Chapter 1
Mi nombre esDipper Pines, tengo dieciséis años y vivo enGravity Fallsjunto a mi hermanaMabel. Desde afuera, todo parece normal: dos hermanos adolescentes pasan otro verano en este extraño y misterioso pueblo. Pero hay algo que nadie sabe... algo que no puedo contarle a nadie.
Estoy en una relación.
Hasta ahí, no suena raro, ¿verdad? Pero hay un pequeño detalle:mi novio es un demonio.
Su nombre esBill Cipher, y si crees que esto es una locura, créeme, yo también lo pensé al principio. Después de todo, ¿cómo podría enamorarme de alguien como él? De un ser caótico, manipulador y peligroso. De alguien que, en más de una ocasión, ha intentado destruirlo todo. Pero el destino tiene una forma retorcida de jugar con nosotros.
Mi familia nunca lo aceptaría. Para ellos, Bill es el enemigo, un ser al que jamás deberían confiarle nada, mucho menos su propio corazón. Y, sin embargo, aquí estoy, atrapado en un torbellino de emociones que no sé cómo manejar.
A veces me pregunto si esto es solo una pesadilla. Si algún día despertaré y descubriré que nunca pasó, que nunca me dejé caer en este abismo. Pero la verdad es que lo amo. Lo odio. Lo temo. Lo deseo. Y en el fondo, hubiera preferido nunca haberme enamorado de él.
Porque amar a un demonio... solo puede traerme la perdición.
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La tenue luz de la luna se filtraba por la estrecha rendija de la ventana, proyectando sombras suaves sobre las paredes de la habitación silenciosa. El aire estaba impregnado de una quietud expectante, interrumpida solo por el entrecortado sonido de la respiración y el leve crujido de las sábanas.
Sobre el lecho, dos cuerpos se entrelazaban en un juego de caricias y deseo contenido. Un hombre, con el cabello dorado reflejando la luz plateada, deslizaba sus labios con reverencia sobre el abdomen de su pareja, dejando un rastro de besos ardientes que erizaban la piel bajo su tacto. Sus manos firmes lo rodeaban con urgencia, atrayéndolo más, buscando más.
El otro, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, temblaba ante cada roce. Un estremecimiento lo recorría al sentir la calidez de la boca del rubio contra su piel. Su pecho subía y bajaba con respiraciones cada vez más profundas, como si intentara absorber cada segundo de aquella entrega, cada susurro mudo que flotaba entre ellos.
En aquella noche, donde el mundo exterior se desvanecía tras los muros de la habitación, solo existían ellos, atrapados en la intensidad de su propio universo.
Dipper sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando vio a Bill acercarse con esa sonrisa traviesa que siempre le ponía nervioso. Antes de que pudiera reaccionar, el rubio tomó entre sus manos su delicado cuello, llevando lentamente a su boca.
Los labios de Bill se cerraron sobre la piel con una lentitud provocadora, arrastrando el trozo de pastel con una expresión de absoluto deleite. Sus ojos dorados brillaban con picardía mientras retiraba la piel de su boca, saboreando cada bocado como si fuera un manjar celestial.
—Vaya... —murmuró Dipper, observando la escena con el rostro enrojecido.
Bill sonriendo con diversión al notar su reacción y, con un tono cargado de satisfacción, dijo
—Me gusta esto.
Dipper tragó saliva, tratando de ignorar el calor en sus mejillas.
—Se nota que lo disfrutas... —logró decir, intentando sonar indiferente.
Bill inclinó la cabeza, observándolo con un destello travieso en la mirada antes de lamerse los labios con lentitud.
—Demasiado —respondió, con una sonrisa felina que hizo que el corazón de Dipper latiera con fuerza.
El hombre con delicadeza, pero con la rapidez de quien ha visto demasiadas veces esta escena como para detenerse por la compasión. Con manos firmes, desabrochó el pantalón del joven, deslizándolo con cuidado para no asustar al joven.
Bajo la tela desgastada, la ropa interior cubriría una pequeña erección. El joven apretó los dientes, su rostro se crispó de pena cuando el hombre comenzó a despegar su ropa interior.
—Si no querías pasar por esto, debiste pensarlo mejor antes de hacer cosas indebidas —murmuró sin levantar la vista, su tono era seco, casi indiferente.
El joven soltó un quejido ahogado cuando la ropa interior se desprendió, revelando la erección mientras se enrojecía su piel. Su respiración se volvió entrecortada, y sus dedos se aferraron a las sábanas con desesperación.
—No... no fue mi culpa —balbuceó entre jadeos—. No tenía opción...
El hombre dejó escapar un suspiro apenas audible, sin detenerse en su tarea. La experiencia le había enseñado que esto es lo que al joven le gustaba.
Con manos expertas, comenzó acariciar los glúteos del joven, ignorando los temblores involuntarios del castaño. El aire en la sala se volvió denso, cargado de pasión y de palabras no dichas.
Algo se deslizó dentro del estrecho orificio de su intimidad. La sensación era extraña, incómoda, como si algo se abría paso dentro de él.
—¡Ughhh!— gimió el joven, estremeciéndose por la presión repentina que lo invadía.
—Shh, tranquilo...— susurró Bill con tono calmado pero firme.
Concentrado, Bill introdujo unos dedos en su interior, moviéndolas con destreza en un vaivén preciso. Giró la herramienta suavemente, buscando el punto exacto. El joven jadeó, sintiendo cómo la extraña presión se intensificaba. De repente, Bill sacó los dedos y, sin darle respiro, tomó entre sus manos su palpitante miembro con la punta roja palpitando.
—Esto ayudará. Tranquilo, solo será un momento — murmuró, y sin más, aplicó presión en la zona.
El joven se arqueó de dolor.
—¡Aww, ahhh! ¡Me duele!— se quejó, intentando apartarse.
—Tranquilo, es normal. Debes acostumbrarte—le dijo con voz seria, pero sin dejar de moverse con precisión.
El hombre, no pudo evitar que su miembro se deslizara en lo más profundo por lo que se movía de un lado a otro, buscando el punto exacto. Cada embestida parecía aumentar el sufrimiento del joven.
—Por favor... ¡hazlo rápido! —suplicó el joven, su voz quebrada por el llanto.
Finalmente, el hombre encontró lo que buscaba. Con una respiración certera, clavó su miembro en el punto. El joven sintió una corriente caliente que comenzaba a recorrer su cuerpo. Los movimiento eran rápidos y precisos, donde la pelvis el hombre chocaba contra la intimidad del joven sin parar,
—¡Duele! ¡Duele mucho! —, gritó, mientras sus ojos se llenaban de terror al sentir el líquido extraño inundando su interior.
El hombre, tratando de mantener el control, tomaba las manos temblorosas del joven.
—Solo un poco más...— murmuró, con la voz agitada. El joven seguía llorando, su rostro contorsionado de dolor. Cada segundo parecía eterno mientras el líquido fluía dentro
Cuando por fin retiró su miembro, el joven dejó escapar un suspiro ahogado. El líquido blanco goteaba de la aguja mientras el joven, con los ojos enrojecidos por las lágrimas, se quedaba en silencio.
—Ya está, ya pasó—, murmuró el hombre, aunque sabía que para el joven ese dolor quedaría grabado en su memoria.
El joven, aún temblando y con el corazón acelerado, no podía dejar de pensar en lo que acababa de experimentar. El hombre, aunque aliviado de haber terminado, lo miró con compasión.
—Te amo, mi pequeño pino.—Yo igual te amo.
Con suavidad, Bill se acercó más, buscando el calor reconfortante que su amado Dipper emanaba. La atmósfera se llenaba de una calma acogedora, pero había algo más, un secreto que aún no se había revelado, pero que se sentía en el aire.
—Dipper... mañana te espera un gran regalo.—¿En serio? Me pregunto qué será... —Dipper se quedó pensativo, su mente viajando a través de un sinfín de posibilidades. Su relación estaba en un momento tan hermoso, tan lleno de promesas, que las expectativas parecían multiplicarse. Pero no sabía cuál de todas esas posibilidades sería la indicada, cuál sería la que los llevaría a un nivel aún más profundo.—Es algo que nos unirá más que nunca. —Bill susurró con una intensidad casi palpable.—No puedo esperar a ver qué es.
El joven cerró los ojos, sucumbiendo al sueño, mientras Bill, en silencio, se levantaba. El crujir de las sábanas desapareció en la quietud de la noche. Con un chasquido apenas audible, la ropa de Bill apareció sobre su cuerpo. Sigiloso, como una sombra, se deslizó fuera de la cabaña y se adentró en el bosque, adentrándose en lo más oscuro y profundo de sus entrañas. Allí, en ese lugar olvidado por el tiempo, comenzó a abrir portales, uno tras otro, y por cada uno de ellos, emergieron demonios.
—¡Demonios míos! —La voz de Bill resonó con un poder frenético, cargada de emoción—. ¡Hoy realizaremos la locura más grande que jamás haya existido! ¡Hoy daremos rienda suelta alraromagedón!... Me escabullí en el laboratorio de ese viejo y conseguí la fisura. Lo único que necesitamos es que cada uno de ustedes ocupe su lugar. ¡Hoy vamos a dominar esta realidad y transformarla en un mundo de pura locura, donde yo y mi amado podemos reinar! ¡Cuento con ustedes!
Los demonios, obedientes a su líder, comenzaron a dispersarse por el pueblo. Bill sostuvo la fisura entre sus manos, observando cómo esta brillaba con una energía oscura. Con un gesto violento, la lanzó al suelo, haciendo que la cápsula se rompiera en mil pedazos.
—¡Ha comenzado elraromagedón! —exclamó Bill con una sonrisa de satisfacción, sus ojos brillando de emoción y poder.
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Una ola gigantesca de energía oscura se expandió por todo el pueblo, transformando todo lo que tocaba en algo sombrío y aterrador.
En el centro del pueblo, Bill abrió un portal aún más grande, un agujero que conectaba el inframundo con el mundo mortal. De ese portal surgió una gigantesca mansión flotante, una estructura piramidal que brillaba con un resplandor inquietante, como un faro de locura.
Sin embargo, algo no salió como lo esperaba. En cuanto los demonios se dispersaron, regresaron rápidamente con noticias que empañaron su euforia.
