I. Gran comienzo de año nuevo
Hoy se celebra el Año Nuevo. Familias en toda la ciudad de Estigma festejan rodeadas de sus seres queridos. En el claro de la noche pueden apreciarse los destellos de luz que la comunidad utiliza en su celebración, aquellos fuegos pirotécnicos que explotan en el cielo dejando las estelas de falsas estrellas, llenando los ojos de quien los mire con tanta armonía, como si se tratara de una pintura o de un espléndido sueño. Se escucha música desde las casas vecinas; una vista hermosa de una sociedad que ha sobrevivido un año más. Las siluetas gritan, cantan, lloran y ríen desde sus hogares. Me llenan de tanta calma, esa calma que solo se puede percibir a través de los sueños o del abrazo de un ser querido.
Se dice que cada día es uno más, que mañana, siempre tendremos una nueva oportunidad para mejorar, para enmendar errores. Pero quienes trabajamos rodeados de la muerte comprendemos que eso no es verdad: siempre es un día menos. Cada respiro que damos nos acerca al final. Todos creemos que tenemos los días contados, que podemos controlar nuestra vida o nuestro destino. Lo he pensado muchas veces, pero, aunque suene pesimista, entiendo que nuestra vida puede escaparse de nuestras manos en cualquier momento. No contemplamos la posibilidad de irnos a la cama y no volver a despertar jamás; quizá tomaste una mala postura que no te dejaba respirar; quizá caíste y te rompiste el cuello, falleciendo al instante; o tal vez alguien entró y acabó con tu vida. ¿El motivo? Lamento decirte que, muchas veces, no existe. Hay tantas posibilidades presentes en todo momento, que podrían acabar con nuestra vida, que deberíamos valorar más nuestro despertar.
En plena noche de diciembre, tengo que ir a trabajar en un nuevo caso de suicidio que necesita ser confirmado. Sí, puede que suene extraño, pero si reflexionas un poco sobre cuántos casos de suicidio o muerte accidental ocultan un homicidio y dejan a los responsables en libertad, entenderás por qué hago este trabajo. Soy detective… Bueno, en realidad, soy criminólogo, especializado en análisis de la conducta forense, perfilación criminal y ciencias penitenciarias. ¿Qué analizo? La conducta tanto de la víctima como de su agresor. Mi trabajo es simple de explicar: mi principal materia de investigación son los cadáveres de las víctimas, y con la información que me proporcionan puedo tener una clara idea del homicida, de sus intenciones, pensamientos y sentimientos al momento de cometer el asesinato, rebusco entre su inconsciente hasta corroborar su grado de peligrosidad y usarlo a mi favor. Suena interesante, lo sé… Conocer el odio, los pensamientos que recorrieron la mente enferma de un asesino y comprender por qué hizo lo que hizo, cómo lo hizo y cuál será su siguiente movimiento. Pero se sorprenderían al saber que basta con una mala noche… o un mal sueño. A veces no somos conscientes de lo que una cadena de malos eventos puede provocar sobre la psique… sobre un corazón desgastado.
La conducta no se limita solo al ámbito criminal. Como dije, lo que me trae esta noche a un hogar cuyos corazones en su interior alguna vez le dieron vida y ahora están destrozados, es un suicidio. Hay muchas razones por las que alguien decide quitarse la vida. ¿Son buenas o malas razones? Eso es lo que menos importa. Todos tenemos un umbral de dolor distinto. Para algunos, la pérdida de un hijo es el dolor más insoportable que existe. Otros dicen que lo peor es perder a un padre o una madre. Algunos podrían mencionar la muerte de un personaje de una serie o libro, el despido de un empleo. Y muchos otros señalan un corazón roto. Es esa la característica que compartimos con el resto. Todos tenemos esa voz en nuestra cabeza que susurra epitafios malditos tras un mal día, y todos luchamos contra eso… algunos simplemente no pueden combatir más.
