Prólogo
Luca despertó con un sobresalto, respirando agitadamente mientras sus ojos se abrían lentamente. No sabía dónde estaba, ni cómo había llegado allí. Lo último que recordaba era estar en el autobús escolar, regresando a casa después de un largo día, y luego quedarse dormido, sumido en el cansancio. Pero ahora... ahora estaba tirado en la arena, con el sonido de las olas rompiendo suavemente en la orilla. Miró a su alrededor, desorientado, y vio solo el océano y una vasta extensión de tierra. Una isla desierta.
Su corazón comenzó a latir más rápido. Se puso de pie rápidamente, deslumbrado por el sol abrasador que se filtraba a través de las copas de los árboles cercanos. No podía recordar cómo había llegado allí, ni por qué estaba solo en una isla. La última vez que recordó, había estado rodeado de sus compañeros en el autobús.
—¿Qué... qué está pasando? —murmuró para sí mismo, mientras miraba la inmensidad de la isla.
El miedo comenzó a apoderarse de él, pero se forzó a calmarse. Decidió que lo primero era encontrar algo de orientación. Caminó por la costa, el agua salada humedeciendo sus pies descalzos mientras buscaba señales de vida. A medida que avanzaba, la tranquilidad de la isla lo envolvía. No había ruidos de aviones, ni coches, ni gente. Solo el sonido de las olas y el canto lejano de algunos pájaros.
Tras un rato de caminar, un cambio en el paisaje llamó su atención. A lo lejos, en medio de la vegetación frondosa, se veía una estructura, una cabaña. La esperanza llenó su pecho; quizás allí encontraría respuestas, o al menos a alguien que pudiera explicarle qué demonios estaba ocurriendo.
Corrió hacia la cabaña, sus pies golpeando el suelo arenoso. Al llegar, notó que la puerta estaba abierta, ligeramente entreabierta. Algo no estaba bien. Si la casa estaba habitada, ¿por qué estaba la puerta abierta de par en par? Con cautela, se acercó a la entrada y observó el interior.
La cabaña era espaciosa. Desde la entrada podía ver un salón y una pequeña cocina. El lugar parecía en orden, con algunos utensilios dispersos por el suelo y algunos muebles rústicos en su lugar. Había señales de que alguien había estado allí, pero no podía ver a nadie.
Luca no podía contener su impulso de hablar. Decidió llamar, tratando de hacer sentir su presencia sin parecer una amenaza.
—¡Hola! ¿Hay alguien en casa? —dijo con la voz algo temblorosa.
No obtuvo respuesta. Pero en ese momento, escuchó un ruido detrás de él. Un crujido leve, seguido de unos pasos suaves, pero firmes. Se giró rápidamente, solo para encontrarse con una figura que caminaba hacia él desde el pasillo. Era una chica, cargando una caja grande con ambas manos. Sus ojos, grandes y brillantes, se posaron sobre Luca mientras él avanzaba hacia ella.
Luca, al ver a la chica, no pudo evitar acercarse. Quería saber más, quería entender qué sucedía, por qué estaba allí y, lo más importante, si había alguna posibilidad de salir de esa isla. Se adelantó un paso y abrió la boca para hablar.
—¿Disculpa? —comenzó, pero al hacerlo, notó un cambio inmediato en la chica. Se tensó visiblemente, y sus hombros se sacudieron ligeramente, como si la conversación le causara una gran incomodidad. Sus ojos se agrandaron, y comenzó a temblar. Como si la presencia de Luca fuera una amenaza, algo que él no alcanzaba a comprender.
La chica, sin responder de inmediato, bajó lentamente la caja que llevaba la bajó lentamente. Luca notó que sus manos no dejaban de temblar, pero su atención se centró en algo mucho más extraño: al bajar la caja, pudo ver su rostro. Su cabello largo y oscuro estaba atado en una coleta desordenada, pero lo que realmente lo dejó paralizado fue lo que vio a continuación.
Cuando la chica bajó por completo la caja, se reveló una boca monstruosa. Era grande, con labios gruesos y deformes. A medida que Luca la observaba, su mente comenzó a procesar lo que veía: una dentadura afilada, como los dientes de un depredador, dispuesta en una mueca feroz. No eran simples dientes; eran sables curvados, como cuchillas, extendiéndose hacia afuera, listos para desgarrar. El horror llenó a Luca cuando entendió que esa boca no solo era monstruosa por su tamaño, sino también por la ferocidad que transmitía.
