Capítulo 1: El sueño que nunca termina
—Bueno... esto no es real... ¿o sí?
Hablaba un chico llamado Eduardo Guerrero, de 19 años. Su cuerpo era algo delgado, aunque tenía algo de músculo en los brazos y piernas, pero nada que valiera la pena destacar. Se encontraba confundido en una playa de arena blanca, bajo un cielo despejado y soleado, con el aire salado del mar acariciando su rostro.
—Solo estaba en el trabajo, quedándome dormido como buen guardia de seguridad del turno nocturno... y ahora estoy en esta isla toda rara.
Se dijo a sí mismo mientras observaba sus manos y luego su ropa: llevaba puesto el uniforme gris de guardia de seguridad, un tolete de plástico y un revólver que le daban solo para intimidar, en caso de que alguien intentara colarse en las instalaciones que le tocaba custodiar esa semana.
{Ding Dong. Usuario detectado: ¡Felicidades, señor Eduardo Guerrero! Usted ha logrado transmigrar al mundo de One Piece. Como recompensa por llegar a estas lejanas tierras, tiene dos misiones.}
{Misión 1: Eliminar a una poderosa bestia de esta isla. — Premio: Una Fruta del Diablo aleatoria}{Misión 2: Hablar con alguien en esta isla. — Premio: Mil millones de Berries}
El joven quedó boquiabierto al ver una pantalla flotante y translúcida con palabras que podía comprender, aunque no entendía por qué estaban organizadas como en un videojuego o una novela ligera.
—Frutas del Diablo... Berries...One Piece... Dios mío... ¿en serio estoy...?
Se llevó las manos al cabello y lo jaló con fuerza, intentando despertar de lo que creía era un sueño. Un sueño imposible. Él no había muerto... ¿o sí? No sabía cómo demonios había terminado en un mundo ficticio como el de One Piece.
—Está bien, está bien... esto es un sueño. Me quedé dormido leyendo algún fanfic de One Pieceo algo por el estilo. Bien... como no puedo despertar por ahora, seguiré lo que dice este “sistema”.
Resignado y con dolor en la cabeza —se había arrancado unos cuantos cabellos—, Eduardo respiró profundo para calmarse. Luego sacó el revólver que tenía. Aunque pensara que esto era solo un sueño, al menos tenía suerte de haber traído consigo un arma del mundo real.
—Bien, tengo seis balas en la recámara y tres cargadores rápidos para el revólver... Esto definitivamente es un sueño. Nunca cargo con tantas balas.
Se dijo a sí mismo mientras empuñaba el arma y comenzaba a caminar lentamente por la playa, adentrándose en el bosque en busca de alguna bestia poderosa que pudiera eliminar para conseguir su Fruta del Diablo.
Tras unos quince minutos evitando luchar contra unos monos de colores extravagantes, que aparecieron mientras caminaba por la densa jungla, Eduardo se encontró frente a un monstruo grande y peligroso, aprobado por el sistema.
—Un jabalí de mandíbula de hierro... Es bastante grande. Creo que mide lo mismo que una camioneta 4x4.
Susurró mientras se ocultaba detrás de algunos árboles frutales, escondiéndose de un enorme jabalí de pelaje marrón y colmillos oscuros como el hierro.
La bestia estaba concentrada comiendo unos brotes de papa, sin notar la presencia de Eduardo, quien casi se hace encima del susto.
—No me ha visto... Me moveré lentamente.
Eduardo avanzó con cuidado, sin hacer ruido, hasta posicionarse cerca de la cabeza del jabalí, que era tan grande como una nevera de dos puertas. Tenía miedo: esos colmillos enormes y afilados le provocaban dudas, pero sabía que esta oportunidad no volvería.
Mientras el animal seguía comiendo, Eduardo preparó el revólver. Sin dudar, disparó los seis tiros directamente al cráneo del jabalí. Para su suerte, los impactos fueron certeros, penetrando el cerebro y matándolo al instante.
{¡Felicidades! Completaste la Misión 1: Eliminar a una poderosa bestia. Recompensa: Una Fruta del Diablo aleatoria.}
Una nueva pantalla apareció, mostrando varias frutas de distintas formas y colores. Debajo de la imagen, un gran botón decía “GO”, indicando que debía presionarlo para iniciar la ruleta.
—Bueno... espero que me toque una Logia que me permita volar o algo así.
