Capitulo 1: Peter Field | Parte 1
Parte 1: Despertar
Los cultivos siempre eran molestados por aquellos cuervos mal nacidos. Nunca dejaban de estorbar. Peter acostumbraba contarlos cada día para saber si eran más, y lamentablemente, siempre —sin falta alguna— lo eran.
Preparó su escopeta; quería llevarse al menos a uno al infierno. Y disparó. Uno de los cuervos cayó muerto al suelo, aunque de cuervo ya no le quedaba nada.
Cuando el hombre lo vio caer despedazado, Gregory soltó una carcajada desde la distancia, acercándose con lentitud. Había estacionado su ruidosa camioneta unos kilómetros atrás. Siempre hacía lo mismo.
—¿Ya perdiste el tino? —preguntó con burla, mientras se ahogaba con su propia risa. Estaba algo exaltado, incluso para la brevedad de los pasos que había dado.
—Nunca. ¿Por qué llegaste tarde? —preguntó Peter, cambiando de tema abruptamente. La pregunta de Gregory le había irritado, pero prefirió ignorarla.
—Lo siento, Peter. El trabajo, de nuevo, me está matando —aclaró. Finalmente llegó y puso un pie sobre la escalera, que rechinó bajo su peso.
—Vas a destruir mi casa… y mi billetera. —agregó Peter, suspirando, mientras se dejaba caer en su sofá designado: el mismo viejo y destruido sofá que llevaba veinte años en la misma posición.
Peter estaba molesto. Estaba harto de la irresponsabilidad de Gregory.
Le pagaba unos buenos dólares cada semana por su ayuda en los cultivos, pero Gregory jamás lo vio como un trabajo real; solo lo ayudaba porque Peter ya estaba viejo y cansado.
Cada vez que recogía los cultivos, Peter terminaba agotado, sintiendo nostalgia por aquellas rodillas jóvenes y el cuerpo atlético que alguna vez tuvo.
Gregory se apoyó en la pared, justo al costado de Peter, mientras su acelerado corazón comenzaba a calmarse. Carraspeó la garganta y cruzó los brazos.
—Peter, tienes que cambiar de rubro —dijo tras una pausa estratégica, buscando algún momento de apertura en su amigo, que nunca había sido muy bueno aceptando sugerencias.
—Los putos citadinos te están lavando el cerebro —replicó Peter con autoridad, mientras se ponía de pie con un empujón sobre los apoyabrazos, jadeando un poco por el esfuerzo.
—Basta, Peter. Necesitamos el dinero —murmuró Gregory en un suspiro resignado. Sabía lo difícil que era convencerlo.
—Debemos intentarlo. Tú necesitas el dinero, y yo le prometí a Emily que la ayudaría a pagar la universidad —agregó.
—Emily, Emily, Emily... Tu hija te va a abandonar en cuanto encuentre a un hombre con buen capital —frunció el ceño y comenzó a caminar hacia los cultivos. Gregory lo siguió, respetando su agotado ritmo.
—Peter, no se trata solo de Emily. Yo se lo prometí —insistió.
—¿Eres un hombre de promesas, Gregory? —replicó Peter, con una pequeña risa melancólica que intentó disfrazar con un comentario de doble filo.
—Sobre todo la parte de "hombre" —intentó contraatacar Gregory, sin dejarse molestar. Era una dinámica que ya tenían muy ensayada.
Mientras caminaban en silenciosa compañía, Peter tenía que hacer un esfuerzo extra para mantener el equilibrio. Tropezaba con piedras sueltas o con pequeños montículos de tierra. Su cojera constante en la pierna derecha era la carga de su época militar, una herida que llevaría hasta el día de su muerte.
Junto a Gregory —igual que en el campo de batalla— ambos cargaban un duelo compartido.
Richard.
Gregory se detuvo un momento para observar las plantaciones. Algunas verduras estaban listas para ser cosechadas; otras, en cambio, habían sido cruelmente atacadas por insectos hambrientos. Se inclinó a contemplar una de ellas, mientras Peter continuaba su camino sin interrupciones.
—Qué fácil sería la vida si tan solo fuéramos más animales —dijo Gregory, con un tinte emocional en la voz, aunque no profundizó demasiado.
Peter se detuvo al notar que Gregory se había quedado unos pasos atrás. Solo se giró brevemente para mirarlo.
