La casa de los silencios
La primera vez que Elena vio la casa fue al anochecer, justo cuando el cielo comenzaba a desteñirse en tonos de carbón y vino. Había creído que la recordaba más pequeña, pero ahora la mansión se alzaba como una silueta oscura entre los árboles, envejecida por los años, pero aún imponente. Una grieta recorría la fachada como una cicatriz mal cerrada.
El taxi se alejó levantando polvo, y por un momento, el silencio la envolvió como una advertencia.
—Bienvenida a casa —murmuró, con una sonrisa tensa.
La herencia había llegado sin aviso: una carta con el nombre de su tía abuela, muerta hacía más de una década, y las llaves de la propiedad. Ningún abogado. Ningún otro heredero. Solo su nombre, escrito a mano.
Abrió la puerta principal. El crujido le arañó los nervios.
Adentro, el aire olía a encierro, madera vieja… y algo más que no pudo identificar. No era humedad, ni polvo. Era un olor sutil, como si las paredes guardaran un recuerdo rancio. Caminó lentamente, dejando que la linterna de su celular recortara sombras en las paredes.
Subió las escaleras, atraída sin saber por qué por el segundo piso. La habitación del fondo tenía la puerta entreabierta, y dentro encontró lo inesperado: un escritorio cubierto por una tela blanca. Al retirarla, lo vio.
Un cuaderno de tapa de cuero, gastada y rayada. Sin título. Sin nombre.
Lo abrió.
> 23 de julio de 1962. Hoy volví a ver a Gael. No ha envejecido ni un día.
Elena frunció el ceño. ¿Era ficción? ¿Un diario? Pasó las hojas. La tinta era real. La letra, firme. Y el nombre… “Gael” apareció varias veces más, siempre acompañado de palabras que la hacían estremecer: misterio, advertencia, silencio, castigo.
En el último párrafo leído, una línea subrayada le aceleró el corazón:
> La casa nunca olvida. Pero tampoco perdona.
Elena tragó saliva. Afuera, el viento golpeó las ventanas con furia repentina. La luz del celular parpadeó.
Y entonces, sintió que no estaba sola.