El choque fue inmediato. Un grito espantoso escapó de su garganta. Su cuerpo temblaba mientras retrocedía, aterrorizado por lo que acababa de ver. No podía apartar la vista de la boca de la chica, de esos dientes que parecían salidos de una pesadilla. Los sonidos que emitía su garganta eran más bien un susurro, pero para Luca eran como rugidos que desgarraban la quietud del lugar.
La chica, al escuchar el grito de Luca, reaccionó rápidamente. Soltó la caja, como si hubiera sido alcanzada por un rayo. Sus manos se levantaron, cubriéndose la cabeza en un gesto de defensa. No era un gesto de agresión, sino de miedo. Sus ojos, ahora cerrados con fuerza, mostraban un dolor palpable.
Luca, al ver la reacción de la chica, se calmó ligeramente, pero el miedo seguía recorriéndolo como una corriente eléctrica. Decidió que debía hacer algo para ayudarla, aunque no sabía si ella representaba una amenaza o si simplemente estaba tan asustada como él.
—¿Te... te encuentras bien? —preguntó con la voz temblorosa. La situación era extraña, y la chica parecía tan aterrorizada como él.
La chica, aún con los ojos cerrados, negó violentamente con la cabeza. Sus temblores eran más pronunciados ahora, y parecía que la simple mención de la palabra “bien” la alteraba aún más. Luca frunció el ceño, desconcertado. Algo estaba muy mal, y tenía que entender qué.
Luca, sin saber cómo calmar la situación, dio un paso hacia ella. Mientras se acercaba, comenzó a hablar con cautela, tratando de mantener la calma.
—No... no quería asustarte. ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? ¿Qué... qué es este lugar? —preguntó, sin dejar de mirar a la chica, cuya postura seguía siendo temblorosa.
De repente, un pensamiento le cruzó la mente. La chica no parecía querer hablar. Quizá debía encontrar otra forma de hacerla comprender. Sin pensarlo demasiado, levantó la mano y, con cuidado, la extendió a la altura de su campo visual para cubrirlo en perspectiva, ligeramente, su boca. Era una acción impulsiva, pero sentía que si no lo hacía, no podría evitar que las palabras que salían de su boca la incomodaran aún más.
La chica, al ver la mano de Luca en una posición “rara”, pareció hacer un esfuerzo para mantener la calma. Sus ojos permanecieron cerrados, pero su cuerpo no dejaba de temblar. Luca, con una mezcla de compasión y temor, preguntó nuevamente.
—¿Tus dientes? ¿Son... son de verdad? —intentó preguntar sin sonar acusador, pero la chica siguió temblando, alejándose lentamente de él. Hizo un sonido bajo, como si fuera un susurro o un murmullo, pero fue suficiente para que Luca lo entendiera. Ella asintió lentamente, sin abrir los ojos.
La tensión en el aire era palpable. Luca, con el corazón aún latiendo desbocado, intentó comprender lo que sucedía. ¿Por qué la chica tenía esos dientes? ¿Por qué tenía miedo de los doctores, de las palabras relacionadas con su boca? Había más preguntas que respuestas, pero en ese momento, lo único que sabía era que ambos compartían un miedo profundo, un miedo que los mantenía paralizados en ese extraño lugar.
Sin saber si debía seguir o retirarse, Luca optó por esperar. Se quedó allí, en medio de la cabaña, con el temor y la confusión invadiéndolo. Ambos, como dos seres perdidos, compartían el mismo temor: uno a lo desconocido, el otro al dolor de su propio ser.
Luca permaneció allí, en el centro de la cabaña, inmóvil. El aire parecía pesado, cargado de algo que no lograba identificar. Cada rincón de la habitación parecía contar una historia que no podía comprender. Los muebles, aunque simples, mostraban signos de uso, y la luz que se filtraba a través de las rendijas de las paredes de madera daba al lugar un aire sombrío, como si la cabaña misma estuviera atrapada en una especie de sueño.
Venus, la chica frente a él, no decía palabra. No se movía, y sus ojos rosados no dejaban de mirarlo, intensamente. Era como si estuviera estudiándolo, buscando algo en él, tal vez una respuesta que ni ella misma comprendía. Luca sentía su cuerpo tensarse con cada segundo que pasaba. Los temores que había guardado durante todo el tiempo que llevaba en esa isla lo acechaban, pero algo en su interior le decía que esa chica no era una amenaza.
A pesar de eso, su presencia le incomodaba. Sus ojos, de un rosa tan brillante que casi parecía antinatural, lo observaban con una fijeza desconcertante. Había algo en su mirada que lo hacía sentirse expuesto, vulnerable. Sus dientes, ocultos hasta ese momento, permanecían en su mente como una sombra inquietante.
