Capítulo 1
La lluvia caía incesante sobre las calles empedradas de Triana, como si el cielo compartiera la desdicha de Héctor Santamaría. Desde la ventana de su oficina improvisada en un almacén abandonado, observaba el agua formar pequeños riachuelos que se llevaban el polvo y la suciedad, reflejo de lo que quedaba de su otrora próspero imperio.
El lugar estaba casi vacío: algunas cajas apiladas en un rincón, un escritorio de madera desgastada y un par de sillas desiguales. Todo parecía un recordatorio de lo lejos que había caído.
Hacía apenas cinco años, ese almacén había sido un hervidero de actividad, con cargamentos entrando y saliendo bajo la cobertura de la noche. Ahora, solo quedaba el eco de sus propios pasos y el crujido ocasional del techo.
El hombre encendió un cigarrillo con manos temblorosas y el humo llenó el aire viciado de su oficina. Sus dedos recorrían un viejo cuaderno de cuentas, cuyas cifras solo confirmaban lo que ya sabía: estaba en bancarrota. Las deudas lo asfixiaba, sus socios lo evitaban, y sus contactos en la policía, aquellos que había comprado años atrás, ya no contestaban sus llamadas.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—¿Quién es? —preguntó con voz grave, intentando no dejar traslucir su ansiedad.
Un hombre corpulento entró, con su rostro parcialmente oculto por la sombra de la capucha que llevaba. Era uno de sus últimos trabajadores leales, aunque Héctor sabía que esa lealtad se sostenía más por el dinero que por la admiración.
—Señor, he traído el mensaje —dijo el recién llegado, dejando un sobre negro sobre el escritorio.
Héctor lo tomó con cautela. Reconocía el sello en cera roja: una “D” rodeada de filigranas. Su corazón dio un vuelco. Damián Echeverría.
—¿Lo entregó personalmente?
—No, uno de sus hombres. Me dijo que era urgente.
Héctor asintió y despidió al mensajero con un gesto de la mano. Una vez a solas, rompió el sello y extrajo una tarjeta de papel grueso, donde se leía con una caligrafía impecable:
“Héctor, me gustaría discutir nuestra situación actual. Espero verte esta noche en El Mirador del Alba, a las diez.”
El mensaje era breve, pero la intención detrás de esas palabras era clara. Damián no era un hombre que aceptara excusas, y mucho menos demoras.
A las diez menos cuarto, Héctor entró en El Mirador del Alba, un bar clandestino escondido en las profundidades de Triana. El lugar estaba envuelto en penumbra, con lámparas de baja intensidad que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes. La música de jazz suave llenaba el ambiente, y las pocas conversaciones eran apenas murmullos.
En el centro del local, Damián Echeverría estaba sentado en un reservado, con una figura de elegancia que contrastaba con la decadencia del lugar. Su traje negro estaba impecablemente cortado, y sus movimientos eran calculados, como si cada gesto estuviera ensayado. Su rostro, pálido y de rasgos afilados, parecía esculpido en mármol.
Cuando Héctor se acercó, Damián levantó la vista. Sus ojos, de un gris helado, lo analizaron con una intensidad que lo hizo sentir desnudo.
—Héctor, me alegra que hayas venido —dijo con su voz profunda y carente de emoción.
—No tenía muchas opciones, ¿verdad? —respondió el aludido, intentando sonar desafiante, aunque la ligera vacilación en su tono lo traicionó.
Damián sonrió, una curva apenas perceptible en sus labios. Señaló la silla frente a él y lo invitó a que se sentara.
Héctor obedeció y esperó mientras él giraba una copa de vino entre sus dedos, como si saboreara el momento.
—He estado observando tu situación —comenzó Damián—. Es una lástima lo que ha ocurrido con tu negocio. Un hombre con tu ambición merece algo mejor.
—No necesito tus condolencias. Lo que necesito es dinero.
Damián soltó una leve carcajada, baja y controlada, y contestó:
—Directo al grano. Me gusta eso. Pero dime, Héctor, ¿qué garantías puedes ofrecerme? No soy un hombre que arriesgue sus recursos sin asegurarse de obtener algo a cambio.
El hombre sintió cómo la presión en su pecho aumentaba. Había esperado esa pregunta, mas no tenía una respuesta clara.
—Todavía tengo algunos contactos, rutas que puedo reactivar si consigo liquidez. Solo necesito tiempo.
Damián inclinó la cabeza, como si considerara sus palabras. Luego, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—¿Y si el tiempo no fuera suficiente? —preguntó en un tono casi susurrante.
El silencio que siguió fue insoportable. Héctor sabía que estaba siendo evaluado, no solo por sus palabras, sino también por sus gestos, por el ritmo de su respiración.
—Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para salir de este agujero —dijo finalmente, con una determinación que intentaba convencer a ambos.
Damián sonrió de nuevo, esta vez mostrando un destello de dientes blancos que parecían demasiado perfectos.
—Eso es lo que quería escuchar.
Cuando Damián le presentó los términos, Héctor sintió que un abismo se abría bajo sus pies. El préstamo era generoso, mucho más de lo que había esperado, pero las condiciones eran estrictas. Si no devolvía el dinero en el plazo estipulado, su “prestamista” tendría derecho a reclamar cualquier bien que considerara valioso.
—Es un trato justo —dijo Damián, observando la reacción de Héctor con una calma inquietante.
—¿Y qué consideras “valioso”? —preguntó el hombre, con un nudo en la garganta.
Damián levantó una ceja, como si la pregunta lo divirtiera.
—Eso lo decidiré cuando llegue el momento.
Héctor sabía que no tenía otra opción. Extendió la mano, y Damián la estrechó. Su piel era fría, más fría de lo que debería ser.
—Espero que no me decepciones, Héctor —advirtió mientras se levantaba de la mesa—. No suelo dar segundas oportunidades.
Esa noche, mientras caminaba de regreso a su casa por las calles vacías del barrio, Héctor no podía sacudirse una sensación de inquietud. Había hecho un pacto con un hombre que no solo era más poderoso que él, sino que parecía jugar con reglas que no comprendía del todo.
Al llegar, encontró a su esposa en la sala, mirando un programa de televisión con expresión aburrida. No se molestó en saludarla, por lo que subió las escaleras y se dirigió a la habitación de Aitana. Se detuvo frente a la puerta cerrada, escuchando los suaves murmullos de música que provenían del interior.
Por un instante, quiso abrir y hablar con su hija, advertirle que quizás necesitarían mudarse pronto o que el negocio familiar podría no durar mucho más. Pero no lo hizo. Solo se quedó allí, en silencio, antes de regresar a su despacho.
En ese momento, no podía imaginar cómo esa decisión cambiaría sus vidas para siempre.