|1| [My hero academia] Desestrés.
* Izuku x Mitsuki *
Apenas había salido del trabajo, y ya Izuku se encontraba resolviendo los problemas de alguien más.
—Maldito Ka-chan... Después de todo este tiempo, ¿todavía me menosprecias? —pensó, frunciendo el ceño. A sus veintitantos, uno creería que las cosas habrían cambiado—. ¿De verdad cree que su agenda es más importante que la mía? —chasqueó la lengua, irritado.
Su molestia se reflejaba en la forma de conducir: giros bruscos, frenazos innecesarios, una mano crispada en el volante. Solo cuando notó lo imprudente que estaba siendo, aflojó el agarre, cerró los ojos un instante y soltó un largo suspiro, como si exhalara también la rabia. Se obligó a enfocarse en su destino.
Y ahí estaba. Un bar de esos medio escondidos, frente a él. No faltaba mucho para que anocheciera, así que tenía que darse prisa.
—Al menos el director Nezu me dio la oportunidad de entregar el papeleo mañana... —murmuró al apagar el motor y salir del coche.
El lugar era rústico, casi parecía una taberna europea. Un excelente sitio para tomar un trago, pensó. Tal vez volviera en un momento menos problemático.
—Hola, buen día. ¿Mesa para cuántos? —preguntó una trabajadora en la entrada.
—De hecho, vengo por alguien —respondió el peliverde.
En ese momento, la mesera pareció haber recibido un milagro.
—¿Viene por la mujer ebria? ¡Qué alivio! Ya no sabíamos qué hacer con ella. Entonces usted debe de ser ese tal Katsuki —dijo, aliviada, llevándolo al interior.
—Oh, no. En realidad yo soy...
—¡¡Izuku!! —gritó melosamente Mitsuki, totalmente ebria, tambaleándose hacia él—. Jiji, ¿qué haces aquí?
Al verlo entrar, se le iluminó el rostro y se lanzó a abrazarlo.
—¿Tienes una cita? —aquella frase incomodó a Izuku y le arrancó una sombra de tristeza.
—Nada de eso, tía. Vengo por ti. Anda, vámonos —la sostuvo con un brazo mientras recogía sus cosas con el otro.
—Tsk... Idiotas. Les dije que llamaran a Katsuki —refunfuñó mirando a la mesera con desaprobación.
Las quejas continuaron hasta que llegaron al auto.
—Soy su madre, ¿no puede tomarse el tiempo de venir por mí? ¿Acaso ser héroe lo es todo para él? —repetía sin freno, tan alto que incluso con las ventanas cerradas, los transeúntes podían oírla.
Izuku, al menos, sabía que no estaba solo. Katsuki estaba siendo un idiota con todos.
El viaje fue ruidoso. La ebriedad de Mitsuki no dejaba a Izuku manejar con comodidad. Entre quejas y arrebatos, llegaron por fin a la zona donde Izuku solía visitar a la familia Bakugo. Pero al doblar en la calle, Mitsuki dejó entrever su error con una tristeza inesperada.
—...Creo... creo que no te lo había dicho, pero... —su voz tambaleante empezó a quebrarse—. Ya no vivo aquí. Solo... da la vuelta, vivo a un par de calles más adelante.
A partir de ese momento, el viaje se volvió silencioso. Ella clavó la mirada húmeda en los costados del camino, e Izuku respetó ese silencio con gesto serio.
Llegaron. Era un edificio viejo, parecido a un complejo estudiantil venido a menos.
—¿Es aquí? —preguntó Izuku con preocupación. Al buscar una respuesta, Mitsuki chistó molesta y trató de caminar con decisión hacia el edificio, pero sus piernas no la acompañaban.
Izuku corrió a sostenerla antes de que cayera. Le dio esa misma mirada que ella ya conocía: mezcla de preocupación sincera y una pizca de lástima. Mitsuki, al captarla, desvió la vista con frustración.
—Déjame llevarte a tu habitación —dijo él, ofreciéndole su brazo como apoyo.
Mientras avanzaban por los pasillos deteriorados, Mitsuki notó algo más: sus músculos.
—Vaya... sí que se mantiene en forma—pensó, tambaleándose un poco más de lo necesario para disimular su observación.
