Rebozo de geranios
Mi abuela bordaba flores para mí. Lo hizo siempre, incluso antes de que yo naciera, mis zarapes estaban bordados con flores. Lo hacía en mi ropa, en mis sábanas, en la almohada, las cortinas de mi cuarto, uniforme, todo. “Es para que de tus pasos crezcan flores”, me decía. Tenía un jardín, donde casi siempre había geranios rojos y morados floreciendo; me encantaba estar en ese jardín. Era tanta la presencia de las flores en mi vida, que en su mayoría mis dibujos las contenían.
Ayer mi abuela murió y no pude ir a verla por última vez. Mi mamá me dio la noticia por teléfono. Justo ahora estoy tomando un vuelo de regreso a casa. No he llorado, no puedo, creo que ni siquiera me la creo todavía. Estoy pensando en qué decir cuando llegue a casa, no sé si debo preguntar algo, no sé si quiero hablar con alguien para empezar. En mi mente, solo estaba el recurso de mi abuela bordando en su jardín, ese jardín que de alguna manera siempre estaba lleno de flores todo el año, con sus rosas, girasoles, tulipanes, margaritas, campanillas y por supuesto geranios de todos los colores.
Recuerdo a mi abuela solo de una manera: como una mujer con el cabello gris y largo peinado en una trenza, la piel con arrugas profundas y una complexión delgada. Tenía una apariencia frágil y, aun así, era la persona más alegre que pude conocer. Nunca la vi enojada, nunca me gritó, nunca me regañó, nunca me golpeó, nunca le conocí otra emoción que no fuera felicidad y tranquilidad. Siempre estaba bordando, a veces servilletas, a veces manteles de mesa tan largos que podía jugar en ellos y aun así no molestarla en lo más mínimo. Bordaba animales, frutas, canastas y por supuesto y principalmente, flores.
Un día, cuando tenía seis años, estaba jugando con los hilos de mi abuela. En ese momento mi abuela ya comenzaba a tener dificultades para ensartar la aguja, entonces una de mis tareas a esa edad, era ayudarle a hacerlo. Por curiosidad, tomé hilo, una aguja y comencé a meter puntadas a un trapo de cocina. Mi abuela me vio hacerlo y al día siguiente me llevó a la tienda y me compró pequeños aros de bordado, agujas nuevas, una servilleta con el dibujo de unas rosas e hilos que me dejó elegir. Me piqué los dedos muchas veces.
—No llores mi niña, eso es una señal de que vas a aprender. — me consolaba y limpiaba mis lágrimas. —Sabes, cuando supe que ibas a nacer, comencé a bordar un zarape para ti, le puse flores brillantes, también le puse pequeñas flores a toda la ropa que te compraba tu mamá. — me explicaba siempre que podía.
“Un día voy a morir y así como yo te esperé con flores bordadas, me gustaría que tú me despidieras con flores bordadas.” El día que mi abuela me dijo eso, por primera vez fui consciente de que eventualmente iba a perderla. Ese día lloré en los brazos de mi abuela, mientras ella me pedía disculpas por decirme ese tipo de cosas. Pero yo no lloraba por eso, lloraba porque me imaginaba la vida sin ella, porque ya nadie me contaría historias, ni me trenzaría el cabello, nadie me daría dinero y dulces a escondidas o me protegería cuando mi mamá se enojaba conmigo.
En secreto comencé un rebozo, inicialmente blanco; le puse geranios, rojos y morados, como los de su jardín. No quería que mi abuela muriera, pero negar esa posibilidad era cruel, para mi y para ella. A cada puntada pensaba en mi abuela, en lo mayor que se estaba volviendo, cómo veía cada vez menos, cómo tenía que hablarle más alto para que me escuchara, cómo una vez se había simplemente resbalado y se había hecho mucho daño, cuando a veces las cosas se le hacían confusas y cómo cada día caminaba más despacio y sus abrazos se sentían con menos fuerza.
En mi vuelo, no podía ser más indiferente con los demás. Solo sujetaba el rebozo ya terminado, llevaba unos años listo. Cada pétalo y tallo adornaban en su totalidad el rebozo, tenía cientos de detalles que fui colocando con cuidado cada que tenía tiempo, ahora se había vuelto pesado y con tantos detalles en dorado apenas se veía lo blanco del rebozo. A veces no quería terminarlo, ya sabía cual era el fin de esa prenda e inconscientemente creía que entre más tardara más retrasaría ese momento; ese pensamiento era irracional, empujado por el miedo y el dolor.
—Tienes que irte, no puedes quedarte aquí toda la vida. — le escuché decir a mi abuela cuando le platiqué del trabajo que me habían ofrecido en el extranjero. —Además, si las cosas no salen bien puedes venir cuando quieras, siempre hay un lugar para ti. — Nunca me hubiera ido. Pensar en que no estuve presente en el momento en el que mi abuela se fue me quema, no en el pecho o en el corazón como muchos dicen, sino en la garganta, tengo ganas de suplicar perdón a gritos.
