Capítulo 1
El dibujo se acercaba bastante a la imagen que tenía en la cabeza, pero no era del todo perfecto. Las caderas deberían ser un poco más gruesas y, la cintura, delgada, una cinturita de avispa. El abdomen tampoco le convencía, parecía no guardar relación con el resto del cuerpo.
Cuanto más tiempo pasaba pensando en el boceto, más errores le encontraba. Las facciones de insecto debían destacar sobre la figura de la mujer sin que resulten molestes. Las alas deberían ser más grandes y las antenas, más cortas.
David Lobato (firmaba sus obras como D. Lobato porque no le gustaba su nombre) estaba trabajando en un híbrido entre una mujer humana y una mariposa.
Pensó en borrar las partes del cuerpo que no le convencían y corregir el dibujo. La goma se encontraba en el estuche abierto, encima del portátil. Por algún motivo que solo un artista es capaz de entender, introducir la mano en el estuche y buscar la goma le suponía un esfuerzo más grande que comenzar de nuevo. Lobato dobló la hoja de papel y la cortó en dos mitades iguales. Repitió el proceso con los pedazos que quedaron y tiró cuadraditos resultantes a la basura.
De vuelta a empezar, desde el principio.
Se ajustó las gafas con el hombro, sin llegar a tocar la montura con los dedos manchados de tinta.
La semana pasada fue muy productiva. Entregó la mayoría de encargos antes de tiempo y solo dejó pendientes aquellos solicitados por clientes de confianza, de los que le dejaban trabajar con libertad y no le exigían una fecha límite. Lobato se permitió tomar la mañana del sábado de descanso. Lo que venía a decir, en la jerga de los lápices, que iba a dibujar para él en lugar de dibujar para los demás.
Quería dibujar su propio cómic. El guion también lo escribiría él, aunque en ese campo tenía menos experiencia. Más adelante, cuando la historia tuviera mejor forma, se plantearía contratar a un corrector para que diera un repaso al guion. No descartaba tampoco apuntarse a clases de escritura creativa, quizás algún master en la universidad. Tenía que pensarlo mejor. De momento, Lobato aprovechaba los escasos días de descanso, algún sábado ocasional, para dibujar a la protagonista del cómic: Sanagashira.
En Terranova, así se llamaba el mundo que había ideado, los humanos se habían convertido en la raza minoritaria, el último eslabón de la cadena alimenticia, por debajo incluso de las plantas y los hongos. Los animales conquistaron la cúspide de la pirámide. Los faraones eran los grandes felinos: tigres, leones y panteras. Le seguían los depredadores menores: lobos, zorros y coyotes. Por debajo se encontraban los primates, a excepción del hombre, y los grandes herbívoros: elefantes, jirafas y rinocerontes.
La historia sería una mezcla entre Blade Runner y El Planeta de los Simios. Por un lado, quería hablar sobre el existencialismo humano, de la fragilidad de la palabra humanidad, y, por otro, del dominio jerárquico de las especies predominantes. Dotaría a las ciudades de un aura de mortífera corrupción manchada con motivos selváticos. Las bestias, por mucho que se parecieran a los hombres, no se habrían deshecho de sus instintos animales. Eran criaturas salvajes, primitivas. Los machos competían por el liderazgo de la manada. El miedo les impulsaba a matar. Defenderse o morir. ¡La manada por encima de todo!
Tenía muchas ideas en la cabeza, todas le parecían buenas.
Ninguna terminaba por consolidarse.
Lobato estaba centrado en perfeccionar el diseño de la mujer mariposa, Sanagashira.
Tenía un dosier dedicado exclusivamente a la mujer mariposa. Combinaba los dibujos con notas, descripciones y mejoras que podría implementar en los siguientes bocetos. Lobato utilizaba como referencia fotos de modelos de lencería e insectos visto a través de una lente ampliada.
Las caderas de Sanagashira debían ser amplias, alegres. Ahí es donde más se notaría la influencia de la parte humana. El abdomen de la mariposa, el cual no debía ser ni demasiado grueso, equilibraba el peso de las alas.
Lobato había probado dibujar a Sanagashira con dos y con tres pares de extremidades; no se había decidido por ninguna de las dos opciones. A Silvia, la única persona a la que David le hablaba sobre el proyecto, le gustaba más la Sangashira de cuatro extremidades. Le parecía más normal, menos monstruosa. Por esta razón, porque a Silvia le gustaba más el diseño humano, Lobato se inclinaba a favor del monstruo. Dos pares de patas terminadas en agujas y dos brazos, largos y quebradizos como las ramas de un árbol muerto.
Dibujó varios modelos de antenas: largas y cortas. Gruesas y finas. Decoradas con filamentos que hicieran las funciones de cabello y desnudas. Terminadas en una punta circular o triangular.
