Inicio de la Cacería
Bitácora de cacería - Día 14
He sobrevivido otro día. A veces eso me impresiona, pero creo que ellos no han intentado acabar conmigo de verdad.
Hoy intenté asesinar a Lara. Segundo intento esta semana y otra vez falló, otra vez. Esta mañana Lara flotaba por la cocina, preparando el desayuno con extremo cuidado. Como si realmente necesitara comer. Según todo lo que sé, a los suyos solo les interesa la sangre. Pero ahí estaba: girando hotcakes, friendo tocino, silbando algo de jazz.
El olor a tocino llenó la mansión. Justo cuando la ataqué con la estaca. El golpe estaba dirigido a su corazón, hasta que se giró. Le clavé ese pedazo de madera en el abdomen. Ella solo me sonrió, me miró directo a los ojos y dijo:
—¿Quieres café, roomie?
No sé si leyó mi mente o vio la estaca reflejada en el microondas. Pero no se inmutó, ni se quejó, ni dejó de mover la sartén. Al final solo me senté a desayunar con ella. Otra mañana fallando en la misión de eliminar a estos monstruos.
Lara se acomodó con elegancia en uno de los bancos altos frente a la isla. Tenía un vaso de jugo de toronja artificial entre las manos. Sacó la estaca de su vientre como si fuera una astilla y la dejó sobre la mesa, sin una sola gota de sangre.
—Eliot, te recomiendo no correr con cosas afiladas sin cuidado —dijo, tendiéndome el arma—. No todos son inmortales.
Lara tenía esa piel pálida y enfermiza tan típica de los suyos. Usaba demasiado maquillaje, como si eso pudiera ocultarlo. Sus ojos violetas apenas parpadeaban, el cabello negro le caía sobre los hombros como una cortina pesada.
Poco después, los otros dos vampiros de la mansión se sentaron a desayunar. Jorge el más viejo habló:
—Oye Lara, ¿me pasas el Epityrum…? —agitó la cabeza—. No, perdón, Tapenade.
La que se lo pasa es Eloise, lo saca de la alacena, Jorge cubre su tocino con el Tapenade y continuó devorando su desayuno. Lara, mientras tanto, me miró con ternura, esa mirada que muestran los adultos al ver a un niño haciendo travesuras.
—Pobre Eliot, todo esto te parece una locura, ¿verdad?
No pude contestar, me dio vergüenza. Lara se acercó y tomó mis manos. Sus palmas eran heladas, y su piel se sentía suave y frágil.
—No te preocupes, Roomie, ya pronto te acostumbrarás.
La historia de como llegué a esta enorme mansión rodeado de monstruos hematófagos es interesante:
Venía a esta ciudad a estudiar. Y estaba buscando una habitación para hospedarme mientras terminaba la carrera. Navegando en internet, encontré un cuarto del tamaño de un departamento completo, por un precio absurdamente bajo. Supuse que podía ser algún tipo de estafa, pero el costo era tan llamativo que no pude evitar ir a inspeccionar y acordé una cita con el arrendador.
Cuando llegué vi una enorme mansión de estilo victoriano. Pensé que me había equivocado de dirección o que alguien iba a intentar atacar para sacar y después vender mis órganos, en cuanto entrara al edificio.
Toqué el timbre y me abrió Lara. Llevaba el mismo maquillaje, los labios pintados de rojo oscuro y una bata de seda negra. Me miró como si ya supiera todo de mí. Como si me hubiera estado investigando.
—¿Eliot? —preguntó, aunque ya lo sabía.
Asentí, me costó sostenerle la mirada, tenía los ojos más raros que había visto: violetas, como un cielo artificial. Daban miedo, pero también. «Había algo magnético en su físico, forma de hablar».
—Pasa. No muerdo —sonrió, como si fuera un chiste privado.
Adentro, la casa olía a incienso, madera vieja y algo más que no supe identificar. No había ni rastro de polvo, ni telarañas. Un gato negro dormía sobre un piano de cola en el salón principal.
—¿Vives sola?
—Tengo roomies. Pero no son entrometidos.
Lara me mostró el cuarto. Era inmenso. Tenía baño propio, escritorio, una cama grande, un ventanal con cortinas gruesas y un ropero que parecía sacado de una película de época.
—Esto... ¿cuánto dijiste que era el alquiler?
—Cien al mes —respondió como si no fuera nada.
—¿cien?
—Sí, claro —volvió a sonreír.
Mi cerebro gritaba que algo no estaba bien. Pero mis bolsillos dijeron otra cosa.
Firmé ese mismo día.
