Prólogo
Dos haces de luz fluctúan por el campo de batalla, un lugar neutral, no perteneciente ni al cielo ni al inframundo. Luz y oscuridad se mezclan, generando tonos grisáceos cuando chocan.
La diablesa sonríe, con una media sonrisa, divertida, en su mano lleva dos largas dagas, tan afiladas que podrían cortar el mundo por la mitad. El ángel extiende sus alas, su larga espada va directa hacia la diablesa, que se mueve con rapidez, evitando el ataque.
Las dos se miran, intentando saber cuál será el próximo movimiento de su némesis, angel y demonio, luz y oscuridad, cielo e infierno. Un vencedor.
El ángel se lanza en picado hacia la diablesa, sus alas desplegadas, dándole una mayor estabilidad, su objetivo justo delante, cuando va a clavar su espada, la diablesa saca un látigo, la golpea y hace que el ángel pierda el control, la diablesa aprovecha esa confusión para clavar una de sus dagas en el costado del ángel.
-Nunca confíes en tu enemigo -dijo la diablesa sacando la daga del interior del ángel, el cuál ni siquiera mostró dolor o sangre, al sacar la daga, la herida cerró al instante
-¡Siempre haces trampas! -se quejó el ángel plegando sus alas
-Te enseño a no confiar en tu enemigo, en una lucha nadie jugará limpio como lo hace los ángeles -la diablesa escupió la palabra ángel como si fuera bilis
-Soy un ángel -dijo la aludida con mala cara por el tono de su comentario
-¿A dónde vas? -preguntó la diablesa al ver que el ángel volvía a desplegar sus alas
-Si tanto te molesta estar en presencia de un ángel, ¿qué hago aquí?
La diablesa, de un rápido movimiento, arrolló al ángel, tirándolo al suelo, se montó encima de él, inmovilizándolo. El ángel forcejeó, pero se detuvo al sentir los labios de la diablesa sobre ella. Un beso fogoso, un beso posesivo.
-No eres un ángel cualquiera, eres mi ángel -dijo la diablesa
-Maze, ¿qué estamos haciendo? Si mi padre descubre que nos vemos a escondidas…
-Anael, huyamos
-¿Huir? ¿Estás loca? ¿A dónde iríamos?
-A la Tierra, huiremos del infierno y del cielo, pero estaríamos juntas
-Si mi padre se entera…, me cortaría las alas…
-¿Y tus alas son más importantes que nuestro amor?
-No existe para mí nada más importante que nuestro amor -dijo Anael besándola-. Hagámoslo, huyamos.