Seguimos

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Summary

El mundo terminó hace años. Primero fue el cielo, luego la ceniza… y después, el silencio. En medio de las ruinas, un hombre camina. A su espalda, una carga que no puede abandonar. A su lado, el eco de una promesa: seguir, aunque ya no quede nada. Seguimos es una historia desgarradora sobre el amor en tiempos del fin, la memoria como resistencia y el peso de no rendirse cuando todo parece perdido. Narrado con una prosa poética y brutal, este relato postapocalíptico explora la fragilidad humana, la belleza de los últimos gestos y el dolor de seguir caminando cuando ya no queda más que hacerlo. Porque a veces, seguir… es lo único que queda.

Genre
Scifi
Author
Pedro Lopez
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Seguimos

El hombre acomodó la carga en su espalda y, con un esfuerzo que pareció partirle los huesos, reanudó la marcha. Tenía las manos amoratadas por el frío, y el viento se deslizaba entre los jirones de tela y la piel hundida. Sus pasos dejaban una huella incierta, tragada al instante por la nieve y el hollín.

Frente a él, una hilera de automóviles oxidados interrumpía el camino. Semienterrados, torcidos, como si hubieran intentado huir y hubieran muerto allí mismo. Alguna vez fue una autopista. Ahora, solo un cementerio.

Caminó entre los restos, lento, cuidando de no mirar demasiado. Algunas puertas estaban abiertas. En otras, el vidrio estallado aún colgaba como dientes. El terror seguía ahí, incrustado en los huesos blanqueados por el invierno.

Siguió hasta un cartel corroído que daba la bienvenida a una ciudad que ya no tenía nombre. Buscaba un coche pequeño. Uno que no recordara a nadie.

Lo encontró. Forzó la puerta. Depositó la carga en el asiento del copiloto. Tosió. El pecho sonó hueco, espeso. Se dejó caer en el asiento del conductor y reclinó el respaldo. El silencio era total.

En la guantera, como una burla, encontró un cigarrillo partido. Se lo llevó a los labios. Al encenderlo, la tos regresó. Esta vez con sangre. Miró la mancha en su mano y no pensó nada. Cerró los ojos, intentando no recordar.

Pero la memoria no duerme.





Todo había comenzado como un rumor, lejano, improbable. No fue una invasión. Fue otra cosa. Algo más simple. Más humano. En cuestión de días, tras los últimos anuncios en televisión, el cielo se volvió gris. Luego llegó la ceniza. Y después, el silencio.

Esa mañana había visto un árbol. El primero desde que salió del refugio. Estaba seco. Como todo. No quedaban animales. Ni insectos. Solo viento.

Poco quedaba también del hombre que fue antes del Día del Silencio. Mientras el mundo ardía y la gente corría por las calles, él se quedó en el hospital. Atendió hasta que el fuego lo devoró todo. Después, volvió a casa. Su esposa lloraba. Tomó el arma.

Pensó en hacerlo. Pensó en ambos. En el descanso. En la paz.

Ella le sostuvo las manos y susurró:

—Nosotros seguimos.

Y siguieron. Hasta que una noche la puerta fue forzada. Entraron hombres con máscaras y fusiles. Dijeron su nombre.

Lo necesitaban. Un refugio en las montañas. Había una lista. Y él estaba en ella.

Mientras abandonaban la ciudad, ella le apretó la mano.

Él no miró atrás.






No supo cuánto tiempo había dormido. Fue el viento el que lo trajo de vuelta. La nieve se colaba por los resquicios del auto. Las botas estaban rotas y mojadas. En su estado, eso podía ser una condena.

Todavía podía seguir.

Revisó los restos cercanos. Entre un maletero abierto y una lona chamuscada encontró mantas y una chaqueta pesada. Regresó al auto con todo eso entre los brazos. Lo importante era la carga. Siempre lo fue.

Tenía un dedo ulcerado. No sabía si era por la marcha o por el Celsio y el Estroncio del aire. Palabras que había aprendido a la fuerza.






El refugio había sido un milagro.

Una caverna recubierta, aislada del mundo y de su veneno.

