Criada en fuego
No conozco la dulzura de una infancia tranquila. En mi mundo, los cuentos de hadas arden antes de que puedas soñar con ellos. Fui moldeada en llamas, forjada en el dolor... y ahora soy quien prende los incendios.
La oscuridad es mi aliada. Me envuelve, me oculta, me protege. Y, lo más importante, me da una excusa para no tener que ver la basura de este mundo con demasiada claridad. Menos mierda en la retina, menos ganas de arrancarme los ojos.
Estoy en el techo del almacén, mis ojos fijos en el interior a través del visor de mi máscara. La transacción está en marcha. Hombres armados vigilan cada entrada, mientras otros negocian con billetes ensangrentados la compra de vidas humanas, El clásico cliché de gánsteres con delirios de grandeza, pistolas con más ego que balas y maletines llenos de sueños rotos.
Mujeres, la mayoría jóvenes, encadenadas como mercancía barata. Algunas lloran en silencio, otras están demasiado rotas para resistirse.
Cuento rápido: veinte rehenes. Siete traficantes visibles. Cuatro más en los perímetros. Dos francotiradores. No puedo salvarlas a todas hoy. Pero puedo hacer que uno o dos hijos de puta se replanteen su vida.
Voy a hacer que este infierno arda.
Respiro hondo y enciendo mi dispositivo portátil. Hackear sus sistemas es casi demasiado fácil. Honestamente, deberían invertir en mejores firewalls en lugar de tanto sicario.
Cámaras, muertas. Alarmas, silenciadas. Sistemas, bajo mi control.
Y ahora, la magia
Activo un cortocircuito. El almacén se sumerge en la oscuridad.
Pánico. Confusión. Como pollos sin cabeza, pero con pistolas.
Los gritos de los hombres resuenan en la penumbra. Sé que están nerviosos, tensos, apuntando sus armas a ciegas. Son animales acostumbrados a cazar en la luz, pero yo soy un depredador que caza en la sombra. Dependen de sus rifles y su actitud de matones de barrio. Pero quítales la visibilidad y son solo idiotas armados en pánico.
Me deslizo entre ellos sin un solo sonido. El cuchillo en mi mano se mueve con precisión letal. Un tajo en la arteria de la pierna, un golpe en la tráquea. Dos cuerpos caen sin oportunidad de gritar.
Uno de ellos me escucha. Su linterna se enciende justo cuando me lanzo sobre él. Su reflejo es lento. El mío, no. Lo desarmo con un giro de muñeca y lo derribo con una llave. Siento el crujido de su clavícula al romperse bajo mi presión.
Un disparo resuena. Me giro.
—¡¿Qué demonios fue eso?! —uno de los traficantes grita en pánico.
—¡Alguien está aquí! ¡Revisen todo, carajo!
No sé qué es más triste: su intento de control o el hecho de que se van a mear encima en tres segundos.
Ya estoy en la oficina antes de que puedan reaccionar. Conecto mi USB al sistema y descargo la información. Nombres. Rutas. Compradores. Hijos de puta con corbatas y apellidos que suenan a donaciones millonarias y secretos bien guardados.
Mis dedos tiemblan un segundo. No por miedo. Por rabia contenida.
No puedo salvarlas todas hoy. Pero voy a destrozar este imperio ladrillo por ladrillo.
Antes de irme, saco mi marcador negro y dejo un mensaje en la pared:
"Piel marcada, alma intacta. Y paciencia jodidamente agotada."
Mi primer tatuaje. Mi juramento.
El caos afuera me da tiempo suficiente. Salgo por una ventana alta, me deslizo por una cuerda hasta el callejón. Mi respiración sigue tranquila. El frío de la noche se siente casi reconfortante contra mi piel caliente por la adrenalina.
Mis pies tocan el suelo con la misma gracia con la que me largaría de una conversación incómoda.
Sirenas.
La DEA. El FBI. Se están acercando.
Me escondo en un contenedor de carga. Siento las vibraciones de las botas contra el asfalto, las voces gritando órdenes, las luces de las linternas barrer el área.
Pero yo ya no estoy aquí.
Estoy en las sombras. Justo donde pertenezco.