—¡No podemos salir más allá del pueblo! —informaron, sus voces llenas de frustración—. Hay una capa invisible que nos contiene, nos hemos quedado atrapados aquí, dentro de este lugar.
—¡Maldición! Ford debe haber ocultado otra parte de la fisura... ¡A ese viejo nada se le escapaba! —Bill apretó los dientes, sintiendo cómo la frustración burbujeaba en su interior. Pero no iba a dejar que eso lo detuviera. No podía. Ya no.
Con un chasquido de sus dedos, Bill trajo a su amado Dipper al centro de su nuevo dominio. En un abrir y cerrar de ojos, el joven apareció junto a él, sin despertarlo.
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Un largo rato pasó antes de que Dipper comenzara a mover los ojos lentamente, sintiendo cómo la oscuridad de un lugar extraño lo envolvía. Abrió los ojos con dificultad, observando atónito el entorno.
El joven se encontraba en un estado de confusión total, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados. La oscuridad que lo rodeaba, y una sensación extraña se apoderaba de su cuerpo, como si algo estuviera fuera de lugar. Un susurro se escapó de sus labios, casi sin querer, mientras sus pensamientos chocaban entre sí.
—¿Dónde...? ¿Dónde estoy...? ¿Qué es este lugar...? —se preguntaba, incapaz de comprender la extraña situación en la que se encontraba. Sus palabras flotaban en el aire, pero no alcanzaban a tocar la realidad.
De repente, una figura rubia emergió de las sombras, interrumpiendo sus pensamientos. Una misteriosa sonrisa se forma en su rostro.
—Es nuestro nuevo hogar, cariño. Yo te traje hasta aquí —dijo Bill, su tono suave pero cargado de una extraña seguridad.
Dipper, aún perdido en la confusión, miró a su alrededor, como si intentara encajar las piezas de un rompecabezas imposible. Finalmente, sus ojos se clavaron en Bill, buscando respuestas.
— ¿Tú me trajiste? —preguntó, su voz temblorosa. — ¿Cómo me trajiste hasta aquí? ¿Qué es todo esto?
Bill se acercó con paso lento, disfrutando del desconcierto en el rostro de Dipper. Le pasó una mano por el hombro, como si todo fuera una simple broma.
—Mi querido Dipper, ¿no recuerdas lo que te dije? Tenía un regalo para ti —respondió Bill, su tono ahora más suave, como si hablara a un niño pequeño.
—Sí... me lo dijiste —dijo Dipper, aunque el miedo comenzaba a formarse en su pecho.
Bill lo condujo hacia la sala principal de la gran mansión, donde una escena espeluznante se desplegaba ante sus ojos. En la parte delanteral de la sala, dos tronos se erguían, pero algo no estaba bien. No estaban hechos de los materiales tradicionales, como mármol u oro.
Estos tronos estaban llenos de algo mucho más macabro: personas petrificadas, sus cuerpos inmóviles, rígidos y fríos como estatuas.
Dipper se detuvo en seco, el horror surgiendo en su rostro al comprender lo que veía. Las personas petrificadas eran sus amigos y amigas, aquellos que alguna vez habían sido tan cercanos a él. Los tronos, con su fría solemnidad, los mantenían en un eterno estado de inactividad, como meros adornos macabros.
—Este es tu regalo, Dipper —dijo Bill, con una sonrisa amplia y burlona—. Tus mejores amigos estarán siempre contigo, sentados en tu trono.
Dipper dio un paso atrás, su corazón latiendo con fuerza. Los ojos se le abrieron de par en par, y un grito gutural se escapó de su garganta.
—¡AHHHHH! ¿Qué... qué es esto? ¡¿Por qué están petrificados?! ¡¿Qué les ha hecho?! —su voz se quebró de horror, mientras las palabras se atropellaban entre sí.
Bill se mantuvo impasible, su sonrisa nunca abandonando su rostro. La expresión de Dipper era una mezcla de miedo y furia. No podía creer lo que veía.
—¿Qué hiciste, Bill? ¿Cómo pudiste hacer algo tan terrible? ¡¿Cómo?! ¡¿Qué hiciste?! —gritó Dipper, su rostro ahora completamente rojo de rabia.
Bill solo lo miró, con una calma inquietante. La sonrisa en sus labios era más amplia que nunca, como si estuviera disfrutando de cada palabra que Dipper soltaba.
—Es tu regalo... —dijo Bill, con una tranquilidad desconcertante.
Dipper no podía entenderlo. La rabia lo consumía, su voz temblaba de furia.
—¡Eres un tonto! ¡Un maldito estúpido! ¡Devuélvelos a la normalidad, ahora! —gritó, su respiración entrecortada.
Bill lo miró con una mezcla de desdén y diversión.
—¿Qué dices? —respondió, encogiéndose de hombros. —Hice todo esto para que fueras feliz. Y si no te importa... entonces tampoco me importa a mí. Creo que necesito algo un regalo de tanto esfuerzo.
Con un chasquido de dedos, la escena cambió. Todo se desvaneció, y Dipper se vio de repente en una habitación diferente, más pequeña, más sombría. Los recuerdos de lo que había visto en la sala principal seguían martillando su mente, pero no había escapado. Bill lo había llevado allí, como si nada de lo ocurrido importara.
— ¿Qué has hecho? —susurró Dipper, su cuerpo temblando de impotencia.
Bill, sonriente, se acercó a él, disfrutando de la confusión y el sufrimiento que acababa de sembrar.
—Todo por ti, Dipper —dijo Bill, su tono casi melancólico—. Todo por ti.
— ¿Qué vas a hacer ahora? —La voz de Dipper resonó con una inquietud casi palpable, mientras, con un chasquido de los dedos de Bill, las cadenas aparecían y se enrollaban con fuerza alrededor de los brazos del joven, aprisionándolo como si fueran serpientes dispuestas a devorarlo.
—Mi pequeño, tomaré mi recompensa, quieras o no... —dijo Bill, su tono cargado de una calma ominosa, mientras observaba la desesperación reflejada en los ojos de Dipper.
—¡No, no así! ¡No lo quiero! —El joven forcejeaba con todas sus fuerzas, intentando liberarse de las cadenas que lo atrapaban. Cada tirón le rasgaba las muñecas, pero no podía escapar. Su cuerpo estaba completamente a merced de su captor.
—¡Cállate! —Bill, con rabia desbordante, le tapó la boca con su mano, acallando sus gritos y, con una rapidez cruel, desnudaba al joven, para dejarlo sin nada rasgándole la delicada ropa que tenia puesta.
El joven tenia su pequeño cuerpo ante la fría habitación, mientras el hombre desabrochada su pantalón, sacando su miembro, el cual sin ninguna preparación, lo introducía de una embestida en el interior mas profundo del joven.
—¡AHHH! ¡Basta, no quiero! —El dolor físico se fundía con el horror emocional, y las lágrimas llenaban los ojos de Dipper, derramándose como una corriente de angustia que parecía incontrolable. En ese momento, su alma sintió el peso de su impotencia, mientras las embestidas lo dejaban a la merced de su captor.
—¡Cállate! —La voz de Bill, ahora cargada de furia, era un rugido que hacía eco en la sala. Su mano, que seguía tapando la boca del joven, se apretaba con más fuerza, como si intentara borrar toda resistencia de la cara de Dipper.
—¡Ahg, uhh, uf, ahhh! —Los gritos de Dipper se ahogaban entre sus sollozos y la presión de la mano que lo obligaba al silencio. El dolor se hacía insoportable, su cuerpo temblaba, pero era incapaz de escapar.
—¡Mierda! —La frustración de Bill explotó en una maldición, mientras sentía cómo el joven seguía luchando contra las cadenas que lo mantenían inmóvil.
-¡Para! ¡Me lastimas, me duele! ¡Basta! —El rostro de Dipper reflejaba el sufrimiento más puro, una mezcla de agonía física y emocional que lo consumía. Pero la respuesta de Bill fue implacable, y la oscuridad de la situación se volvió más intensa con cada segundo.
El hombre colocó sus manos firmemente sobre la pelvis del joven, ejerciendo una presión constante, implacable, con movimientos repetitivos y calculados. Cada empuje parecía un grito silencioso en medio de la desesperación. El pecho del joven subía y bajaba al ritmo de esos movimientos, con una precisión que rozaba lo desesperado. Las lágrimas brillaban en los ojos del joven, su mirada perdida, sus pupilas dilatadas, atrapadas en el rostro enojado de Bill
La atmósfera estaba cargada de tensión; el tiempo parecía haber sido detenido. El hombre, con el rostro contorsionado, presionado aún más fuerte, como si de ello dependiera no solo la vida del joven, sino también la suya. Por un momento, todo se volvió un suspiro en la penumbra. De repente, con un impulso el joven, desbordado por la agonía y la lucha, su cuerpo comenzó a responder. La sangre brotaba en un chorro cálido, con fuerza, como si el cuerpo del joven le gritara a la vida que no estaba listo para rendirse, la que las muñecas del joven por la resistencia de las cadenas sangraban manchando sus brazos.
Los movimientos del hombre eran bruscos, sus pelvis chocaban una con la otra, sin importarle que las manchas rojas se extendieran por su toque. Su cuerpo se contrajo con la señal terminar, sin importarle más tomaba entre sus manos la cintura del joven presionando mas para derraman su semilla en el interior del joven.
El grito ahogado por los impulsos resonaban, un sonido entrecortado que reflejaba la agonía. El hombre, sin aliento, se apartó rápidamente al ver esa respuesta, su rostro empalidecido por el shock, incapaz de sostener la mirada ante lo que acababa de ocurrir.
El joven, aunque aún atrapado, había logrado aferrarse a su respiración, mientras el hombre, tembloroso, no podía evitar mirar el cuerpo del joven, tan frágil y tan lleno de su ser.
El aire, antes pesado, parecía haberse aligerado. Sin embargo, el hombre no pudo mirar más; su alma, al igual que su cuerpo, se encontraba al borde del colapso, sin poder procesar lo sucedido.
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La habitación estaba sumida en una oscuridad casi total, con la excepción de un débil rayo de luz que se colaba por una rendija, iluminando de manera fugaz los párpados irritados de Dipper. El brillo lo acarició suavemente, y fue suficiente para que el joven despertara de un sueño pesado. Aturdido, luchó por recuperar la conciencia, luchando por comprender lo que acababa de ocurrir. Sus ojos se ajustaron a la penumbra y, al mirar a su lado, vio a un hombre durmiendo profundamente. Bill, con su respiración tranquila, parecía ajeno a la tensión que llenaba la atmósfera.
