Una risa que me rompió por dentro
No sé si nací así o si simplemente la vida se fue encargando de recordármelo cada día… pero lo cierto es que a mis veinte años, sigo sin entender del todo qué soy. O quizás no quiera aceptarlo.
Me llamo Mariano. Y aunque ese nombre suene firme, masculino, yo… no lo soy. No como se espera.
Desde chico me lo hacían notar. Mi voz nunca se hizo gruesa, mi cuerpo creció fino, blando, sin esa rudeza que tienen los varones de mi edad. Mis rasgos son tan suaves que una vez, en el colegio, me confundieron con una chica nueva. Me reí por fuera, pero por dentro me dolió más de lo que debería.
Y si hablamos de relaciones… bueno, esa es otra historia. Siempre que intento algo con una mujer, parece que hay una barrera invisible. Al principio todo va bien —charlamos, reímos, me dicen que soy "tierno"— pero eso nunca es un buen augurio. Porque cuando llega el momento de intimar, de mostrarme realmente… la ternura se transforma en lástima. O peor: en desprecio.
La última vez fue hace apenas unas semanas. Una fiesta en el cumpleaños de un amigo, música fuerte, tragos baratos y muchas caras desconocidas. Ella se llamaba Sofía. Alta, con una mirada como de loba, segura de sí misma. Me hizo sentir especial. Me buscó entre el ruido, me sonrió sin burlas. Cuando me pidió que fuéramos a otro lado, sentí esa adrenalina que me decía quizás esta vez sea diferente.
Fuimos a un hotel. No diré cuál. No importa. Todo está tan grabado en mi mente que podría describir la habitación con los ojos cerrados: las luces tenues, el perfume barato del jabón, el espejo al fondo… y esa sensación en el estómago. Ansias. Miedo. Y algo más… algo más profundo que todavía no puedo nombrar.
Me desvestí con las manos temblando. Ella se quedó en ropa interior, esperándome sobre la cama. Al principio, me miraba con deseo. Pero en cuanto me quité el bóxer, todo cambió.
Se rió. No una risa nerviosa. No una risa dulce. Fue una carcajada. Seca. Cruel.
—¿Eso es todo? —dijo, tapándose la boca como si no pudiera creer lo que veía—. Pensé que eras tímido, no que eras... una nena.
Me paralicé. No supe qué decir. Intenté cubrirme. Sentí cómo se me iba el alma por el piso.
—¿Sabés qué, Mariano? —dijo, alzando una ceja mientras se volvía a poner la ropa sin apuro—. En serio. No es por maldad, pero... deberías pensarlo. Con ese cuerpito, esa carita, y ese… "detalle" —se rió de nuevo—. ¿Por qué no te hacés mujercita? Seguro te va mejor.
Y se fue. Así nomás. Cerró la puerta sin mirar atrás.
Me quedé en la cama, desnudo, sintiéndome más vacío que nunca. Esa frase me dio vueltas en la cabeza toda la noche: ¿por qué no te hacés mujercita?
No pude dormir.
No lloré. No esa vez.
Solo me quedé ahí, viendo mi reflejo en el espejo, con una pregunta nueva naciendo dentro de mí.