Izuku confirmó sus sospechas: el lugar era una casa de estudiantes con escaso mantenimiento. Parecía resistir con las uñas. Las rentas, probablemente baratas; la salubridad, apenas aceptable. Un sitio triste.
Después de algunos tropiezos —y de los chistecitos alcoholizados de ella— llegaron a su destino.
Mitsuki apenas podía mantenerse en pie. Izuku la ayudó a abrir la puerta, lo que provocó más de un acercamiento incómodamente íntimo.
Mientras la guiaba a su cuarto, pudo observar mejor el estado del lugar: humilde, casi lúgubre. Conocía a Mitsuki: era una mujer fuerte, orgullosa, decidida. Pero también sabía que nunca pediría ayuda. Eso le provocó un nudo en el pecho.
Al fin, llegaron al cuarto. Una cama individual, sábanas arrugadas, una cobija que apenas cubría media espalda.
Izuku la recostó con cuidado. Apenas podía sostenerse, así que él la acomodó con ternura: le quitó los zapatos, arregló la almohada, le trajo un vaso con agua.
—Izuku... —murmuró ella con los ojos entrecerrados.
—Tendrás que cambiarte si quieres dormir mejor —comentó él, dirigiéndose a la puerta.
Pero al oírlo, ella sonrió con malicia.
—¿Y si me ayudas con eso?
Izuku se congeló. ¿Había escuchado bien?
—T-tía, yo...
Cuando se dio vuelta, Mitsuki ya se había lanzado sobre él.
—Anda... ayúdame a desvestirme —susurró coqueta, acercando sus labios.
—Tía... yo... no podría.
—¿No puedes? Solo tienes que soltar este botón —dijo, mientras lo desabrochaba y dejaba ver su escote generoso.
—Me refiero a que yo nunca la vería de esa manera —dijo él, recuperando algo de compostura y ayudándola a recostarse de nuevo.
Eso hizo que ella se sintiera aún peor.
—¿Nunca me verías con esos ojos? —preguntó con la cabeza gacha, la voz rota—. ¿Y con qué ojos me miras, entonces? ¿Con los de lástima?
—Yo no...
—¿No lo harías? ¿No lo has estado haciendo todo este tiempo? ¿Crees que quiero estar así? ¿Crees que no me doy cuenta? ¡Mi esposo me dejó, se fue a otro país a buscar otra vida! ¡Mi hijo no se digna ni a mandarme un estúpido mensaje! ¡Y NADIE QUIERE DARME EMPLEO!
Su voz era una mezcla feroz de tristeza y enojo. Señaló el espejo roto frente a la cama.
—¡Ya lo sé! ¡Estoy jodida! Le di todos mis años de juventud a un hombre que me abandonó, y mi vida adulta a un mocoso que seguro ni me recuerda. Y ahora... soy una maldita vieja de 45 años, sola, en una casa mohosa y con este cuerpo... este cuerpo deforme —dijo, antes de derrumbarse en llanto y cubrirse la cara.
Izuku se acercó con cuidado.
—Tía Mitsuki, no seas tan dura contigo misma —intentó tocarle el hombro, pero ella lo apartó.
—Y no creo que tengas un cuerpo deforme, solo que...
—¿Qué? ¡Dilo! Ya nada puede hacerme sentir peor.
—No quiero aprovecharme de ti. Eres como una tía para mí... la mejor amiga de mi mamá. Siempre me has ayudado, incluso cuando no tenía un quirk —dijo, tomándola de los hombros, obligándola a mirarlo.
Al ver esos ojos... Mitsuki se sonrojó. Tenía razón. Lo había visto crecer. Había estado ahí desde que era un niño. Y ahora... ¿Qué demonios estaba por hacer?
Poco a poco, Mitsuki dejó de llorar. Se enfocó en ese momento, en ese chico que la miraba con honestidad... y algo más.
Tenía mucho de Masaru, pensó. Tal vez por eso le tenía tanta simpatía. Pero no era su ex. Era Izuku. El hijo de su mejor amiga. Y sin embargo... su cuerpo, su soledad, su necesidad... todo dentro de ella hizo clic.
Tomó a Izuku por los hombros y lo tumbó sobre la cama. Sus senos, grandes y generosos, cayeron pesadamente sobre el pecho del chico.