Dipper, con el corazón aún palpitando por la ansiedad, aprovechó la oportunidad para salir del cuarto sin hacer ruido. Se levantó con cuidado, sintiendo el crujir de sus huesos al estirarse, y recogió una camisa y un abrigo tirados en el suelo. Con movimientos rápidos y calculados, salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad detrás de él. Al avanzar por los oscuros pasillos de la mansión, se dio cuenta de la vigilancia de los demonios. En cada esquina, las figuras sombrías observaban, vigilantes, dispuestas a detectar cualquier movimiento sospechoso. Pero Dipper, alimentado por la urgencia, logró escapar, impidiendo ser visto, y pronto se perdió entre las intrincadas rutas del palacio.
El tiempo pasó, pero finalmente, después de lo que parecía una eternidad, Dipper se detuvo frente a una puerta que llamaba su atención. Era completamente diferente a las demás, sin adornos de oro ni plata, tan simple como funcional. La madera cruda y desgastada por el tiempo contrastaba enormemente con la opulencia del lugar. Su curiosidad lo empujó a abrirla.
El aire dentro era gélido, el silencio denso como una niebla pesada. En el fondo de la habitación, a lo lejos, pudo distinguir una figura humana, encadenada a la pared. Al acercarse, su corazón dio un vuelco al reconocer la identidad de la persona atrapada.
—¡Gedeón! ¿Eres tú? —su voz tembló, pero estaba decidido a ayudar.
El joven encadenado levantó la cabeza, los ojos abriéndose con sorpresa al ver a Dipper.
-¡Dipper! ¿Qué haces aquí? ¡Y... qué te han hecho!? —Gideon observó el cuerpo de Dipper, marcado por mordidas y moretones, con las manos magulladas y sólo una camisa como vestimenta.
Dipper titubeó por un momento, pero las palabras salieron con rapidez.
—Bueno... yo... —el joven tomó aire, sabiendo que debía contarle la verdad. Le habló de la relación con Bill, de cómo todo había llegado a ser como era. De lo que había sufrido, y de lo que había presenciado.
Gideon lo miró, su rostro una mezcla de confusión e incredulidad. Parecía no comprender bien la magnitud de la historia.
—Entonces... ¿él hizo todo esto... por ti? —preguntó, frunciendo el ceño ante lo absurdo de la situación.
-Si. Pero ahora... quiero salvar a mis amigos. Ellos están... convertidos en piedra, apilados sobre ese monstruoso trono. —Dipper dejó que el pesar en su voz hablara por sí mismo.
—Libérame —dijo Gideon con determinación, sus ojos brillando con una promesa. —Y te juro que te ayudaré a escapar, a ti y a todos.
Sin pensarlo dos veces, Dipper reconoció una piedra del suelo y, con toda su fuerza, golpeó las cadenas que mantenían cautivo a Gideon. El metal pasó bajo su ataque, y las cadenas cayeron al suelo con un estruendo sordo. Ambos se apresuraron a salir de la habitación, avanzando con rapidez hacia el salón principal.
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Al llegar, se encontraron frente al monstruoso trono de Bill. Dipper se acercó rápidamente y empujó el brazo del alcalde, quien había sido convertido en una figura inerte y petrificada. De repente, el sonido de un gran estruendo resonó por toda la sala, y las estatuas de los demonios y demás figuras caídas se desplomaron al suelo. Los ecos del caos llenaron la mansión, y Dipper sintió cómo la tensión aumentaba al instante.
—¡Corrán! —gritó Dipper, con urgencia, mirando a su alrededor en busca de una salida.
Junto a Gideon, comenzó a dirigir a las personas que aún podían moverse, pero pronto se dio cuenta de que el pasillo al que habían llegado no tenía salida. Solo había una ventana, que se asomaba al vacío exterior.
— ¿Qué hacemos ahora, Gideon? —preguntó Dipper, con los nervios al límite.
—¡Salten! —respondió Gideon, con una determinación que encontró a Dipper.
—¿Qué dices? —Dipper no entendía bien, pero vio cómo los demás empezaban a saltar sin dudarlo. El caos crecía detrás de ellos, los demonios se acercaban a gran velocidad. En medio de la multitud, Dipper vio a Bill acercándose, su sombra alargándose, buscando atraparlo.
—¡Confía en mí, salta! —ordenó Gideon con firmeza.
Sin tiempo que perder, Dipper se lanzó al vacío sin pensarlo más. Sintió el aire aullando en sus oídos, el miedo apoderándose de su cuerpo, pero sin una opción más. En ese mismo instante, justo antes de que los demonios llegaran, una parvada de almohadas voladoras apareció de la nada, como un salvavidas. Las suaves superficies acolchadas los recibieron a todos, amortiguando su caída.
Dipper, al igual que los demás, cayó a salvo entre las almohadas, mirando hacia arriba, viendo a Bill gritar su nombre, impotente ante su escape.
—¡Dipeeerr! —la voz de Bill se desvaneció mientras todos flotaban, seguros, hacia el horizonte.
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—¡Búsquenlo, tráiganmelo con vida! —La orden resonó en la quietud de la noche, llena de desesperación y furia.
—¡Sí, señor! —Respondieron al unísono, partiendo rápidamente en todas direcciones con la esperanza de dar caza al joven Dipper. Sin embargo, él y sus amigos ya se habían refugiado en la Cabaña del Misterio. Dipper corría con el corazón acelerado, buscando a sus tíos y a Mabel. El miedo lo invadía con cada paso, sin saber si podrían escapar un tiempo. Después de lo que parecía una eternidad, una figura familiar apareció a su lado, y sin pensarlo, Mabel lo abrazó con fuerza.
-¡Dipper! ¡¿Estás bien?! ¿Dónde estabas? ¡Me asusté mucho! No te encontré en tu cuarto, y entonces las hadas, duendes, y unicornios... vinieron aquí... —Las palabras de Mabel salían atropelladas, pero no dejaba de aferrarse a su hermano como si de ello dependiera su vida. En ese momento, los tíos se acercaron, también abrazándolo, pero el miedo y la incertidumbre no se disipaban.
—Tenemos protección... por el pelo de unicornio —Ford habló con calma, mirando a Dipper como si tratara de tranquilizarlo.
—¡No importa la protección! ¡Tenemos que salir de aquí ya! ¡Bill vendrá a buscarme! ¡Vámonos! —Exclamó Dipper, la urgencia en su voz llenaba el aire. Tomó la mano de Mabel y la de sus tíos, arrastrándolos hacia la salida. Sin embargo, sus rostros reflejaban confusión.
—¿Por qué vendría a buscarte? ¿Qué hiciste, Dipper? —La pregunta de Stan fue más un grito desesperado que una simple indagatoria.
—¡No le hice nada! —Respondió Dipper, su voz temblorosa.
— Entonces ¿por qué Bill vendría tras ti? —El tono de Ford ahora estaba marcado por una inquietud creciente.
—¡No lo sé! —Dipper se detuvo, su rostro lleno de miedo y frustración.
—¡Dipper, dilo! —Las voces de todos lo rodeaban, exigiendo una explicación.
Con una respiración profunda, Dipper finalmente soltó la verdad, y el peso de sus palabras cayó sobre todos.
—Está bien... porque... porque fui su pareja, y me escapé de él.
—¡¿Qué?! ¿Cómo es eso posible? ¡Sabes lo peligroso que es Bill! ¡¿Cómo pudiste ocultarnos esto?! —Ford apenas podía controlar la furia que hervía en su interior, mientras Stan se veía igualmente consternado.
—Lo sé... pero ahora no hay tiempo para eso... Si me ve con ustedes, los matará, y no quiero eso. Por favor... ¡vámonos ya! —Dipper suplicaba con una mezcla de arrepentimiento y pánico.
—Vamos, pero esta conversación no termina aquí, Dipper —Ford intentó mantener la calma, aunque su voz traicionaba su enojo. Todos comenzaron a caminar rápidamente hacia el bosque, sin saber qué les depararía el futuro.
Las hadas, elfos y duendes, que conocían el terreno, ofrecieron su ayuda, guiándolos hacia las fronteras de Gravity Falls. Pero al llegar a un claro, se encontraron con una barrera mágica que les impedía cruzar más allá del pueblo.
—¿Qué hacemos ahora? ¡Esto no puede estar pasando! —Dipper miró a su alrededor, con el temor creciendo en su pecho.
El bosque estaba en penumbra, con sombras alargadas proyectadas por la luna. El aire olía a resina de pino y a humedad, y el crujir de las ramas bajo sus pies parecía demasiado fuerte en medio del silencio tenso.
—Nos esconderemos —dijo Ford en un tono grave, intentando mantener la calma—. Los demonios nos buscarán por el suelo, pero podemos trepar a los árboles.
Su voz era firme, pero en su mirada se reflejaba el agotismo de la huida, la incertidumbre de no saber si realmente podría escapar. El grupo intercambió miradas nerviosas; La idea parecía lógica, pero también traía consigo un nuevo problema.
—Cómo... ¿vamos a dormir en los árboles? —preguntó uno de los elfos, con la voz impregnada de duda.
Se produjo un silencio denso. Nadie tenía una respuesta inmediata. El tiempo apremiaba, y cada segundo perdido era una oportunidad para que los demonios los encontraran.
Entonces, Wendy dio un paso al frente. Su largo cabello pelirrojo brillaba bajo la luz plateada de la luna, y su expresión era resuelta.
—Tengo una idea —dijo con seguridad, cruzándose de brazos—. Mi familia es leñadora, y como sabrán, trepar y construir es algo que hacemos todo el tiempo. Podemos hacer plataformas en los pinos para descansar. No nos llevará mucho tiempo.
Dipper sintió una oleada de alivio y esperanza encenderse en su pecho.
—¡Gracias, Wendy! —exclamó, con renovado entusiasmo.
No hubo más dudas. De inmediato, la familia de Wendy se puso manos a la obra. Con una destreza impresionante, treparon los troncos y comenzaron a ensamblar plataformas con ramas resistentes y tablones improvisados. Sonidos de martilleo, cortes y fricción llenaron el aire mientras el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras.