—Buenas noches —saludé al entrar al domicilio, que estaba cerca del centro de la ciudad. Desde allí se podían escuchar los gritos y festejos que se celebraban en la plaza central. Quién diría que alrededor de tantas celebraciones pudiese asentarse la muerte.
—Por fin llegas. Nadie más ha querido entrar al cuarto del chico. La habitación está cubierta de moscas y huele horrible. La madre está destrozada, no para de llorar. Uno de los oficiales es nuevo y está intentando consolarla —mencionó la criminalista de campo, una basilisco de piel escamosa con un tono azulado verdoso y brillantes ojos, parecía nerviosa, con la mirada distraída, evitando el contacto visual, mientras sostenía su tabla de apoyo y la acariciaba con ansiedad. Una conducta extraña para alguien cuyo oficio es tratar con la muerte.
Caminé por la sala. Era un lugar acogedor, con muebles viejos pero impecables. Ahí estaba la madre, una osa grizzly, desconsolada por la pérdida de su hijo, siendo atendida por un chimpancé novato que trata de tranquilizarla, pero antes debía tranquilizarse él. Pedí que me llevaran a la habitación del muchacho, donde dos oficiales caninos custodiaban la puerta. Me permitieron entrar, pero no sin antes ofrecerme un cubrebocas que acepté. Entré en la habitación junto a la basilisco, y los oficiales cerraron la puerta detrás de nosotros. El olor no era tan fuerte como en otros casos que he atendido, pero era inconsistente con las horas de muerte y la casi nula rigidez del cadáver. Otro detalle: estaba lleno de moscas, tantas que parecían una colmena; incluso habían comenzado a anidar en su pelo.
La habitación era la típica de cualquier adolescente: tenía su consola de videojuegos, una computadora con la que jugar, pósteres de bandas de música demasiado nuevas para mi generación y un hermoso suelo de madera de color negro. El color azul predomina en la recámara, tanto en las paredes como en la ropa de su clóset. Y, por supuesto, el cadáver… un joven oso permanecía sentado debajo de una ventana, donde la luz de la luna iluminaba su espalda.
—Su nombre es Martí, tiene 22 años, buen promedio en la escuela y amigos tanto en la escuela como en línea. Vive con su madre desde que su padre murió hace 4 años. La señora Martha encontró a su hijo sin vida hace 2 horas. ¿Por qué tardaste tanto en llegar? —preguntó la basilisco, colocándose a un lado del marco de la puerta, observando cómo las moscas se atreven a pararse sobre su tabla. Simplemente, las ahuyenta con sus manos.
—Porque nadie me podía traer, tuve que pedir un Uber y nadie trabaja en Año Nuevo —respondí extendiendo mi mano para atrapar un par de moscas. No fue complicado, lo conseguí al primer intento; de verdad, la habitación estaba repleta.
Observé mi captura y después se las mostré a la criminalista, quien, por cierto, se llama Mika, una profesional en su trabajo con la que he colaborado en incontables ocasiones.
—Son moscas de panteón. Pero el cadáver no presenta signos de descomposición —comentó ella.
Cuando te dedicas a este campo te ves obligado a saber de todo tipo de cosas al vivir en esta ciudad. Las moscas de cementerio se caracterizan por su peculiar color verde y azul metálico; son grandes y regordetas.
—Me gusta que siempre me invites a casos tan interesantes —pronuncié al ocultar una sonrisa debajo de mi cubrebocas, producto de mi intriga ante un caso tan… peculiar.
—El placer es mutuo, Alhemn.
Es verdad, con la emoción del momento no me he presentado. Soy Alhemn, una hiena manchada de 28 años, amante de la comida chatarra, los videojuegos y de los fantasmas, pero eso es tema para otro día.
Bueno, volviendo al cadáver: tenía una cuerda sujetando su cuello, mientras que el otro extremo estaba amarrado a las barandillas de la ventana.