—N-no, tía... —intentó protestar, pero ella lo acalló con un beso húmedo y decidido.
—No soy tu tía esta noche. Soy solo una mujer más en tu vida —susurró con voz rasposa y deseo puro.
Y comenzó el juego.
Su cuerpo era su vía de escape. Sus frustraciones, sus años desperdiciados, todo encontraría salida ahí. Entre respiraciones calientes y gemidos contenidos, Izuku intentaba resistirse. Pero el cuerpo de Mitsuki... era un arma de seducción.
Sus enormes pechos, que ahora rozaban su boca.
Su trasero, redondo y firme, que parecía suplicarle ser tomado.
Sus caderas, que desde niño lo habían hipnotizado sin que lo entendiera.
Y sus labios... esos labios que ahora lo besaban con hambre contenida por años.
Izuku lo entendió. Tal vez, en lo más profundo, siempre la había visto con esos ojos. Y ahora, no había marcha atrás.
Tomó sus caderas con ternura, pero con intención. Intensificó el beso, y con un movimiento ágil, cambió las tornas.
~~ ¡Oop! ~~
Ahora él estaba encima, y Mitsuki miraba desde abajo, deleitada con el paisaje.
Comenzó a desnudarlo como si desenvolviera un regalo prohibido. Y todo lo que veía la excitaba: su cuerpo fuerte, su abdomen marcado, y esa cara... la cara de un ángel que invitaba al pecado.
Izuku, por su parte, se dejó llevar. Subió con fuerza la falda de Mitsuki y desabrochó sin piedad su blusa, dejando que sus pechos salieran libres, temblorosos, orgullosos.
Los atacó con boca y manos, hambriento, como si siempre los hubiera deseado.
Ya no había vuelta atrás.
Las manos de Mitsuki exploraban cada músculo de su joven amante. Cada caricia era una orden, y él obedecía lanzando embestidas de placer contra sus tetas.
—Sí que te gustan, ¿eh? —murmuró ella, guiando su cara de nuevo hacia la suya.
Sus ojos se encontraron, dilatados por el deseo, y un beso más profundo desató la siguiente ola.
Hundió los dedos en su cabello. Ese cabello que solía despeinarle cuando era niño... ahora era parte de una nueva travesura.
Lo guió hacia su intimidad. Y cuando sintió su lengua, su mundo se vino abajo.
~~ Hmmm... sí, sí... sigue... Masaru nunca me hizo sentir así... ~~
Izuku se encendió aún más. Sin piedad, exploró cada rincón de su placer.
~~ Mmm... Aahh... ~~~~ Ahhh... ohhh... ~~
La columna de Mitsuki se arqueaba sin control. Su cuerpo temblaba con cada movimiento. Cuando llegó al clímax, fue sin aviso, sin preparación.
—¡AAAAAHHHH! —gritó con la voz quebrada.
Su mente se desconectó. Su cuerpo quedó flotando.
Izuku subió besando todo su cuerpo, de abajo hacia arriba. Pasó por sus pechos, por su cuello, hasta quedar frente a ella.
—Si eres una mujer más... una desconocida esta noche... entonces tengo que hacerte mía —dijo con voz grave.
Esa frase. Jamás creyó que el dulce y tímido Izuku pudiera decir algo así. Y eso la encendió como nunca.
Izuku se incorporó, mostrando su torso desnudo ante la mirada devoradora de la mujer. Luego, sin pausa, liberó a la bestia.
Mitsuki mordió su labio inferior, excitada. Lo deseaba. Lo necesitaba.
Izuku tomó sus piernas gruesas y suaves, las colocó sobre sus hombros, acariciándolas con reverencia. Sus cuerpos se alinearon... y sin más preámbulos:
~~ ¡AAHHH! ~~
Una estocada firme. Profunda. Completa.
Mitsuki quedó en trance. Su cabeza no procesaba. Sus ojos se perdieron.
Y eso... solo era el inicio.
Izuku comenzó con movimientos lentos, acariciando su interior con cada vaivén.
—Ohhh...— jadeaba ella, adaptándose a esa nueva realidad, a ese cuerpo joven que la poseía como nadie.
—Jódeme... hazme olvidar... haz conmigo lo que quieras —susurró entre gemidos y babeos.