A medida que la noche avanzaba, las estructuras tomaron forma, camuflándose con el follaje. Eran lo suficientemente firmes para soportar su peso y estaban situadas en lo alto, lejos de la vista de cualquier amenaza que acechara en el suelo.
Cuando la última plataforma estuvo lista, el grupo subió, exhausto pero aliviado. Desde esa altura, el bosque se veía diferente: menos hostil, más seguro. Pero todos sabían que la verdadera prueba aún no había terminado.
Debajo, en la espesa oscuridad, algo se movía. Un gruñido bajo resonó entre los árboles.
Los demonios ya estaban cerca.
—Suban por las escaleras —indicó Wendy. Todos subieron con cautela, buscando un lugar seguro. Las plataformas se mezclaban perfectamente con la copa de los árboles, haciendo casi imposible que alguien las detectara.
Desde arriba, la familia Pines se sentó para tener la conversación que tanto había sido pospuesta.
—Entonces, ¿Bill te dijo que gobernarías con él y lo rechazaste? —Mabel no podía ocultar su asombro.
—Sí —Dipper respondió con una pena evidente en su rostro.
—Bueno, ya no sirve de nada recriminarlo. Lo importante ahora es que estemos a salvo, ocultos de Bill, hasta que todo esto pase —Stan trató de calmar a Ford, que seguía con el rostro tenso, la furia todavía presente en su voz, aunque trataba de disimularla.
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El tiempo transcurrió con rapidez, y la familia Pines tuvo que refugiarse aún más profundamente en el bosque. El peligro seguía latente, pero el pelo de unicornio que llevaban como pulseras les brindaba protección contra los hechizos de Bill. Gracias a la ingeniosa maquinaria de McGucket, lograron trasladar la Cabaña del Misterio y fijarla en lo alto de un árbol. El sótano, ahora convertido en laboratorio, fue reubicado con meticuloso cuidado. La familia de Wendy se unió a la causa y construyó no solo plataformas en los árboles, sino que las expandieron hasta transformarlas en pequeñas casas interconectadas por puentes colgantes, creando así un refugio seguro en las alturas.
Mientras tanto, Mabel había comenzado una relación con Gideon, aunque eso no significaba que el peligro hubiera desaparecido. Sin embargo, la calma de aquellos días se rompió cuando Dipper comenzó a sentirse extraño. Una sensación de malestar lo invadía sin previo aviso; una náusea persistente le hacía doblarse sobre sí mismo. Apenas podía sostenerse en pie.
—Bleeeg... ¡Uf! —Dipper se quejó, sosteniéndose el estómago con ambas manos.
Mabel se acercó rápidamente, la preocupación reflejada en su rostro.
—¿Estás bien? ¡Llevas días así! —preguntó, observando cómo su hermano se tambaleaba levemente.
—Sí... seguro comí demasiado... —respondió él con la voz pastosa, pero antes de terminar la frase, una nueva arcada lo obligó a inclinarse hacia adelante.
Mabel cruzó los brazos y arqueó una ceja, divertida.
—Claro, después de dos platos completos, mis galletas y todos los dulces que había escondido... que, por cierto, ¡los encontraste y te los tragaste! —exclamó con fingido enojo.
—Bleeeg... ugh, ¡no pude evitarlo! —Dipper gimió, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
La joven lo observó con picardía antes de soltar una carcajada.
—¿No será que tienes un gusano en el estómago? —bromeó, y luego, como si una idea ridícula cruzara su mente, exclamó—: ¡Oye, no estarás embarazado, ¿verdad?!
Mabel estalló en carcajadas, doblándose sobre sí misma, mientras Dipper la miraba con una expresión rígida... hasta que él también empezó a reír.
—¡Te pasas! ¿Y de quién sería? ¿¡De Bill!? —soltó, entre risas.
—¡JAJAJA! ¿Te imaginas? ¿Qué harías si así fuera? —Mabel apenas podía hablar entre las carcajadas.
—¡Me volvería loco! Tener un hijo de ese lunático... ¡un demonio en mi estómago! —exclamó Dipper antes de que ambos estallaran nuevamente en risas.
Pero su risa se fue apagando hasta que la habitación quedó en un inquietante silencio. Los dos abrieron los ojos de par en par, mirándose con horror.
—¿Qué...? —susurró Dipper.
—¡¿QUÉEEEE?! —chillaron al unísono.
Un escalofrío recorrió la espalda de Dipper, y sin pensarlo dos veces, agarró a Mabel por los hombros.
—¡Tenemos que ir con el tío Ford para un chequeo! ¡Necesito saber qué síntomas tiene una embarazada! —exclamó con desesperación.
Mabel parpadeó, confusa.
—¿Qué...? ¿Por qué quieres saber eso? —preguntó, alarmada.
Dipper tragó saliva.
—Mabel... dile que crees que estás embarazada —susurró, evitando su mirada.
—¡¿QUÉ?! ¡¿Por qué yo?! —la joven se llevó las manos a la cabeza, completamente en pánico.
—Por favor... si se lo digo yo, se enojará por lo que hice con Bill... ¡Necesito sacarme la duda, estoy asustado! —Dipper le tomó las manos con súplica.
Mabel lo miró fijamente durante unos segundos antes de soltar un suspiro exasperado.
—¡Está bien! Pero me debes una, y muy grande —dijo, rodando los ojos.
Dipper asintió con entusiasmo. Con un último intercambio de miradas nerviosas, ambos salieron corriendo hacia donde estaba Ford, esperando encontrar respuestas antes de que sus temores se hicieran más grandes.
Mabel miró a su hermano con una mezcla de nerviosismo y determinación. Sabía que debían buscar respuestas, y la única persona en quien podían confiar en ese momento era su tío Ford.
—Le diré al tío Ford. Vamos a su laboratorio para que me haga un chequeo —dijo con decisión, jalando a Dipper del brazo.
Ambos hermanos caminaron apresuradamente hacia el laboratorio de su tío. Durante el Raromagedón, Ford había decidido especializarse en medicina, pues ya tenía ciertos conocimientos científicos. Sin embargo, los dos estaban inquietos. Apenas cruzaron la puerta del laboratorio, Ford levantó la vista de su escritorio y les dedicó una mirada de preocupación.
—¿Se sienten mal? —preguntó Ford, frunciendo el ceño.
—Yo sí —respondió Mabel, acercándose con pasos inseguros—. Quería pedirte un favor, tío querido. Tú... ¿tú sabes algo sobre el embarazo?
Ford se acomodó las gafas con curiosidad, pero antes de responder, esbozó una sonrisa traviesa.
—Un poco, Mabel. ¿Por qué? ¿Se les pasó la mano a ti y a Gideon? —soltó una carcajada, sin notar el rubor creciente en las mejillas de su sobrina.
—¡No! —exclamó Mabel, visiblemente avergonzada—. Solo quería ver si podrías hacerme una prueba.
Ford se cruzó de brazos y meditó por un momento.
—Bueno... No tengo pruebas de embarazo aquí ni los materiales para hacerlas. Pero Wendy y los demás van a salir al pueblo a recolectar suministros. Les diré que traigan algunas pruebas —dijo Ford, mientras veía la expresión incómoda de Mabel—. La mayoría de las farmacias han sido saqueadas, pero con suerte encontrarán algo.
Mabel bajó la mirada, aún incapaz de hacer contacto visual con su tío.
—Gracias... Por cierto, ¿sabes cuáles son los síntomas comunes del embarazo?
Ford asintió y enumeró con calma:
—Bueno, entre los más frecuentes están el aumento del apetito, la sensibilidad en el olfato, las náuseas y vómitos...
Mabel miró de reojo a Dipper, fijando la vista en su abdomen. Su hermano tragó saliva, incómodo.
—Gracias, tío —dijo finalmente, jalando a Dipper fuera del laboratorio.
Cuando llegaron a su habitación, Mabel se apoyó contra la puerta, observando a su hermano con el ceño fruncido.
—Bueno, todos esos síntomas coinciden contigo. ¿Pero cómo puede ser que un hombre quede embarazado? —preguntó con incredulidad.
Dipper se dejó caer en la cama, frotándose las sienes.
—No lo sé, tal vez sea por el Raromagedón... Estoy muy preocupado, Mabel —confesó en un susurro.
—Solo nos queda esperar a que Wendy vuelva del pueblo. Ojalá les vaya bien —respondió ella, tratando de sonar optimista.
🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒
Horas después, Wendy y su grupo regresaron cargados de provisiones: medicinas, comida y herramientas. Se presentaron ante Ford, entregándole los suministros.
—Señor Ford, aquí tiene todo lo que encontramos en las farmacias —informó Wendy.
Ford revisó el contenido y sacó tres pruebas de embarazo.
—Mabel, aquí tienes. Son tres, para asegurarnos del resultado —dijo, tendiéndole las pruebas.
—¡Gracias, tío! —Mabel tomó las pruebas y corrió de regreso a su habitación, donde encontró a Dipper sentado en la cama, con los brazos cruzados y una expresión aterrorizada.
Ella se acercó con suavidad, acariciando su espalda.
—Entra al baño y haz la prueba. Pase lo que pase, independientemente del resultado, quiero que recuerdes que siempre estaré contigo. Lo resolveremos juntos —susurró con ternura, entregándole los test.
Dipper tomó las pruebas con manos temblorosas y entró al baño. Cerró la puerta con un leve clic y se miró en el espejo, su respiración se volvió errática.
—Esto es imposible... No sé por qué estoy sobre pensando esto. Pero... ¿y si sale positivo? ¿Qué haré? —murmuró para sí mismo.
Siguió las instrucciones de la prueba con manos temblorosas. Cada paso le parecía eterno, como si el tiempo se burlara de su ansiedad. No quería mirar, pero la curiosidad lo devoraba por dentro. Su respiración era errática, su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.
Finalmente, con el alma en vilo, tomó la prueba y la giró con sumo cuidado.
Sus ojos se agrandaron al ver el resultado.
El test cayó de sus manos, golpeando el suelo con un sonido hueco y definitivo. Sus pulmones parecieron olvidarse de cómo respirar, mientras un escalofrío le recorría el cuerpo. Se apoyó contra la pared, sintiendo que el mundo entero se desmoronaba a su alrededor.