Sanagashira iba desnuda. El vello natural de la mariposa cubría las vergüenzas femeninas. Cambiar de vestido, para ella, equivalía a teñirse el pelaje de colores. Lobato no quería sexualizarla en exceso. Los pechos eran pequeños, los de una adolescente que recién empieza a experimentar los cambios de la edad. La cabeza redonda y con unos ojos grandes e infantiles, al estilo de los dibujos japoneses.
Lobato se había propuesto dedicar este día de descanso en trabajar el abdomen de la mariposa. La cintura era demasiado delgada y las caderas, más que generosas, le parecían sugerentes. ¿Sanagashira poseería abdominales humanos? Si fuera así, no se verían porque estarían cubiertos por las hebras de vello enjuto.
Tenía muchas ideas…
Dobló la hoja y la cortó en cuatro mitades.
… pero ninguna era buena.
Se levantó del escritorio y fue a la cocina a por una lata de Red Bull. La dieta de Lobato consistía en tuppers de mamá y bebidas energéticas.
Vivía en un pequeño estudio en el centro de Valencia. La cocina era ridículamente pequeña y el cuarto de baño no satisfacía las necesidades higiénicas básicas de una persona. El salón servía como habitación para todo: comedor, dormitorio y estudio. Era lo que él decía a las visitas, en realidad, Lobato hizo del salón más estudio que comedor y aquello que fuera un dormitorio, estaba por ver. Solo desplegaba el sofá cama en las contadas ocasiones que Silvia se quedaba a dormir. Comía, dormía y descansaba (descansar significa seguir dibujando en el argot de los lápices) en el mismo escritorio. La puerta derecha del armario empotrado daba a un alijo de material artístico (paquetes de folios, fundas, carpetas…). La ropa limpia se encontraba en la otra puerta, apestaba a acuarelas.
Lobato se las apañaba bien. Si ganase más de dinero, viviría mejor.
Dejó la lata de Rebull encima de un posavasos improvisado hecho a partir de una hoja de papel sucio. Un nuevo folio blanco juzgaba sus capacidades artísticas.
Lobato silenció la voz del impostor con el teléfono móvil. Revisó los mensajes sin contestar. Tenía dos llamadas perdidas de Silvia (la llamaría después) y unos cuantos mensajes de curiosos, potenciales clientes, preguntando por precios. Lobato solía tener el móvil en silencio. Odiaba que le molestasen mientras trabajaba, se lo tomaba peor si es que estaba disfrutando de uno de sus días libres, los cuales dedicaba a seguir dibujando o a enfadarse porque no conseguía dibujar nada que le gustase.
Necesitaba descansar, solo eso. Un descanso de su descanso. Traducido significaba: dejar de dibujar para él y practicar técnicas de dibujo. Dibujar por el placer de dibujar.
Dobló la hoja en dos y la cortó por la mitad. Repitió el proceso con las dos mitades restantes y tiró los trozos a la basura de debajo de la mesa.
Comenzó por lo más básico: un círculo deformado por su base en el centro del cuaderno (ya había desperdiciado demasiados folios). Definió la figura con trazos rápidos y ligeros. La dificultad de un dibujo dependía del tiempo que el artista quisiera invertir en él. La imagen podría ser sencilla, pero el dibujante era quien decidía cuánto esfuerzo invertir. Lobato dedicaba más de la mitad de sus ganancias en comprar nuevo material. Las herramientas no hacen al artista, pero le facilitan la labor.
Agregó un saliente en la cúspide de la figura. Marcó el contorno con un lápiz de punta gruesa. Borró el resto de líneas con el borrador. Utilizó otro tipo de lápiz, diferente a todos los anteriores, para añadir los detalles de las luces. Difuminó el grafito con un bastoncillo.
Una manzana. Así de simple y sencillo.
Le llevó casi media hora terminar de dibujar la manzana. No era la mejor manzana que había dibujado, pero tampoco estaba del todo mal. Siempre podía mejorar. Los errores quedaban fuera de la vista del ojo ajeno. Podía sentirse orgulloso del trabajo bien hecho.
Un eco metálico alertó a David Lobato. Escuchó el ruido detrás de él, venía del armario empotrado. Sonaba como el motor de una vieja caldera. ¿Un problema con las tuberías del edificio? Sería lo más razonable. ¿Goteras? ¿El aparato de aire acondicionado de algún vecino? Podía ser cualquier cosa. El edificio tenía más años que papá y mamá juntos. Los problemas eran habituales y el casero, ausente.
Se levantó de la silla más molestó que nunca. El ruido se hizo más intenso. Lobato creía distinguir, entre el ruido del motor y el agua caliente, un sonido espumoso que le recordaba a una lavandería.
