Capítulo 1
MYRAEL
Mi vida era… gris.
Todos los días eran iguales: despertarme, prepararme sola, caminar por la acera agrietada hacia aquella enorme y silenciosa biblioteca del barrio.
Sin amigos, sin fiestas, sin un propósito. Solo era yo… y los libros.
A mís 19 años, era más solitaria que la mayoría de los ancianos que iban a leer periódicos viejos en la mañana.
La gente me decía que era "rara".
Pero yo prefería llamarlo “vacía”.
La única persona con la que hablaba más de una palabra era Silvia, la ayudante de la biblioteca, una mujer robusta de 54 años, con cabello cenizo, gafas gruesas y voz rasposa, que mascaba chicle mientras se quejaba del mundo.
—¿Otra vez te tocó limpiar el sótano? —preguntó Silvia desde el escritorio, hojeando una revista—. Ese lugar parece el mausoleo de los libros olvidados.
—Sí… parece que sí —respondi, encogiéndome de hombros mientras tomaba la escoba y un trapo.
Silvia me miró por encima de los lentes y murmuró:
—No sé por qué vienes todos los días si ni te pagan bien.
no respondí. Solo sonreí levemente y seguí mí camino hacia las escaleras del sótano.
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El sótano olía a polvo viejo, humedad y tinta seca.
Las estanterías estaban cubiertas con telarañas que parecían susurrar al moverse.
Encendió la luz amarillenta y comenzó a limpiar.
Fue entonces cuando, detrás de un estante de enciclopedias olvidadas, ví un resplandor débil.
Me incline.
Había algo atrapado entre los libros: un tomo grueso, cubierto de cuero oscuro.
No tenía título. Ni autor. Ni número de catálogo.
Lo saqué con cuidado y lo coloque sobre la mesa.
El lomo estaba cubierto por runas talladas en bajorelieve, como si las letras no estuvieran hechas con tinta, sino marcadas con fuego.
Deslice los dedos sobre ellas y sintió un escalofrío.
—Qué libro tan extraño… nunca lo había visto —murmure, frunciendo el ceño.
Con mucha curiosidad Lo abrí.
La primera página…estaba en blanco.
Pero al pasar a la siguiente, unas letras comenzaron a formarse lentamente, como si alguien invisible las estuviera escribiendo en ese instante.
Naërvalyn ith’shën evara'n thiell..
retrocedi un paso, parpadeando. Las letras eran antiguas, curvas, talladas con una belleza siniestra.
Pase otra hoja.
Más palabras aparecían, escritas en un idioma que no reconocía.
Y sin embargo, algo dentro de mí las entendía, como si una parte de mi alma recordara cada símbolo.
Kael’mira ten'ar vhalnë, Myraël.
cerré el libro de golpe.
Mi respiración estaba agitada.
Mis manos temblaban.
—¿Qué… fue eso?
Y por primera vez en años, mí corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por algo más salvaje.