—Tu vida ha sido más fácil que tu mujer —bromeó con su típica acidez, antes de volver a girarse y seguir caminando.
Se dirigió hacia el cuervo al que había disparado un rato antes, solo para encontrar trozos dispersos de su inerte cuerpo.
—Ex mujer, querrás decir —aclaró Gregory con un suspiro agotado. Los chistes desagradables de Peter eran difíciles de digerir, incluso para su excompañero de batalla.
Se acercó a Peter mirando al suelo, justo a tiempo para compartir la visión del trozo de ave despedazada. Sintió repulsión. Incluso después de años trabajando en ganadería, jamás se había acostumbrado a ver animales abiertos como si fueran la obra de un psicópata.
—Al menos la tuya no te abandonó llevándose a tu hija —soltó Peter, dándole un golpe en el pecho con el dorso de la mano. Aunque su comentario cargaba una vieja herida, siempre disfrazaba el dolor con humor. Uno que solo él podía entender.
—Deberías darte un balazo y acabar con tu sufrimiento —respondió Gregory, devolviendo la acidez.
Se arrodilló para levantar una de las pesadas cajas de madera, ya llena de verduras. Se la entregó a Peter y luego tomó otra para él.
—No te daré el honor de verme morir. En cambio, tú vas a morir ahogado, como uno de esos perros de cara aplanada que tiene tu hija.
Ambos comenzaron a caminar de regreso, mientras observaban un camión de mudanza que se aparcaba junto a una casa a medio construir a lo lejos.
La casa Müller. Al menos lo era, antes de que desaparecieran.
Gregory apoyó la mano en su frente, usándola como un escudo natural contra el sol que le golpeaba directo. Intentó ver a lo lejos.
—Esos malagradecidos terminaron vendiendo la casa —comentó mientras caminaba detrás de Peter.
—Y lo mismo pasará contigo, Gregory. Por eso no hay que darles todo a los hijos —opinó Peter, suspirando con un evidente cansancio. El sudor comenzaba a formarse en su frente en gotas densas.
—Eres un hijo de puta muy envidioso. Por eso Dios te va a castigar una y otra vez —replicó Gregory, bajando la mano para ajustar mejor el agarre del cajón de verduras—. Solo han pasado ocho meses... tal vez están vivos —agregó.
—Por el bien de los Müller, ojalá estén bien muertos —soltó Peter.
Aunque rara vez era transparente con sus emociones, en el fondo se sentía mal por la pareja desaparecida. Había sido su vecino de toda la vida y, como tal, había presenciado más de un acto egoísta de parte de sus hijos ingratos.
Al menos no era el caso de su vecina Clementine. Aunque su nieto era afeminado, al menos no la había abandonado ni traicionado.
Luego de algunos minutos caminando, llegaron a la camioneta de Gregory, la cual cargaron con ambos cajones de verduras. Acto seguido, ambos se subieron.
Con Gregory al volante, se dirigieron a la casa de su elegante vecina Clementine Wood. Una mujer con una clase destacable, pero aún más destacable era su buen corazón.
Peter sabía que Clementine se había hecho cargo de Abraham desde que lo echaron de su casa. Nunca supo exactamente por qué, pero podía suponer que era a causa de ese comportamiento “anormal” que padecía.
—La señora Clementine y sus dos cajones de verduras semanales —suspiró Peter, como si fuera una tarea extenuante. Aunque, en el fondo, aquellos dólares extra que ella le daba en cada entrega siempre lo salvaban a fin de mes.
—En lugar de vender verduras, deberías intentar comerlas —dijo Gregory, burlándose de su aspecto físico, aunque él sabía perfectamente que no estaba mejor que Peter.
—Voy a reducirte el salario por llegar tarde, canalla. Así aprenderás a no faltarle el respeto a tu jefe —respondió Peter, dejando escapar una risa que rara vez se permitía. Ambos compartían una complicidad forjada en años duros de trabajo y guerra.
Después de algunos kilómetros por el camino de tierra que unía los campos vecinos, llegaron a la destacada casa Wood. Peter se bajó, mientras Gregory permaneció en la camioneta sin apagar el motor.
Clementine sintió el sonido de la ruidosa camioneta a lo lejos y, como si fuera un acto programado, esperó en la puerta de su casa.
—Dile a tu amigo que ya cambie ese horrible motor —dijo con humor, aunque el comentario era sincero. Odiaba el ruido, el olor a quemado y el tóxico gas negro que desprendía.