Cuando se menciona un suicidio, se suele pensar en una soga en el cuello y el cuerpo colgando del techo, pastillas o cortes en los brazos. La verdad es que hay muchas formas de acabar con tu vida, lo único que necesitas es… voluntad.
—Ató la soga a su cuello y tiró de su cuerpo hasta provocar su propia asfixia —dijo Mika tosiendo, producto del hedor tan intenso del cuarto.
—No creo —murmuré pensativo, mientras observo con detenimiento las garras y ropa del muchacho úrsido.
—¿Disculpa? —pregunta ofendida al haber rechazado tan pronto su hipótesis, pero mi trabajo no da tiempo a la delicadeza y menos para suposiciones apresuradas.
—Es difícil de percibir por el pelaje, pero puedes observar que la soga rodea horizontalmente el cuello, cuando debería atravesarlo de forma inclinada por la altura de la ventana en comparación con su cuello —expliqué tomando con delicadeza el cuello de la camisa de Martí, dejando ver su pelaje estirado en contra de la cuerda; mientras retiro un poco de este con guantes para no contaminar la escena. Se puede ver cómo el cuello presenta heridas horizontales por debajo de la soga.
»Lo siento, Martí, solo quiero saber qué te pasó —hablé con el cadáver mientras lo manipulaba, algo muy normal dentro de este campo… es tranquilizante para ellos y para nosotros.
Se podían ver marcas de forcejeo, distinguidas por rasguños en la parte del cuello, fácilmente perceptibles por las largas uñas de los osos, mostrando la desesperación por respirar.
—No había notado eso —murmuró Mika tomando nota rápidamente en su tabla. Es vital anotar todos los datos y procedimientos cometidos en la escena.
—No es tu culpa, soy yo el enfermo que siempre espera lo peor de las personas. —Seguía escribiendo en su tableta los nuevos indicios.
—Entonces se trata de un homicidio calificado. ¿Pero quién tiene la fuerza suficiente para someter a un grizzly? —Una pregunta de la cual Mika no midió el peso. Solo me limité a observarla ante tal cuestionamiento; la respuesta era más que evidente.
De repente se escuchó una detonación proveniente de la sala, seguida de un silencio que congeló nuestro corazón. Me quedé observando a Mika hasta que ella comenzó a caminar lentamente hacia la salida de la habitación; ya no estaban los oficiales que custodiaban la puerta, todos bajaron apresurados, encontrándose en la sala.
Cuando llegamos con el resto, vimos el cadáver de la madre en el suelo, tenía el hocico abierto y uno de sus ojos había desaparecido de su cuenca. El joven chimpancé, se veía aterrado, estaba parado contra la pared, queriendo atravesarla y desaparecer del lugar.
Podía ver cómo movía su cabeza como si estuviera a punto de desvanecerse con una respiración repleta de pánico, siendo lo único que se escuchaba en ese momento durante la conmoción.
—Ella tomó mi arma, me la arrebató de la funda y… se disparó en la boca.
Como el novato mencionaba, la señora Martha sostenía el arma en su mano mientras su sangre comenzaba a regarse por el suelo. Me dirigí a uno de los oficiales que estaba igual de impactado que el resto para sacarlo de su trance, chasqueando los dedos y cuando eso no fue suficiente, golpeé su pecho bruscamente hasta traerlo de vuelta a la vida.
—¡Hey, tú, llama a una ambulancia, rápido! —ordené al tomar la radio de su chaleco y golpear con ella su pecho.
—¿Ambulancia? —preguntó el perro, cuya mirada desvariaba entre la horripilante escena, el chimpancé que descendía por la pared hasta el suelo donde abrazaba sus piernas y yo.
—Se disparó en el hocico, la bala atravesó sus fosas nasales y perforó su ojo, pero no su cerebro. Sigue con vida —fue cuando pudieron notar que su nariz se agitaba aún tratando de respirar, mientras la sangre chorreaba de esta y su boca. Sus orejas aún se movían, reaccionando al ruido de nuestras voces y de los oficiales pidiendo ayuda médica.
