Capítulo 1 Otra vida
Oscar se quedó totalmente desencajado al escuchar el aviso por radio. Se trataba de su antigua dirección.
—¿Ocurre algo? — preguntó Laura, mientras preparaba el café al verlo totalmente desencajado.
Oscar no quiso darle explicaciones. lo que menos le apetecía era provocar una discusión por algo que realmente carecía de importancia para él.
—Nada, cariño. No te preocupes, pero debo irme, — dijo, dándole un beso en los labios.
Tan pronto como salió del apartamento llamó inmediatamente a la comisaría. Damián, su mejor amigo y coronel de la policía, le informó personalmente de la situación.
—¿Pero que tan seria es la cosa? —preguntó Oscar, intentando mostrar desinterés.
—Está todo en orden, pero la casa está destrozada y... en fin, no quiero involucrarte y no lo haría, pero necesito a alguien de confianza allí, dirigiendo al equipo.
—¿Ella está bien? —preguntó Oscar intentando disimular su preocupación.
—¿Qué pasa? ¿Ahora te preocupa?
—En absoluto. Solo era una pregunta.
—Ya, no está en Barcelona, así que ni siquiera sabe.
Oscar resopló y se echó la mano a la cabeza.
— ¿No puede encargarse otra persona?
—Confío en ti.
—Sabes que no soy la mejor opción. Llevamos años sin cruzar palabra y nos ha ido muy bien.
—Mira, ni siquiera está en la ciudad. Ve para allá, encárgate del peritaje y después lo hablamos. Te lo pido, no te lo quiero ordenar, —concluyó con determinación.
—Me vas a meter en un lío, —renegaba mientras salía de la oficina, bastante enojado.
A pesar de llevar años en la profesión, no pudo evitar sentir un escalofrío por todo el cuerpo al ver su antigua casa vandalizada y ensangrentada con la sangre de Tango y Mimi. Los dos perros colgaban de las lámparas y mostraban una imagen grotesca del salón. El que había hecho eso se había ensañado con los animales y pintado en las paredes mensajes de odio hacia Monica. Buscó algún indicio que a simple vista pudiera darle alguna pista, pero lo único que encontró fue unas fotos de Mónica durante su último concierto, tomadas con muy mala calidad y rotas en pedazos. Sintió el estómago revuelto y salió afuera a tomar un poco el aire cuando la vio bajarse del coche tan nerviosa que ni siquiera reparó en él.
¡Mierda! Se suponía que no estaba en la ciudad, pensó Oscar.
Un par de policías uniformados intentaron detenerla cuando intentó pasar el cordón de seguridad y entrar en la casa, pero no lo lograron. Mónica les lanzó una mirada amenazadora y levantó la cinta que marcaba el perímetro policial.
—¡Qué estupidez! Claro que puedo, es mi... —y antes de que terminara la frase, Oscar pudo darle alcance, agarrándola fuertemente del brazo.
—¡Mónica! No debes entrar... —le espetó, mirándola a la cara—. Yo me encargo, —les dijo a los guardias y les hizo un ademán para que se marcharan.
—¿Qué haces aquí? ¿es Aitor?
Oscar la sintió temblar, nerviosa, al mencionar el nombre de su hijo.
—Aitor no está aquí, pero no debes pasar, —añadió percatándose de que aún la tenía sujeta del brazo.
—¡Suéltame! —le gruñó y se soltó de su agarre, saltándose el cordón policial y entrando en la casa despavorida.
Oscar la siguió presuroso e hizo todo lo posible por detenerla, pero no pudo evitar que Mònica viese el macabro escenario. Al ver a Tango y Mimi ahorcados, rajados en canal y desangrados soltó un grito ahogado y, de no ser por Oscar que la giró hacia él y la abrazó, hubiera terminado en el suelo. Las piernas le flaqueaban y la respiración sonaba lenta y entrecortada, lo que Oscar dedujo como el principio de un ataque de ansiedad.
—Escúchame Mónica, respira, respira conmigo, —le decía mientras le levantaba la barbilla y la miraba a los ojos—. Tranquila. Eso, toma aire y expúlsalo lentamente. Salgamos de aquí, —decidió, abrazándola por la cintura y apartándola de la macabra escena.
Ya fuera, en el jardín, Monica se liberó de su abrazo bruscamente. Hasta ese momento no había sido consciente de la cercanía con Oscar, una cercanía que le generaba incomodidad.
—No entiendo cómo alguien puede ser tan cruel, —lamentó Monica, mientras se sentaba en uno de los sofás del jardín, abatida y sin prestar mucha atención a su interlocutor.
—Sea quién sea que haya hecho esto, lo vamos a atrapar. Puedes estar segura, —aseguró, sentándose a su lado con la intención de infundirle seguridad.
Mónica levantó la mirada y lo vio por primera vez desde que cruzó el cordón policial. Qué o quién lo habría hecho salir de su luna de miel para ocuparse de los vanos problemas de una “diva caprichosa”, como él la había llamado en alguna ocasión?, pensó.
—De verdad, Oscar. No sé que haces aquí, y tampoco sé si lo quiero saber, —se atrevió a decir al fin—, pero lo que menos quiero y necesito en este momento es tenerte frente a mí.
—Lo entiendo, —farfulló retrocediendo en el sofá, aumentando la distancia entre ellos.
—Si lo entiendes, te pido que te marches, —añadió visiblemente afectada. Afectada, quien sabe si por lo sucedido o por volverlo a ver.
—Lo siento pero no va a poder ser. Por el momento estoy a cargo de la investigación, —añadió Oscar intentando mantener la calma— Así que colabora, para que el trago sea corto. Alguna idea de quién pueda haber hecho esto? Amenazas?