El ruido de motor enmudeció del golpe como si hubiera reconocido la mano del ilustrador en el pomo de la puerta y se estuviera escondiendo en el fondo del armario. Lobato abrió el armario muy despacio, temiendo lo peor, que los paquetes de folios se hubieran mojado por culpa de alguna gotera y el trabajo, de años, se hubiera echado a perder.
Encima de una montaña de cajas de cartón había una manzana construida por una red de hebras negras de grafito. La misma manzana que había dibujado.
David Lobato cogió la manzana negra. Nada más tocarla, las hebras de grafito estallaron en un montón de migas, como si fuera una pelota hecha de gomas elásticas. Los dedos de Lobato, manchados de manzana negra, olían a néctar y… sabían a manzana. Tuvo que probarlo, no pudo resistirse. ¡Parecía imposible! Lamió la punta del dedo corazón. Sin querer, sumó un segundo dedo. El tercero estaba en camino.
— Me he vuelto a quedar dormido en el escritorio —fue la única explicación razonable que encontró—. ¡Eso es lo que ha pasado! Estoy cansado y me he dormido encima del escritorio.
Lobato pasaba muchas horas del día sentado en el escritorio, con los lápices como única compañía. Estaba acostumbrado a hablar solo en voz alta.
Después de una ración de pellizcos, regresó a los lápices. Dibujó una segunda manzana. A ésta sí le dio color. No quiso desperdiciar las acuarelas, con los lápices, sería suficiente. Jugó con varias tonalidades de rojo, amarillo y naranja. Pintó la ramita de la cúspide de color marrón (varios marrones) y la hoja, verde (varios verdes). Tardó una hora en completar el dibujo. El hecho de haber visto su creación convertida en realidad le había dotado de una confianza que no sabía que tenía.
La caldera volvió a hervir. Una caldera que albergaba una mezcla efervescente. Así debían sonar los laboratorios químicos: agua caliente circulando por conductos de vidrios y disoluciones hirviendo en matraces redondos. El olor de los químicos, ácidos surfactantes, éteres y alcoholes anegó el pequeño apartamento de David Lobato. Olía como un baño público al que acababan de limpiar, un olor cítrico y mentolado, resultado de la mezcla de químicos.
La manzana apareció en el mismo punto exacto que la anterior. Roja. Compacta. No se deshizo cuando la cogió. Lobato dio varias vueltas a la manzana con la mano. Pellizcó la hoja de la ramita. La manzana del pecado que la serpiente entregó a Eva no era más apetitosa que ésta.
—Está riquísima —dijo con la boca llena.
¿Por qué contentarse con dibujar manzanas?
Lobato no era amigo del ahorro. Invertía gran parte de sus ganancias en material de dibujo. Se lanzaba a las ofertas, sin detenerse a pensar si le hacía falta comprar más material.
Dibujó un nuevo boceto en el cuaderno. Le dedicó tiempo, quería hacerlo bien. Este dibujo era importante, la prueba definitiva. Cada detalle cuenta, no tenía ninguna prisa.
Los rotuladores le parecieron más prácticos que los lápices. Combinó diferentes tonos de verdes y amarillo.
Sonó el motor de la caldera y el agua caliente corrió por los conductos de vidrio. El olor de los ácidos químicos y productos de limpieza penetraron en sus fosas nasales.
David Lobato se levantó de la silla y abrió la puerta del armario. Encima de las cajas de folios, de los trabajos de la universidad y de los proyectos abandonados, apareció un fajo de billetes atados con una goma elástica. Recién salidos de imprenta. Lobato extrajo uno y comprobó, con la ayuda de la linterna del móvil, que el color fuera el correcto. Parecían reales. Eran real.
—¿Y estas manchas?
El billete estaba en perfectas condiciones. El dibujante se refería a unas manchas de tinta que había visto sobre las cajas de cartón. El mismo tipo de tinta que ensuciaban sus dedos. Tinta de rotulador.
Contó el dinero varias veces, hasta quedarse conforme. No faltaba ni un solo billete. Había más dinero del que ganaba en un mes bueno, lleno de encargos.
Un mundo de posibilidades se abrió delante de los ojos de él. Una hoja en blanco. ¿Manzanas y dinero? ¿Por qué detenerse ahí? Podía crear cualquier cosa y lo primero que se le vino a la cabeza fue un fajo de billetes. ¡Menudo dibujante de pacotilla estaba hecho! El límite lo ponía su imaginación. Podía dejar de trabajar, olvidarse de buscar clientes en redes sociales. Tendría más tiempo libre para hacer lo que le gusta. Y lo que le gustaba hacer a David Lobato era dibujar.
Pronunció una palabra, el nombre de una chica:
—Sanagashira.
Estaba ansioso por empezar a dibujar.