Capítulo 1 - No es mi tipo. Solo es irritante.
Hay personas que te sacan de quicio.
Y luego está Nico Ortega: un insulto con piernas a mi paz mental.
Me considero una persona razonable. Organizada. Racional.
Llevo tres años sacando matrícula de honor en Psicología, tengo mi TFG a medio esbozar, una rutina tan meticulosamente establecida que hasta mi agenda tiene su propia agenda, y un historial clínico envidiable de cero dramas sentimentales.
Y sin embargo, aquí estoy. Mordiéndome el bolígrafo con tanta rabia que me voy a quedar sin esmalte dental.
Todo porque el profesor ha tenido la brillante idea de asignarnos por parejas para el proyecto final. Y mi nombre, por alguna alineación cósmica maldita, ha terminado emparejado con el suyo.
Nico Ortega.
El mismo que llegó media hora tarde a clase con cara de no haber dormido en dos días. El mismo que siempre lleva una sudadera gigante, los cascos colgando del cuello y una sonrisa de "no me importa nada" tatuada en la cara.
Y claro, el único que no se inmutó cuando escuchó que este trabajo vale el 50% de la nota final. El único que no se giró a buscar a su compañero, porque claramente estaba demasiado ocupado garabateando dibujos en el borde de su libreta.
Spoiler: no eran buenos.
—¿Estás bien? —me susurra Julia, mi mejor amiga, desde el asiento de al lado.
—Perfectamente —respondo, con los dientes apretados.
—¿Y por qué estás apretando el boli como si fuera su cuello?
—Porque su cuello está muy lejos.
El profesor sigue hablando sobre fechas de entrega, criterios de evaluación y no sé cuántas normas más. Pero yo no escucho. Solo pienso en todo lo que podría salir mal.
Nico Ortega y yo tenemos exactamente cero cosas en común. Bueno, no. Miento. Los dos necesitamos esta beca. Pero mientras yo la merezco, él simplemente... está ahí. Como una piedra en el zapato. Como una canción que no te gusta pero no puedes dejar de tararear.
Cuando salimos de clase, lo veo en el pasillo, recostado contra la pared como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Y cuando nuestras miradas se cruzan, sonríe.
Sonríe.
Como si fuera gracioso. Como si no fuera la peor decisión académica de mi vida.
—Navarro —dice, con ese tono entre burla y familiaridad que nadie le ha concedido.
—Ortega —respondo, sin mirar atrás.
—Qué suerte la tuya —añade, siguiéndome el paso—. Podrías haberme tocado en primero. Ahí sí que era insoportable.
—Entonces gracias, supongo, por evolucionar de desastre absoluto a desastre funcional.
Se ríe. Su risa es suave, como si no tuviera prisa por molestarme, como si le divirtiera cada vez que me tenso. Y eso me pone aún más nerviosa.
—¿Tienes hora libre ahora? —pregunta, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera.
—Sí. Pero eso no significa que quiera compartirla contigo.
Me detengo frente a la cafetería del campus y me giro para mirarlo.
Y ahí está. Pelinegro. Despeinado. Ojos azules tan ridículamente intensos que parece una broma de mal gusto.
Y ese detalle molesto de que... bueno, no es feo.
—Mira —empiezo a decir, cruzando los brazos—. Necesito que te tomes esto en serio. No pienso arriesgar mi nota, ni mi futuro, ni mi salud mental por culpa de un idiota con cara bonita.
Se inclina ligeramente hacia mí, sin borrar esa maldita sonrisa.
—¿Bonita, eh?
—Lo soñaste.
—Tú lo dijiste.
Suspiro, derrotada.
—¿Podemos quedar hoy para empezar el proyecto? Necesito organizarlo cuanto antes.
—Claro —responde, encogiéndose de hombros—. ¿Dónde?
—Biblioteca. Cuatro en punto. Sé puntual.
—Navarro —dice, antes de que me dé la vuelta—.
—¿Qué?
—¿Y si en vez de odiarme desde ya... me das el beneficio de la duda?
Lo miro durante un segundo que parece más largo de lo que debería.
—No te odio, Ortega.
—¿No?
—Todavía no he decidido si vales la pena.
Y entonces me voy. Porque si me quedo un segundo más mirándolo, voy a decir algo que ni mi terapeuta podría justificar.
Salgo de la cafetería con la sensación absurda de haber perdido el control. Como si me hubiera metido en una pelea sin saber muy bien quién empezó. O peor: como si hubiera sonreído.
Y yo no sonrío con idiotas.
No con ojos azules.
No con chicos que caminan como si el mundo fuera una broma que solo ellos entienden.
Pero mientras camino hacia la biblioteca, solo puedo pensar en una cosa.
No es mi tipo.
Solo es irritante.
¿Verdad?