El silencio se alargó entre ellos. Ninguno de los dos sabía bien cómo romperlo. Venus, con una calma que contrastaba con la angustia de Luca, alzó la mano lentamente. Sacó algo de su bolsillo: un pin. Un simple pin con letras grabadas, que lucía como una insignia que había pertenecido a alguien importante. En el pin, con trazos sencillos pero claros, decía “Venus”, y debajo, el número “041".
Luca observó el objeto en su mano, los ojos fijos en el nombre y el número, una combinación desconcertante. ¿Qué significaba ese número? ¿Era acaso un código, una forma de identificación? La respuesta no llegaba. Venus lo miró fijamente, luego levantó el pin hacia él, indicándole que su nombre era Venus. Un nombre simple, pero aún así, cargado de una extraña sensación de vacío, como si aquello fuera solo una fachada de algo más profundo.
—No hablas mucho, ¿verdad? —murmuró Luca, buscando una forma de iniciar una conversación, de encontrar algo que pudiera ayudarlo a entender mejor a la chica que tenía frente a él. Pero la respuesta no vino de inmediato. En lugar de hablar, Venus tocó suavemente su cuello, donde una gargantilla cubría algo. Luca no pudo evitar fijarse en la forma en que la prenda se ajustaba, ocultando algo que no podía ver. Una cicatriz. Algo que Venus no quería que él tocara.
Él, curioso pero respetuoso, dio un paso adelante, pero Venus, al notar su movimiento, retrocedió con rapidez. Los temores en su rostro eran evidentes, y Luca no pudo evitar sentir una punzada de culpabilidad. Parecía como si cualquier intento de acercarse más a ella la asustara. El miedo en sus ojos era palpable, y él, consciente de su fragilidad, se alejó rápidamente.
—No, no quiero hacerte daño —dijo Luca con suavidad, su voz casi como un susurro—. No quiero incomodarte.
Sus palabras parecían haber logrado algo, porque Venus dejó de temblar, aunque su mirada seguía fija en él, expectante, como si buscara algo en su voz, algo que pudiera calmarla. Luca respiró profundamente, tratando de mantener la calma mientras se presentaba, buscando alguna normalidad en esa situación tan extraña.
—Yo me llamo Luca Makris —dijo, mirando a los ojos rosados de Venus—. Tengo 17 años. Y... no tengo idea de cómo llegué aquí.
Venus, como si procesara las palabras lentamente, no reaccionó de inmediato. Sus ojos seguían clavados en él, como si estuviera midiendo cada una de sus palabras, pero no parecía asustada ahora, solo... desconcertada.
—¿Qué tal tú? —continuó Luca, intentando hacer que la conversación fluyera—. ¿Cuántos años tienes?
Hubo un largo momento de silencio. Venus no respondió. Sus ojos rosados brillaban en la penumbra, y sus manos temblaban ligeramente, aunque no parecía tener miedo en ese momento. Por fin, se acercó a una mesa en la cabaña y comenzó a escribir en una hoja de papel. Tomó una lapicera roja, trazó las palabras con una precisión inusual, y luego le mostró la hoja a Luca.
Luca leyó las palabras: “Venus 041.” “Color favorito morado” y “17 años” Algo en esa combinación de su nombre y el número le dio una sensación extraña, como si aquello fuera solo una parte de lo que estaba pasando. El 041... ¿qué representaba ese número? ¿Era su identificación? ¿Su verdadero nombre?
—¿Por qué el número 041? —preguntó, incapaz de evitar la curiosidad que lo devoraba—. ¿Qué significa? ¿Y morado?
Venus no respondió verbalmente, pero empezó a escribir en una nueva hoja de papel. Luca observó con curiosidad cómo tomaba la lapicera roja y trazaba las palabras con calma, cada trazo seguro pero lento, como si cada letra tuviera un peso especial. Después de un momento, Venus levantó la hoja y la mostró. En ella, con una letra simple pero clara, estaba escrita la pregunta:
¿Cuál es tu color favorito?
Luca la miró, confundido por un segundo, antes de levantar la vista hacia ella. Sus ojos rosados aún lo observaban con esa intensidad que, aunque inquietante, ahora comenzaba a sentirse menos incómoda. Venus lo miraba como si esperara una respuesta, su rostro ligeramente inclinado, buscando la sinceridad en él.
—Ehhhhh... el... ¿Arcoíris? —respondió Luca, titubeando. No estaba seguro de por qué le había dicho eso, pero sentía que, en ese momento, era lo más sincero que podía ofrecer.