El metal del contenedor está helado contra mi espalda, pero no me muevo. Contengo la respiración mientras las linternas barren la zona. Un agente pasa a menos de tres metros de donde estoy escondida.
—¡Revisen los alrededores! —ordena una voz masculina, gruesa y autoritaria—. Alguien activó el apagón. Quiero un informe de las cámaras ya.
Idiotas. No encontrarán nada.
El silencio se llena de murmullos, el sonido de botas pisoteando los charcos de agua sucia en el pavimento. Oigo los gritos de los traficantes sobrevivientes, algunos rogando, otros maldiciendo. No me importa. No siento ni una pizca de culpa por lo que hice.
Espero pacientemente, contando los segundos en mi cabeza. Dos minutos. Tres. Cinco. El caos se vuelve controlado. Los federales están asegurando la escena.Siempre llegan después del desastre, como si fueran los créditos finales de una mala película de acción.
Es mi oportunidad.
Lentamente, salgo del contenedor, pegándome a la pared del callejón. No pueden verme. No pueden atraparme.
Salto una cerca con facilidad y me interno en la zona industrial. Mi moto está escondida a unas cuadras. No me apresuro, mis pasos son firmes y controlados. Un cazador no corre. Un cazador se desliza.
Cuando llego a la motocicleta, me quito la máscara y dejo que el aire frío golpee mi rostro. Mi reflejo en el espejo retrovisor me devuelve la mirada. No hay miedo en mis ojos. Ni emoción. Ni culpa. Solo el vacío de siempre.
Pongo en marcha la moto y acelero, alejándome de la escena sin voltear atrás.
00:37 AM
Llego a mi departamento en el centro de la ciudad. No es lujoso, pero es funcional. Seguro. Con acceso limitado.
Entro en la ducha, dejando que el agua caliente relaje mis músculos. Las gotas corren por mi piel, limpiando el sudor, la sangre ajena. Cierro los ojos un segundo.
Los recuerdos quieren aparecer. Las sombras de mi pasado insisten en abrirse camino. La voz de Adrián, sus manos, el dolor...
Aprieto los puños. No. No esta noche.
Cuando salgo del baño, visto ropa cómoda: una camiseta holgada y pantalones cortos. Me dejo caer en el sofá, con la laptop abierta. Inserto el USB y veo los archivos descargados.
Nombres. Fechas. Cuentas bancarias.
Sonrío con frialdad.
—Ya están muertos. Solo que aún no lo saben.
No puedo salvarlas todas hoy.
Me tomo un momento para memorizar los nombres en la pantalla. Luego, cierro la laptop, guardo el USB en mi chaqueta y me pongo en marcha.
El rugido de la moto se apaga cuando cruzo las imponentes rejas de la Mansión Montserrat. Todo está en silencio. El viento silba entre los árboles del extenso jardín y golpea las ventanas como si intentara colarse dentro.
Nadie vigila. O al menos, eso pensarían los idiotas que no saben dónde están parados. Las cámaras ocultas giran con precisión milimétrica. Los sensores de movimiento están activados. Cada entrada, cada ventana, cada jodido centímetro de esta casa es un punto de control.
Un castillo imposible de tomar.
Pero yo no necesito permiso para entrar.
Deslizo la tarjeta de acceso y la puerta principal se desbloquea con un leve clic. Dentro, la mansión es un abismo de mármol y sombras. Todo impecable, silencioso... vacío.
Mis pasos resuenan en el suelo. No enciendo las luces. No las necesito. Conozco cada rincón de este lugar con los ojos cerrados. Subo las escaleras, mi cuerpo comenzando a resentir el desgaste de la noche.
Cuando llego a mi habitación, dejo caer la mochila en el suelo y me miro en el espejo.
Mierda.
Tengo un rasguño en la mejilla y un corte en el labio inferior. Nada grave, pero lo suficiente para recordarme que incluso los cazadores pueden sangrar.
Respiro hondo. Mi reflejo me devuelve la mirada con indiferencia.
Me recojo el cabello y mis ojos se deslizan hasta mi muñeca. El tatuaje negro contrasta con mi piel pálida. Paso los dedos sobre las letras con un leve temblor.
