Una nube âïž Jean
Cuando uno mira al cielo por lo general se siente muy pequeño. A menos que seas un vanidoso. O un soñador. Este Ășltimo opinarĂĄ que no forma parte de este mundo y la bĂłveda celeste es su Ășnica amiga. Llora con la lluvia, rĂe cuando el sol ilumina todo y muestra su ira en las tormentas. Las nubes son mensajes que el cielo manda deseoso de contactar.ï»ż
Y mirando este gran cielo de un tono gris plomizo, dos preguntas vienen a mi mente: ¿soy un ególatra o un soñador? ¿Qué quieren decirme hoy las nubes?
En cuanto a la primera cuestión, probablemente sea un soñador. Siempre camino con los pies fuera del sendero pautado y con la mente demasiado ocupada descifrando mensajes en el cielo.
La segunda cuestiĂłn es difĂcil de responder. La bĂłveda celeste estĂĄ teñida de plata y las nubes se han fundido las unas con las otras. Es casi ominoso. Dentro de poco la lluvia impactarĂĄ contra la tierra y quiero inmortalizarlo con mi cĂĄmara.
Me visto una sudadera negra mientras bajo las escaleras a trompicones. Una vez en el rellano, agarro mi chaqueta y me arrodillo para poner el arnés a mi perrita Niki. No me gusta atarla, pero es mås seguro de esta manera.
Acaricio su cabeza y le rasco la zona que tiene detrĂĄs de las orejas en punta. Tiene el pelaje color caramelo con partes blancas, es pequeña y muy cariñosa. Creo recordar que la veterinaria me ha dicho que es un corgi galĂ©s. AlgĂșn desalmado decidiĂł deshacerse de ella como si fuera un trozo de basura, sin importarle que esta raza en concreto suele ser adoptada con facilidad.
Agarro la mochila que siempre tengo preparada para cuando me surge alguna sesiĂłn de fotografĂa improvisada y salgo por la puerta de mi pequeña casa.
Miro durante unos minutos la fachada construida en piedra, algo oscurecida por el paso de los años. Una hiedra se empeña en ocupar la mitad de la edificaciĂłn. Desde que era un adolescente, siempre contemplaba con deseo el cartel de venta y lo cierto es que nunca imaginĂ© que todavĂa siguiera ahĂ cuando por fin tuve dinero para comprarla.
Niki ladra un par de veces instĂĄndome a caminar. Esta zona es muy tranquila, situada a las afueras de la gran urbe. Por la tarde, la mitad de la humanidad se encuentra perdiendo tiempo de vida en un trabajo que odia, asĂ que la acera se halla vacĂa.
Paseamos durante un buen rato, hasta que la zona urbana termina y la campiña en sus tonos otoñales se hace dueña del paisaje. En cuanto llego allĂ, suelto a Niki para que corra todo lo que quiera y llene con su mierda esta tierra que ha sido embargada por los bancos.
Cerca hay un barranco de considerable altura; un desnivel abrupto que separa los campos de un extenso bosque. Por debajo pasan los trenes, en su mayorĂa de mercancĂas. Quiero captar la lluvia cayendo sobre la locomotora, en un plano un tanto alejado.
Me dirijo hacia el borde de la hondonada con la mente sumergida en las posibles fotografĂas que pueda hacer. Estoy empezando a sacar el trĂpode plegable de la mochila cuando mis ojos se encuentran con la silueta de un hombre.
Resoplo con decepciĂłn. La humanidad siempre estropea las mejores fotografĂas.
âLĂĄrgate, maldito jode fotos âsusurro acercĂĄndome por su derecha y plantando el trĂpode con quizĂĄs demasiada fuerza.
Quiero que escuche mi molestia. Niki no estå molesta e incluso va a olisquear sus pies. Traidora. Hoy no hay pollo para ti, señorita.
Me hice famoso con mis fotografĂas sobre el cielo. Desde hace un tiempo, quiero probar a inmortalizar lo mundano. En mi arte no hay espacio para un hombre que se dedica a contemplar el vacĂo con⊠¿lĂĄgrimas en los ojos?