Dijo Eduardo mientras presionaba el botón y veía cómo las frutas giraban en pantalla hasta detenerse en una similar a un melón, de color plateado con vetas doradas. El sistema mostró información:
{Obtuviste la Fruta tipo Paramecia: Denji Denji no Mi, también conocida como la Fruta del Electromagnetismo.}
—Electromagnetismo... no está tan mal. Si tuviera que comparar, diría que es una versión inferior a la fruta del magnetismo de Kid, y mucho más débil que la del rayo de Enel... aunque esa es una Logia, y del top 3 de frutas más poderosas.
Pensaba mientras sostenía la fruta en sus manos. Dudaba si comerla o no: sabía que tenían un sabor horrible y que, al hacerlo, perdería la capacidad de nadar... no es que fuera bueno nadando de todas formas.
Se sentó en un tronco cercano y se quedó mirando la fruta.
—Aunque esto sea un sueño, esta fruta no es tan fuerte... Oh, bueno. Considerando algunas cosas, creo que no estaría mal. Podría usar el metal para volar, ¿no? Como lo hace Magneto o Static Shock. Aunque técnicamente Magneto vuela creando campos electromagnéticos, mientras que Static Shock volaba sobre un disco metálico magnetizado... creo.
Se quedó pensativo, tratando de recordar si Static Shock era el nombre del personaje o de la serie. Al final, concluyó que el nombre real era Static, pero su memoria mezclaba las cosas.
—Bueno, igual esto es un sueño, así que podré volar si soy lo suficientemente creativo.
Resignado, le dio un gran mordisco a la fruta... y se arrepintió al instante. El sabor era asqueroso, una mezcla de fruta podrida y bilis humana.
Después de contener las arcadas, Eduardo sintió una extraña energía recorrer su cuerpo. Era como si pudiera detectar ondas a su alrededor.
—Oh... ya veo. Esto es como el poder extra que tenía Enel con su Mantra. Siento los campos electromagnéticos de los seres vivos cercanos... aunque no es lo mismo que el Haki, supongo.
Cerró los ojos y pudo distinguir criaturas cercanas: unos lobos rodeaban el cadáver del jabalí, y un par de aves de rapiña lo observaban desde los árboles, esperando que se distrajera para robar algo de carne.
—Wow... Es increíble. Ahora veamos si puedo atraer o repeler metales.
Se puso de pie, recargó su arma y dejó en el suelo los casquillos usados. Intentó levantarlos con su poder, pero luego recordó que estaban hechos de latón. Se sonrojó de la vergüenza.
—Mierda, olvidé eso... Mejor uso el arma completa.
Puso el revólver en el suelo y generó un pequeño campo electromagnético en su mano. Como esperaba, el arma salió disparada hacia él, junto con un poco de tierra.
—¡Wow! Puedo atraer pequeños fragmentos ferromagnéticos del suelo... Interesante. Podría usarlo para confundir a los enemigos.
Limpiando el revólver, Eduardo alzó la vista y vio una gaviota con sombrero volando.
—Eh... Es una de esas gaviotas que reparten el periódico. ¿Me venderá uno?
Apenas dijo eso, el ave bajó, se posó sobre el jabalí muerto, y lo observó fijamente. Para su sorpresa, la gaviota habló.
—Buenos días, señor superviviente. ¿Le interesaría una suscripción al periódico The Weekly Gazette?
Eduardo quedó boquiabierto al ver que la gaviota podía hablar. Más aún, recibió una nueva notificación del sistema: Había cumplido la Misión 2. Recompensa: mil millones de Berries.
—¿Señor, se encuentra bien? —preguntó la gaviota, ya acostumbrada a que esto sucediera con algunas personas que encontraba en su camino.
—Bueno... me sorprende que puedas hablar —respondió Eduardo, mientras aceptaba el dinero que se guardaba en un inventario con solo dos casillas.
—Oh, no te preocupes, es normal. Me llamo Gazett, soy una gaviota que se comió la fruta Koe Koe no Mi, una fruta que permite comprender cualquier idioma y hablarlo. Es más una fruta para animales que para humanos, si me permites decirlo —habló con suma elocuencia y cierto tono sarcástico Gazett, la gaviota que estaba parada con elegancia sobre un jabalí muerto.
Eduardo seguía con cara de pasmado, pero simplemente aceptó que algo así era probable en el mundo de One Piece, o mejor dicho, en su sueño.
—Ah, bueno... entonces, ¿a cuánto la suscripción del periódico? Y por cierto, ¿sabes dónde estoy? Creo que naufragué en esta isla desconocida —mintió Eduardo, tratando de evitar levantar sospechas, y más que nada, para saber dónde estaba realmente. Por más sueño que fuera esta situación, pensaba que lo mejor era buscar un lugar más seguro al cual ir, ahora que tenía dinero y una fruta del diablo relativamente poderosa.
