Capítulo 1
Capítulo 1 - El príncipe de las hadas
El príncipe de las hadas había sido capturado y puesto en una botella de cristal tan pesada para él, que se le hizo imposible moverla o tratar de tirarla por la repisa de madera oscura en la que fue puesto. La botella tenía la forma de un perfume, pero con la altura suficiente para albergar una criatura mágica. Se maldecía a sí mismo por ser tan descuidado. Su padre, el rey de las hadas, le había repetido múltiples veces que salir solo era un riesgo; su pequeño tamaño lo hacía presa fácil tanto de animales como de humanos, y este fue el caso. Su captor era un humano que solía coleccionar criaturas mágicas; su majestad se preguntaba si lo usaría por el polvillo que soltaban sus alas cada vez que eran agitadas con violencia.
Un ruido de vidrio rompiéndose dirigió su vista hacia las ventanas de la oficina, provocando que se sintiera más ansioso de lo que ya estaba. Una persona encapuchada entró por la ventana, haciendo el mínimo ruido posible, aunque ya no tenía sentido, pues había roto la ventana sin cuidado. Tenía menos de unos minutos antes de que alguien subiera las escaleras de aquella casona. La oficina tenía escritorios y muebles que encontraríamos en cualquier oficina; sin embargo, los estantes con repisas llenas de animales mágicos, que ya no estaban vivos, inquietaban a cualquiera. Si no fuera por la luz azul que emitía el hada, se podría confundir con una luciérnaga.
La persona encapuchada tomó el frasco donde estaba la pequeña hada.
—Su majestad, vengo a liberarle. Su padre me ha contratado —explicó la voz femenina que, al retirar la capucha, reveló su rostro, muy conocido entre los comerciantes de diversos reinos.
—¿Puedo conocer el nombre de mi salvadora? —cuestionó el príncipe. Sin embargo, la lengua de las hadas suena como tintineos para otras criaturas que no sean hadas.
Por eso, la joven tardó algunos segundos en entenderlo. Cuando finalmente respondió a su interrogante:
—Soy Odette.
Antes de que pudiera decir otra cosa a su majestad, un hombre de alrededor de 40 años los interrumpió al abrir violentamente la puerta, que, si no fuera de la madera más costosa, habría sido destrozada. Desenvainó su espada de plata y se aproximó a la intrusa. Odette soltó el frasco que tenía dentro al príncipe, que cayó al suelo, liberándolo de su prisión de cristal. Para ese momento, la princesa ya había detenido el ataque con su hacha, un arma que tenía la forma de un corazón en ambas hojas y el color rojo en el mango.
—¡Vete! —le gritó al hada, que asintió en agradecimiento y salió por la ventana rota, abandonando el lugar.
Mientras tanto, Odette logró empujar al hombre, haciéndolo retroceder dos pasos, lo suficiente para que ella se aproximara a la ventana. Su atacante, creyendo que la tenía acorralada, lanzó otro ataque, que logró esquivar, clavando la espada en el escritorio. Este suceso fue seguido por una maldición:
—¡¡Carajo!! Era madera costosa.
Esto provocó una risotada en la princesa, lo cual enfureció al sujeto, que sacó su arma y volvió a atacar a Odette, quien por fin empezó a contraatacar, dándole pelea. Cuanto más aumentaba su furia, más se oía el sonido de las dos piezas metálicas chocando reiteradamente.
La fuerza del oponente de Odette era tanta que tuvo que volver a detener la embestida de la espada, quedándose sin fuerzas para seguir.
—Ríndete, pequeña rata —le dijo el hombre enfurecido a Odette, que, con todas las fuerzas que le quedaban, logró arrojarlo al suelo con fuerza.
—¡No soy una ladrona! Soy una princesa —aclaró, mientras se aproximaba a la ventana, de donde se sentía el aire frío y reconfortante de la mañana.
—¡No hay a dónde correr, pequeña!
Los primeros rayos del sol bañaron a Odette, que sonrió al sentir el calor del sol y su luz naranja que se fundía con el azul claro.
—No voy a correr.