No fue hasta la primera semana que empecé a notar los detalles: los espejos cubiertos, los frascos con etiquetas extrañas en la despensa, el hecho de que nunca veía a nadie en el día solo de noche o de madrugada.
Y, sobre todo, las noches en las que me despertaban los susurros. Los suyos. Voces bajas que se colaban por las paredes, como si discutieran en otro idioma o conjuraran cosas que yo no tenía que entender.
Hice mi investigación. Revisé archivos, noticias, foros, bases de datos, nada, ningún registro, ni fotos, ni rumores. Nada sobre Lara, Jorge o Eloise.
Cuando al fin me armé de valor y les pregunté—con el corazón a mil, esperando una risa, una mentira o una amenaza—me miraron como si estuviera preguntando algo obvio.
—Somos lo que ustedes llamarían vampiros —dijo Lara, como quien dice «arquitectos» o «banqueros».
Así, sin rodeos, sin explicaciones. Después, Jorge se estiró en el sillón y preguntó si quería ver la serie que estaban viendo. Pero lo más extraño fue darme cuenta de que, por primera vez desde que llegué a esta ciudad, no me sentía solo, y eso me jodía. Porque no debería sentirme así, no con ellos. Son monstruos.
Eso me lo repito cada mañana. Son monstruos. No importa que vean series, ni que cocinen tocino, ni que discutan sobre cuál es el mejor subtítulo en sueco. Son criaturas que se alimentan de humanos. Que viven de la sangre. Creo que han matado más veces de las que yo puedo contar. Y sin embargo… ahí estoy. Compartiendo la cocina. El sofá. Las madrugadas.
La estaca que llevo en la mochila ha perdido filo. Podría afilarla, lo he pensado. A veces incluso la saco y la miró, tratando de recordar por qué vine aquí. Por qué acepté esa oferta de los cazadores. Por qué juré que, si encontraba uno, no dudaría. Que haría lo necesario. Que no me dejaría engañar.
Pero es difícil seguir viéndolos como amenazas cuando Jorge te prepara té de manzanilla si te ve con insomnio. O cuando Eloise te deja una nota en la puerta que dice “no entres al sótano hoy, limpieza de restos”. O cuando Lara te regala libros usados porque “no puedes vivir solo de apuntes universitarios”.
Y yo no les creo. Pero tampoco puedo odiarlos. No del todo. Así que sobrevivo otro día. Me levanto. Me repito que siguen siendo monstruos. Y planeó como matarlos. Mientras tanto, ellos siguen actuando como si fuéramos amigos, mejor dicho, una familia.
Bitácora de cacería – Día 23
Hoy Jorge casi se elimina solo, o algo así.
Estaba concentrado en un proyecto de la universidad cuando la mansión entera empezó a temblar. Mi taza de café cayó sobre la alfombra de mi cuarto y, por reflejo, me metí debajo del escritorio. Pensé que era un sismo o algo peor.
Cuando el temblor cesó, bajé con la ballesta en mano, sin saber con exactitud qué estaba pasando. Encontré a Eloise y a Lara dirigiéndose al sótano. Una vez allí, notamos que uno de los muebles pesados había sido desplazado hasta el otro lado de la habitación. El aire estaba lleno de polvo y humo. Y en medio del suelo, había un cuerpo… o lo que quedaba de él.
El cadáver estaba quemado, con la cara desintegrada viéndose su cráneo. Se le veían los órganos abdominales, y varios pedazos de metal estaban incrustados en su torso. Era Jorge.
Pero, entonces, contra toda lógica, su cuerpo empezó a regenerarse. Piel, huesos, órganos... todo volvió a su lugar. En pocos segundos, se puso de pie, como si nada.
—Auch. Eso dolió —dijo, sacudiéndose el polvo de la ropa.
—¿¡Ahora qué hiciste!? —gritó Eloise—. ¡Se rompieron los vidrios del primer piso!
—Mhm… entró oxígeno a la mezcla, y eso causó una pequeña explosión —respondió Jorge, mientras frotaba sus dedos cerca del oído, como si ajustara algo invisible.
—¿¡Pero ¡¡¿cómo estás vivo!? — pregunte casi gritando.
—Auch no hay necesidad de gritar —dijo cubriendo sus oídos. —Regeneración vampírica, una vez me recupere de quedar hecho cenizas.
—¿¡Como!?
—No tengo ni la menor idea, he investigado, y no he podido explicarlo.
Eso abrió una conversación que tardó horas, me explico que a otra vez que él había nacido en Grecia antigua y que se transformó en vampiro a sus 22 años, dice que se transformó después de su muerte en el año 90a.c, estuvo enterado hasta que despertó en el siglo IV no sabe cuál fue la razón.