—¡Buenos días, señora Clementine! —gritó Gregory desde el vehículo, mientras Peter bajaba una de las cajas de la parte trasera.
—Buenos días, Gregory. ¿Te quedarás a comer hoy? —preguntó, acercándose a la camioneta pero manteniendo una prudente distancia, por lo mucho que le desagradaba.
—No voy a poder. Peter me tiene haciendo horas extras —respondió riendo, buscando la complicidad de su amigo.
—Oh, claro que no. Ese canalla solo quiere mi dinero —se quejó Peter mientras dejaba la primera caja de verduras sobre la mesita frente a la puerta. Siempre era la misma rutina.
—Vamos, Gregory. Dijiste que intentarías hablar con Abraham —le insistió Clementine, haciendo un gesto con la mano para que se acercara.
Gregory suspiró, apagó el motor y guardó las llaves en el bolsillo. Se bajó del vehículo, tomó la segunda caja y la colocó sobre la primera. Luego ambos entraron al hogar de Clementine.
La mujer guió a ambos hombres hasta la cocina, donde Abraham ya estaba sentado comiendo un plato de una contundente sopa. El joven era muy delgado, algo que siempre llamaba la atención, incluso para quienes ya lo conocían bien.
—Qué bueno que por fin te decidiste a comer —dijo Peter, sentándose junto al muchacho, justo al lado de Gregory, como ya era costumbre.
—¿Será que algún día vendrá sin un comentario desagradable, señor Field? —preguntó Abraham, mientras llevaba un gran cucharón de sopa a la boca.
—Muchacho, yo llevo esperando ese acto de bendición divina desde los 17 años —comentó Gregory, soltando una carcajada fuerte, de esas que se escuchan desde lejos.
—Ustedes solo son muy sensibles —dijo Peter, justo cuando Clementine servía y colocaba un plato frente a él, y otro frente a Gregory.
La mujer finalmente se sentó junto a ellos. Su comida era distinta: una nutritiva ensalada preparada con verduras cosechadas en la plantación de Peter.
—Abraham, cielo... Gregory tenía una propuesta para ti —interrumpió ella suavemente, mirando al joven y luego fijando los ojos en Gregory. En su mirada, ya marcada por los años, había un destello de súplica silenciosa. Una petición implícita que Gregory supo descifrar al instante.
—Es cierto, Abraham —dijo él, dejando la cuchara en el plato—. Me gustaría que trabajaras conmigo en el campo de Peter. No es gran cosa, no habrá un sueldo importante, pero algunos dólares siempre ayudan. Tal vez puedas aliviarle algo a tu abuela con los gastos.
—Oh, no, Gregory. No es solo por eso —lo interrumpió Clementine, con ternura, pero firmeza—. Abraham, quiero que trabajes para que puedas tener autonomía. Tal vez, con esto, puedas ir dejando atrás esos pensamientos oscuros que a veces te visitan. Yo sé que el trabajo puede ayudarte a… curarte —susurró esa última palabra, casi con temor, mientras sus manos se posaban suavemente sobre las de Abraham. Lo amaba con todo su corazón. Creía, de verdad, que aún podía ayudarlo.
—Mi niño... esto solo es una mala racha —añadió, acariciando su mano como si pudiera transferirle fe.
—El rancho es mío y soy el último en enterarme —protestó Peter, antes de dar un sorbo ruidoso a su sopa.
—Es una ayuda para todos —aclaró Clementine, en un tono que no admitía réplica—. Además, tú ya estás muy viejo, y mi nieto es joven y fuerte —dijo, mirándolo con ternura. Escuálido, sí, pero los ojos de una abuela amorosa podían disfrazar cualquier falencia.
—Y aparte... ¿quién te cocinará tres veces al día si no dejas que mi nieto trabaje? —añadió, casi en tono de amenaza doméstica.
Peter llevaba comiendo en casa de Clementine sin falta desde que su esposa se fue, llevándose a su hija. Fue Clementine quien lo salvó de aquella oscura depresión que lo abrazó por meses. Aunque él nunca usó esa palabra. Para Peter, fue solo “una difícil adversidad”, aunque bien sabía que por poco le cuesta la vida.
—No estoy enfermo —dijo Abraham, visiblemente irritado, aunque no apartó las dulces manos de su abuela. Entendía que ella solo actuaba desde el amor, aunque su visión estuviera empañada por creencias viejas.
