Capítulo 1
—Mami, ayúdame...
La escuchaba gritar, una y otra vez.
—Mami... Me quema. Ayúdame...
Intentaba con todas mis fuerzas quitarme el cinturón que se había quedado atascado, mis dedos resbalaban con el sudor y la sangre. Tosía, con fuerza, como si pudiera expulsar el humo de mis pulmones, pero solo lograba inhalar más. Cada bocanada era una cuchillada ardiente, como si respirara fuego líquido. La piel me ardía, como si las llamas se metieran bajo mi carne. La desesperación tiene sabor, y el sabor del fuego es metal derretido.
La oí de nuevo.
—Me fallaste.
Y luego...
¡BOOM!
Me desperté jadeando, empapada en mi propio sudor. El corazón golpeando como si no hubiera escapado a tiempo.
Miré el reloj de mi escritorio: 9:47 p.m.
Suspiré.
Lentamente, me puse de pie y me dirigí hacia el perchero. No quería ir a la fiesta de los Monroe. A veces odio las deudas que tengo con esa familia. Es desesperante fingir que todo está bien cuando por dentro todo se quema igual que esa noche.
Toc-toc.
—Adelante...
—Jefa, la señora Mad está afuera.
Asentí con la cabeza mientras me terminaba de abotonar la camisa, el último botón, el más apretado, el que más cuesta.
Salí.
El pasillo del Imperio Nero olía a dinero quemado y a perfumes caros. A pecado envasado en cuerpos hermosos y sonrisas falsas. Caminé entre luces de neón y el murmullo incesante de las máquinas tragamonedas, como un canto de sirenas para adictos del azar. Los clientes apretaban los botones con desesperación animal, como si la próxima tirada fuera a salvarles la vida. Siempre he agradecido no haber heredado ese trastorno compulsivo.
Aunque irónicamente, soy la dueña de todo este circo.
Qué ironía.
El aire fresco me golpeó en la cara al cruzar las puertas principales. Fue casi un alivio. La camioneta negra ya esperaba, estacionada justo frente a la entrada, impecable, opaca.
Dudé unos segundos.
Siempre dudo cuando se trata de Mad.
Pero finalmente reuní el valor, me acerqué, abrí la puerta.
—Buenas noches.
Lo dije solo por cortesía. Sé que ella nunca me lo respondería.
Me senté, saqué el teléfono. Fingí revisar correos, notificaciones vacías, ofertas de negocios que ya no me interesaban. Pero algo me empujó a mirar de reojo. Ahí estaba ella, con las piernas cruzadas, su vestido rojo parecía hecho de fuego, cabello suelto, nada más. Ella era eso: una amenaza sin maquillaje.
No necesitaba más.
Se removió un poco en su asiento, y yo volví la mirada a mi pantalla.
Ninguna palabra durante el trayecto. Solo el sonido del motor y mis pensamientos.
Una vez estacionados, por fin habló.
—¿Lista?
La miré. Sus ojos eran una promesa que siempre se rompía, me dolieron, porque aún así...
Asentí.
—Sí.
Ella bajó primero.
Yo la seguí.
Estoy lista para fingir.