Capítulo 1 - El comienzo de todo
Alan tenía solo diez años. Le gustaba pasar las tardes jugando en la calle, corriendo entre risas, tierra y bicicletas viejas con sus amigos del barrio. Ese día, mientras pateaban una pelota improvisada, tres niñas pasaron frente a ellos. Se veían mayores, al menos un par de años más grandes. Pero había una en particular que llamó su atención de inmediato.
Tenía el cabello largo, sujeto con una cinta azul que bailaba con el viento, y una sonrisa tan bonita que por un segundo Alan se olvidó del balón. Vestía el uniforme escolar como cualquiera, pero en ella parecía distinto. Su nombre, supo después, era Esmeralda.
—¿Quieren jugar con nosotras? —preguntó una de las niñas.
Alan, sin pensarlo, dijo que sí. No sabía por qué, pero necesitaba estar cerca de Esmeralda, aunque fuera solo por ese rato. Desde ese momento, hubo una conexión inmediata entre ellos. Rieron, corrieron, compartieron secretos tontos, y en medio del juego, se sintieron como si se conocieran de toda la vida.
Cuando ya iba oscureciendo y cada niño regresaba a su casa, Esmeralda se le acercó con una sonrisa tímida.
—¿Mañana puedes venir? —le preguntó—. Me caíste muy bien.
Alan asintió. Y al día siguiente, mientras jugaban a las escondidas, Esmeralda lo tomó de la mano y lo jaló con ella tras un arbusto.
—Aquí nadie nos encontrará —susurró divertida—. Y desde ahora… ya eres mi mejor amigo.
Aquel fue el inicio de algo hermoso.
Con el paso de los años, esa promesa nunca se rompió. Se convirtieron en inseparables. Compartieron cumpleaños, tardes de tareas, frustraciones y sueños. Alan se acostumbró a su risa, a sus bromas, a su forma de verlo como si fuera su refugio. Y aunque ella era dos años mayor, parecía que el tiempo entre ellos no existía.
Cuando Esmeralda cumplió 17 años, todo cambió. Su madre falleció. Y con eso, una parte de ella también murió. Alan jamás la había visto tan rota, tan apagada.
—No sé cómo seguir… —le dijo entre lágrimas una noche—. Me siento sola.
Alan la abrazó. Fuerte. Como si pudiera sostener sus pedazos rotos.
—Yo no te voy a dejar sola, nunca. Pase lo que pase.
Ella tuvo que mudarse de barrio, irse con unos familiares. Pero cada fin de semana buscaba volver, solo para verlo. Solo para estar con él. Porque Alan, sin saberlo del todo, se había convertido en su lugar seguro.
Y él… él ya sabía que su mejor amiga era mucho más que eso.