—Abuela, por favor. No estoy enfermo —repitió, esta vez con voz quebrada, pero firme.
Tomó sus manos entre las suyas y apoyó la frente en ellas, un gesto de vulnerabilidad.
—Gracias por todo, y trabajaré con Gregory... pero ya no trates de curarme. Porque no hay nada que curar.
Gregory y Peter se mantuvieron en silencio. El primero no se inmiscuía en asuntos ajenos, aunque la escena lo conmovía más de lo que quería admitir. Peter, en cambio, parecía más concentrado en terminar su sopa que en participar de lo que consideraba “charlas vanas”.
—Mi niño... todo estará bien —dijo Clementine, dándole unas palmaditas cariñosas en la mejilla. En su corazón seguía viendo en su nieto a un alma extraviada, aún aferrada a la esperanza de redención.
—¿Y el servicio militar? —comentó Peter, como si ofreciera una solución práctica.
—Oh no, mi muchacho es muy sensible para eso —replicó Clementine, sin pensarlo demasiado.
Abraham ya estaba acostumbrado a que hablaran de su orientación como si él no estuviera ahí.
—No te sientas mal, chico —dijo Gregory con torpeza—. Ya verás que algún día inventan una pastilla que cure eso.
—Ojalá inventen una para curar tus pulmones negros. Quizás por eso te dejó tu mujer —replicó Peter con una risa leve mientras se levantaba.
—Señor Williams, ¿le parece si empiezo mañana? —preguntó Abraham, ignorando el comentario.
Gregory asintió sin más y también se levantó.
—Estuvo delicioso, señora Clementine. Espero que la cena esté igual de buena —dijo Gregory con su típica sonrisa.
—Oh no, tú no estás invitado a la cena. Eres muy grosero con mi nieto —dijo Clementine, firme, mientras lo escoltaba a la puerta.
Ya en la entrada, sacó un billete cuidadosamente doblado de su delantal y lo puso en la mano de Peter como si fuera un secreto.
—Es un extra. Tráeme algo de carne para la cena —le pidió con una caricia maternal en el brazo, y un suave empujoncito hacia la salida.
Tan pronto salieron, subieron al vehículo. Cada uno a su ritmo. Gregory necesitó impulsarse con la agarradera, resoplando al acomodarse en el asiento. Peter subió con menos dificultad, salvo por su pierna, que desde aquel disparo arrastraba como un lastre eterno.
—Qué fácil sería mi vida si nunca me hubieran disparado —dijo con tono quejumbroso, más resignado que dolido. Ya no era el hombre fuerte que alguna vez fue; ahora, solo quedaba un eco resistente de recuerdos.
—Salimos vivos, Peter. Eso ya fue un milagro —respondió Gregory. Su voz, esta vez, dejaba ver un rastro de duelo. Hablar del pasado inevitablemente evocaba a Richard.
—Tu hermano fue un héroe —dijo Peter tras una breve pausa. Un tributo pequeño, pero sincero. Él conocía promesas que nunca reveló.
—Richard te diría que dejes de usar falda y te hagas hombre de una vez —soltó Gregory con una risa ahogada.
—Por el amor de Dios, muéstrale un poco de respeto —replicó Peter, tratando de contener la risa. Para él, la memoria de Richard era casi sagrada.
Mientras la camioneta avanzaba por el camino de tierra hacia el pueblo más cercano —un rincón olvidado por Dios y por la tecnología—, Peter cayó en ese tipo de recuerdos que jamás desaparecen.
Sam.
Su pequeña niña.
La última vez que la vio, apenas sabía atarse los cordones. Siempre tenía que arrodillarse a ayudarla, aunque eso significara tardar el doble en volver a ponerse de pie.
Sam era pura energía. Sonreía por todo y regañaba a Peter si mataba a los insectos que entraban en la casa. Era su contraste natural: él era un muro, ella un torbellino de ternura.
Marilyn, su esposa —aunque nunca se divorciaron— era lo opuesto a él. Llevaba pantalones cuando aún era un escándalo que una mujer trabajara. Él nunca estuvo de acuerdo con nada de lo que ella hacía o decía, pero no podía evitar admirarla en silencio.
Era rebelde. Terca. Valiente. Todo lo que la sociedad odiaba... y todo lo que, secretamente, él amaba.