Nunca pensé que terminaría compartiendo café con un vampiro que fue filósofo griego, ingeniero autodidacta y víctima de combustión espontánea en el sótano. Pero aquí estoy. Después de regenerarse, como si no hubiera estado muerto y chamuscado, Jorge se sentó en el sofá con una manta térmica, «irónico, lo sé», y un termo con sangre tibia. Se lo preparó Eloise, como si fuera lo más normal del mundo.
—Entonces... ¿resucitaste en el siglo IV? —pregunté, aún con la ballesta en la mano, más por costumbre que por utilidad. —Ajá —asintió—. Fue confuso. Tenía hambre y el idioma había cambiado mucho. Lo único familiar era la sensación de no pertenecer.
Lo dijo con una calma que me incomodó. Como si ser arrancado de la muerte y lanzado siglos al futuro fuera solo una molestia menor, como perder el cargador del celular.
—¿Y cómo sabes que moriste? —pregunté. —Porque recuerdo mi muerte. Y lo que vino después fue distinto a todo, oscuro, vacío, silencio total. —Jorge bajó la mirada—. Hasta que volví. Con sed.
La conversación se volvió cada vez más incomoda. Me habló de la primera vez que atacó a alguien. Un hombre con una herida abierta en la mano. Ni siquiera pensó, solo lo olió y se lanzó contra él.
—Fue horrible —dijo—. Estaba tan asustado como él. Después… bueno, aprendí que los animales también sirven. No es lo mismo, claro, pero calma.
Lo que más me perturbó no fue lo que dijo, sino como lo dijo. Sin dramatismos. Sin excusas. Como un alcohólico que aprendió a medir las copas.
Y entonces soltó la última bomba:
—Hace unos dos siglos, empecé a saborear los alimentos otra vez. Al principio solo el azúcar, luego las especias, el chocolate. Ahora hasta distingo entre quesos.
—¿Puedes comer tocino? —pregunté.
—Claro. Aunque me cae pesado.
La conversación duró horas. Jorge me habló de las ciudades que había visto destruirse, de imperios que cayeron, de modas absurdas y revoluciones inútiles. Hablaba como quien ha tenido demasiado tiempo para pensar y no encuentra con quién compartirlo. Y lo más importante, como empezó a caminar bajo el sol.
—¿Y caminar bajo el sol? —pregunté, con tono escéptico. —No es cómodo, pero es posible. Una especie de adaptación. Supongo que los más viejos nos volvemos… distintos.
Casi le pregunto si eso significaba que se estaba volviendo humano de nuevo. Pero no lo hice. Porque si la respuesta era “sí”, mi misión se volvía aún más confusa. Y si era “no”, entonces no tenía excusa para seguir postergándola.
—Debo estudiar.
Salí a mi cuarto, con los pensamientos revueltos.
Bitácora de cacería – Día 35
Ya llevo más de un mes en la mansión. Esta semana he estado tan ocupado con la carrera que no he preparado planes de asesinato. Lo cual me convierte en un pésimo cazador. Y no estoy seguro de que merezcan morir, al menos, no todavía.
El problema es que no he visto otros vampiros. Afuera todo parece igual. Pero yo no. Desde hace unos días, siento que me vigilan. No es solo paranoia. Esa sensación en la nuca. El reflejo que desaparece al girar.
Todo empezó el martes. Iba en la moto que Jorge reacondicionó. Según él, «usa mi combustible explosivo modificado».
—Si oyes un silbido —advirtió—, aléjate 300 metros.
Por eso solo la usé una vez.
Ese martes, llegando a la facultad, lo sentí. Esa mirada clavada. Esa respiración contenida. Nadie cerca. Pero encontré huellas junto a un árbol. Talla grande, botas de trabajo. Corrí a clase.
Desde entonces se repite. Cuando estoy solo en la calle, al borde del campus, en la tienda. Como si algo se activara. No es como Jorge o Lara, esto es electricidad. Como ver un animal salvaje y saber que no debes moverte.
Hoy volví a ver las huellas. Mismo patrón. Esta vez saliendo de la biblioteca. Sentí movimiento. Giré rápido y vi una silueta entre arbustos, alta, quieta, observándome. Y luego, solo ausencia.
Cuando llegué a casa, Jorge estaba en la cocina con una tostadora abierta y un manual de física cuántica.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó sin mirarme.
—Normal —respondí.
No es que no confíe en ellos. Bueno, un poco sí. Pero hay algo que no quiero contarles todavía. Tal vez porque tengo miedo de que sepan algo o peor: que no sepan nada y se asusten.
Si tres vampiros se asustan, algo anda muy mal.