—No... No puede ser... —susurró, su voz apenas un eco quebrado de su propia incredulidad.
—No, no, no... No... No... —Su desesperación crecía con cada repetición, como si decirlo pudiera cambiar lo que ya estaba escrito. Con manos temblorosas, tomó otra prueba y la hizo de nuevo. Y otra más. Pero el destino parecía inquebrantable: el resultado era el mismo.
El pánico lo devoró sin piedad. Se cubrió la boca con ambas manos, ahogando un sollozo tembloroso. Sus piernas fallaron y cayó de rodillas sobre el suelo helado. Sus pensamientos eran un torbellino caótico.
—¿Qué voy a hacer...? —murmuró, su voz cargada de angustia. Se abrazó a sí mismo, intentando contener el temblor de su cuerpo. Su mente se llenó de imágenes de Bill, de su familia, de las miradas de la gente. La vergüenza lo asfixiaba, el miedo le apretaba el pecho. —No puedo... No sé cómo decirlo... ¿Cómo voy a enfrentar esto?
Cada latido en su pecho se sentía como un golpe. No estaba solo en su cuerpo ahora. Había una vida dentro de él. Una nueva realidad que lo envolvía sin darle tregua.
Lágrimas silenciosas corrieron por sus mejillas mientras hundía el rostro entre sus rodillas, intentando acallar los sollozos. Pero la calma era inalcanzable.
Entonces, un golpe en la puerta lo hizo estremecerse.
—¡Hermano! —La voz preocupada de su hermana sonó desde el otro lado—. ¿Estás bien? Abre la puerta, por favor.
Se quedó inmóvil, su respiración entrecortada. No quería que lo viera así, no quería enfrentar preguntas que no podía responder. Pero ella siguió llamándolo, su insistencia atravesando la barrera de su desesperación.
Sabía que no podría esconderse para siempre.
Mabel golpeaba la puerta con desesperación, su corazón latía con fuerza mientras su ansiedad crecía con cada segundo de silencio. Su hermano llevaba más de una hora encerrado en el baño sin emitir un solo ruido, y eso la atormentaba.
— ¡Dipper! ¿Estás bien? ¡Abre la puerta, por favor! —exclamó con voz temblorosa, golpeando la madera con mayor intensidad.
No hubo respuesta. Angustiada, intentó empujar la puerta con su hombro, dispuesta a derribarla si era necesario. Justo cuando estaba por lanzar un último golpe, la cerradura sonó. La puerta se abrió lentamente y Dipper emergió, con los ojos hinchados, la piel enrojecida y una expresión de vergüenza que le impedía mirarla directamente. Mabel sintió que algo dentro de ella se rompía al ver a su hermano en ese estado. Sin dudarlo, lo abrazó con fuerza.
—Tranquilo, estoy aquí contigo —susurró, acariciándole la espalda—. No tienes que enfrentar esto solo. Vamos a hablar con el tío Ford, él sabrá qué hacer. Pero la decisión es tuya, Dipper.
El chico asintió débilmente, aferrándose a su hermana como si fuese su único salvavidas en un mar de incertidumbre. Sin esperar más, ambos salieron en busca de su tío.
Cuando llegaron al estudio de Ford, el anciano estaba concentrado en sus notas, pero al ver la expresión en los rostros de sus sobrinos, frunció el ceño con preocupación.
— ¿Qué pasa? ¿Cómo fue la prueba? —preguntó, esperando que fuera una simple conversación académica.
Mabel respiró hondo antes de responder.
— Tío... esas pruebas no eran para mí. Eran para Dipper.
El científico la miró con sorpresa y dirigió la mirada a su sobrino. Dipper evitó su mirada, con los labios temblorosos, los ojos hinchados y el rostro completamente rojo de vergüenza. Ford entendió que esto era algo serio y guardó silencio, esperando que continuaran.
—Salieron positivas... las tres —confesó Mabel con un hilo de voz.
Dipper cayó de rodillas, aferrándose a la bata de su tío, sollozando descontroladamente.
— Lo siento, lo siento... Tío, yo... yo no lo sabía. No pensé que esto pasaría, te juro que no... Perdóname, por favor... —suplicó, con su voz rota por el llanto.
Ford lo observó en el suelo, temblando, y cerró los ojos por un instante, intentando procesar la situación.
— ¿De quién es? —preguntó con frialdad.
Dipper bajó más la cabeza, sintiéndose pequeño bajo la mirada penetrante de su tío.
—Eso no importa...
—Dipper, si quieres mi ayuda, necesito saberlo —exigió Ford, con un tono de voz firme.
El joven tembló al escucharlo. Su cuerpo se encogió aún más, aferrándose a la tela de la bata de Ford como un niño perdido.
—Es... es de él... —murmuró.
Un silencio denso llenó la habitación.
—¡Ese maldito demonio! —Ford golpeó la mesa con furia, haciendo que los objetos sobre ella temblaran. Sus ojos reflejaban una ira contenida, un profundo resentimiento que había cargado por años—. Dipper, quiero que elijas tu futuro. ¿Qué quieres hacer? ¿Deshacerte de él?
El adolescente sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Mabel, a su lado, le tomó la mano con fuerza. La decisión recaía completamente sobre él.
—Yo... yo no lo sé —confesó, con voz temblorosa.
—Tienes que ser serio, Dipper —insistió Ford, con tono implacable—. Si decides seguir con esto, tienes que entender que un embarazo normal dura nueve meses, pero con sangre de los Cipher, la gestación es mucho más corta. En seis meses darás a luz. Si estás considerando interrumpirlo, después de dos meses será imposible. ¡Debes decidir ahora!
Dipper cerró los ojos con fuerza. Su mente era un torbellino de pensamientos. Sabía que Bill era un ser despreciable para todos, pero él había llegado a amarlo en algún momento. Y ahora, dentro de él, latía una vida... ¡una vida que también era parte de él!
Finalmente, con una decisión clara en su corazón, levantó el rostro.
—Lo tendré —afirmó con determinación.
Ford exhaló, mirándolo con dureza.
—Bien. Entonces, no podemos hacerte pruebas ahora. Esperaremos dos meses para una ecografía. Hasta entonces, debes cuidarte y alimentarte bien. Ya no se trata solo de ti, ahora compartes tu cuerpo con alguien más.
A pesar de su enojo, Ford se inclinó y ayudó a su sobrino a ponerse de pie. Sin decir una palabra más, lo estrechó en un abrazo fugaz, pero sincero.
Dipper sollozó contra su pecho.
—Gracias, tío...
El silencio pesaba en el ambiente hasta que Mabel, con un tono de energía renovada, rompió la tensión.
—¡Así que... voy a ser tía! —exclamó con una sonrisa esperanzada.
Dipper no respondió, pero Mabel tomó su mano y le apretó los dedos suavemente.
—No te preocupes. Estamos aquí para ayudarte —aseguró.
Y por primera vez en toda la noche, Dipper sintió que tal vez, solo tal vez, no estaba completamente solo.
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El tiempo transcurría con rapidez. Dipper entraba en su tercer mes de gestación, y aunque al principio la noticia había tomado a todos por sorpresa, poco a poco el grupo se adaptaba a la nueva realidad.
Wendy salía al pueblo a conseguir medicamentos, mientras que Pacífica se encargaba de recolectar ropa para todos, pero en especial para el futuro bebé. Mabel, por su parte, se había convertido en la sombra de su hermano, asegurándose de que descansara lo suficiente y no realizara esfuerzos innecesarios.
Los cambios en el cuerpo de Dipper se hicieron evidentes con el paso de las semanas. Siempre había tenido un abdomen plano, sin rastro de grasa, pero ahora, al mirarse al espejo, podía notar una leve curva formándose en su vientre. Aquello le resultaba extraño y fascinante a la vez.
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Necesitaban comprobar el estado del bebé, pero no podían acudir a un hospital común. La única opción viable era el hospital abandonado en las afueras del pueblo.
Cuando cayó la noche, el grupo se puso en marcha con cautela. La espesura de la oscuridad envolvía todo a su alrededor, y el silencio era tan denso que hasta el más leve movimiento parecía un estruendo en la inmensidad de la noche. Sus respiraciones eran contenidas, sus pasos medidos, como si el mismo aire pudiera delatarlos.
Ford, con la precisión que le daban los años de experiencia y su vasto conocimiento, preparó el equipo con manos firmes. La máquina emitió un leve zumbido al encenderse, su luz azulada rompiendo la penumbra con un brillo tenue pero reconfortante. Todos contuvieron el aliento mientras la imagen tardaba unos segundos en formarse en la pantalla.
Entonces, ahí estaba. Una diminuta silueta, apenas perceptible, pero innegablemente real. Pequeña, frágil, pero llena de vida. Dipper sintió cómo su garganta se cerraba, un nudo de emoción formándose en su pecho. Su mente bullía con pensamientos, recuerdos, dudas y sueños entrelazados en un torbellino imposible de contener.
—Lo tenemos —susurró Ford con una mezcla de emoción y alivio, su voz vibrando con un matiz que rara vez dejaba entrever—. Dipper, esta es la primera foto de tu bebé.
El silencio se rompió de golpe cuando Mabel, incapaz de contenerse, soltó un pequeño grito ahogado y se lanzó hacia la pantalla con los ojos brillantes de pura emoción.
—¡Oh, por Dios! ¡Míralo, Dipper! ¡Es tan chiquitito y adorable! —exclamó, tomando la imagen con manos temblorosas.
Stan, que había permanecido observando en silencio, sonrió con ternura, algo raro en él. Aunque intentaba disimularlo con una tos fingida, sus ojos revelaban un brillo melancólico. Ford, por su parte, sintió algo removerse en su interior. La idea de ser abuelo le resultaba tan inesperada como abrumadora, pero en ese instante, toda extrañeza quedó relegada ante la calidez que lo invadió. Había visto y vivido muchas cosas, pero esto... esto era algo completamente diferente.
Dipper tomó la foto con manos temblorosas, como si sostuviera el tesoro más valioso del mundo. Pasó los dedos suavemente por el papel, tratando de grabarse cada pequeño detalle en la memoria. Con sumo cuidado, sacó un bolígrafo de su bolsillo y, en el reverso de la imagen, escribió su nombre y los meses de gestación. Era un recuerdo que debía ser preservado, algo que en el futuro podría mirar y recordar exactamente lo que sintió en ese preciso instante.
