BOO
Ella era Cáncer: emocional, reservada, con una dulzura que no necesitaba esfuerzo. Amaba los días tranquilos, las conversaciones lentas y los gestos que hablaban por sí solos.
Él era Géminis: inquieto, curioso, con una mente brillante y una sonrisa fácil. Vivía por las ideas repentinas, los cambios de rumbo y la magia de conectar con alguien nuevo.
Se conocieron en una app de citas.
Ella no solía usarla con frecuencia, pero una noche de lluvia y antojo de algo distinto, se animó a abrirla. Su perfil era sencillo, pero en una de las fotos —casi sin pensarlo— había subido una donde aparecía con una paleta en la boca, sonriendo con picardía. Natural, auténtica, sin filtros ni poses.
Él, al ver esa foto, se detuvo. No por el típico atractivo de una selfie perfecta, sino porque había algo en esa imagen: la mezcla de ternura y atrevimiento, de sencillez y chispa.
—Tiene cara de esconder historias lindas —pensó, justo antes de deslizar a la derecha.
Ella dudó con su perfil. Había algo intrigante: una de sus fotos era simplemente la luna, grande, brillante, sobre un cielo oscuro. Sin explicación, sin texto. Solo eso.
Y ella —que sentía que la luna le hablaba en ciertos días— lo tomó como señal.
El primer mensaje que él envió fue:
—Hola
Ella dudo en responder pero. Respondió. Y no dejaron de hablar.
Pasaron semanas compartiendo cosas pequeñas: canciones, confesiones de insomnio. Él la hizo reír con su velocidad mental, y ella lo sorprendió con su capacidad de profundidad.
Cuando se vieron por primera vez, la conexión virtual se volvió aún más intensa. Él hablaba con las manos, con los ojos, con todo el cuerpo. Ella lo escuchaba con una atención que desarmaba cualquier defensa.
No eran iguales. Y eso les gustaba.
Ella le enseñó a quedarse sin aburrirse. Él le enseñó a soltarse sin miedo. Hubo malentendidos, silencios, diferencias… pero también hubo regreso. Siempre regresaban.
Una noche, en el auto después de una caminata sin rumbo, él le tomo la pierna y la observo.
—Solo se que soy feliz contigo
Ella lo miró con una sonrisa tranquila y dijo:
—Yo también soy feliz contigo
Porque sí, se habían conocido por una foto con una paleta.
Pero también por una luna.
Y se habían enamorado en lo invisible: en la escucha, en las risas y en las pausas.
Porque cuando el aire aprende a moverse con suavidad, y el agua confía en no ser arrastrada… nace algo que no se ve, pero se siente. Algo como el amor. O como la luna, brillando para quien sabe mirar.