Un día, después de tantas discusiones y diferencias, se fue. Sin avisar. Solo dejó una carta breve con su hermosa caligrafía:
“Esta no es la vida que quiero para Sam. Espero algún día me perdones y que Dios me perdone a mí por hacerte esto.”
Peter sintió que se lo merecía. Tal vez era la forma de pagar por la deuda eterna que tenía con Richard. Por su cobardía en la guerra. Pero perder a Sam... eso era distinto.
Eso lo desgarraba.
A veces la soñaba. Caminando por los pasillos de su casa astillada. Oía su risa en los rincones, y por momentos creía que realmente estaba ahí.
El estrés postraumático que le diagnosticaron al volver de la guerra no se comparaba al dolor de la incertidumbre de saber que ocurrió con su pequeña.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando llegaron. Los veinte kilómetros hasta la ciudad pasaron en un pestañeo.
Miró por encima del hombro, viendo la misma ventanilla trabada de siempre. Esa que nunca bajaba sin forcejear como si fuera parte de una reliquia olvidada.
La ciudad estaba igual de muerta que en su recuerdo. Pero esta vez, algo nuevo destacaba: un negocio claramente orientado a mujeres. Propaganda por doquier:
“Productos de cocina novedosos. Revistas de moda para mujeres. Un sitio seguro para mejorar como esposa.”
Definitivamente iba a llamar la atención… y a generar comentarios.
—Ese lugar le encantará a Diana —comentó Gregory, mirando de reojo sin apartar la vista del camino.
—Marilyn lo habría odiado —respondió Peter, víctima inevitable de sus pensamientos. Raras veces hablaba de su familia.
—Ella no era una mujer para ti, Peter. Era demasiado… ¿moderna? —Gregory dudó. No quería faltar al respeto, menos ahora que Peter se abría, aunque fuera apenas.
—Solo espero que Sam esté a salvo. Era una niña demasiado buena para este mundo —dijo con sinceridad apagada, como si soltar esas palabras lo aliviara, aunque fuera por segundos.
Gregory redujo la velocidad deliberadamente, dándole espacio a Peter para hablar más… pero no alcanzó a decir nada más. Como una señal divina, ya estaban allí.
La carnicería era su destino. Gregory le vendía carne desde la ganadería en la cual trabajaba, pero detestaba entrar. No soportaba ver los cuerpos colgados, abiertos, despedazados. En cambio, Peter entró como si fuera cualquier tarea. Casi con desgano.
—Necesito un buen filete de res. Es para la señora Clementine —dijo Peter, sin saludar. Nunca se llevó bien con las normas sociales… ni siquiera con las más básicas.
—Buenos días, señor Field —saludó el carnicero, clavando su machete con fuerza sobre un trozo de puerco.
—Deja de decirme señor, apenas te saco tres años, idiota —gruñó Peter, mirando los cuerpos como si pudiera comprarlos todos… aunque su billetera dijera lo contrario.
—Es una muestra de respeto. No cualquiera sobrevive al carácter de la señora Clementine —dijo el carnicero, levantando las cejas mientras seleccionaba el mejor corte.
—¿Cómo va el negocio? —preguntó Peter, intentando ser cordial por una vez.
—Fenomenal. La gente compra más que nunca. Y mis bolsillos, felices. No entiendo por qué este gordo sigue pobre —dijo apuntando a Gregory con el machete.
—Porque yo sí tengo hijos que mantener… —respondió Gregory desde la puerta, apoyado en el marco, como siempre hacía.
—Señor Field, de verdad. Si quiere dinero, métase en la ganadería. Los de ciudad están locos por nuestra carne —insistió el carnicero. Gregory asintió.
—¿Qué tiene de especial? Pensaba que esa gente solo comía lechuga —dijo Peter, burlón. Emily, la hija de Gregory, le había hablado de su nueva dieta vegetariana. A él le parecía ridículo.
—Ah, señor Field, tiene que salir más seguido —rió el carnicero mientras embolsaba la carne—. ¡Hay una fiebre por la carne! Los restaurantes más finos solo compran ciertas partes… ¡el resto lo tiran!
—Emily me habló de eso la Navidad pasada —agregó Gregory.
Finalmente, el carnicero entregó la bolsa con un gesto animado de pulgar arriba. Era un hombre excéntrico, casi caricaturesco.
Peter recibió la carne y quedó pensativo. No dijo nada, pero la idea de entrar en la ganadería se quedó flotando. Como una semilla. Como una posibilidad.