Girasoles para Arabela (precuela)

All Rights Reserved ©

Summary

(Precuela de El rostro de Icarus.) La vida perfecta de Arabela Versalles se desmorona en un abrir y cerrar de ojos. Al provenir de una familia adinerada y muy reconocida en el pueblo de San Pablo, parecía haberle dado una vida cómoda y asegurada. Una vida de privilegios y de buen gozo se acaban ante el repentino fallecimiento de su padre, Julián Versalles. Al ser hija única y muy joven, las empresas pasan a manos del socio comercial de su padre y la falta de testamento hizo que tanto Arabela como su madre quedaran en la ruina. Su madre decide que su hija tiene que contraer nupcias y varios hombres interesados en su mano aparecen en su hogar, haciendo negocios. Hasta que un día, una familia de campesinos con un acento extraño le ofrecen algo que saben que no pueden rechazar.

Status
Ongoing
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prefacio

Ecos del silencio


20 de octubre de 1955

Miro por la ventana del auto, admirando la cantidad de personas que van a comprar en la ciudad Bolívar, la cual, queda a una hora de casa. Ver a señores sentados en el café con una gracia de nobles, aunque tal vez solo se trataba de un obrero, o eso es lo me asegura mi padre, el cual, siempre dice que las personas de Bolívar eran bien conocidas por su vanidad.

­―Ya compramos lo que vamos a estrenar para recibir el año nuevo, ¿por qué insistes en seguir comprando vestidos? ―pregunta mi padre, con algo de hastío en su tono de voz.

―Solo compré ropa para estar en casa, Julián ―responde mi madre.

―A comparación de la cantidad de la ropa que compras, las decoraciones para la casa es lamentable.

―Todo el mundo pensará que me tienes descuidada si me ven varias veces con la misma ropa.

Él suspira y luego me ve por el espejo retrovisor del auto, sus ojos azules similares a los míos me transmiten cierta queja, como si yo fuera su cómplice por pensar que mi madre estaba irritante ese día.

―Mejor compremos ropa en el pueblo ―sugiere él.

Mi madre hace una mueca de asco.

­―¡¿Estás loco?! No voy a vestirme como una maldita campesina.

―Carolina, recuerda que Arabela viene con nosotros ―dijo a modo de reprimenda.

―¡Julián!

―Bien, tú ganas, te compraré todos los vestidos que quieras.

Después de estacionar el auto y bajar de él, fuimos caminando hacia la tienda de ropa favorita de mi madre, la cual, caminó por delante de nosotros, no porque su paso fuese rápido, sino que mi padre y yo parecíamos arrastrar nuestros pies. La tienda es bonita, pero de tantas veces que hemos ido a este lugar, ya todo se ve tan soso.

Mientras mi madre se medía ropa, recibiendo los elogios de la probadora con la esperanza de recibir alguna propina al final. Por otro lado, mi padre y yo estamos sentados en el banco de los espectadores, aunque él parece de peor humor que yo.

―Papá ―le llamo.

Él masajea su entrecejo antes de mirarme.

―¿Sí, Arabela?

―¿Por qué no te compras algo también?

―Porque aún no necesito nada. ―Luego, sacó su reloj de bolsillo y suspiró con desgana, para después, pasar sus dedos por su corto cabello castaño―. ¿No quieres algo de esta tienda, Arabela?

Frunzo el ceño y veo a mi alrededor.

―Anda ―me anima―. Busca algo que te guste.

Le miro nuevamente y él esboza una sonrisa cerrada, indicándome que no había problema alguno. Soy la consentida de papá, es algo que siempre me han dicho y a veces me pregunto si eso es algo malo o no.

Hay una sección de la tienda donde hay ropa para niños y niñas, los colores son un poco sosos, como si fuesen uniformes, hasta que encuentro un vestido que me llama la atención. Es de un azul claro y con estampados lleno de flores preciosas. Descuelgo el vestido y busco a mi padre, quien aún estaba en la silla, dando uno que otro comentario corto ante la opinión que le pide mi madre.

―Papá, me gusta este ―le digo, sonriendo.

Él alza una ceja crítica de manera un poco cómica, sostiene el gancho donde está colgado el vestido y le da vueltas, como si estuviera preparándose para un veredicto digno de un crítico de la moda.

―Hmm, no lo sé, tendrá que convencerme de otra manera. ―Aparta la mirada a una de las trabajadoras y dice―: Señorita, ¿podría hacerle el favor de acompañarla para que se pruebe este vestido?

―Como guste, caballero. Venga conmigo, jovencita.

No me gusta vestirme en los probadores, me hace sentir incómoda el hecho de que fuera de ellos hay personas comprando y a veces un temor un poco irracional se instala en mí. Cuando me coloqué el vestido, la mujer encargada me ató el lazo de la cintura y dio varios cumplidos.

Cuando volví al campo de visión de mi padre, él aplaudió, llamando la atención de algunos otros clientes que estaban cerca.

―Me has convencido. Señorita, registre el vestido entre mis compras.

Mi madre nos mira con el ceño fruncido, como su la hubiésemos humillado de alguna manera que desconozco.

︶꒦꒷♡꒷꒦︶

Un tiempo después...

Solo era una niña protegida en el regazo de su padre. Hablando de él, mi padre, pese a pasar poco tiempo en casa por su trabajo, siempre llegaba con algún regalo para mí y cuando el cansancio no incapacitaba su cuerpo, me contaba alguna historia extraña que a veces improvisaba. No era alguien especialmente cariñoso con las personas, pero me ha dicho que soy especial, ya que soy su princesa.