Un recordatorio. Un escudo.
Cierro los ojos un segundo.
Las sombras en mi cabeza quieren hablar. Adrián. Sus palabras como veneno. Sus manos como cadenas.
No.
Suelto el aire lentamente y me dejo caer en la cama.
El cansancio me arrastra. Mis párpados pesan.
No tengo control cuando sucede.
No sé en qué momento la narcolepsia me vence.
Solo sé que el mundo se apaga en un instante... y caigo.
El sueño se rompe de golpe.
Algo tira de las sábanas con brusquedad, arrancándome del vacío en el que había caído. Mi cuerpo se tensa, mi instinto grita peligro antes de que mi mente pueda reaccionar.
Mi mano se desliza automáticamente debajo de la almohada, buscando el cuchillo que siempre guardo allí.
—Ni se te ocurra.
Reconozco la voz antes de abrir los ojos.
Sebastián Montserrat.
Mi padre.
Parpadeo, intentando sacudirme la somnolencia mientras el peso de la narcolepsia aún se aferra a mis músculos. Mi habitación sigue a oscuras, solo iluminada por la tenue luz grisácea del amanecer filtrándose por las cortinas.
Él está de pie junto a mi cama, imponente, con los brazos cruzados y su expresión severa. Siempre la misma mirada. Siempre el mismo juicio en sus ojos.
—Levántate —ordena, con esa voz firme que no admite réplica—. No tienes tiempo para dormir.
Mi cuerpo sigue pesado, aturdido, pero me obligo a incorporarme. Lo observo en silencio, sin parpadear. Él tampoco.
Nos entendemos sin palabras.
Sebastián no sabe lo que hago en las sombras. No sabe que esta madrugada me deslicé entre traficantes y dejé cuerpos en el suelo. No sabe que mi sangre y mi alma llevan cicatrices que él jamás ha visto.
Y nunca lo sabrá.
Pero aun así, siempre actúa como si sospechara algo.
—Baja en diez minutos. Tenemos una reunión.
No pregunta si estoy bien. No pregunta si he dormido. No pregunta nada. Porque no espera respuestas de mí.
Asiento, sin una palabra.
Él tampoco espera que lo haga.
Sale de la habitación sin mirar atrás.
Me quedo ahí, con la respiración aún irregular, con la adrenalina aún latiendo bajo mi piel.
Me levanto. Otra vez.
Mis pies descalzos tocan el suelo de mármol frío. La habitación es amplia, moderna, con muebles minimalistas en tonos oscuros. No hay adornos, no hay fotos familiares. Solo lo esencial.
Camino hasta el baño y enciendo la luz.
Mi reflejo en el espejo me devuelve una imagen de desorden. Ojos ligeramente hinchados por el sueño interrumpido, una marca rojiza en la mejilla por el roce de las sábanas. El corte en mi labio inferior se ha secado, pero sigue ahí. Un recordatorio de que el peligro siempre deja rastros.
Abro el gabinete y saco mi rutina de skin care. No por vanidad. No por superficialidad. Sino porque es un ritual, una forma de recuperar el control.
Lavo mi rostro con agua fría, dejando que el frescor me despierte. Uso un limpiador en gel, masajeando suavemente hasta sentir mi piel respirar de nuevo. Luego, aplico un tónico con algodón, un suero de ácido hialurónico y finalmente una crema hidratante ligera.
La última capa es un bálsamo labial con un leve tinte.
Parezco menos agotada.
No menos peligrosa.
Camino hacia el vestidor. No es enorme ni está repleto de ropa extravagante. Solo lo funcional. Ropa que me permite mezclarme entre la multitud o desaparecer en las sombras.
Me pongo unos pantalones negros ajustados, una blusa de seda del mismo color y botas de tacón medio. Algo cómodo, algo que no llame demasiado la atención, pero que al mismo tiempo imponga.
Antes de salir, tomo una chaqueta de cuero y la pistola que siempre llevo en la funda del muslo.
La discreción es mi mejor arma.
Miro el reloj, son las 06:39 AM.
Es hora de enfrentar el día.