Un lugar sellado contra el invierno eterno.

Allí vivían otros como él. Científicos, técnicos, mentes capaces de sostener lo humano un poco más. Había máquinas que cavaban hondo, pozos lejos de los ríos contaminados. Huertos. Gallinas. Conejos. Niños.

Algunos eran hijos de los elegidos. Otros, seleccionados para preservar la diversidad. A veces se oían risas. Dibujos colgaban de las paredes.

Creían que si ellos habían logrado construir un rincón de vida en ese páramo, tal vez, en algún otro lugar del mundo —en el norte— también lo habrían hecho.

Quizás aún había alguien más.

Los días se volvieron semanas. Las semanas, meses. Luego, años.

Nunca llegó una señal, pese a los intentos de radio y los satélites.

En algún momento, los desesperados del exterior dieron con el refugio. Intentaron derribarlo. Buscaban agua. O calor. O venganza. Pero nadie más entró. Ni esa vez, ni nunca.

Supieron que algo andaba mal cuando las plantas empezaron a marchitarse, los animales a enfermar, y los nacimientos a deformarse. Los más optimistas esperaban que las napas profundas resistieran. Pero la tierra había sido herida hasta el hueso.

El agua ya no podía ser filtrada. Era el fin. Lo sabían.

Pero seguían.

Él comenzó a atender hemorragias pulmonares, diarreas con sangre.

Propuso racionar el agua. Fue una idea inútil. Solo querían resistir un poco más. Seguir un poco más.

Pero el infierno de la superficie descendió al subsuelo.

Hambre. Enfermedad. Miedo.

Los que tenían las armas daban las órdenes.

Los que no obedecían, desaparecían.

Cuando ya no quedaban animales ni mascotas, y las latas se usaban como moneda o amenaza, su esposa escuchó algo.

Un soldado moría. Deliraba. Confesaba.

Decía lo que todos temían.

Hacía tiempo que se recurría a proteínas no convencionales.

De los enfermos.

De los débiles.

De los innecesarios.






No supo cuánto tiempo estuvo allí después. Pero fue demasiado.

Su cuerpo comenzaba a rendirse, envuelto en contracturas que amenazaban con dejarlo tendido para siempre.

Hizo un esfuerzo más, echándose la carga a la espalda y volviendo a caminar.

Un rayo tronó a lo lejos, pero no lo distrajo. Solo caminaba, no se escondía.

¿De quién, a esta altura?




No todos sabían lo que ocurría en el fondo del refugio. Y cuando se reveló, se desató la última guerra. Fratricida. Final.

Como si el ácido que caía del cielo no fuera suficiente, los fusiles volvieron a hablar. Y mientras la sangre se desbordaba en el último lugar civilizado del mundo, las compuertas se abrieron. El frío entró sin pedir permiso.

Una veintena logró escapar.

Seis siguieron juntos.

Nadie salió a buscarlos.

Los carnívoros tuvieron su último festín.

Ya no tenían fuerzas para una cacería final.


Caminaron sin rumbo. Al principio con miedo de que las fieras del refugio los siguieran. Pero luego, ya solo seguían.

Estaba el niño pálido, que no hablaba.

La mujer del libro, que intentaba recordar los nombres.

El hombre de la armónica, que la tocaba para espantar a los fantasmas.

El joven convencido de que al norte aún quedaba algo.

Y estaban ellos: el hombre y su esposa.

Caminaban en silencio. Solo el viento y la armónica interrumpían la marcha.

Un día, encontraron una ciudad. Estaba vacía. Arrasada. No había comida.

Explorando entre ruinas, hallaron un nido de cucarachas. Fue un festín.

En la marcha, el niño señaló algo. Era una plaza. Abandonada.

La mujer del libro explicó. La esposa también.

El muchacho se sentó en un columpio. No sonrió. Tras dos empujones, se bajó, confundido, y abrazó a la mujer.

El niño fue el primero en desfallecer. Pese a los cuidados, a las pocas semanas de comenzar la marcha, el frío y el hambre le impidieron seguir caminando.