Eventualmente tuve que llegar a casa y me dolió ver el moño negro pegado arriba de la puerta, me dolió ver a la familia con los ojos hinchados, me dolió sentir el abrazo de mi mamá y por primera vez en la vida, verla llorar. Lo que más me dolió fue ver que sus geranios no tenían flores (hasta ellos estaban tristes) y ver a mi abuela en el ataúd: más gris, más delgada, con la cara triste. Llevaba un traje negro, peinada con su trenza, las manos rígidas sobre el pecho.
—Má, ¿me ayudas? — exclamé en voz alta. Solo fue necesario sacar el rebozo para que mi mamá entendiera lo que intentaba hacer. Entre las dos, le pusimos el rebozo a mi abuela, de la misma forma en la que a ella le gustaba usarlos, sobre los hombros y cruzado al frente. En las manos me quedó una sensación que me obligó a apretar los puños hasta que las manos me ardieron y fue ahí cuando comencé a llorar.
Me abracé de mi mamá, buscaba consuelo, pero no lo iba a encontrar en ella, no lo iba a encontrar en nada ni en nadie, nunca lo iba a encontrar. Pensaría en mi abuela cuando viera las agujas, los hilos, las costuras, las flores, el cabello gris, cuando alguien cocinara, cuando alguien sonriera. Ella me había apoyado en cada aspecto de mi vida y se había quedado en cada aspecto para siempre.
El funeral de mi abuela fue como todos los demás, rezos, iglesia y flores. Ninguna de esas cosas me importaba, en lo único que pensaba era en mi abuela y con lo horrible que era como nieta al no estar presente en su lecho de muerte y en que no había forma de enmendar eso. Por fuera parecía algo indiferente, los demás corrían por toda la casa, preparando comida, limpiando, hablando con familiares y conocidos, pero por dentro quería morirme junto con ella. Quería ayudar a mi familia, pero no podía, no podía ayudar con los preparativos para enterrar a mi abuela.
Pasó un año, a veces pienso en mi abuela, aunque en realidad el trabajo no me dejaba mucho tiempo para pensar en ella. Me acostumbré a la ausencia de mi abuela, pero eso no significa que la haya olvidado. Los primeros meses fueron difíciles. Había ocasiones en las que despertaba y debido a la desorientación pensaba en regresar de visita, luego, recordaba que ya no había nadie a quien visitar. Me odiaba tanto, porque tuve tiempo de ir y por flojera y cansancio muchas veces no fui.
—Cuando era joven, llegó al pueblo una caravana de gitanos, gente alta, delgada, blanca, con rasgos toscos, muy diferentes a los nuestros. Las mujeres gitanas se dedicaban a leer la mano. El padre de la iglesia decía que esas prácticas eran solo para estafar a la gente y que además de eso, eran un pecado. Pero aun así, una amiga me convenció de ir. Pagamos con cinco manzanas cada una y las gitanas nos hicieron entrar a una de sus carpas. Me dijeron que me casaría los cuarenta y que mi marido se iba a morir. Jajaja, eso nunca pasó — contaba mi abuela. —Y luego me dijeron que en mi vida las flores nunca crecerían. En ese momento me asusté muchísimo, hasta que pensé un rato y me dije: pues entonces las bordo yo y mejor aún, porque estas no se marchitan. — Mi abuela bordaba flores para mí, para que nunca faltaran las flores en mi vida.
A veces recuerdo sus historias. De cómo conoció a mi abuelo mientras caminaba por la feria del pueblo, cuando viajó en tren para visitar a sus tías en la capital, de los juegos que jugaba con sus hermanos, de cuando murió su mamá. Ciertamente, mi abuela sabía contar historias o al menos a mí me gustaba, era mi forma de vivir el pasado a través de ella. En ocasiones ella contaba estas historias y la gente no solía reaccionar con el entusiasmo que mi abuela esperaba, le dolía, pero nunca lo expresaba. Me daba cuenta, porque se quedaba callada y fingía hacer cualquier otra cosa mientras mantenía su habitual sonrisa, pero con los ojos apagados.
Me hubiera gustado causarle más sonrisas sinceras a mi abuela. Me hubiera gustado pasar más tiempo con ella, estar más al pendiente, tomarle más fotos, darle más regalos. Aún me acuerdo de lo feliz que se puso cuando le compré un par de zapatos con mi primer sueldo: de color vino, sin tacón, de piel, los más cómodos y lindos que pude encontrar.
A veces me digo a mí misma que mi abuela no ha muerto y no lo digo de forma cursi o para engañarme sola. Sino porque es verdad, continúa siendo parte de mi vida, cuando yo bordo mis propias flores, cuando agrego ciertos condimentos a mi comida, cuando le hago trenzas a mi cabello, cuando reviso todas las costuras que me dejó, incluso cuando me miro al espejo o veo a mi mamá y me doy cuenta de que nos vamos pareciendo un poco más a ella cada día. Las dos nos mudamos juntas, también seguimos bordando y bordaremos flores juntas durante muchos años más.