Venus ladeó la cabeza, pensativa, y luego, para su sorpresa, mostró una pequeña sonrisa. Era una sonrisa tímida, casi imperceptible, pero estaba allí, y eso bastó para que Luca sintiera que había hecho algo correcto. Algo en sus ojos brilló, como si hubiera entendido lo que él intentaba comunicar.
Aunque había un silencio más cómodo entre ellos ahora, aún quedaba esa sensación de incomodidad flotando en el aire. Luca notaba que Venus no hablaba, y la curiosidad lo mantenía alerta. Cada vez que la miraba, algo en su rostro le decía que había algo más, algo que ella no estaba dispuesta a mostrar. Se dio cuenta de que ella intentaba ocultar algo detrás de una gargantilla que llevaba puesta. La pieza de joyería cubría de manera torpe algo en su cuello, y aunque no se atrevió a preguntar, no pudo evitar preguntarse qué sería.
A pesar de la curiosidad, Luca prefirió no indagar más. No quería incomodarla. En su lugar, decidió seguir conversando de una manera tranquila, tratando de llenar el espacio con palabras amables, buscando que el ambiente fuera más relajado, más amigable.
—¿Qué... qué sueles hacer aquí? —preguntó, buscando un tema neutral.
Venus lo miró por un instante, como si pensara en cómo responder, pero después comenzó a escribir otra vez. Esta vez, el papel decía simplemente: Vivir.
Luca se quedó mirando las palabras, y aunque la respuesta era corta, era suficiente. Vivir. Eso era lo que todos hacían, ¿no? Pero al mismo tiempo, la respuesta de Venus parecía tan profunda, tan silenciosa, como si detrás de esa palabra hubiera una historia mucho más grande. Pero Luca no presionó. Decidió que dejar que ella compartiera lo que quisiera era lo mejor.
De repente, el sonido de su estómago interrumpió el silencio, un rugido bajo y algo vergonzoso que hizo que Luca se sonrojara. Sonrió nervioso, buscando algo que decir para justificar su falta de discreción.
—Parece que... tengo hambre —murmuró, rascándose la nuca.
Venus, al escuchar el sonido, pareció comprender inmediatamente. Se levantó sin decir una palabra y caminó hacia una esquina de la cabaña, donde había dejado un par de cajas. Luca la observó mientras ella con destreza rompía la cinta adhesiva de la tapa de una de las cajas con el dedo índice. Era un movimiento tan natural que casi parecía automático, como si estuviera acostumbrada a hacer esto una y otra vez. Luego, comenzó a sacar lo que parecía ser pan, tomates, jamón, queso y lechuga.
Luca observó atentamente cómo preparaba los ingredientes con una rapidez y precisión que casi le hizo pensar que lo había hecho antes. Venus preparó dos sándwiches, uno más grande que el otro. El sándwich de Luca era generoso, con capas de jamón, tomate y queso bien equilibradas, mientras que el suyo, de Venus, era más pequeño, sencillo, con una porción más modesta de los ingredientes.
Con una mezcla de gratitud y curiosidad, Luca aceptó el sándwich que ella le ofreció.
—Gracias... —dijo, mirando a Venus con una pequeña sonrisa. Él notó que, a pesar de la comida sencilla, había algo cálido en el gesto. Ella estaba siendo amable, de su propia manera, sin necesidad de palabras.
Venus, después de entregar el sándwich, se sentó y empezó a comer el suyo, abrió de una forma anti natural su boca y tragó su comida, se podía notar como masticaba su alimento. No había prisa, todo se desarrollaba en una calma tensa pero natural. Aunque todavía había una distancia entre ellos, algo había cambiado. Era como si, lentamente, sus miedos y sus incomodidades estuvieran comenzando a desvanecerse, aunque no por completo. La extraña atmósfera de la cabaña seguía pesando, pero de alguna manera, ahora no se sentía tan ajena, tan extraña.
Luca mordió su sándwich, saboreando el simple pero satisfactorio gusto de la comida. El hambre se disipaba rápidamente, y con ello, también lo hacía la tensión en su cuerpo. Tal vez, solo tal vez, este era el inicio de algo más... una pequeña amistad nacida de la soledad y el misterio.
Mientras miraba a Venus, vio cómo ella lo observaba de nuevo, su mirada fija pero tranquila, como si la conexión entre ellos fuera algo inquebrantable. Luca no sabía qué futuro les esperaba en ese lugar extraño, pero por primera vez desde que había llegado, sentía que no estaba completamente solo.
Y en ese silencio compartido, con el eco de la cabaña como única compañía, Luca vio un diario celeste y vio que estaba vacío, preguntó si podía utilizarlo y Venus aceptó.