CAPÍTULO 1: Vino, velas y una famosa
MADISON
Los lunes siempre han sido una pequeña tragedia. No la clase de tragedia que te hace llorar en público, sino esa silenciosa y repetitiva que te recuerda que tu vida no es nada como soñabas cuando tenías quince. Hoy, por ejemplo, estoy sentada en el sofá de mi hermana mayor, con una camiseta vieja que dice “Books, not boys” y unos pantalones de pijama con gaticos, sintiéndome tan poco interesante como el fondo de pantalla gris que tiene mi celular.
Maya y yo no somos tan distintas en esencia, pero sí en ejecución. Ella es todo lo que yo no soy: segura, desenvuelta, social. Es de esas personas que podrían caerse de una bicicleta y aun así parecer cool. Yo, en cambio, puedo tropezar con el aire.
Vivimos en Los Ángeles, lo cual suena glamoroso hasta que recuerdas que no todo en esta ciudad es fiestas en Hollywood y brunches. Algunas de nosotras trabajamos en librerías pequeñas donde el olor a papel viejo y café rancio son parte de la rutina. Estudio literatura. Y sí, sé que eso suena como el cliché perfecto de alguien con traumas familiares y playlists tristes. Tal vez lo sea. Tal vez yo lo sea.
—¿Esto es incienso de lavanda o estás tratando de ocultar que quemaste otra vez el tofu? —pregunto desde el sofá, con el tono cansado de quien ya perdió la fe en los experimentos culinarios de su hermana.
Maya aparece desde la cocina, sosteniendo una copa de vino tinto y luciendo un delantal amarillo con un dibujo de un aguacate meditando.
—Aceite esencial, drama queen. Hoy no quemé nada. Estoy cultivando el ambiente.
—¿Para qué? ¿Para invocar a tus chakras perdidos?
—Para una cena tranquila entre hermanas, vino y conversaciones significativas.
—Ajá... ¿y esos otros platos en la mesa? ¿También es espiritual?
Ella sonríe. Maya siempre sonríe como si supiera algo que tú no.
—Phoenix y su hermana vienen. Te lo iba a decir, pero se me pasó.
—¿Phoenix como el productor musical que ha ganado Grammys y produce a gente ridículamente famosa? ¿Ese Phoenix?
—Ese mismo. Trabajo con él, ¿te lo había dicho?
—No. No me lo habías dicho. Porque sabías que reaccionaría así. —Me siento más recta. De repente me siento subdesarrollada y poco preparada socialmente.
—Solo relájate. Es una cena casual.
—¿Y su hermana también es... casual?
Maya se encoge de hombros con una falsa inocencia. —Digamos que la gente suele perder la compostura cuando ella entra a un cuarto.
Yo entrecierro los ojos. —Maya...
—¿Sí?
—¿Quién es su hermana?
—Blair…—susurró Primero vino el silencio. Y luego una ola de pánico me invadió.
Blair. Blair Evers. La mujer por la que medio planeta suspira. Cantante. Productora. Compositora. Icono bisexual. La chica por la que todas reconsideraríamos nuestra orientación. Su voz suena como caramelo quemado y tormentas de verano. Toca la guitarra como si les hablara a tus demonios y supiera calmarlos. Viste ropa masculina, sin pedir permiso ni perdón, y aun así es la fantasía lésbica universal. No se le conoce pareja estable. Tiene un historial de miradas que derriten y sonrisas que mojan. Literalmente.
—¿Te estás burlando de mí?
—Para nada. Phoenix me pidió que cocinara algo sin carne. Son veganos. Sé amable.
Estoy por responder algo sarcástico cuando suena el timbre.
—Respira —me dice Maya.
—No me digas qué hacer con mis pulmones.
Ella va a abrir la puerta mientras yo intento decidir si me escondo en el baño o salto por la ventana. Pero entonces la escucho.
—Perdón por el retraso, hubo un problema con una guitarra en el estudio. Phoenix no sabe cambiar cuerdas sin convertirlo en una experiencia espiritual. — Esa voz. Grave, juguetona. Como cuando leen poesía erótica en voz baja. Y luego la risa. Una risa que he escuchado en entrevistas, videos y sueños. Dios mío. Es ella.
—Entra, Blair. Ya está todo servido.
Y entonces la veo.
Blair Evers.