El grupo permaneció en silencio unos momentos más, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Afuera, la noche seguía su curso, indiferente a la pequeña pero trascendental revelación que acababa de ocurrir. Pero dentro de aquella habitación, todo había cambiado para siempre.
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A la mañana siguiente, mientras el resto del grupo aún dormía, Dipper se aventuró al bosque en busca de tranquilidad. El aire fresco y el sonido de las hojas mecidas por el viento le brindaban una sensación de calma. Se sentó bajo un árbol, sosteniendo la ecografía con delicadeza entre sus manos. Sus dedos recorrieron el papel con cuidado, como si temiera que al presionarlo demasiado la imagen pudiera desvanecerse.
—Esa cosita... está dentro de mí... Es tan pequeña... —susurró para sí mismo, con una mezcla de asombro y temor.
El silencio del bosque se interrumpió de pronto. Una sensación helada recorrió su espalda. No estaba solo. Desde las sombras, una presencia lo observaba. Una risa grave y distorsionada resonó en el aire, seguida de una voz penetrante que lo envolvió como un susurro maligno.
—Vaya, vaya... Qué sorpresa más interesante...
Dipper sintió un escalofrío recorrerle la espalda como un latigazo de hielo. Su respiración se entrecortó mientras apretaba la ecografía contra su pecho con manos temblorosas. Su corazón latía con fuerza, golpeando su caja torácica como si intentara escapar. Tragó saliva y alzó la mirada, solo para encontrarse con una presencia oscura que se cernía sobre él.
—¿Qué hace un niño tan indefenso solo en el bosque...? —La voz era rasposa, burlona, con un déje de placer malicioso. Un escalofrío aún más intenso recorrió a Dipper al notar que la criatura olfateaba el aire, acercándose peligrosamente—. Ese olor... —susurró el demonio, entrecerrando los ojos con curiosidad—. Es un aroma familiar... la sangre de los Cipher corre en ti, pero no te pareces a ellos. —Una sonrisa ladeada se forma en sus labios afilados—. Tienes un rostro tan delicado... Me pregunto qué tan hermosa será tu expresión cuando estés sufriendo.
Dipper sintió que el pánico le atenazaba el pecho. Instintivamente, sus brazos se movieron por sí solos, cubriendo su abdomen en un gesto protector. No lo pensé dos veces: echó a correr con todas sus fuerzas, sus piernas moviéndose a la velocidad que le permitía el terror.
—¡No escaparás tan fácil! —rugió el demonio, sus ojos brillando con un fulgor amarillo enfermizo.
Dipper apenas pudo dar unos pasos antes de que una fuerza brutal lo derribara al suelo. Un impacto seco le robó el aliento y, antes de que pudiera reaccionar, sintió sus muñecas inmovilizadas sobre su cabeza. Su cuerpo se estremeció al verso completamente indefenso bajo el peso del ser.
El demonio inclinó el rostro, sus ojos afilados recorriendo cada detalle de su presa. Pero entonces, algo pareció captar su atención. Sus pupilas se fijaron en el vientre de Dipper, y su expresión cambió de la burla al asombro.
—Así que... estás embarazado de un Cipher... —murmuró con fascinación, como si acabara de descubrir un tesoro oculto.
Dipper sintió cómo una oleada de pánico lo atravesaba como una descarga eléctrica. Su mente se nubló de puro terror, pero su instinto de supervivencia reaccionó antes que él. Su mano libre tanteó desesperadamente el suelo hasta encontrar algo: una rama gruesa y astillada. Sin pensarlo dos veces, la aferró con todas sus fuerzas y la hundió en el ojo de la criatura.
El demonio rugió de dolor, soltándolo en un arrebato de furia. Aprovechando su oportunidad, Dipper se puso de pie de un salto y corrió sin mirar atrás, sintiendo cómo la adrenalina le daba un impulso sobrehumano.
El bosque se convirtió en un laberinto de sombras y ramas que intentaban aferrarse a él. Su corazón palpitaba dolorosamente, pero no se detuvo. Solo cuando el aire le faltó y sus piernas amenazaron con ceder, se dejó caer detrás de un tronco caído, ocultándose entre la espesura.
Fue entonces cuando se percató de algo.
—La foto... —murmuró con la voz entrecortada.
En su huida frenética, había dejado caer la ecografía.
Un sentimiento de angustia le oprimió el pecho, pero no podía arriesgarse a volver por ella. Tenía que encontrar un refugio.
Se levantó con esfuerzo y avanzó entre la maleza hasta divisar una cueva en la lejanía. Parecía lo suficientemente profundo para ocultarse. Sin pensarlo demasiado, entró, sintiendo el alivio del frío envolvente de la roca.
Pero antes de que pudiera relajarse, una voz resonó en la penumbra.
Una voz masculina. Suave, delicada... y completamente desconocida.
Dipper se quedó inmóvil, su corazón acelerándose de nuevo.
No estaba solo
—Quién... ¿o qué eres? —preguntó con la voz temblorosa, sus ojos abiertos como platos, reflejando el desconcierto y el miedo que lo invadía.
Frente a él, la figura tambaleante apenas se sostenía en pie. Sus ropas estaban rasgadas, su piel cubierta de heridas y suciedad. Cada respiración era un esfuerzo doloroso, como si con cada aliento le arrebataran un pedazo de vida.
—Por favor... ayúdenme... —balbuceó, su voz quebrada por la angustia—. Estoy... mal...
Sus piernas cedieron. Un susurro apenas audible se escapó de sus labios antes de que su cuerpo se desplomara pesadamente contra el suelo.
El caos se apoderó del lugar. Alguien corrió hacia él, arrodillándose a su lado, sacudiéndolo con desesperación.
—¡Ayúdenlo! —
Pero Dipper no respondió. Su pecho subía y bajaba con dificultad, sus párpados temblaban ligeramente, atrapados entre la inconsciencia y el dolor.
El tiempo pareció detenerse. El temor en los rostros de quienes lo rodeaban creció, la incertidumbre pesando sobre ellos como una sombra opresiva. ¿Qué le había pasado? ¿Qué fuerza lo había llevado a ese estado?
Nadie tenía respuestas. Pero una cosa era segura: el peligro aún no había pasado.
🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒
El ambiente estaba cargado de tensión. Una mujer temblaba en el suelo, apenas podía respirar después de ser alzada violentamente por el cuello. Sus ojos reflejaban el miedo y el dolor mientras Bill la sostenía con una fuerza brutal.
—¡¿Tú crees que lo han dado todo?! ¡Si lo hubieran hecho, él estaría aquí! ¡Dímelo otra vez! ¿Crees que eso es todo?! —rugía Bill, sus ojos resplandeciendo con ira descontrolada.
La mujer negó con la cabeza rápidamente, incapaz de articular palabra. Pero su silencio solo pareció enfurecer más a Bill, quien la lanzó al suelo con desprecio. Ella cayó con un golpe seco, sintiendo un dolor punzante recorrer su espalda.
—¡Dónde está el maldito de Gratus?! —vociferó, su voz resonando en el amplio salón.
La mujer se incorporó con dificultad, su cuerpo temblando mientras intentaba responder con la mayor precisión posible para evitar provocar otra reacción violenta.
—Señor... él no se ha reportado desde hace tres meses... —murmuró con voz temblorosa.
Un silencio helado se apoderó de la sala. La furia de Bill explotó con un grito desgarrador.
—¡INÚTILES! ¡SON TODOS UNOS ESTÚPIDOS!
Las sombras en la habitación parecieron oscurecerse, como si respondieran a su ira. Algunos de los presentes dieron un paso atrás, aterrados por la energía maligna que emanaba de él.
Pero el ambiente fue interrumpido de golpe por un estruendo en la puerta. El sonido reverberó en las paredes, y un demonio enorme apareció, arrastrando su imponente cuerpo hacia el centro de la habitación.
—Bill, escuché que me buscabas —su voz era gruesa y grave, rebosante de confianza—. Tranquilo, estoy aquí... y no vengo con las manos vacías.
En su garra, una fotografía se balanceaba ligeramente, reflejando la luz de las antorchas mientras avanzaba con calma. Bill lo observó con desdén.
—Gratus... ¡Así que te dignas a aparecer! Espero que lo que tengas que mostrarme sea importante, porque no estoy para perder el tiempo contigo.
Gratus sonrió de lado. Se detuvo a unos pasos de Bill y, con una mirada afilada, dejó escapar unas palabras con un tono casi burlón.
—¿No quieres saber cómo está ese chico que tanto buscas?
La expresión de Bill cambió de inmediato. Sus ojos se clavaron en los de Gratus con una furia contenida, pero su voz sonó sorprendentemente calmada.
—Dámelo.
Gratus soltó una carcajada seca y meneó la cabeza.
—Mmm... antes de eso, quiero algo a cambio. No puedes esperar que te lo regale así como así.
Bill entornó los ojos.
—¿Qué es lo que deseas?
El demonio alzó la fotografía, observándola con fingido interés antes de responder con una sonrisa taimada.
—Siempre he pensado que podrías compartir lo que tienes... algo que no te sirva o que te sobre. Dame la mitad de tu poder, solo así te la daré.
Los presentes contuvieron el aliento. Nadie había osado desafiar a Bill de esa manera antes. Pero él solo sonrió, como si la propuesta le pareciera ridícula.
—Eres astuto, Gratus... pero sigues siendo un idiota. No te daré nada. Pide otra cosa.
Gratus chasqueó la lengua con fingido fastidio, pero su sonrisa no se desvaneció.
—Bien, en ese caso, creo que lo dejamos así... Solo lo mencionaba para ver si en el futuro podrías compartir a tu amante también.
El silencio fue absoluto. El aire se tornó espeso, sofocante. Los ojos de Bill se abrieron con una mezcla de ira y sorpresa. Su rostro enrojeció y su furia se esparció como un veneno letal por todo el salón.
—¡¿QUÉ DIJISTE?! —su voz tembló de rabia.
Gratus siguió hablando con una sonrisa burlona, disfrutando del descontrol que había provocado.
—Solo digo que ya entiendo por qué te gusta tanto ese joven... Su aroma, su rostro, su pequeño cuerpo... Sería bueno que compartieras lo que te sobra...
