Donde habita el secreto

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Summary

Cuando Elena recibe la inesperada herencia de una vieja mansión en las afueras del pueblo donde creció, cree que es la oportunidad perfecta para escapar de su vida estancada. Pero apenas cruza el umbral de la casa, una atmósfera pesada y silenciosa parece envolverla. Todo está intacto… como si alguien hubiera estado esperando. En el segundo piso, oculto bajo una tela olvidada, encuentra un diario sin firmar. Página tras página, alguien narra una historia de amor prohibido, advertencias extrañas y un nombre que se repite como un eco: Gael. Lo más inquietante es que, según el diario, ese hombre no ha envejecido en más de sesenta años. Mientras Elena lee, los límites entre la realidad y lo escrito comienzan a desdibujarse. Las puertas crujen solas, las luces fallan y las palabras del diario parecen hablarle directamente. Cada noche, los secretos de la casa cobran vida. Y alguien —o algo— parece observarla desde las sombras. ¿Es solo imaginación... o el pasado ha estado esperándola todo este tiempo?

Genre
Drama
Author
Luisa
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

La casa de los silencios

La primera vez que Elena vio la casa fue al anochecer, justo cuando el cielo comenzaba a desteñirse en tonos de carbón y vino. Había creído que la recordaba más pequeña, pero ahora la mansión se alzaba como una silueta oscura entre los árboles, envejecida por los años, pero aún imponente. Una grieta recorría la fachada como una cicatriz mal cerrada.


El taxi se alejó levantando polvo, y por un momento, el silencio la envolvió como una advertencia.


—Bienvenida a casa —murmuró, con una sonrisa tensa.


La herencia había llegado sin aviso: una carta con el nombre de su tía abuela, muerta hacía más de una década, y las llaves de la propiedad. Ningún abogado. Ningún otro heredero. Solo su nombre, escrito a mano.


Abrió la puerta principal. El crujido le arañó los nervios.


Adentro, el aire olía a encierro, madera vieja… y algo más que no pudo identificar. No era humedad, ni polvo. Era un olor sutil, como si las paredes guardaran un recuerdo rancio. Caminó lentamente, dejando que la linterna de su celular recortara sombras en las paredes.


Subió las escaleras, atraída sin saber por qué por el segundo piso. La habitación del fondo tenía la puerta entreabierta, y dentro encontró lo inesperado: un escritorio cubierto por una tela blanca. Al retirarla, lo vio.


Un cuaderno de tapa de cuero, gastada y rayada. Sin título. Sin nombre.


Lo abrió.


> 23 de julio de 1962. Hoy volví a ver a Gael. No ha envejecido ni un día.


Elena frunció el ceño. ¿Era ficción? ¿Un diario? Pasó las hojas. La tinta era real. La letra, firme. Y el nombre… “Gael” apareció varias veces más, siempre acompañado de palabras que la hacían estremecer: misterio, advertencia, silencio, castigo.


En el último párrafo leído, una línea subrayada le aceleró el corazón:


> La casa nunca olvida. Pero tampoco perdona.


Elena tragó saliva. Afuera, el viento golpeó las ventanas con furia repentina. La luz del celular parpadeó.


Y entonces, sintió que no estaba sola.

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