Alta, con un pantalón ancho negro, botas negras, camisa blanca abierta sobre una camiseta gris y una chaqueta de cuero. Ojos tan azules que parecen editados, con pestañas oscuras y cejas perfectas. Su cabello largo, oscuro, desordenado de forma sexy. Una cadena plateada le cuelga del cuello. No usa maquillaje exagerado. No lo necesita. Tiene esa piel de porcelana natural que solo tienen las personas que beben mucha agua y duermen abrazadas por ángeles.
—¿Tú eres Maddie? —me pregunta con una sonrisa.
Me sonrió y mi ropa interior se inundó. Literalmente. Se me apagó el cerebro.
—S-sí. Hola. Soy Maddie. O Madison. Lo que prefieras. No sé qué prefieras. Eh... Bienvenidos. —
Phoenix suelta una risa suave mientras Blair mantiene esa maldita sonrisa encantadora.
—Encantada, Maddie. Me gusta tu camiseta. ¿Eres fan de los gatos tristes?
—Soy fan de todo lo deprimente. Me hace sentir viva.
—Entonces tenemos algo en común —dice, y me guiña un ojo. ¿QUÉ?
Maya se mete entre nosotras antes de que me convierta en una sopa humana.
—Vamos a la mesa. La comida está servida.
Mientras caminamos, noto que Blair tiene tatuajes en los dedos. Pequeños, delicados, misteriosos. Sus dedos son largos y firmes. Imagino —sin querer, lo juro— cómo tocará la guitarra. O a alguien.
Nos sentamos. Phoenix habla con Maya sobre el estudio. Blair me observa como si me analizará para una canción. Yo intento no atragantarme con el vino.
—¿Trabajas con libros, no? —me pregunta, alzando una ceja.
—¿Cómo sabes eso? — le pregunto.
— ¿Sabes que es de mala educación responder una pregunta con otra pregunta? Y Maya siempre nos habla sobre ti
—Lo siento. Sí, trabajo en una librería en el centro. Y estudio literatura. — Le digo respondiendo a su anterior pregunta
—Sexy.
—¿La literatura o trabajar con señoras mayores que me piden novelas eróticas y me guiñan el ojo?
—Ambas. —Blair bebe de su copa, sin apartar la vista de mí.
Maya cambia de tema y Blair se vuelve hacia Phoenix por un momento. Aprovecho para respirar. Me tiembla la pierna. Esto no está bien. Estoy sudando en sitios que no debería.
Ella no coquetea. ¿Verdad? No puede estar coqueteando. Maya no sabe que me gustan las chicas. Y Blair... probablemente es así con todo el mundo. Pero sus ojos, juro por mi alma, se quedaron un segundo más sobre mí. Esto no va a ser fácil.
Phoenix y Maya hablaban de música como si no hubiera un colapso interno ocurriendo justo al otro lado de la mesa. O sea, el mío.
Blair estaba sentada frente a mí, con su chaqueta de cuero negro colgando apenas del respaldo de la silla. Nada en ella decía “normal”. Todo en ella gritaba: “sí, soy la fantasía lésbica definitiva, no lo niegues”. Y yo... yo estaba sudando. No literalmente. O bueno, tal vez sí.
—¿Siempre eres tan callada, Maddie? —me preguntó Blair, sonriendo de lado, con la voz ronca y melosa como si acabara de bajarse de un escenario en París.
¿Callada? ¡Por Dios! Había escrito ensayos enteros sobre Jane Austen en una noche, pero no podía juntar una oración decente frente a esta mujer.
—Yo solo... escucho. Mucho. Observo. Me gusta... observar. —¡¿Qué?! ¡¿Qué estás diciendo, idiota?!— No en plan espeluznante. Solo... ya sabes, gente. Y cosas. — Me reí. Una carcajada nerviosa, seca. Sonaba como si me hubiera atragantado con mi propia saliva. Maravilloso.
Blair ladeó la cabeza y me miró con interés, como si yo fuera una especie de criatura intrigante en un documental de Netflix.
—Me gusta eso —dijo suavemente—. Las personas que no llenan el silencio por llenar. Tú... haces espacio.
Yo asentí. Espacio. Claro. ¿Qué era el espacio? ¿Dónde estaba el mío para esconderme ahora?
Maya volvió con más vino. Lo agradecí como si fuera un salvavidas.
—¿Qué tal si jugamos a “verdad o vino”? —dijo ella, animada—. Para romper el hielo. A Phoenix le encanta hacer eso en las sesiones de grabación.
Phoenix levantó la copa como brindando. —Si bebo en todas, ¿eso cuenta como evasión emocional?
