Extracto
Era finales de febrero y había venido una ola de frío. La caldera se encendía sola, intermitentemente. La casa estaba caliente; era evidente que el ente que habitaba en ella lo prefería así.
—La romperé si hace falta —mascullaba Bertha al arrancar el enchufe—. Este demonio no va a gobernar nuestras vidas.
—Mamá… —la llamó Kaiden con la misma paciencia que había aprendido de su padre, pero ella no estaba escuchando.
—No se oye, ¿verdad? Se ha apagado. Tendremos una tarde en paz, para variar.
—Mamá, hace mucho frío. El abuelo está tiritando, aunque no lo admita.
—¿Qué? Oh, aguantará. Todos lo haremos.
—Luka tiene las manos heladas.
—Ponle otros guantes. Kaiden, sé que te preocupa, pero si dejamos que esta cosa siga campando a sus anchas, ¡quién sabe lo que podrá hacer! Sí, encendemos la calefacción y dejamos que mantenga la casa caliente y acogedora. ¿Y entonces qué? Tal vez suba la temperatura hasta que no podamos ni respirar. O haga explotar la caldera.
—Si quisiera hacernos daño, ya lo habría hecho.
En el acto, ella lo abofeteó.
—Nunca digas eso —espetó la mujer—. Jamás.
A Kaiden le quemaba la mejilla, pero no se la cubrió. Alzó la mirada con toda la calma que pudo reunir, aunque le ardían los ojos por las lágrimas de rabia, de impotencia.
—No importa mucho que un espectro mantenga la caldera encendida y la casa calentita, ¿no es verdad? —dijo su madre con acidez—. O que juegue con las luces, como si fuera un niño. ¿Y luego qué? ¿Cuando el teléfono empiece a sonar de madrugada? ¿O se encienda el horno de noche? ¡Qué divertido! ¿No es verdad? Así que si tenemos un espectro, ya no nos vendrá de adoptar una quimera…
—No he dicho eso.
—… una muy dulce y juguetona, que queme los muebles y envenene las plantas. ¡Qué más da! Quizá luego podemos invitar a comer a un chupasangre. O a uno de esos vástagos que hacen brujería. Y ya puestos, ¿por qué no invocar a un demonio y ofrecerle a Luka en sacrificio?
—¡Mamá!
Se miraron fijamente, el chico con los puños apretados, la mujer furiosa. Callaron unos momentos, solo para intentar recuperar la compostura.
—Nunca —dijo ella con más cuidado—, nunca te dejes llevar por esa sensación… esa vocecita que dice que no es tan grave. Esa es la voz de los demonios, cariño. El susurro ponzoñoso que quiere corromperte.
Kaiden asintió una sola vez. Estaba seguro de que su madre iba a abrazarlo, incluso pedirle perdón por haberlo golpeado, pero no quiso aceptar aquel gesto. Dio la vuelta y volvió a entrar en casa.
—¿Qué ha pasado? —inquirió, entrando en el cuarto, y vio un brillo acerado en los ojos de su madre.
—El enviado era un monje muy joven, apenas un muchacho poco mayor que tú. No hizo más que pasearse por la casa rascándose la cabeza y diciendo «pues aquí no hay nada». Sospecho que la carta de tu padre no expresaba debidamente la importancia de este asunto. Cree que estoy exagerando, que soy una paranoica. ¿Crees que soy una paranoica, tesoro?
Kaiden metió las manos en los bolsillos.
—Creo que han pasado cosas raras últimamente —aceptó—, pero si el monje no ha encontrado nada…
—Eso solo puede significar dos cosas, cariño. O no sabía buscar… o lo que tenemos en casa sabe esconderse muy bien. Sea como sea, los dos sabemos que hay algo muy raro, ¿verdad?
El muchacho se sentía un peón en una guerra que no le pertenecía. Se balanceó sobre los talones y cabeceó. Su madre sonrió.
—Trabajaremos en ello, tú y yo y el abuelo —dijo—. Investigaremos este asunto nosotros mismos. Puede que incluso te sirva para el colegio. Tu primera misión, Kaiden, antes incluso de ser un templario.