Izuku sonrió. Y aumentó la velocidad.
Mitsuki intentó seguirle el ritmo, pero pronto su cuerpo no pudo más. Se rindió. Se dejó consentir.
Para él, era un sueño que nunca supo que tenía. Ver sus pechos rebotar, sentirla temblar por él... era glorioso.
—S-sí... hazme tuya... haz que mi cuerpo sea solo para ti...
Sus gemidos eran suaves al principio, pero se volvieron gritos rotos. Su mente se empezó a borrar. ¿Por quién lloraba? ¿Por qué se sentía tan vacía antes?
Ahora, solo importaba esto. Este cuerpo. Este momento.
“Masaru se lo pierde...”“Katsuki ya no es un niño...”“Soy una excelente ama de casa...”“Y este hombre... puede hacer conmigo lo que quiera...”
~~ Aaahhh... ~~
—Mitsuki... estoy por...
—¡CORRÉTE! Hazlo dentro... ya no importa. ¡Seré tuya! Haré lo que me pidas. Mi cuerpo de cuarentona es tuyo... mi mente rota solo recuerda tu pene... por favor, Izuku... acepta a esta estúpida zorra...
Lo abrazó con fuerza, envolviéndolo con sus piernas... y ahí fue.
~~ ¡AAAAHHH! ~~
Ambos estallaron.
Izuku descargó su semilla ardiente en lo más profundo de ella, y un último orgasmo atravesó a Mitsuki como un rayo.
Ella se desplomó, rendida.
Izuku, sin fuerzas, recogió las cobijas del suelo y se recostó a su lado. Apenas iba a darle la espalda cuando sintió el abrazo de la mujer... su bíceps, atrapado entre sus senos.
Y así se quedaron.
Dormidos.
La realidad volvió, como siempre, sin pedir permiso.
La luz de la mañana se filtraba entre las persianas torcidas y chocaba directo con la cabeza de Mitsuki, que latía como si la estuvieran taladrando. Su boca seca, la garganta áspera. Una cruda digna de una batalla.
Abrió los ojos con esfuerzo, y los recuerdos comenzaron a gotear. Primero imágenes vagas: un torso, una caricia, una respiración. Luego vino un nombre que no debería estar ahí.
—¿Masaru...?
Un escalofrío. ¿Había vuelto? ¿Se habían reconciliado? No... no encajaba. Algo no cuadraba.
Y entonces...
Flashazos.
La cama.
El sudor.
Los gemidos.
Los ojos verdes.
Las pecas.
Las palabras.
Cada escena de la noche anterior se estampó como una explosión en su cabeza. Cada beso. Cada embestida. Cada grito ahogado. Todo regresó a su memoria como una maldita avalancha.
—¡CARAJO! —exclamó, tapándose la cara con las manos—. ¿Qué hice...?
Sus pensamientos eran un caos. Trató de encontrar algo de ropa interior sin moverse demasiado, como si el aire mismo la juzgara.
Su piel aún recordaba. Su entrepierna aún ardía. Y aunque no quisiera admitirlo... sí, le había encantado. La había hecho sentir viva. Deseada.
Pero entonces pensó en Inko.
—¡Mierda... es su hijo!
Ella... había gozado con el fruto maduro del árbol que ayudó a sembrar.
Suspiró entre dientes, buscando su ropa en el piso como quien recoge su dignidad.
Y ahí lo vio: sobre el buró, una caja de pastillas anticonceptivas, un vaso con agua, y unos billetes.
—Genial... ahora cree que soy una prostituta —ironizó mientras tomaba el dinero para contarlo. Era bastante.
Pero lo que más le sorprendió fue la caja de pastillas. Izuku se había tomado el tiempo de pensar en eso. De cuidarla. Entonces, una nota cayó del empaque.
La recogió.
La letra era la de él. Limpia. Dulce. Familiar.
Mitsuki soltó una risa, primero tímida, luego franca, con una lágrima en los ojos. No de tristeza, esta vez.
—Qué idiota más adorable...
Abrazó la nota como si pudiera borrar la culpa, o al menos suavizarla.
Ese chico... ya no era un niño.
Y quizás, por primera vez en mucho tiempo, su día comenzaba con algo parecido a la felicidad.