Tan solo una palabra

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Summary

Una habitación. Una rutina que pesa. Una voz que escribe para no desaparecer... Tan solo una palabra es un microrrelato que escribí hace tiempo, en un momento que apenas recuerdo. Un testimonio íntimo y desgarrador sobre el vacío de la depresión, y la frágil posibilidad que existe entre perderse o volver a sentir.

Genre
Young Adult
Author
Annia
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Tan solo una palabra…

Estoy absolutamente perdida.

No sé cuál es mi sitio, ni hacia dónde debo ir. Tampoco sé si todo lo que he hecho en la vida ha estado bien, si fue correcto, si herí a alguien sin darme cuenta. Estoy sola. Encerrada en esta habitación donde solo hay una cama, para intentar dormir durante el día, y una mesa con una silla, donde por las noches me siento a escribir. Es lo único que hago. Escribir, y escribir. Como si con las palabras pudiera sujetar algo. Como si pudieran salvarme.


Recuerdo cómo antes había metas, objetivos, caminos por recorrer, obstáculos que superar. Y ahora... no hay nada. Nada.

Ya no tengo amigos que me inviten a salir, ni con quienes hablar, ni con quienes desnudarme de verdad y contarles quién soy, qué me duele, qué me asusta.

Ya no siento deseo. Ni sexual, ni romántico, ni humano. No me imagino en una relación, ni ahora ni nunca.

Las novelas ya no me llenan. Las series me resultan eternas. Las películas se me hacen cortas, vacías, como si no contaran nada.

El inconformismo ha llegado hasta el fondo de mis huesos, hasta lo más profundo de mi ADN.


Marina, mi psiquiatra, dice que la medicación me ayudará. Pero yo no siento nada. Nada.

Y lo curioso es eso, estoy desaparecida del mundo, encerrada en este limbo, y aun así no siento tristeza, ni melancolía, ni culpa por estos años que he tirado a la basura. Solo me levanto, tomo la medicación, escribo, me vuelvo a dormir.

No hay arrepentimiento. No hay esperanza. No hay dolor. No hay ganas de llorar.

¿Cuándo fue la última vez que lloré? Ni siquiera eso lo recuerdo.

Mis recuerdos se emborronan, las pastillas están haciendo su trabajo.


¿Lograré salir de esta habitación alguna vez? ¿Existe ese final del túnel del que todo el mundo habla? No lo sé.

Solo sé que estoy perdida.

Y que solo me tengo a mí.

A mí, y a este batiburrillo de pensamientos inconexos.


Lo único positivo, si es que se le puede llamar así, es que al menos estoy tranquila.

Vacía, sí,

pero tranquila.


No tener metas, no tener logros, no tener a nadie a quien extrañar, ni por quien sentir algo, me ha dado una calma absurda.

Una calma estéril,

como una flor de plástico.


Los dedos empiezan a ralentizarse sobre el teclado. El Lorazepam ha hecho efecto más rápido esta vez, no cené casi nada.

Guardo el archivo, cierro el portátil. Me levanto.


Me lavo la cara en el baño. El agua está fría, como si intentara despertarme de este letargo, pero no lo consigue.

Me miro al espejo,

y sigo sin encontrarme.


No hay nadie al otro lado.


Vuelvo a la habitación. Me meto en la cama. Abrazo a Mickey Mouse. Sí, lo sé, tengo 23 años, pero Mickey siempre será mi peluche favorito.

En algunas noches incluso hablo con él.

Lo sé, suena ridículo.

Pero bueno, mucha gente ya me ha dicho que me he vuelto loca, así que supongo que hablar con un peluche es un síntoma más.

Lo que ellos no saben es que Mickey me escucha.

Siempre me ha escuchado.

Me acompaña desde siempre, y hay algo en su nariz respingona y en esas orejas grandes que me da paz. Me hace sentir... un poco menos sola.


Lo abrazo fuerte.


Me voy quedando dormida.


Poco a poco.


Como si mi cuerpo se disolviera,

como si flotara,

como si dejara de estar aquí.


Pero justo antes de perderme del todo...

Justo antes de caer...


Pienso, no sé por qué, en que tal vez mañana escriba algo diferente.

Solo un poco.

Algo más pequeño,

pero distinto.

Algo que no hable de estar perdida...

Sino de encontrar, aunque sea una palabra.


Quizá solo necesite una.


Una palabra que me salve.