No mira hacia abajo, sino que observa las nubes. ¿El mensaje que manda el cielo es para él?
Se acerca un par de pasos al barranco. A lo lejos escucho la bocina del tren y su traqueteo.
Otro paso mĂĄs.
ÂżSe va a tirar? ÂżQuĂ© demonios hago? Yo no soy quiĂ©n para decirle que viva o muera. Solo querĂa sacar una foto.
Otro paso mås. Tiene la mitad de sus pies ya en el borde. Niki se mueve nerviosa detrås de él.
âEh, tĂșâdigo colocando la cĂĄmaraâ. Aparta.
Bien, se me da fenomenal esto de ayudar a alguien. Igual si abro mĂĄs la boca puedo lanzar un cuchillo.
Su rostro se gira hacia mà y es entonces cuando un trueno resuena seguido de un enorme rayo que cae detrås de él.
Un ojo azul. Otro marrĂłn. Me mira sin llegar a hacerlo. Tiene una barba incipiente tan cobriza como su cabello.
La lluvia cae de golpe, sin previo aviso, dejĂĄndonos empapados en cuestiĂłn de segundos.
âAlĂ©jate del precipicio. âEl tren acaba de cruzar la curva. Manejo los botones para preparar un disparo en rĂĄfaga. El hombre parece haberme escuchado, dado que se ha apartado, aunque no lo suficiente. TendrĂ© que recortar su figura en la posterior ediciĂłnâ. Vete a casa y piensa mejor en lo que estĂĄs haciendo.
Su voz, demasiado suave, llega perdida a través del aguacero.
âNo tengo hogar y ahora⊠âEl tren pasa ensordeciendo lo que quiera que me estĂ© diciendoâ. No pensĂ© que fuera a venir alguien.
Yo tampoco y aquĂ estamos.
âSiempre puedes pillar una habitaciĂłn en un hotel.
Su sonrisa es torcida.
âPodrĂa âse limita a decir.
EstĂĄ jodido. O deprimido. O lo que sea. Al menos, semeja que de momento ha desistido en la idea de tirarse por un barranco de forma literal porque regresa sin despedirse.
Recojo todo con bastante presura para volver a casa antes de que Niki o yo nos pongamos enfermos.
Lo sigo desde una distancia de cinco o seis metros los pasos. Ha tomado la misma direcciĂłn que yo. No me entra en la cabeza como alguien puede llegar al extremo de renunciar a su propia vida. Una vez muerto, ya no habrĂĄ posibilidad para que algo mejore.
El hombre tropieza con algĂșn pedrusco escondido entre la hierba alta y cae de bruces. Me acerco para intentar ayudarlo, pero Ă©l se repone con una rapidez pasmosa.
En cuanto pisamos el asfalto, mueve la cabeza a modo de saludo antes de continuar su camino, cruzando la calle.
Ya en el abrigo de mi casa, seco y con mi pijama favorito, enciendo un fuego para que Niki se tumbe y entre en calor. No puedo permitir que se vuelva a mojar asĂ.
Saco la tarjeta de memoria de la cĂĄmara y la enchufo en el ordenador portĂĄtil.
En todas las fotografĂas sale el misterioso hombre. Sus ojos resaltan sobre su pĂĄlida y hĂșmeda piel. Pueden verse las gotas de lluvia suspendidas a su alrededor. Las luces del tren llegando a su derecha aportan una iluminaciĂłn increĂble a la escena.
Refleja soledad. DesesperaciĂłn. Lucha.
ÂżCuĂĄl serĂĄ su nombre? DebĂ habĂ©rselo preguntado. QuizĂĄs mañana ya no estĂ© aquĂ. QuizĂĄs mañana vaya en busca de otro lugar desde el que lanzarse y acabar con todo.
Es una lĂĄstima. No me importarĂa sacar mĂĄs fotos de sus ojos dispares.