Se turnaron para cargarlo: el hombre de la armónica, el joven esperanzado, el médico.

Avanzaban más lento. Se detenían más.

Una mañana, su rostro estaba pálido. Inmóvil.

Lo enterraron. A las afueras de lo que alguna vez fue una iglesia.

La mujer del libro dijo unas palabras.

La esposa dejó unos juguetes.

Y el hombre de la armónica tocó una canción.

Era lenta. Incierta. Parecida a una despedida.

No fue al día siguiente, pero tampoco mucho después. Una mañana, encontraron al hombre de la armónica colgado de una viga, cerca del refugio improvisado.

Lo bajaron. Ya no tenían fuerzas para cavar.

Pusieron la armónica entre sus manos y lo cubrieron.

Esta vez no hubo música de despedida.

Quizás las notas que él había tocado fueron las últimas del mundo.

La mujer del libro dejó de recitar nombres.

Y el joven comenzó a volverse errático. Desesperado por avanzar.

Hablaba de un lugar soleado en el norte.

Todos sabían que no existía.






Las rodillas le crujían. Le tiritaban. Pero seguía.

Aferrado a una promesa. A una maldición.

El peso era demasiado. Dejó atrás la manta que había encontrado. Caminó. Un poco más.






El joven mostró un mapa arrugado. Gritaba. Amenazó con seguir solo. Al principio, intentaron convencerlo. Pero un día cumplió su palabra. Cuando los demás despertaron, ya no estaba. Se había llevado el arma.

Siguieron caminando.

Llegaron a una ciudad que la mujer del libro conocía.

Era su ciudad.

En la plaza principal había un muro. Con cal y pintura, los nombres de los desaparecidos.

Allí estaban los de sus amigos. Y el suyo.

La habían buscado. Hasta el final.

Cuando el agua y la comida se acabaron, los demás siguieron.

Ella se quedó.

El hombre y la mujer caminaron de la mano.

Sin destino.

Sin palabra.

Solo sabían que aún estaban juntos.

Que aún podían seguir.






El hombre sucumbió bajo el peso de la carga.

Su rostro se hundió en la nieve metálica y el barro.

Por un momento no pudo respirar. Pensó en rendirse.

Pero hizo un último esfuerzo. Giró hasta quedar boca arriba.

No pudo levantarse de inmediato. Lo intentó muchas veces. Pero la carga no cedía.

Lloró, otra vez, hasta que la sangre volvió a brotar de sus pulmones.

Podía seguir avanzando.

Pero no podía llevarla.

Se sentó a su lado. Apoyó la cabeza contra la lona endurecida. Y volvió a llorar.

Ella le había hablado del mar.

Después de eso, no había plan.

Quizás solo seguir.

Juntos.





Nadie lo vio llegar.

Estaban detenidos frente a un puente destruido, cuando apareció entre los arbustos.

Era el joven.

Su rostro había cambiado. Ya no quedaba esperanza.

Solo hambre. Y odio.

Tenía el arma.

El primer disparo fue un aviso.

El segundo, no.

Ella se desplomó.

El hombre corrió hacia él. El joven intentó disparar otra vez, pero ya no había casquillos.

Saltó sobre él. Lo golpeó hasta que ya no quedó nada que golpear.

Entonces la escuchó.

La única voz que aún tenía valor, débil.

Se volvió.

Ella yacía en la nieve.

Las manos frías.

Se arrodilló junto a ella.

Y no pudo detener la sangre.

—Yo me quedo —susurró—. Tú sigues.

Se quedó días en el lugar, estático.

Gritó. Maldijo.

Intentó usar el arma. No pudo.

La cargó una vez más.

La más dulce de todas las cargas.

Siguió caminando.





Esa noche ya no pudo más.

Preparó una pira. La acostó con cuidado.

Dijo unas palabras.

Lamentó no saber tocar la armónica.

Encendió el fuego.

Y esperó.

Recogió las cenizas.

Las guardó en una lata vacía.

La misma donde ella había escrito su nombre.

Y, mirando hacia donde creía que estaba el mar,

siguió