Cuento: La Pesadilla
Julián González se encontraba en un espeso bosque, disfrutaba del sol y de una tranquila caminata junto a su novia; se sentía muy feliz, ya que, a la vez, se enamoraba más de aquella mujer pequeña y de cabellos rubios; sin embargo, su amada frenó intempestivamente la marcha; Julián, extrañado, se detuvo para mirarla, notando que su cara había palidecido. El cielo se había comenzado a tornar oscuro, extrañamente, de un momento a otro amenazaba con llover; notó algunos rincones escabrosos del boque, en su ser, sintió que no recordaba cómo había llegado allí.
—Es mejor que paremos y comamos esos excelentes sándwiches que has traído, mi amor —le dijo al verla tan desmejorada. Y pensó que tal vez le había sentado mal el caminar un trayecto tan largo.
—Pero, ¿cómo se te ocurre? —preguntó ella asombrada.
—¡Qué tiene de malo, no veo ningún problema! -agregó él.
—¿Es que acaso no lo ves?
—¿Ver qué? —le preguntó, a la vez que dirigía sus ojos hacia donde ella señalaba; de inmediato, sus piernas comenzaron a temblar, sus pupilas se dilataron, y el color de su cara pasó a blanco. No era para menos, allí estaba el fantasma de una mujer con ojos rojos y alas negras, cuyas piernas eran garras de águila. Sobre el vestido de blanco caían sus largos cabellos. Ante la mirada de él mostró unos afilados colmillos, mientras rugía estrepitosamente.
—¡Huyamos! —gritó Julián desde su puesto de trabajo con sus ojos enrojecidos por la siesta.
Al parecer, se había quedado dormido en su escritorio. Ya se acercaba el ocaso, y pronto iba a ser la hora de salida.
Al parecer, se había quedado dormido en su escritorio. Ya se acercaba el ocaso, y pronto iba a ser la hora de salida.
Las risotadas de sus compañeros lo llenaron de un gran fastidio, pues su trabajo de oficinista no era lo mejor que le había pasado en su vida. Todo había sido un cruel sueño, incluso la chica rubia de ojos almendrados, quien era su novia en el sueño, también se reía con sus superfluos compañeros. El informe, que recordaba haber comenzado a digitar, se había llenado de letras sin sentido, a causa de dormir con su cabeza puesta sobre el teclado del computador. De pronto escuchó una voz de enfado:
—Señor González, ya que se encuentra tan desocupado, venga y encárguese del daño del sanitario —le decía su jefe parado al lado de la puerta del baño. Sus compañeros murmuraban con sonrisas en sus caras, “Es un castigo para él”.
Julián, sintiéndose aún más humillado, se levantó de su silla y se dirigió hacia el baño. Su jefe no le quitaba la mirada de encima. Cuando al instante de abrir la puerta del baño salió nuevamente la horripilante mujer, esta vez logró morder su brazo, introduciendo sus afilados y puntiagudos colmillos en la piel. Julián gritó horrorizado a la vez que observaba su propia sangre correr a borbotones.
—¡Nooooooo! —gritó con desespero, despertando en su dormitorio, bañado en sudor y con la respiración entre cortada —. ¿Qué pude haber comido para tener pesadillas tan espeluznantes?, ¿será que los 30 años me está pasando factura? -pensó.
Era todavía de noche, y la oscuridad de su cuarto indicaba que quedaba más horas para dormir. Tranquilo, miró hacia la ventana, empezaba a salir la luna, iluminando tenuemente la habitación. ”Qué bella luna“, pensó en su interior; sin embargo, sus pensamientos se vieron interrumpidos por un ruido; con temor miró hacia el frente de su cama, al parecer, se había caído un cinturón de la silla donde estaba amontonada una ropa, que llevaba varios días allí en espera de ser lavada. El montículo de ropa comenzó a levantarse poco a poco, crecía en altura y en tamaño, prontamente, vio brillar unos ojos entre algunas prendas. Era ella, más furiosa que antes. La enemiga de sus pesadillas.
Julián saltó de su cama corriendo hacia la ventana y notó que su brazo sangraba justo donde estaba la mordida del otro sueño.
—¡Cómo salgo de esta maldita pesadilla?!, ¡Quiero despertar! —Cubrió sus angustiosos ojos con las palmas de las manos.
Abrió los ojos en el asiento de un autobús, y de nuevo, percibió el punzante dolor en su brazo. De nuevo, despertaba de una pesadilla, pero ya Julián se encontraba nervioso, tocó su brazo para sentir que estaba vendado. Con los ojos llorosos miró a su alrededor, solo estaba él y el conductor, era de noche, las luces del vehículo parpadeaban como si pronto se fueran a apagar.
—Me estoy volviendo loco. —Llevó una de sus manos temblorosas a su cabeza, percatándose así, que de su brazo herido goteaba sangre, de inmediato, chorros del líquido rojizo bajaron por su rostro. En medio de sollozos, se levantó del asiento para ir a la cabina del conductor -. Señor, por favor, necesito ayuda, algo me está persiguiendo, no, no, no entiendo qué me sucede.
—Muchacho, ¿cómo no lo entiendes? Estás maldito, no puedes escapar de su mundo. —Julián, retrocedió con pánico en su cara. —Estamos condenados, no hay forma de huir. —De los ojos del señor comenzó a rodar lágrimas de sangre. —Atónito, el joven tocó su frente sin saber qué hacer. De repente, un gruñido con resoplos se sintió en la parte posterior de los asientos del bus, trató de mirar de soslayo, no quería enfrentarse a esa bruja o al ser demoniaco que lo atormentaba con ímpetu. Allí estaba, aquella sombra negra sentada con mirada felina. Era un hecho, estaba sentenciado, al parecer, la bruja había decidido ejecutar una y otra vez la tortura. Seguro lo mataría de forma lenta en cada uno de sus sueños. Una macabra sonrisa se dibujó en los labios de aquella mujer alada
Séfora Limón.