El siguiente instante fue un destello cegador. Un grito desgarrador reverberó en el salón. Cuando los presentes recobraron la vista, se encontraron con la espeluznante imagen de Gratus empalado por una espada oscura, que atravesaba su pecho y se hundía en el suelo. Su cuerpo temblaba, sus ojos desorbitados reflejaban terror absoluto.
Bill se acercó lentamente, sus pasos resonando con fuerza en el silencio mortal que se había formado.
—Nunca... —su voz era un susurro helado—. Nunca vuelvas a mencionar nada sobre él. Jamás te daré la oportunidad de volver a verlo con esos ojos sucios.
Una llama azul crepitó en la palma de su mano, iluminando su rostro con un resplandor siniestro. Sin apartar la mirada de Gratus, tomó una botella de whisky del mostrador y la estrelló contra el suelo. El líquido se derramó sobre el cuerpo del demonio herido.
—¡MUERE!
Tocó el líquido y las llamas lo devoraron al instante. Los alaridos de Gratus llenaron la habitación, una cacofonía de dolor y desesperación. Hika, la mujer que había permanecido en las sombras, se inclinó para recoger la fotografía que había caído al suelo y se la entregó a Bill.
—“Dipper P./ 3 MESES / XX”... ¿Qué es esto?
Bill fijó su mirada en la imagen y sus pupilas se contrajeron. Su expresión, implacable hasta entonces, se tensó con una emoción contenida.
—Es una ecografía, señor. Parece que le pertenece al joven que buscamos. Por los meses que indica, esto fue a inicios del Raromagedón.
Bill tomó la imagen con sus dedos, examinándola con detenimiento. Sus ojos brillaron con una mezcla de incredulidad y fascinación.
—Entonces... esa vez... él quedó marcado —murmuró, dejando escapar una risa baja y temblorosa—. Mi pequeño... está esperando a mi hijo.
El silencio se extiende por la sala como un eco ensordecedor. Nadie se atrevía a hablar, los presentes intercambiaban miradas de asombro, procesando la magnitud de aquella revelación. De repente, un grito rompió la quietud del palacio.
—¡¡TODOS, BUSQUEN AL CHICO Y TRÁIGANLO ANTE EL REY!!
El estruendo de pasos resonó en los pasillos mientras los súbditos acataban la orden con fervor. Bill, sin embargo, permaneció inmóvil, su mirada perdida en la ecografía. La luz de las velas parpadeaba a su alrededor, proyectando sombras siniestras sobre su rostro. Entonces, alzó la cabeza y susurró con una calma escalofriante:
—Ja... Sabía que no podías escapar de mí.
Su risa se propagó por las paredes del palacio como un eco distorsionado, oscura y amenazante, impregnando el ambiente de un temor indescriptible.
🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒
En lo más profundo del bosque, la familia Pines buscaba desesperadamente a Dipper.
—¡Mi hermano ha desaparecido! —exclamó Mabel con angustia, sus ojos empañados por el miedo.
Stan la abrazó con firmeza, intentando calmarla, aunque la preocupación era evidente en su semblante.
—Tranquila, niña. Ya aparecerá. Si algo sabemos, es que no está con Bill... porque sus demonios siguen rondando.
Ford, quien observaba los alrededores con cautela, asomaba con seriedad.
—Esperamos a que caiga la noche. Será más seguro movernos sin ser vistos.
El viento soplaba entre los árboles, llevando consigo el eco lejano de la risa de Bill. El tiempo se agotaba.
🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒🌒
En lo más profundo del pueblo, Dipper comenzó a recuperar la conciencia. Un dolor punzante le atravesaba la cabeza y su cuerpo entero parecía un cúmulo de heridas latentes. Intentó moverse, pero un mareo le hizo tambalearse. De pronto, su instinto se activó al sentir una presencia cercana.
—¡¿Quién eres?! —exclamó con voz ronca, obligándose a incorporarse.
Ante él se encontraba un joven alto y esbelto, de nariz rojiza y porte delgado. Su expresión era tranquila, aunque sus ojos oscuros delataban una ligera inquietud. Cada vez que hablaba, su mirada descendía de manera involuntaria hacia el abultado estómago de Dipper.
—Lo siento si te asusté—dijo el desconocido, elevando las manos en un gesto apaciguador—. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien.
Dipper frunció el ceño al notar la insistencia con la que el joven observaba su vientre.
—¡¿Qué miras?!—exigió con severidad, su mirada fija y desafiante.
El joven desvió la vista con una ligera culpa, pero respondió con sinceridad:
—No es mi intención incomodarte... solo que tu rostro es delgado y no esperaba ver... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas— ese bulto en tu estómago.
Dipper suspiró y, sin rodeos, soltó la verdad.
—El Raromagedón afecta a cada persona de manera diferente. Yo estoy embarazado.
El rostro del joven se crispó en una expresión de sorpresa, pero antes de que la incomodidad se adueñara por completo del ambiente, se apresuró a presentarse.
—Soy Whirt—dijo, intentando suavizar el momento.
Dipper asintió, sin bajar la guardia. Whirt lo observó con detenimiento, sus ojos recorrieron su rostro: la expresión dura, el ceño fruncido, la mirada afilada como un cuchillo. Pero antes de que pudiera decir algo más, un grito desgarró la tranquilidad de la noche.
—¡VIENEN! ¡APAGUEN TODO Y OCÚLTENSE!
La gente entero entró en pánico. Personas corrían de un lado a otro, tomando lo que podían antes de desaparecer en cualquier rincón seguro. Whirt no lo pensó dos veces y tomó a Dipper de la mano.
La cueva era inmensa, sus paredes de piedra rugosa parecían devorar la poca luz que lograba filtrarse desde la entrada. Un aire frío y húmedo recorría el lugar, impregnado con un aroma dulce y extraño.
—Mañana registraremos el lugar. Las órdenes son claras, debemos encontrar al príncipe —dijo una voz firme en la penumbra.
De pronto, un hedor inusual invadió el ambiente. Era una mezcla peculiar, una esencia frutal con un dejo perturbador. Uno de los demonios frunció el ceño y olfateó el aire con inquietud.
—Fuh-fuh... Ese olor... es como a frutilla. Los humanos no deberían haber llegado tan lejos —murmuró con desagrado—. Vámonos de aquí.
Sin más, los demonios desaparecieron tan rápido como habían llegado, sus sombras deslizándose entre las rocas hasta disiparse en la oscuridad.
El silencio se rompió con el sonido de pisadas apresuradas. Los humanos, ocultos en la cueva, comenzaron a salir de sus escondites con el miedo aún marcado en sus rostros.
—Tienen que irse... vendrán y se los llevarán —advirtió Dipper con urgencia.
Su voz temblaba, no solo por el miedo, sino también por el ardor punzante en la parte baja de su abdomen. No entendía por qué aquel dolor se intensificaba con la presencia de los demonios, pero no era momento de detenerse a pensar en ello. Lo único importante ahora era que todos escaparan.
—No tenemos a dónde ir —protestó alguien con desesperación—. Es peligroso adentrarnos en el bosque.
—Es la única opción —insistió Dipper—. Mi familia y muchas más personas viven dentro del bosque. Deben irse.
Hubo un instante de duda, pero finalmente Whirt, con su mirada decidida, tomó la iniciativa.
—Confiaremos en ti... ¡Todos, vámonos!
Su voz retumbó con determinación y, uno a uno, todos comenzaron a moverse con rapidez, desapareciendo entre la maleza al salir de la cueva.
Dipper suspiro, sintiendo un peso en el pecho. Sabía que su propia batalla aún no terminaba.
Todos salen de la cueva, adentrándose sigilosamente en el bosque. La luna comenzaba a alzarse en el cielo, tiñendo de sombras los árboles retorcidos. El viento helado susurraba entre las hojas secas, aumentando la sensación de peligro que los acechaba.
—Uhgh... Ah... Uf... —Dipper jadeaba, cada paso que daba le provocaba punzadas de dolor insoportables. Su rostro estaba pálido, pero su vientre parecía arder. Apretaba los dientes, tratando de mantenerse firme, aunque el sudor frío resbalaba por su frente y algunos mechones de su cabello se pegaban a su piel.
Whirt, quien caminaba cerca, notó la incomodidad en su expresión y se atrevió a preguntar con voz preocupada:
—Parece que estás muy mal... Deberíamos descansar un poco.
Las ráfagas de viento se intensifican, sacudiendo las copas de los árboles y anunciando la inminente llegada de la noche. La luz del sol menguaba, tragada por la oscuridad que se extendía como una sombra devoradora.
—Sigan... yo estaráré bien... Los alcanzaré... —murmuró Dipper con dificultad, esforzándose por mantenerse de pie.
El viento sopló con fuerza, despeinando a todos, pero Whirt se mantuvo firme y, sin dudarlo, se agachó frente a Dipper.
—Sube a mi espalda, te llevaré. Vamos, no hay tiempo para discutir. Puede que el bebé esté en peligro, será mejor que nos apuremos.
Dipper dudó, pero la insistencia de Whirt lo hizo ceder a regañadientes. Con esfuerzo, se dejó cargar, apoyando su peso en el joven mientras reanudaban la caminata. Sin embargo, el dolor no cesaba.
De pronto, una punzada lo atravesó con una intensidad desgarradora.
—¡AHHHHH! —El grito de Dipper resonó en la quietud del bosque, haciendo eco en los oídos de los demás.
Su cuerpo temblaba descontroladamente, y de sus ojos solo brotaban lágrimas de sufrimiento. El miedo se instaló en el grupo, acelerando sus pasos. La tensión era palpable, cada segundo contaba.
—¡Dipper, ya casi llegamos, aguanta un poco más! —exclamó Whirt, pero la voz de su amigo apenas era un susurro ahogado.
Cuando diviso la cabaña en la distancia, la desesperación se apoderó de Dipper.
—¡MABEL! ¡TÍO! —gritó con todas sus fuerzas, su voz quebrándose entre el dolor y la angustia.
Nadie salió a recibirlos. Su cuerpo ya no soportaba la presión y, con un último gemido ahogado, se desplomó inconsciente en la espalda de Whirt.
Entonces, unos pasos apresurados irrumpieron en la noche. El grupo se tensó, preparándose para lo peor, hasta que distinguieron figuras corriendo hacia ellos.