Tuvimos que esperar a que llegara la ambulancia, al tiempo que Mika atendía a la señora desde el suelo, de rodillas, manteniéndola tranquila hasta entonces. Durante diez minutos la madre jadeaba, miraba a Mika y a mí suplicando ayuda… o piedad. Su hocico estaba destrozado, era inimaginable el dolor que podía sentir, pero lo entendimos cuando vimos cómo lágrimas recorrían sus mejillas hasta las palmas de Mika.
—¿Por qué lo hizo, señorita Grym? —preguntó Mika siendo respondida por el mover del brazo de la osa con el resto de sus fuerzas a un costado de las piernas de la basilisco, rasgando el suelo de madera blanca. Al principio lo hacía con toda su mano, luego con tres dedos; finalmente, redujo la velocidad y utilizó un solo dedo, hasta que se detuvo.
Era raro ver a Mika llorar durante esta clase de casos tan sensibles… pero ahora solo me pregunto: ¿por qué yo no lo hago?
Dicen que mientras más tiempo trabajas con la muerte, te vuelves más insensible, inmune al aroma de sus flores. No se puede estar más equivocado; en cada caso te vuelves más sensible, cada vez tienes más y más ganas de llorar hasta que ya no puedes fingir que no te importa. Deseas con todas tus fuerzas que se vaya el dolor que invade este mundo, rogamos porque la sociedad cambie y deje de hacerse tanto daño. Anhelamos un mundo mejor, uno donde nadie tenga que sentir tanta tristeza como la que vemos todos los días.
Cuando llegó la ambulancia, lo que recogió fue un cadáver.
Me recosté en el sofá y estiré mis piernas sobre este. Por lo general, no puedes hacer este tipo de cosas en el domicilio de una escena del crimen, pero estábamos cansados en este punto. Mika hizo a un lado mis pies para también sentarse, y los volvió a colocar encima de sus piernas para descansar junto a mí.
—Entonces la madre lo hizo… —suspiró la criminalista, dejando su tableta sobre una mesita decorativa a mitad de la sala.
—Sí —respondí con los ojos cerrados al borde del sueño, pues llevo tiempo sin poder descansar correctamente, pero tenía que obligarme a seguir despierto.
—¿Y por qué? Ella dijo que habían celebrado una Navidad bastante feliz. —Se cuestionaba la basilisco mirando sus manos mientras aún era capaz de recordar el calor de las de la madre, antes de que su vida se resbalara entre sus dedos.
—¿Y tú le crees? —dije contemplando el techo, este parecía tener una capa de pintura blanca que comenzaba a descarapelarse.
—Nos mostró publicaciones de su Facebook. —Posts que Mika decidió mostrarme con su celular—. Tienes que admitir que este tipo de felicidad no se finge en una fotografía. Su madre la compartió escribiendo: “Estoy orgullosa de mi futuro conductor de radio, te amo hijo. Serás el mejor en la universidad de comunicación.” Si pensaba matar a su hijo, ¿por qué pagaría la universidad?
—Para desviar la atención y parecer que no pensaba hacerlo. —Qué bonito techo…
—Servil, por favor. Tú no la escuchaste hablar sobre su hijo, estaba devastada, nadie llora 2 horas fingiendo… —Mika elevó la voz al guardar su teléfono, pero yo seguía inmerso en las alturas.
—¿También escuchas a las moscas desde aquí? —le pregunté.
—No, mi oído no es tan bueno como el tuyo —respondió.
—¿Cuál es la habitación de arriba de nosotros? —El techo de la sala tenía una mancha negra y viscosa saliendo de ella, como una especie de tejido fétido.
—La habitación de Martí, ¿por qué?
