Prólogo
París, Francia — Dos días antes del brote
El aire olía a primavera, a promesas que se cuelgan de los balcones y se cuelan por las ventanas abiertas. Afuera, el Sena seguía corriendo como si no supiera nada de finales. Ni de principios. Ni de nada.
Zoé se sentó frente a mí, su sonrisa era una antorcha pequeña que me encendía el pecho.—Paul, querido… —dijo, enredando sus dedos con los míos— estoy súper emocionada. En dos días seré tu esposa. Estoy nerviosa, lo admito. Su risa era de azúcar y vino blanco. Claire, su sombra inseparable, le lanzó una mirada cómplice:—Estarás bien Zoé. Todo saldrá perfecto. —Me miró, apuntándome con esa voz traviesa—. Paul, te la voy a robar. El futuro esposo no puede ver a la novia antes de la boda, ¿no lo sabes?
Suspiré. Qué remedio.—Está bien, Claire. Prometo devolvértela impecable —dijo ella, sonriendo como si supiera que el mundo aún tenía sentido.Y así fue.El día siguiente lo pasé lejos de Zoé. Con mis amigos. François me pidió un brindis, levantó su copa de cerveza tibia en aquel bar escondido entre callejones.—Oye, amigo —dijo, dándome un codazo—. Mañana te casas. Estamos felices por ti. Gerard, que nunca sabía cuándo cerrar la boca, soltó la carcajada:—Te casas con Zoé… Todos la vimos. Es súper sexy. Hubo un silencio breve. Un golpe seco de incomodidad.—Cállate, Gerard —le soltó François, rodando los ojos.—Lo siento, lo siento… —balbuceó Gerard, hundiéndose en su cerveza como si ahí pudiera esconderse de mi ceño. Pero no me importó. Nada podía quebrar esa certeza absurda y hermosa: era el hombre más afortunado del mundo. Iba a casarme con Zoé. Iba a verla caminar hacia mí vestida de blanco. Iba a decir “sí, acepto”. Iba a besarla como se besa a la salvación. El brote estaba a dos días de distancia.Pero esa noche yo brindé por la eternidad. Y por un mañana que nunca llegó.Así comienza esta historia:una boda prometida ,un beso aplazado ,una ciudad que olía a lilas y que acabó oliendo a carne podrida.