Prólogo
Más allá de las fronteras, detrás de las montañas, yace un bosque sepultado en la negrura de las tinieblas.
El aire es denso, cargado de un hedor que no solo se respira, sino que se siente en lo más profundo del alma.
Árboles gigantes, sombras interminables, la brisa susurrando entre las hojas.
Se dice, en murmuros temblorosos, que en ese bosque habitan seres que no pertenecen a este mundo.
Su sangre no es como la de los mortales; es oscura, espesa, y carga en ella un poder maldito. Si alguien osara a probarla sin su permiso, algo en su interior se rompería.
17 de diciembre de 1433.
El rugir de la tormenta estaba en la punta de la cúspide; con un viento arrolladoramente gélido más un potente granizo que impedía ver correctamente, arraigaban la madera de los árboles desnudos y el de un carruaje que luchaba por mantenerse en pie en medio de la penumbra, crujiendo al borde del colapso.
De repente, del cielo se escuchó un imponente trueno que hizo vibrar el aire, sumiendo el paisaje en un caos de pánico, relámpagos y la espesa capa de nieve blanca esparciéndose a lo largo del sendero.
— ¡Señor! — Gritó un hombre a todo pulmón sujetándose fuertemente del cinturón de seguridad— ¡Los caballos no obedecen a mis órdenes! ¡Nos estamos acercando a un acantilado!
— Maldita sea. — murmuró — ¡Maldita sea!
El fin se acercaba sin que él pudiera detenerlo, o si quiera intentarlo. Y se sentía inservible, inútil… impotente.
¿Acaso cómo es posible ser criado para manejar situaciones de peligro y después no poder mover ni un dedo para detener lo que sería la muerte de él y de su familia?
Eso lo convierte en un cobarde, ¿cierto?, por supuesto, no había respuesta más clara que esa.
Los cuatro enormes caballos de raza pura que tiraban del carruaje resoplaban nubes de vapor mientras sus cascos se hundían en golpes con furia sobre la fina capa de tierra helada. Con el frío calandole los huesos y el pánico comiéndole las entrañas, el jinete volvió a jalar con todas sus fuerzas las riendas de los corceles.
Estaba horrorizado, tenía las pestañas congeladas y ya no sentía la parte frontal de su cara, pero no se inmutaba porque ¿sería ese su fin?. Alguien tan jóven y gozoso de salud, terminaría muerto por selección del destino… y le deseo la muerte al destino, como lo hizo él consigo.
Se inclinó lo suficiente para intentar ver los ojos de los caballos y encontrar un ápice de fe en medio de un caos sin retorno.
— ¿Q-Qué es- — los corceles se alzaron sobre sus patas traseras soltando relinchos desgarradores y en cuanto sus patas tocaron nuevamente el suelo, inexplicablemente aceleraron más la velocidad en sus pisadas.
El jinete trastabilló y cayó fuertemente de un sentón en el pescante.
Dentro del carruaje, la situación podría ser incluso peor que la de afuera.
Las fuertes sacudidas violentas más la tensión palpable en el aire le hacían sentir asfixiado, obligándolo a tomar y soltar bocados de aire por la boca, aunque sus pulmones exigieran por más. Y a pesar del frío, por las sienes le recorrían gotas saladas de sudor, perdiéndose en el inicio de su barba.
Su estado de supervivencia lo tenía más atento que nunca. Mientras miraba al frente para no perder ningún movimiento de su contrincante, su cerebro trabajaba a mil segundos por minuto en busca de una salida, pero los sollozos ahogados de su hijo entre sus brazos eran un constante recordatorio de lo fatalmente trágica que era la situación.
Junto a ellos, su esposa. Con la cabeza recostada descuidadamente hacía un costado y los ojos inundados en un fuerte color carmesí vagando en un vacío sin retorno, pero con el corazón latiendo con una furia desesperada, similar a las pisadas de los caballos. Unas venas color negro como su cabello azabache, le decoraban la piel lechoza del rostro y cuerpo, adoptando una apariencia lujubre. Y su voz… se había perdido.
Frente a ellos, se alzaba una enigmática figura envuelta en oscuros ropajes. Su piel, pálida como la cera, contrastaba con el fulgor carmesí de su mirada amenazante e inexplicablemente atrayente, como si su sola visión pudiera devorar el alma, idéntica e incluso más intensa a la de la mujer que parecía haber inhalado una droga nauseabunda. La situación no parecía afectarlo en lo absoluto y el frío infernal no le hacía efecto, parecía que incluso antes de poder tocarle la punta de un cabello, este se evapora en el aire, convirtiéndose en vapor en cuestión de segundos.
Una voz profunda y siseante, como el movimiento de una serpiente a punto de atacar, fue capaz de atravesar el estruendoso sonido de afuera.
— Quien condenó la vida de su familia y de todo un reino a una tragedia tan desgarradora como esta — la mitad de su boca se curvó en una media sonrisa, dando a resaltar un diente blanco y ligeramente puntiagudo — Fue usted. El mismísimo rey de Mytheria. — el nombrado quedó estupefacto y toda la rabia que se combinaba con la impotencia explotó sin miramientos, ignorando el pulsante latido de su corazón.
— Dijo que ella estaría bien. ¡Dijo que estaría bien pero ahora se está muriendo! — golpeó en un golpe seco el material de la puerta— ¡Malditos traidores!
— Maldito cobarde — soltó con un ápice de asco, aplastando con su mirada al inútil que hacían llamar rey.
Se estaban acercando a un precipicio con una rapidez escalofriante. Los recuerdos inundaron al rey: la primera vez que vio a su amada, su decisión de compartir la vida con ella, los años gobernando juntos y la alegría fugaz al concebir al tan esperado heredero. Pero también recordó el precio de esa dicha: un juramento sagrado, sellado con sangre, que ahora cobraba su deuda.
El carruaje temblaba al borde del desastre. El rey, con una mezcla de desesperación y resolución, miró a su hijo. Con una lucha interna sin saber cómo depararía su futuro si es que lo dejaba en manos de esa criatura o llevárselo consigo para evitar su sufrimiento.
No le quedaba mucho tiempo y la desesperación le brotaba de los poros.
Cargó a su hijo en brazos y lo miró con determinación y dolor; de esos a los que catalogan de los peores. Su pequeño con solo dos meses y cuatro días de nacido ya había experimentado lo que su reino jamás había vivido y de repente una culpa inmensa, tan pesada como cargar cien carruajes sobre la espalda se sembró en su corazón. Trató de memorizar cada facción que su hijo heredó de él y la reina, lo besó con ternura en la frente y finalmente; que los dioses se apiaden del heredero al trono, porque él ya no estaría para cuidarlo. Conocía su sangre, la sangre real que llevaba en las venas y no le cabían dudas en que su hijo encontraría lo que una vez perdió.
Con manos temblorosas entregó al pequeño. Una parte de su alma se estaba yendo, pero suponía que ya no estaría para sentirlo.
Abrazó con cuidado a su esposa y gritó solemnemente.
— ¡Beatha fhada do Mytheria!
La figura desapareció con el pequeño, y en un instante los caballos recobraron el control, pero ya era tarde.
Quedaron suspendidos en el aire por un instante y luego cayó al vacío, destrozándose en una caída implacable mientras el rey, abrazando a su esposa susurraba con lágrimas en los ojos su última palabra.
— Perdóname.
Beatha fhada do Mytheria = Larga vida a M