—Muy bien, ¿y cómo lo explicas? ¿Mmm?
—No puedo. Seguramente habrá algo mal con el mando.
—¡El mando! ¡Siempre tienes una respuesta! ¿No es verdad? Cualquier cosa antes de aceptar que tengo razón.
—Ya pedimos ayuda, vino un experto y…
—¡Tu experto era un muchacho imberbe, por Dios! No sabía lo que hacía.
—Esa es una acusación muy grave, Bertha. El Vaticano mismo…
—Oh, por favor, no metas al Vaticano en esto.
Era la cuarta noche tras la partida del experto, la tercera en que Kaiden llegaba tarde y cenaba un bocadillo. La discusión continuaba, entre dientes pero rabiosa. Sus padres no dormían juntos, y solo hablaban para pelear.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó el chico a su abuelo en voz baja.
—Ese condenado televisor —replicó el anciano con sequedad, con los brazos cruzados y mirando a su hija y su yerno—. Se ha pasado la tarde cambiando de canal, volviendo todo el rato al mismo, una y otra vez. Le he arrancado el cable, vaya que sí, pero ha dado igual. Se ha encendido tres veces más.
El televisor no estaba solo desconectado, Kaiden lo había notado al llegar. Estaba roto.
—Y papá sigue diciendo que aquí no hay nada —supuso.
—Bah, es más ciego que un topo.
—¿Habéis cambiado las pilas?
—¿Qué pilas?
—Del mando.
Su abuelo lo miraba como si estuviera loco, y Kaiden se armó de paciencia.
—Si queréis convencerlo de que algo pasa, hay que evitar todas las… Bueno, las posibles razones por las que cree que no hay nada —explicó—. ¿Cree que es el mando? Pues cambiad las pilas. Probad otro. Papá no es ciego, ni tampoco es tonto. Solo necesita más pruebas.
—Eres leal a tu padre, y eso te honra, pero no seas estúpido. Eamon no sería capaz de…
—¡Kai!
Kaiden recibió un súbito abrazo por la espalda. Miró atrás y vio el rubio pelo de su hermanito, que debía haberse despertado con el griterío. Luka lo miró con una gran sonrisa. Enternecido, el chico le acarició la cabeza.
Quizá por eso no se dio cuenta de que las luces se habían vuelto más brillantes, pero fue imposible no oír cómo una bombilla explotaba. Kaiden apretó a su hermano contra sus piernas para protegerlo; la lámpara, ahora apagada, estaba junto al sofá.
—¡Oh, que Dios nos ayude! —espetó Bertha—. ¡Mira! ¡Mira! ¿Qué excusa pones ahora?
—¡Una maldita subida de tensión, mujer! —replicó Eamon a voces—. ¡Ya basta! ¡Deja de buscar fantasmas en todas partes!
—¡Fantasmas!
El niño no había tocado los cristales rotos, ni tampoco un demonio sin forma lo había atacado. Aquel demonio, desde luego, era muy corpóreo. Era Cadogan, y tenía a su nieto levantado por un brazo como si fuera un muñeco.
—¡Abuelo!
Súbitamente furioso, Kaiden se abalanzó hacia él para arrancarle al niño de las manos. Se le olvidó que aquel anciano malhumorado era uno de los mejores templarios de primera clase en su promoción. Recibió la patada en el estómago y cayó al suelo, sin aliento.
—¡Kai! —chilló su hermanito, y otra bombilla estalló.
—¡Papá! ¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó Bertha.
—Estaba pensando —dijo el anciano con calma— en ese canal que ponía todo el tiempo. Estaban dando dibujos animados, ¿no es verdad, chaval?
—Es curioso. De lo que se hablaba, me acuerdo poco. Recuerdo el chirrido del televisor, aquella estática. Es un ruido que todavía me provoca dentera. Y recuerdo estar mirando a mi hermano pequeño, que lloraba desesperadamente, intentando que el abuelo lo soltara. Me miraba, buscando auxilio. Y yo solo podía pensar en las luces.