Deseo Silencioso: La obsesión del Beta

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Summary

Cuando Lyra, una joven tatuadora con una vida tranquila y sin sobresaltos, se muda a un pueblo pequeño para empezar de nuevo, no imagina que está a punto de ser arrastrada a un mundo donde las reglas son más antiguas que el lenguaje… y los ojos que la observan desde la oscuridad no son humanos. Kael, el futuro beta de la manada, vive libre, sin ataduras, sin deberle nada a nadie. No quería involucrarse con una mujer. Y menos con ella. Una humana. Frágil. Prohibida. Pero ahora que la ha olido, ya no puede mantenerse lejos. Lo que nace entre ellos... es hambre. Una atracción salvaje, peligrosa, que crece como una bestia enjaulada. Y el deseo… nunca permanece en silencio por mucho tiempo.

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
4.8 5 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1: Despertando al lobo

El sonido de la piel chocando contra la piel llenaba la habitación. El olor a sudor, deseo y piel caliente impregnaba cada rincón de la cabaña de Kael. Las garras de la loba arañaban su pecho mientras cabalgaba sobre él con un ritmo frenético, desesperado, jadeante. La luna llena filtraba su luz por entre las cortinas y dibujaba sombras salvajes sobre sus cuerpos desnudos.

Kael tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca ligeramente entreabierta, casi mostrando los dientes, y las manos clavadas en las caderas de la loba. Era una mujer fuerte, curtida en batalla, con músculos definidos y pechos que rebotaban con cada embestida. Tenía el cabello corto y de color negro, era una de la mujeres con quien Kael iba a recurrir para un buena sesión de sexo salvaje.

—Más fuerte —gruñó ella, clavando sus uñas en el pecho del beta.

Kael obedeció. La giró con una fuerza brutal, dejándola de espaldas contra el colchón, y la penetró con una estocada profunda que le arrancó un gemido gutural. No había ternura en ese acto, sólo lujuria y necesidad. Kael no hacía el amor. Kael follaba como lo que era: un hombre lobo libre, sin ataduras, sin cadenas, sin promesas. Y no había nada más que quisiera.

Sus caderas chocaban contra las de ella con un ritmo casi inhumano. El aire estaba cargado, eléctrico, húmedo. La loba arqueó la espalda, entregándose, mientras Kael la tomaba con una intensidad feroz.

Ella comenzó a arquear más el cuello, acercando su boca a la base del suyo, justo al hueco clavicular. Respiró hondo, sus colmillos rozaron apenas su piel. Fue una marca tentativa, una presión de dientes que no rompió la piel, pero fue lo bastante clara para que él lo notara.

Kael se congeló.

En un parpadeo, su mano subió a la mandíbula de la loba y la sujetó con fuerza. No brutal, pero sí lo bastante firme para que entendiera el mensaje. Su mirada se volvió fría como el acero.

—¿Estás loca? —le gruñó con sus ojos ardiendo—. ¿Qué crees que estas haciendo? Que te hace pensar que quiero que me marques? ¿Como si fuéramos pareja elegida? Eso jamás va a pasar. Yo no te pertenezco.

La loba lo miró sorprendida, con los labios entreabiertos, respirando rápido.

—Sólo fue una… caricia —murmuró, sin convicción.

—Una mierda. Sabes lo que significa una marca. No me jodas.

Soltó su mandíbula y se apartó ligeramente, pero no salió de ella. Siguió moviéndose, más lento ahora, como si necesitara limpiar ese mal sabor con otro orgasmo.

Ella no volvió a intentar nada. Kael se aseguró de eso. Terminó lo que había empezado y cuando ambos acabaron, se separó de ella con total indiferencia.

Kael se dejó caer a un lado, sin tocarla más. Cerró los ojos, sintiendo cómo su lobo interior se relajaba, satisfecho por el momento.

—Eso estuvo… intenso —dijo ella, aún jadeando, tocándole el pecho.

Kael no respondió. Se levantó, caminó desnudo hasta la ducha y abrió el agua fría. Siempre fría. Lo ayudaba manejar el mal humor.

Al ser el futuro Beta de la manada, muchas mujeres se mostraron aún más interesadas que antes, eso daba cabida a que muchas hembras quisieron su marca, la unión de pareja elegida, un sello de por vida, un intercambio de esencias, era mucho mas allá que un simple mordisco, era pertenecía. Compromiso. Y Kael era el menos interesado en eso.