Solo eso tenía que escuchar. Me levanté rápidamente del sofá y fui con uno de los oficiales para pedirle que me siguiera y se colocara un cubrebocas. Me costó convencer a tan solo uno. Subimos al segundo piso, regresamos a la habitación del hijo y entramos al panal de moscas. Las paredes estaban llenas de estos insectos caminando entre ellas, volaban por todas partes con ese ruido incesante que ocultaba nuestras voces. Habían comenzado a crear zonas para colocar sus huevecillos; en el techo, las paredes e incluso en la espalda de Martí. La que más llamó mi atención fue un grupo enorme de moscas que rodeaban el suelo. La primera vez que entramos no les prestamos mucha atención, caminamos sobre ellas como si nada, era imposible evitarlas y hacer el trabajo correctamente al mismo tiempo. Espanté a ese enorme grupo una segunda vez y pude observar con mayor detenimiento el suelo. El color negro nacía desde el centro de la habitación y se extendía contaminando la madera. Me di cuenta de esto dado que los bordes del piso tenían un color de roble blanco, fácil de apreciar la diferencia.
Justo en el centro había marcas de rasguños como los que la madre había recreado en el suelo de la sala. En las mismas marcas, las moscas volvían a colocarse, comenzando a vomitar y a manchar de negro mi mano al intentar retirarlas.
Me giré hacia el oficial que me había seguido y le grité que me trajera una palanca o algo para retirar la madera del suelo. Un momento después regresó con un martillo y Mika lo acompañaba.
—¿Qué estás haciendo? —dijo al verme rasguñar la madera del suelo tratando de sacar ese pedazo. Para esto ya tenía mis manos completamente negras, no sé si de la sangre de los insectos o de algo más, pero, aun así, tomé el martillo que el oficial había traído para mí.
—¡Vas a contaminar toda la escena, Alhemn! —gritó Mika alejando tantas moscas como pudiese de su rostro.
—Entonces empieza a anotar cuántos golpes le voy a dar hasta destrozar el suelo. —Y comencé a golpear con la parte trasera del martillo. Un golpe, dos golpes, tres, cuatro… Hasta que por algún motivo el novato se unió a mí con una pala que había conseguido en la cochera de la casa. Nos había escuchado hablar a mí y al oficial que lo estaba tranquilizando abajo cuando le pedí que me acompañara. Su semblante había cambiado, ya no mostraba culpa en aquellos ojos que alguna vez se cubrieron de lágrimas, sino determinación y un toque de enojo.
—Bienvenido a tu trabajo a partir de ahora, te esperan muchos casos iguales a este —le dije. Un momento después, la madera estaba lo suficientemente dañada para ser retirada.
Cuidándonos de los clavos, retiramos la madera y cientos de moscas comenzaron a salir del suelo. Se abrieron ventanas y la puerta hacia el pasillo, pero las moscas permanecieron en la habitación sin intención de salir de allí. Con mucho temor, metí mi mano en el oscuro hueco del suelo hasta que sentí algo en su interior. La textura era irregular. Moví la mano hasta sentir uno de los bordes y me aferré a este para poder retirarlo. Al sacarla, sujetaba un libro cuya cubierta estaba formada por sangre coagulada y parecía palpitar en mis manos. Tenía unos dientes como seguro para impedir que se abriera, aunque tampoco estaba en mis planes abrirlo.
—Un libro maldito —dije sin poder evitar una sonrisa, un poco inapropiada, dada la presencia del cadáver a mi lado y la reciente muerte de su madre.
—¿Cómo sabemos que es un libro maldito? —preguntó Mika al seguir anotando los sucesos ocurridos en la escena.
—¿Quieres leerlo? —respondí sarcásticamente con una gran sonrisa.
—La prueba de fuego —exclamó el chimpancé a mi lado—. Si es un libro maldito, no debería poder quemarse.
A lo que Mika y yo compartimos una mirada, analizando la sugerencia.