—Cuenta como ser tú —dijo Blair.
Phoenix se rió y se acomodó. Maya nos miró a todas y dijo:
—Blair empieza. Pregunta lo que quieras. Si no te contestan... beben.
Blair entrecerró los ojos con picardía. Me miró. A mí.
—Maddie —dijo, con su voz suave, casi ronroneante.
Yo me atraganté con el vino. Bien. Empezamos fuerte.
—Sí —tosí.
—¿Cuál fue tu primer crush famoso?
Ok. Ok. Respuesta segura. No pongas cara de gay. No pongas cara de gay.
—Katie Mcgrath en... bueno, en cualquier cosa. Literalmente. Desde siempre. —Sonreí, nerviosa—. Esa mirada. Esa voz. Esa... cara. —¿¡Qué!?
Phoenix se rió. Maya levantó una ceja, como diciendo “vaya, interesante”. Y Blair... Blair sonrió como si hubiera ganado algo.
—Buen gusto —dijo, bajando un sorbo con calma. Luego me miró por encima de la copa—. A mí me gustaba... la niñera de la esquina cuando tenía diez. Jugábamos a las muñecas y yo solo quería abrazarla. Todo el tiempo. — Todos nos reímos. Blair se encogió de hombros.
—Nunca se lo dije, claro. Ni siquiera sabía por qué sentía lo que sentía. Pero ahora tiene sentido. Mucho sentido.
Le devolví la mirada. Ella me sonrió. Esa sonrisa. Mi ropa interior se inundó. Fin de la historia.
—Phoenix, tu turno —dijo Maya, dándole una palmadita a la mesa.
—Está bien, Blair. ¿Con quién de las personas en esta mesa escribirías una canción triste y romántica?
Blair se rió, deslizó la mirada hacia mí, sin responder de inmediato.
—Difícil. Phoenix es bueno con las palabras... pero Maddie... —me miró de nuevo—...tiene cara de guardar secretos. Las mejores canciones salen de ahí. — Me sonrojé. Literalmente. Estaba roja. Roja nivel tomate aplastado.
—Yo no... ¿qué?
—Nada. Solo una impresión. —Y guiñó un ojo. Un maldito guiño otra vez.
Gay. Panic. Total.
—Necesito más vino —dije, levantándome. Las piernas me temblaban. Maldije por dentro. Era una mezcla entre nervios, emoción y el deseo de tirarme al piso y rodar de vergüenza. Fui a la cocina y tomé aire. Mucho aire.
Maya me siguió.
—¿Estás bien? —me preguntó con voz baja.
—Sí. Solo me acordé que... dejé una planta sin regar. Hace tres días.
—Maddie...
—Estoy bien. En serio. Solo que... Blair Evers está en nuestra casa. Y me está mirando como si... como si yo fuera algo interesante y no una chica random con trauma de colegio católico.
Maya me miró de forma extraña.
—¿Te gusta?
—¿Quién? ¿Blair? ¡Por favor! No. No.… o sea, sí, pero no. O sea, ¿cómo no? Pero también no. No de forma obvia. ¿Me entiendes?
Maya se cruzó de brazos. —No, pero tampoco me sorprende. Solo... no te enganches.
—¿Por qué lo dices así?
—Porque Blair es... Blair. Y tú eres mi hermanita. No quiero que salgas herida.
—Maya, es la primera vez que hablo con ella.
—Y ya estás haciendo una tesis mental sobre sus ojos.
Me callé. No podía negar eso.
Suspiré. —Ok. Lo tomaré con calma.
Maya me acarició el brazo.
—Vamos. No pienses tanto. Solo pásala bien.
Volvimos a la mesa. Blair estaba tocando unos acordes en la guitarra de Phoenix. Su voz llenaba el aire, suave, íntima.
Y entonces me miró. Mientras cantaba. Y sonrió.
Y yo... bueno. Yo me volví gay por segunda vez.
La velada se extendió con esa comodidad incómoda que solo existe cuando una persona famosa, sexy y absolutamente encantadora decide aterrizar en tu comedor como si fuera lo más normal del mundo.
Blair tenía la guitarra en brazos, como si fuera una extensión natural de su cuerpo. Y tocaba con esa clase de confianza tranquila que solo tienen los que nacieron para eso. Su voz era suave, rasposa, profunda. Tan íntima que me sentí como si estuviera invadiendo una escena privada al estar escuchándola.