-¡Dipper! ¿Qué te pasó? —La voz de Mabel llegó cargada de pánico cuando por fin estuvo cerca.
La joven se acerco junto a su hermano, sus manos temblorosas recorriendo su rostro en un intento desesperado por despertarlo. Sus tíos, Ford y Stan, no tardaron en tomarlo cuidadosamente de la espalda de Whirt, cargándolo entre ambos.
—Acompáñenos. Si alguien nos ve aquí, estaremos en problemas —ordenó Wendy con firmeza, guiando al grupo hacia la seguridad de la cabaña.
—¡Wendy! Redistribuye a los demás en distintas casas, no podemos arriesgarnos —indicó Mabel sin apartar la vista de su hermano.
—¡Entendido! —respondió la pelirroja antes de desaparecer entre los árboles.
Dipper fue llevado con urgencia a su habitación. Su cuerpo fue recostado con delicadeza sobre la cama, su respiración era pesada y entrecortada. Whirt, con el corazón latiendo con fuerza, se quedó esperando afuera, dejando que el viento fresco golpeara su rostro mientras intentaba calmarse.
Ford salió al poco rato y se dirigió a él con un tono más sereno.
—Tranquilo, chico. Estará bien, solo necesita descansar. Ha sido demasiado esfuerzo para él... Mabel, llévalo a una habitación para que descanse.
Whirt vaciló un momento antes de hablar.
—Si no es molestia... ¿Podría quedarme con él? Me preocupa su estado... Y más aún porque... está embarazado.
La familia Pines lo observó en silencio, notando la preocupación genuina en su expresión.
—¡Claro! —aceptó Mabel con una sonrisa cansada—. Yo dormiré en la habitación de Gideon, así que puedes quedarte con él.
La joven lo guió con su carisma habitual, asegurándose de que ambos estuvieran cómodos antes de dejarlos solos.
El silencio llenó la habitación. Whirt, aún inquieto, se acercó a la cama y se arrodilló junto a Dipper, observándolo dormir. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, como si aún estuviera atrapado en el dolor de antes.
Cauteloso, el joven levantó con suavidad la camisa del menor, dejando a la vista su vientre abultado. Contuvo la respiración por un instante.
—Es impresionante... pensar que en este cuerpo hay una vida creciendo... ¿Cómo es posible? —susurró para sí mismo.
Sin darse cuenta, su mano se deslizó con delicadeza sobre la piel tibia de Dipper, cubriendo su abdomen con cuidado, como si así pudiera protegerlo del frío de la noche.
Dipper respiraba con dificultad, su ceño fruncido delataba la incomodidad que sentía. Su mano descansaba sobre su abdomen, temblorosa, hasta que un pequeño movimiento interrumpió el momento. Algo empujó su palma con una fuerza tan sutil que casi pasaba desapercibida. Los ojos de Whirt se abrieron con asombro. Su corazón latía con fuerza ante lo que acababa de sentir. Llevado por la curiosidad, inclinó su rostro y apoyó su oído en el vientre del menor, esperando oír algo más allá del silencio que llenaba la habitación.
Contuvo la respiración, aguardando, hasta que un leve golpeteo rompió el mutismo.
“Top... top... top... top...”
Un sonido rítmico, casi etéreo, le llegó a través de la piel ajena. Whirt sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sin embargo, su momento de asombro se vio interrumpido por una voz somnolienta que resonó en la penumbra.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró Dipper, su voz arrastrada por el sueño.
Whirt se sobresaltó y, como si lo hubieran atrapado en un delito, se apartó de golpe, quedando de pie con la mirada baja.
—Lo siento... yo solo... —balbuceó, evitando los ojos del otro.
Dipper frunció el ceño, sintiendo el calor aún en su abdomen. Sin una palabra más, se acomodó la ropa y le dio la espalda a Whirt, ocultándose entre las sábanas. El silencio volvió a envolver la habitación, denso y pesado. Whirt, incapaz de contener su curiosidad, dejó escapar una pregunta.
—¿Podrías contarme cómo sucedió?
La ausencia de respuesta hizo que un nudo se formara en su garganta. Suspiró y murmuró con resignación:
—Si no quieres contarme, no me lo digas.
El tiempo pareció detenerse hasta que, finalmente, una voz delicada rompió la quietud. La luz de la luna delineaba con suavidad los labios de Dipper, dándole un aire melancólico.
—No, está bien... te lo contaré.
Whirt contuvo la respiración mientras el menor comenzaba su relato.
—Vine al pueblo con mi hermana cuando tenía doce años. Desde el principio, supe que este lugar no era normal. Cosas extrañas pasaban todo el tiempo, sucesos que no tenían explicación. Mi instinto me llevó a investigar su origen... y fue entonces cuando lo conocí. Bill.
Al pronunciar ese nombre, su voz se tornó más baja, más áspera.
—Era un demonio, un ser poderoso que jugaba con la realidad a su antojo. Se convirtió en mi mayor obstáculo, siempre interfiriendo en mis intentos por descubrir la verdad. Luchamos en más de una ocasión, hasta que un día... logré derrotarlo. Pensé que todo había terminado, que podía dejar atrás ese trauma y seguir adelante con mi vida. Regresé a California con mi familia y traté de olvidar. Durante cuatro años me convencí de que el peligro había desaparecido... hasta que volví aquí.
Whirt escuchaba atentamente, observando cómo los ojos de Dipper se oscurecían con cada palabra.
—Pensé que Bill estaba muerto. Pero una noche, mientras colgaba carteles en el bosque, simplemente apareció frente a mí. Sabía que era peligroso, que debía huir, pero... cada encuentro era distinto. Cambió. Se mostraba más atento, casi... humano. Me hizo creer que me amaba. Me entregué a él con todo mi ser, convencido de que podíamos estar juntos. Pero sabía que mi familia jamás lo aceptaría, así que lo mantuve en secreto. Solo nosotros dos, ocultos en lo profundo del bosque.
Un escalofrío recorrió la piel de Whirt. Sabía que la historia no tendría un final feliz.
—Pero todo fue una mentira. Él nunca cambió. Con el Raromagedón, me demostró que nunca fui más que su propiedad. Hizo algo con mi cuerpo, algo que... que me dejó así. Esto no es fruto del amor. —Dipper tragó saliva, su voz apenas un susurro—. Es solo un recordatorio de su poder sobre mí.
El silencio fue sepulcral. Whirt no sabía qué decir, no podía siquiera procesar lo que acababa de escuchar. Solo podía mirarlo, sus ojos reflejando la conmoción que sentía. Sus miradas se encontraron, y sin darse cuenta, su vista descendió hasta los labios de Dipper. Casi como un reflejo, comenzó a acercarse lentamente.
Pero Dipper lo notó.
—¿Qué haces? —su voz se tornó fría, cortante.
Whirt se detuvo en seco.
—Pensé que...
—Pues pensaste mal —Dipper se cubrió con la sábana y se giró, poniendo fin a la conversación—
El joven se sintió avergonzado. Se llevó una mano a la nuca y susurró:
—Lo siento... No volverá a pasar.
La noche continuó en silencio, y aunque el sueño llegó para ambos, el peso de la conversación quedó flotando en la atmósfera.
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Con los días, el vientre de Dipper comenzó a crecer de manera notoria, limitando su movilidad. Whirt siempre estaba cerca, dispuesto a ayudar, aunque al principio solo lograba irritarlo. Pero con el tiempo, Dipper terminó acostumbrándose a su presencia. El joven era atento, paciente, cuidándolo sin esperar nada a cambio. No solo durante el día, sino también en las noches en las que el insomnio y las pesadillas lo acechaban.
Sin darse cuenta, mientras su estómago aumentaba, algo más dentro de él también crecía. Lentamente, su corazón se abría a la posibilidad de conocer a Whirt más allá de su mera compañía.
Hasta que un día, mientras ordenaban el ático de la cabaña.
Dipper intentó levantar una de las cajas, pero el peso y el cansancio lo vencían. Justo cuando tambaleaba, una mano firme se posó sobre su brazo.
—Descansa, Dipper, yo me encargaré de esto —dijo Whirt con voz suave, acercándose para ayudarlo.
Dipper soltó un suspiro y le dedicó una pequeña sonrisa.
—Haces mucho por mí... —murmuró, pero antes de que pudiera terminar, tropezó con otra caja. Su cuerpo se inclinó peligrosamente hacia adelante.
Whirt reaccionó al instante, atrapándolo con agilidad. El tiempo pareció detenerse cuando sus miradas se cruzaron. Los ojos de Whirt eran profundos, oscuros y brillaban con una intensidad que le erizó la piel a Dipper. La cercanía entre ambos se volvió insoportable, una tensión latente flotaba en el aire. La vista de Dipper descendió sin querer hasta los labios de Whirt, ligeramente entreabiertos, respirando con cierta agitación. Algo dentro de él se encendió sin previo aviso.
Sin pensarlo, sus dedos se aferraron a la tela de la camisa de Whirt y, con un impulso repentino, lo atrajo hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso torpe, desesperado, cargado de una necesidad que ninguno de los dos había querido reconocer hasta ese momento.
Dipper se separó abruptamente, su pecho subía y bajaba con agitación.
—Lo siento... no quería... —balbuceó, sintiendo el calor subirle al rostro. Un miedo sordo le recorrió el cuerpo. ¿Había arruinado todo?
Pero Whirt no se alejó. En cambio, su mano subió con delicadeza hasta la mejilla de Dipper, rozándola con la yema de los dedos. Sus ojos lo escrutaron con una ternura inesperada antes de inclinarse y volver a unir sus labios. Esta vez, el beso fue diferente. Más lento. Más seguro. Más profundo. Un fuego distinto los envolvió, un entendimiento tácito que no necesitaba palabras.
Cuando finalmente se separaron, una sonrisa cómplice se dibujó en los labios de Whirt. Sin decir nada, ambos retomaron sus tareas, aunque sus corazones latían con una emoción renovada.
Los días pasaron, y los besos furtivos se hicieron más frecuentes, más naturales. Hasta que, sin siquiera hablarlo demasiado, supieron que ya no había marcha atrás. Se habían encontrado el uno en el otro. Y eso era suficiente para empezar algo nuevo.
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