Encendimos la estufa de la cocina y colocamos el libro encima. La sangre de la cubierta comenzó a derretirse como una vela. De las burbujas brotaban moscas adultas que pronto morían por las llamas.
—Es un libro maldito —dijo Mika mientras yo me limpiaba las manos en el fregadero de la cocina, dejando caer esa viscosidad negra por todo el metal de este—. No te pases, Alhemn, vas a contaminar la… Mejor olvídalo.
Los minutos pasaban y el libro no se destruía. Cada mosca que nacía era consumida por el fuego al instante, como la pequeña explosión de una roseta de maíz. Quizás debí comer algo antes de venir.
—Entonces, esta familia fue maldecida por el libro. Pero ¿cómo consiguieron el libro y por qué tuvieron el poco juicio de leer algo de sus páginas? —preguntaba Mika. Aunque en aquel instante no tenía las respuestas, conocía a alguien que sí.
Fue entonces cuando mi teléfono comenzó a sonar; estaba recibiendo una llamada del caprichoso destino. Sequé mis manos rápidamente y respondí.
—Justo a tiempo, mi barba de chivo favorita —pronuncié con una sonrisa hacia el teléfono, mirando a Mika para pedirle un poco de tiempo con los dedos.
—Feliz Año Nuevo al mejor detective del mundo —respondió una voz relajada y alegre del otro lado.
No me había percatado de la hora; ya había pasado de las doce. Mika seguía observando el libro infernal, tan concentrada como lo estaba yo hacía poco.
—Feliz Año Nuevo, Roswell… —respondí. Mika tomó su teléfono y, al escucharme, observó la hora. Comenzaron a felicitarse entre perito y policías, como si el tiempo fuese idóneo para hacerlo. Yo subí al segundo piso para apartarme del ruido y seguir con la llamada.
—¿Cómo estás pasando el fin de año, muchachote? —pregunté recuperando el aire tras subir las escaleras.
Roswell, siempre ha sido muy amable. Es el mejor amigo que tengo en este pequeño mundo.
Es una cabra negra bastante relajada, considerando el pasado tan traumático que tiene. Tiene un estilo algo excéntrico: desde hace tiempo se tiñó el cabello con degradados azules y morados en las puntas de su fleco, un fleco bastante pronunciado para mi gusto. Si lo vieras por la calle, pensarías que es un miembro de la comunidad emo o dark, y no estarías equivocado. Nos conocemos desde hace tiempo, cuando tuve que entrevistarlo por el testimonio de un accidente de avión que ocurrió hace años. Un viaje de 44 pasajeros que volaron desde México hasta aquí, pero un mal funcionamiento hizo que el avión se estrellara en el Océano Pacífico. Él viajaba con su familia, pero Roswell fue el único pasajero que sobrevivió.
—Va… bien —dije, mirando el cadáver de Martí desde el pasillo de la segunda planta —. ¿Cómo va el tuyo, barbas?
—Genial, la familia pudo venir a visitarme, comí bien y les conté sobre lo que ha pasado con el local y esas cosas. Me hubiese gustado que pudieras estar aquí. —Mencioné que los miembros de su familia estaban muertos. La pérdida de sus seres queridos había sumergido a Roswell en las fuerzas de lo oculto, la magia de todas las religiones y creencias, hasta que logró un contacto con el más allá. Y lo logró…
—Hablando de eso… —murmuré extendiendo mi mano al interior del cuarto de Martí, viendo cómo moscas se posan sobre mi brazo y que al sacarlo estas se retiran al instante.
—Dime —respondió Ros.
—¿Me puedes explicar cómo un libro maldito puede aparecer de repente en la casa de una familia, provocar la aparición de moscas y podredumbre, llevarlos a una locura que haga que la madre acabe con la vida de su hijo y luego termine con la suya?
Tras mis palabras, la línea permaneció en silencio durante un momento, si es que puedo nombrar silencio a los constantes murmullos de espectros en mi oreja.