Phoenix estaba en su nube, sonriendo mientras tarareaba. Maya la observaba con atención profesional, aunque a ratos desviaba la mirada hacia mí, como diciendo “tranquila, solo está cantando, no va a comerse a nadie”. Y yo… bueno.
Yo estaba concentrada en no derretirme.
—¿Quieres intentarlo tú? —me preguntó Blair de pronto, ofreciéndome la guitarra.
Yo parpadeé. —¿Perdón?
—La guitarra. Dicen que la gente que lee mucho suele tener buen ritmo —dijo, con esa maldita sonrisa de media boca que parecía decir “yo sé cosas”.
—¿Quién dice eso?
—Yo. Y me gusta inventar teorías convincentes cuando se trata de coquetear.
Se rió. ¿Eso fue una confesión? ¿¡ESO FUE COQUETEO!?
Tragué saliva y tomé la guitarra. Las manos me temblaban tanto que sentía que iba a romper las cuerdas de puro pánico existencial.
—No toco desde… desde el colegio. Me echaron de clase por rasgar un acorde en medio de una misa.
—Una rebelde —murmuró Blair, mirándome como si acabara de revelarle que tenía un tatuaje oculto en la cadera.
—Una lesbiana reprimida, más bien —le respondí en voz baja. Luego recordé: ¡Maya está aquí!
Pero Maya no dijo nada. Solo se sirvió más vino. Uy. Uyuyuy. ¿Lo había escuchado?
Hice como que me enfocaba en la guitarra. Blair se inclinó hacia mí, y sin pedir permiso, me corrigió la posición de las manos. Sus dedos rozaron los míos, lentos. LENTOS. Yo respiré hondo, como si acabara de cruzar un campo minado emocional.
—Ahí. Así suena mejor —susurró.
Toqué el acorde. Me salió mal. Muy mal. Una vaca moribunda sonaría más afinada.
—Tendrás que darme clases —dije, más por impulso que por confianza.
—Con gusto —me respondió ella, y esa mirada me fulminó. Esa mirada. Dios bendito.
Phoenix rió desde su asiento.
—Creo que ya hay tensión entre ustedes —dijo en tono de broma.
—Phoenix —le advirtió Maya.
Blair solo levantó las cejas, como si le divirtiera el comentario.
—No es tensión —aclaré yo, nerviosa—. Solo... pánico en general. Ya sabes. Lo típico.
Phoenix soltó una carcajada.
—¡Honesta! Me agrada esta chica.
—A mí también —dijo Blair, sin perderme de vista. Esa frase cayó con peso. Como si significara más. Como si me viera. De verdad.
Tragué saliva otra vez. Tenía que irme. No podía estar en esa sala ni un segundo más sin terminar gritando “me gustas, cásate conmigo, aunque no sepas que soy gay”.
—Voy por más vino —dije por segunda vez en la noche. Estaba convencida de que la botella me entendía mejor que cualquier humano en la mesa.
En la cocina, recostada contra la nevera, respiré hondo. ¿Qué carajos estaba pasando conmigo? Nunca me había sentido así. Tan... tan impresionada. Afectada. Vulnerable. Blair era como un huracán vestido de cuero, ojos oceánicos, voz de pecado y sonrisa de desastre. Y yo era un velero sin timón.
Escuché pasos detrás de mí. Me giré. Blair.
—¿Estás bien? —preguntó, con voz baja, auténtica. No la de escenario. No la que usa para entrevistas. Sino la real.
—Sí. Solo... me pasa que cuando una estrella pop internacional entra a mi casa y se sienta frente a mí con cara de flirteo, mi cerebro decide autodestruirse.
Blair rió, bajito.
—¿Estoy flirteando?
—No lo sé. ¿Lo estás?
—¿Qué piensas tú?
—Pienso que me vas a matar. Lenta y sexymente.
Ella sonrió de lado, se apoyó en la encimera junto a mí.
—No muerdo… a menos que me lo pidan.
Yo colapsé internamente. Enterrada. Fin de la historia. RIP Maddie.
Y justo ahí, Maya apareció.
—Perdón. Phoenix dice que se quiere ir. Tiene sesión temprano mañana.
Blair se enderezó, como si todo lo anterior no hubiera pasado. Casi me ofendí.
—Vamos —me dijo, pasándome por el lado. Su perfume me envolvió. A durazno, a algo prohibido.
Antes de salir, volteó a verme.
—Nos vemos, Maddie. Gracias por el vino. Y la sinceridad.