Que ambos se marcaran era algo del que no había vuelta atrás, aunque la loba lo mordiera para un intercambio, no funcionaría, porque solo funcionaba si amabas partes participaban, ella solo iba a conseguir que el oliera como ella levemente, otras lobas pensarían qué el podría estar comprometido. Aunque Kael no le rendía cuentas a nadie, prefería mantenerse lejos de la boca de los demás.

Una hora después, Kael estaba vestido con una camiseta negra ajustada y un pantalón vaquero oscuro.

—¿No te quedas a dormir un poco?

—No.—dijo Kael, tajante.

—Siempre eres tan frio.

—Creo que eso lo sabes desde hace mucho tiempo, Lyss.

Salió de la cabaña sin mirar atrás. La loba se quedo a dormir, se encontraba exhausta, ella sabía que cuando el volviera, no debería estar allí. Esa eran las reglas que aplicaba con todas las que pasaban por su cama.

El futuro Alfa lo esperaba en su auto. Era su mejor amigo desde la infancia, aunque ahora era el futuro líder de la manada. Alto, imponente, con el aura de autoridad tatuada en cada uno de sus movimientos.

—¿Dormiste bien? —preguntó con una sonrisa sarcástica al ver la tenue marca de dientes en el cuello de Kael.

Kael se subió con una mueca de fastidio.

—Lo intentó. Casi le parto la mandíbula.

—¿Otra que quiso marcarte?

—¿Y cuántas van ya? —Kael resopló—. No entienden que no busco compromiso. Quiero meterla, no sellar pactos eternos.

Ronan rió, encendiendo el motor.

—Lo tuyo es un caso perdido.

—Lo mío es libertad.

Y arrancó.

El estudio de tatuajes estaba en el pueblo, a unos kilómetros del territorio de la manada. Era un nuevo local que abrieron—según su mejor amigo, el artista era muy bueno—al tener estudio de tatuaje cerca, ya no era necesario manejar 5 horas para ir a la ciudad por un tatuaje.

Kael abrió la puerta del auto y en cuanto bajó, su olfato se activó. Un olor dulce, penetrante, adictivo, lo golpeó de frente. Era como el cacao con coco, un toque eléctrico que le hizo tensar todos los músculos del cuerpo.

—¿Lo hueles? —preguntó, deteniéndose.

—¿Qué cosa? —respondió el Alfa.—¿Humanos? Si, apesta a ellos.

Kael no respondió. Era el aroma más delicioso que había olido en toda su maldita vida. Le removió algo por dentro. Un rugido silencioso. Un hambre antiguo.

La campanita sonó cuando entraron. El lugar olía a tinta, alcohol, cigarro y cuero. En las paredes había diseños espectaculares: calaveras, mandalas, lobos, lunas, espinas. El tipo de arte que dejaba huella, literalmente.

Y ahí estaba ella.

Una bellísima mujer

Parada frente a una camilla, con una máquina de tatuar en la mano y un aire de “no me jodas” que a Kael le pareció tan jodidamente erótico que su lobo se tensó al instante. Algo que no pasaba nunca. Solo para una buena pelea.

El vislumbró sus ojos, los celestes más atrapantes que había visto jamás. Como el hielo. Como mar del norte. Como flechas congeladas. Su cabello era castaño claro con reflejos dorados, trenzado de forma suelta. Llevaba unos jeans ajustados que se ceñían a unas caderas perfectas, un crop top negro que dejaba al descubierto un vientre plano y un piercing en el ombligo. Otro aro adornaba su nariz. Una chaqueta de cuero le daba ese aire de chica ruda.

Tenía una cintura estrecha, piel pálida que parecía hecha para ser marcada. Era la criatura más hermosa que Kael había visto en su vida. Se veía feroz. Lo desafiaba. Y si corría, él la perseguiría… solo para follársela después.

Kael no podía apartar los ojos de ella. No porque fuera hermosa —aunque lo era, de una forma que enloquecía—, sino porque había algo en ella que olía a prohibido… y él siempre había estado enganchado a lo prohibido. Kael medía casi un metro noventa, pero en ese momento, no era su altura ni su presencia lo que dominaba la habitación. Era su lobo. Su lobo estaba en alerta máxima, atento, hipersensible, hipnotizado… encantado.

Mía", se le venía a la mente.

Un gruñido bajo vibró en su pecho y el Alfa lo notó.

—¿Qué fue eso? —murmuró, mirándolo de reojo.

Kael no respondió. Porque el tampoco sabia.