—No es mi trabajo ponerte al tanto, —contestó, con irritación en la voz. Monica se levantó y se dirigió a su coche, dejándolo con la palabra en la boca. Oscar salió tras ella y, con brusquedad, abrió la puerta del copiloto y se sentó a su lado.
—El que ha hecho esto es un psicópata, y la próxima vez puede que no tengas tanta suerte. Arranca, anda, —le ordenó de mala gana.
—Bájate de mi coche, —dijo, abriéndole la puerta para que se bajase—. Tú a mi no me das órdenes.
Oscar suspiró, la empujó contra su asiento y se puso el cinturón.
— Vamos a la comisaría y hablamos con Damián, que ponga a otra persona que te aguante, que no estoy para tus tonterías.
Mónica se abrochó el cinturón y arrancó el coche de mala gana. Condujo en silencio y pudo evitar mirarlo de reojo durante todo el trayecto. Cómo detestaba tenerlo delante! Le hubiera dado un bofetón por sus impertinencias si supiera que no se lo iba a devolver. Pero con Oscar nunca se sabía.
Una vez allí, Damián salió a su encuentro y abrazó a Mónica.
—Mónica. Estás bien?, —dijo observándola— Pasa. Oscar, tú también— agregó mirándolos a los dos—. Tomad asiento. Me imagino que es el mismo tipo, —Monica asintió y Oscar se percató de que no tenía toda la información y de que esto había pasado más veces y se le revolvió el estómago. Estaba feliz con la idea de tenerla fuera de su vida, pero tampoco le deseaba ningún daño.
—Te voy a ser claro, Mónica, —continuó Damián—, congregas a miles de personas en espacios reducidos y este tio no va a parar... A partir de ahora, quiero saber cada paso que das, 24/7.
—Tú te drogas, verdad? —Contestó alterada—. Por supuesto que no. Ya te lo dije el año pasado, no quiero escoltas. Voy a cambiar las cerraduras, cambiar el sistema de video vigilancia, lo que sea, pero mi independencia la necesito.
—El año pasado? —preguntó Oscar—. Te está amenazando un loco y me entero ahora? —rezongó, indignado.
—Lo bueno de estar divorciados es que no tengo por qué contarte mi vida.
—Basta los dos. Los asuntos personales los resolvéis en casa. Ahora lo que prima es la seguridad, la tuya Monica, por supuesto, pero también la de tus fans. Ya no son meras amenazas y no sabemos qué tan lejos puede llegar. Tienes dos opciones o colaboras con nosotros o cancelas tu agenda y te escondes en algún lugar remoto —Damián utilizó una voz firme, lejos del tono amistoso al que ella estaba acostumbrada.
—Evidentemente sabes que no puedo hacer eso, —dijo molesta—. Sería ceder, —bajó la mirada y se miró las manos, toqueteando, nerviosa, el dedo anular donde por años había llevado su alianza de boda. Oscar que no había podido quitarle los ojos de encima desde que la vio, reparó en el gesto, pero no dijo nada.
—Así es, pero como eres más testaruda que una mula, te lo tengo que poner bien claro.
—Sabemos si tiene colaboradores? Es un lobo solitario? Acceso a explosivos, armas?
—Eso lo hablamos después, —adujo Damián para no preocuparla más.
—Crees que podría atentar en alguno de mis conciertos?, preguntó, por primera vez, asustada.
—Eso sería ponernos en lo peor, pero sabemos que quiere destruir tu personaje público a toda costa, qué está dispuesto hacerte daño y no podemos descartarlo.
Oscar se revolvió en la silla y se giró para mirarla a los ojos— Lo que está claro es que tú no vuelves a esa casa, y menos sola, —añadió.
—Tú a mí no me dices lo que tengo que hacer ni me das órdenes. Te queda claro?, lo sentenció apuntándolo con el dedo.
Damián le pidió a Oscar que saliera del despacho un momento para poder hablar a solas con Mónica.
—Ya, dilo. Te hartamos, —sonrió Mónica.
—Sí, mucho. No sé que es peor, si juntos o separados.
—Juntos, te lo digo yo.
—Tómate esto en serio, por favor. Este tio está loco y no va a parar hasta hacerte daño, a ti directamente o a través de tu familia. —El semblante de Mónica cambió—. No se trata de dar órdenes, pero Oscar está al mando de esta operación y va a ser tu sombra día y noche, te guste o no te guste.
—Con la de hombres que tienes, me tienes que asignar a mi ex marido con el que hace cinco años no cruzo palabra. En serio? De verdad crees que es buena idea? Si lo que quiere es deshacerse de mí.
—No conozco persona más indicada. A este sé que no lo atemorizas con tus rugidos, —dijo sorprendiéndose de su propia ocurrencia.
Mónica se quedó en silencio, mascando la rabia y el miedo a partes iguales. No quería a Óscar cerca. No lo necesitaba, o al menos eso se repetía con insistencia. Pero la mirada de Damián era clara: no había margen para discutir.
—Vale —dijo al fin, levantándose—. Pero que conste que no es por ti —señaló a Damián—, ni por él —y giró hacia la puerta donde esperaba Óscar—. Es por mí. Y por Aitor. Porque esto no se lo voy a permitir a nadie.
—Me parece justo —asintió Damián.
Cuando Mónica salió del despacho, se cruzó con Óscar en el pasillo. Lo miró de reojo y siguió andando sin decir palabra. Él, por su parte, caminó tras ella sin protestar, como una sombra.Una sombra que no había pedido, que no deseaba... pero que ahora era lo único que tenía entre ella y el horror.
Y aunque no quisiera admitirlo, parte de ella respiró un poco más tranquila sabiendo que él no se iría.
Al menos no todavía.