En ese instante, un humo lila con algunos brillos cubrió a la joven, transformándola en un cisne blanco. Esto dejó anonadado al hombre, y antes de que pudiera decir algo, Odette escapó por la ventana hacia el sol, dejando el lugar y emprendiendo su vuelo a su hogar.
Le tomaría horas llegar al bosque encantado, y justo antes de que se pusiera el sol, Odette aterrizó sobre el agua cristalina, deslizándose con precaución para no mojar más que la parte inferior de su cuerpo. Estaba cansada, tanto por las horas que estuvo volando como por el pesado arma que cargaba sobre su espalda emplumada. Se aproximó a la orilla del lago, miró al cielo color vainilla antes de que el mismo humo morado brillante apareciera alrededor de su cuerpo, regresando a su forma humana. Se dejó caer en el césped húmedo, que sentía como una cama de seda.
Ya habían pasado 5 años desde que el malvado Rothbart la había hechizado. Recordaba aquellos días cuando solo era la hija humilde de un panadero, cómo solía comerse algunas galletas a escondidas y después le ayudaba a su padre a prepararlas. Sacudió la cabeza; no quería recordar más, días que nunca iban a regresar. Solo se puso a admirar el cielo azul con colores pastel y unas nubes parecidas al algodón de azúcar.
Odette tomó su hacha; era un arma nada discreta, pero que le había ayudado en muchas ocasiones. Al recordar cómo la había conseguido, le daba algo de risa. Pensar que alguien sería tan tonto y descuidado como para dejar un arma tan poderosa junto a una ventana le parecía absurdo y cosa de novato. Cuando decidió que quería hacer más que lamentarse por no poder volver a ser humana, se empeñó en buscar el arma perfecta. Surcó los cielos por días, hasta que la ventana semiabierta de un castillo con paredes grises y techos rojos como el carmín llamó su atención. Colgada como si fuera un premio esperando a ser robado por un niño travieso, estaba el hacha, la que se convertiría en su compañera de trabajo. La tomó con rapidez y abandonó el territorio lo más rápido posible.
Ahora jugaba con el filo de la cuchilla principal. Sabía que si se cortaba el dedo anular, podría pegarlo como si fuera un juguete rearmable. Esa era la habilidad especial del arma.
Se levantó del suelo, sintiendo sus piernas como salchichas sin cocinar, y se dirigió hasta el árbol más frondoso y verde del bosque, que se encontraba a pocos pasos del lago. Durante las noches, Odette tenía que dormir en una casa del árbol que ella misma construyó y decoró a su gusto. Los demás cisnes solían reírse de ella a sus espaldas por no ser un cisne "verdadero" como ellos. Odette siempre les devolvía sus burlas y chistes sin gracia.
Cuando estuvo a pocos metros del árbol, sintió un rápido escalofrío recorrer su cuerpo, contrastando con el clima cálido. Ante sus ojos, vio la escalera que le daba acceso a su casita, cortada por la mitad y con la parte inferior en el suelo.
Mientras su mente trabajaba rápidamente, su cuerpo no se movía. Alguien le arrebató su arma, que siempre colgaba en su espalda, y le dio una fuerte patada en el mismo lugar. Su inestable figura fue arrojada directamente contra el árbol, y su torso soportó el golpe contra la madera. Sus rodillas cayeron sobre las piezas de madera y cuerda de la escalera.
Giró su cabeza como un búho en alerta y vio reflejado en los ojos verde agua de su atacante su propio reflejo. Esa mirada le hizo recordar el lago de los cisnes, pero ese pensamiento fue desechado cuando sus ojos se posaron en su cabello pelirrojo rizado y su sonrisa siniestra. Su vista bajó a sus manos blancas y rosadas, que sostenían el hacha con intenciones asesinas.
—Hola, Odette —pronunció su nombre como un verdugo, su voz llena de resentimiento.
Y era lógico el sentimiento del chico. Después de todo, Odette le había robado, y le había costado mucho encontrarla. Hasta que, dos años después, podría concretar su venganza contra el cisne que le había robado en su propio castillo.
—Es un placer verte... "Príncipe de Corazones".