Por otra parte, mi madre era más fría, especialmente estricta conmigo y con la criada que siempre me leía cuentos y quien me hablaba de lo bonito de la creatividad humana y el ser agradecidos. Ponía música de jazz en el tocadiscos de la casa, a escondidas de mi madre, quien decía que esa música era basura y que lo mejor para mí era la música clásica y el jugar con decoro.

Lo mejor de nuestra casa era mi habitación, llena de peluches, papel tapiz cubierto de flores y una cama tan grande que me permitía dormir con mis peluches y muñecas favoritas. A mi pesar de no haber tenido hermanos, jugaba con la hija de nuestra criada Rebecca, la cual, es mayor que yo por dos años y a veces se mofaba de mí por ser infantil, presumiendo su madurez, pero todo se quedaba en peleas amistosas en la que al final nos reíamos.

He sido siempre una estudiante aplicada, aunque la materia que más me costaba era matemáticas, los números no se me dan tan bien como a mi padre, quien tenía un cuaderno lleno de números que no alcanzo a comprender.

Mi padre me regaló un diario en mi cumpleaños número 12, no sé por qué lo hizo, me pareció el regalo más desconcertante, pero lo guardé en mi cajón con cierto cariño.

Pero la tragedia sucedió dos semanas después de mi fiesta de cumpleaños. El sonido del reloj en la sala parecía más fuerte que nunca mientras esperaba. Cada tic-tac era una punzada de preocupación que parecía corroerme el pecho.

―Arabela, ¿qué haces despierta a esta hora? Ve a dormir ―me ordenó mi madre, con su típica postura rígida y recta.

―Pero mi papá...

―Ve. A. Dormir. ―Señaló la escalera que conduce al segundo piso.

Quería resoplar, pero eso haría que despotricara en mi contra, hablando de lo maleducada que soy y que a mi padre le faltaba carácter conmigo o le echara toda la culpa a Rebecca. Tuve que subir la escalera, intentando no pisar mi vestido de dormir y arrastrando mi muñeco favorito.

Y cuando desperté, el mundo que conocí se desmoronó. Mi padre murió en un accidente de tránsito de camino a casa, al parecer, perdió el control del vehículo.

Mis ojos estuvieron irritados por días, sintiéndome mal por saber que no lo iba a volver a ver y peor me sentí en el funeral. Donde se reunieron los conocidos de mis padres, entre ellos, el que ahora es dueño de los establos de caballos, un señor con botas polvorientas y tez tan morena como la canela, pero lo más curioso, es que era el único vestido de una manera informal, lo cual, hizo que los demás le miraran con cierto repelús. También estuvo mi abuela, la cual, lloró como una magdalena, a pesar de que nunca nos visita. Rebecca y su hija Jacinta estuvieron allí para consolarme ante esta tragedia.

Mi madre estuvo angustiada los días posteriores al funeral, a veces daba vueltas y me veía con cierta irritación, luego le exigía a Rebecca a que le hiciera algo que le aliviase el dolor de cabeza. Había descuidado un poco su apariencia en aquellos días, sus labios se veían resecos, sus ojeras se hacían más notorias y su ceño fruncido pareció haberle ocasionado una arruga perpetua entre ambas cejas. Estuvo irritable, más de lo normal, incluso después de recibir la visita de un hombre quien decía ser abogado, su estado de humor fue peor y no dejaba de hacerme comentarios hirientes.

Tu padre no nos dejó nada.

Estamos en la ruina por tu culpa.

¿Por qué no naciste varón?

―Mi señorita, no llore ―me dijo Rebecca con una voz dulce y rodeándome en brazos―. No te sientas mal, ya verá que se le pasará el enojo.

︶꒦꒷♡꒷꒦︶

Para mi desgracia, las cosas no parecieron mejorar en casa. Mi madre estaba obsesionada con mirarse al espejo y quejarse de las arrugas, luego me hacía responsable por haberla desgastado físicamente. Salía cada vez en cuando, a veces fueron frecuentes las salidas, pero siempre venía enojada, maldiciendo a su suerte.

Un día, Jacinta se acercó a mí con cautela y me contó algo interesante sobre mi madre:

―Dicen que se reúne con un hombre, no me sé los detalles, pero sé que se reúnen a cenar.

Me sentí enojada por el asunto, el sentir que mi madre quería reemplazar a mi padre a menos de un mes de su muerte, hizo que me carcomiera la rabia y no pensara mucho en las cosas. Tenía doce años, no me ponía analizar el hecho de que todo el asunto es extraño, porque si de verdad mi madre tenía encuentros amorosos con un hombre, no vendría a casa hecha una furia y queriendo desquitarse conmigo.

Después de clases, sentí un dolor extraño y corrí al baño, haciendo que Rebecca se extrañara cuando pasé de largo sin haberla saludado como es habitual. Recuerdo ese día, cuando entré al baño y me senté en el tocador, grité de miedo al ver sangre en mi ropa interior.

¿Qué demonios me había pasado? Solo sé que Rebecca tuvo que calmarme y me dijo que eso era normal.

―Las mujeres solemos sangrar una vez al mes, mi señorita ―me explicó con paciencia―. No hay nada de que temer, le traeré algo adecuado para que no manche su ropa y le haré un buen té para aliviar el dolor.

Toda la tarde la pasé en cama, sintiéndome sucia a pesar de haberme lavado el cuerpo y con cosas calientes para que se aliviara el dolor de mi vientre. Cuando mi madre se enteró de ello, en vez de despotricar como siempre, pareció feliz al saberlo y eso pareció alterar un poco los nervios de la criada, quien me dijo que no tenía una buena corazonada del asunto.