—Espero que me estés describiendo una película que viste… ¿Estás trabajando en Año Nuevo? —preguntó la cabra con severo disgusto en su tono de voz.
—Los animales mueren todos los días… —Intenté explicar, pero mis palabras sobraron para él.
—Se supone que estabas de vacaciones… —Roswell dio un suspiro de desaprobación, pero continuó de mala gana—. Bueno, a menos que ellos lo hayan adquirido, hay maldiciones que permanecen encerradas durante décadas, salvo que sean activadas, y existen muchas formas de activar una maldición. Pero si todos los residentes del hogar han muerto… puede que la maldición haya cumplido su cometido. En cuanto a las moscas, se utilizan para devorar los cadáveres o residuos. Es como si el libro estuviera consumiendo a sus víctimas.
—Gracias por la información. ¡Que pases una linda noche, Roswell! —pronuncié alegre ante resolver este pequeño enigma.
Escuché un suspiro por la bocina del móvil.
—Igualmente, Servil —dijo antes de colgar la llamada, al mismo tiempo que Mika subía por las escaleras hacia mí.
—El equipo de parapsicología y demonología está en camino. Puedes irte a descansar, Alhemn, pero me piden que te diga que, si sientes algo extraño en tus manos o comienzas a percibir algún tipo de eventos extraños, me contactes de inmediato, por favor. —Mika se veía un poco más tranquila. Me dio la mano y me despedí. Tuve que esperar a que llegara otro Uber para llevarme a mi departamento.
¿Disfruto de mi trabajo? Es una pregunta complicada. No disfruto de ver morir a la gente, ni de observar las formas tan bizarras en que un crimen puede ser cometido. Amo mi trabajo porque me permite ayudar a la sociedad de alguna forma. Los médicos salvan vidas todos los días sin descanso, y yo tengo que contrarrestar el mal que surge en una población enferma y corruptible.
Si algo he aprendido desde que trabajo aquí, es que todos podemos llegar a ser víctimas por simples circunstancias de la vida. Y también podemos ser victimarios debido a estas mismas condiciones de vida que sufrimos. Podría decir que no decidimos si nos convertimos en asesinos o ladrones, ya que todos protegeremos a ese ser amado con nuestra vida, haríamos todo lo posible por conseguir el medicamento necesario para salvar la vida de alguien, o mataríamos por comida y agua si fuera necesario. Pero no es así, somos nosotros quienes decidimos cuándo cruzar esa barrera ante la necesidad. Si bien matar en legítima defensa es legal, robar por hambre no lo es.
Algo cierto es que nadie nace siendo bueno, somos nosotros quienes lo decidimos. ¿Pero por qué? Si siendo “malo” puedo obtener lo que quiero cuando quiero, la gente aprenderá a respetarme o temerme, el mundo estaría abierto a mis deseos y exigencias. Quizá sea verdad, y pensándolo ahora mismo… suena increíble.
Hacer lo correcto es subjetivo, ese es uno de sus principales problemas. Puede que cometamos acciones que lastimen a otros sin tener la intención de hacerlo, y que nosotros mismos seamos lastimados en el proceso.
Hacer lo correcto es difícil, y no hablo de lo que los superhéroes de cómics y películas hacen. Hablo de lo que tú haces día a día: devolver ese dinero que sabes que no te pertenece por considerar la necesidad de otros sobre la tuya; ceder tu asiento a alguien más cansado que tú, renunciando a tu comodidad; poner las necesidades de otros antes que las tuyas por considerar el peligro que el otro podría enfrentar.
Nos sometemos a las necesidades de los demás, pero sonreímos al hacerlo; nos sentimos bien con nosotros mismos. Reímos, lloramos, bailamos y sufrimos. Si alguna vez has dudado de si hacer lo correcto o no, te informo que hacerlo es más difícil, más cansado, más estresante y doloroso… pero vale la pena. ¿Por qué? Aún no tengo esa respuesta..