Yo solo asentí. Incapaz de articular palabra.
Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en el sofá. Maya se me quedó viendo. Con esa expresión de hermana mayor que sabe. Que sospecha. Que juzga sin decirlo.
—No digas nada —le advertí.
Ella alzó las manos. —No dije nada.
—Pero lo pensaste.
—Y lo seguiré pensando. Porque te vi, Maddie. Te vi colapsar. Te vi derretirte. Y te vi revivir en el mismo minuto.
—Estoy bien.
Me quedé tirada en el sofá como si me hubieran atropellado emocionalmente. Literalmente. Todavía sentía el olor del perfume de Blair en el aire, y mi mente repasaba en bucle esa sonrisa ladeada, esos dedos corrigiendo los míos, esa voz.
¿Estaba bien? No. ¿Quería volver a verla? Maldita sea, sí. ¿Estaba en problemas? Absolutamente.
Maya que estaba en el umbral de la sala, cruzada de brazos. Me observó en silencio por unos segundos, y su expresión cambió de curiosidad a algo más… suave. Más maternal. Más hermana.
—¿Quieres hablar? —me preguntó.
Tragué saliva. Me incorporé lentamente y asentí. Nos fuimos a la cocina, donde el ambiente era menos cargado de miradas azules y guitarras asesinas. Maya se sentó frente a mí, con su copa de vino en la mano, y yo jugueteé con la etiqueta de la botella, sin atreverme a mirarla del todo.
—No pasa nada —murmuré, en automático.
—Maddie… no soy idiota. Te conozco. Te vi hoy. Sé leer tus micro expresiones.
—¿Micro expresiones?
—Eres tan obvia que ni eso necesitas. Te reíste diferente con Blair. Te pusiste roja. Y tus manos temblaban. Jamás te había visto así.
Cerré los ojos. Respiré hondo.
—No lo planeé, Maya. No... no es como que lo haya querido ocultar. Solo... nunca supe cómo decirlo.
Ella dejó su copa sobre la mesa. —¿Decirme qué?
El silencio se volvió denso. Pesado. Me sentí como una niña de nuevo, acorralada por secretos y miedos que nunca supe nombrar.
—Me gustan las chicas —susurré. La frase se deslizó de mis labios con un temblor que no pude controlar. Una mezcla de alivio, terror y liberación. Como si me arrancara algo del pecho.
Maya parpadeó. No dijo nada al principio. Solo me observó.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde siempre, creo. Pero… no lo quería aceptar. Y menos decirlo en voz alta. Pensé que era solo una fase o una confusión. Pero no lo es. No lo fue nunca. —ella se acercó y me tomó la mano. La sostuvo con fuerza. Calidez. Comprensión.
—Ey… no tienes que tener todas las respuestas. No tienes que justificar lo que sientes. Te amo, Maddie. Siempre lo haré.
Se me aguaron los ojos. La abracé. Fue de esos abrazos largos, apretados, que parecen intentar pegar los pedazos que se han roto en silencio por mucho tiempo.
—Tenía tanto miedo —confesé, con la voz entrecortada.
—¿Miedo de mí?
—Miedo de decepcionarte. De perderte. De que todo cambiara.
—Todo ya cambió, Maddie. Pero no para mal. Solo... ahora te entiendo más. Eres tú. Siempre lo has sido. Solo que ahora lo puedo ver completo. Sigues siendo mi hermanita torpe que amo y protejo tanto.
Nos quedamos así por unos segundos, en silencio. Hasta que ella se separó un poco y suspiró.
—Pero hay algo que sí tengo que decirte...
—¿Qué?
—Blair no puede ser más que una amistad para ti.
Fruncí el ceño.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque... Blair es complicada. Es increíble, sí. Brillante. Pero también vive en un mundo de luces, cámaras, rumores... y coquetea con todos. No sé si lo hace intencional o por reflejo, pero no quiero que te lastime.
—No me va a lastimar. No planeo enamorarme de ella, literalmente acabo de conocerla.
—¿Estas segura?
La miré. No dije nada. Porque no podía mentirle.
—Solo cuídate, ¿sí? No quiero que seas una más en su lista.
—No soy una más. Ni pienso serlo.
Ella asintió, pero la duda se le quedó en los ojos. Como si quisiera creerme, pero algo dentro de ella ya supiera algo… Y, aun así, me abrazó otra vez. Porque para Maya, antes que cualquier miedo, estaba yo.