padres por arrastrarlo a ese lugar.
Finalmente, el lunes llegó y con él, el primer día en su nueva escuela. Mientras caminaba por los pasillos, se sintió abrumado por la sensación de estar en un lugar desconocido. Su mirada se desplazó hacia el tablero de anuncios, donde solo un volante destacaba entre la nada: las postulaciones para director del periódico escolar.
Ver el anunció le dejó a Christopher una sensación de amargura, que hizo que se sintiera desorientado. Retrocedió sin darse cuenta y chocó con alguien. Se giró para disculparse, sintiendo una mezcla de vergüenza y confusión. Pero entonces, el extraño lo miró con una sonrisa y le hizo una oferta inesperada:
—“¿Te gustaría unirte al periódico escolar?”.
—No estoy interesado, gracias.
La gente alrededor los miraba y comenzaba a murmurar. No estaba seguro de quién era el centro de atención: él, como una cara nueva, o el muchacho pelirrojo de ojos dorados como la miel, cuyo atractivo único probablemente lo hacía popular.