—La suscripción cuesta mil berris al mes y te da acceso a todo nuestro catálogo de periódicos, revistas y catálogos de venta de parte de nuestros proveedores autorizados. Y tienes mala suerte, chico: estás en la Isla Rokuen, una isla del Calm Belt. La isla habitada más cercana está a medio mes de navegación en un barco de la Marina —dijo la gaviota, algo seria, mientras esperaba la reacción resignada del chico frente a ella.
Era normal para Gazett encontrarse con náufragos que, por cosas del destino, terminaban en islas de las que no podían salir. Normalmente los ayudaba y avisaba a la Marina del lugar donde se encontraban, pero algo que había aprendido a lo largo de los años era que, a menos que el náufrago fuera un noble, la Marina nunca movería un dedo para salvarlo, y mucho menos en una isla del Calm Belt. Claro, podía avisar a algún barco mercante, pero lo más probable era que ignoraran por completo al chico.
—Bueno, mil berris no suena mal —respondió Eduardo, sorprendentemente tranquilo.
Gazett ladeó la cabeza en confusión, pero aceptó que probablemente el chico no quería perder la calma frente al único ser con el que había hablado.
La gaviota tomó el dinero que Eduardo le entregó y le extendió un contrato para firmar la suscripción. Luego, le dio un periódico junto con varias revistas y catálogos de objetos disponibles para la venta.
—Gracias por el periódico y las revistas. Por si acaso, dime... ¿puedo comprar cosas? Digo, ¿me las podrían traer aquí, a esta isla? —preguntó Eduardo con cierta duda. Si recordaba bien, uno de los mayores problemas en One Piece era lo difícil que era enviar cosas: la mayoría de los barcos mercantes eran atacados por piratas o reyes marinos, lo que hacía casi imposible la comunicación entre algunas islas.
—Sí puedes, siempre y cuando el peso de lo que pidas no supere los 25 kilogramos, ya que es lo máximo que algunas gaviotas podemos cargar. Pero el envío a esta zona tendrá un costo extra por peligrosidad... digamos un 50% más de lo que ya hayas pagado. Y tendrás que aceptar que algunos productos podrían no llegar —explicó con seriedad, poniéndose unos lentes cuadrados para dar una explicación casi burocrática, como si pidiera la mitad extra del pago por un envío que probablemente no llegaría, o que tardaría varios días.
—Ya veo, no está mal. Es algo difícil, pero lo acepto. Por cierto, ¿crees que pase algún barco de la Marina por aquí o mejor me acomodo en la isla? —preguntó de manera algo despreocupada mientras hojeaba el periódico. Se dio cuenta de que la fecha era más o menos tres años antes de que Luffy saliera de su isla.
—Las probabilidades son pocas, joven... —respondió Gazett, quedándose en silencio a la espera de que el náufrago se presentara.
—Ah, lo olvidé. Me llamo Eduardo Guerrero, es un gusto, Gazett —dijo extendiendo la mano y estrechando la pluma del ave en una especie de saludo.
Después de una breve conversación sobre la escasa probabilidad de que pasara un barco de la Marina —y que, aunque pasara, lo más probable era que lo ignoraran—, Eduardo se resignó a quedarse en la isla y buscar una forma de salir por su cuenta. Ya habiendo comido una fruta del diablo, se le ocurría una manera de lograrlo, pero antes debía entrenar un poco para aprender a usar sus poderes y no terminar cayendo al mar por falta de control.
Tras una charla adicional y pedir algunos alimentos enlatados, un abrelatas, un juego de cuchillos de cocina y un cuchillo militar, Gazett se marchó de la isla. Le dijo a Eduardo que su pedido probablemente llegaría en tres días, pero que también podía no llegar debido a piratas o reyes marinos. Aun así, Eduardo aceptó la situación y pagó tres mil berris por todo. Por suerte, ya tenía comida a la mano y un poder que le sería útil de aquí en adelante.
Eduardo tomó algunos casquillos de bala. Como estaban hechos de latón, sabía que podía enviarles electricidad hasta sobrecargarlos y calentarlos al rojo vivo para encender una fogata, cosa que hizo. Era un poder bastante conveniente para alguien del mundo moderno. Trató de cortar la piel del jabalí con su habilidad, pero sus cortes eléctricos eran sumamente imprecisos, por lo que partió mal algunas secciones. Aun así, esa noche logró cenar jabalí asado con papas.