El comedor principal es tan grande que el eco de mis pasos rebota en las paredes de mármol. La mesa de caoba oscura, lo suficientemente larga como para acomodar a más de veinte personas, parece un símbolo absurdo de poder cuando solo tres sillas están ocupadas.
Sebastián Montserrat está en la cabecera, con la espalda recta y la expresión inmutable. Un periódico doblado a un lado, un informe de la DEA al otro. Sostiene una taza de café negro entre las manos, completamente absorto en los documentos que lee.
Camila Montserrat, mi madre, está sentada a su derecha, revolviendo con calma el té en su taza de porcelana fina. Sus ojos, tan oscuros como los míos, se deslizan hacia mí en cuanto ocupo mi lugar en la mesa.
Su mirada se detiene en mi labio.
La sonrisa que le sigue es pequeña, irónica.
—¿Te caíste? —pregunta con fingida inocencia mientras deja la cucharilla en el platillo con un leve clic.
Tomo mi propia taza de café y la acerco a mis labios con la misma calma que ella.
—Algo así.
Mi voz es neutral, sin emoción. Pero sé que mi madre entiende lo que realmente quiero decir.
Ella sabe.
Siempre sabe.
Sebastián, en cambio, no levanta la vista de los informes. Para él, la conversación no existe. Como siempre. Como toda mi vida.
Invisible.
Una hija que no merece su atención a menos que se convierta en una herramienta útil.
Camila, sin embargo, no aparta la mirada. Sus dedos tamborilean suavemente sobre la mesa, como si midiera el tiempo, como si esperara algo.
Yo también espero.
Espero que haga una pregunta más. Que exija detalles. Que cuestione lo que su instinto le dice.
Pero no lo hace.
En cambio, sonríe apenas, con esa expresión calculadora que pocos saben leer.
Bebe un sorbo de su té y vuelve a enfocarse en su desayuno, como si nada hubiera pasado.
El mensaje es claro: No aquí. No ahora.
Sebastián pasa una página más del informe, ignorando por completo el intercambio.
Silencio.
Solo el sonido de los cubiertos contra la porcelana, del papel moviéndose entre los dedos de mi padre, del viento golpeando contra los ventanales.
Levanto mi taza y bebo.
El café está amargo.
Pero el sabor no me molesta.
Estoy acostumbrada a lo amargo.
Sebastián sigue absorto en su informe. La luz matutina entra por los ventanales, iluminando su expresión seria, sus rasgos afilados endurecidos por los años de dominio absoluto. Él no solo está acostumbrado al poder, él es el poder. Su presencia consume la habitación, incluso cuando ignora todo lo que lo rodea.
Para él, soy poco más que un espectro en la periferia de su mundo.
Agarro un croissant del plato de porcelana blanca en el centro de la mesa y lo parto en dos con los dedos, sin prisa, como si toda la tensión que flota en la habitación no me afectara. Pero la siento. La siento en la manera en que los hombros de mi madre siguen erguidos, en la forma en que sus labios apenas se curvan en una media sonrisa llena de segundas intenciones.
Ella quiere hablar conmigo.
Lo hará más tarde.
Lo hará cuando estemos solas.
Llevo un pedazo del pan a mi boca y mastico con calma, mientras mis pensamientos regresan por un instante a la madrugada. Al olor a sangre y gasolina. A los gritos sofocados, a los cuerpos desplomándose en la oscuridad.
A la sensación de mi corazón latiendo con la adrenalina de la cacería.
Ese mundo y este, separados por horas, por muros, por apariencias.
Dos Isa.
Dos vidas.
Y solo una mujer en esta mesa sabe quién soy realmente.
Camila vuelve a romper el silencio.
—El próximo fin de semana habrá una gala benéfica —murmura, acomodando la servilleta sobre su regazo—. Asistirá gente interesante.
Gente interesante.
En su idioma, eso significa contactos, aliados, rivales... y posibles enemigos.
Me limito a asentir. No pregunta si quiero ir. Sabe que iré. No tengo opción.
Sebastián sigue sin decir nada. No hay una señal de que haya registrado la conversación. Pero lo ha hecho. Mi padre nunca deja de escuchar, solo elige qué vale su atención y qué no.
No sé si algún día lo haré valerme de su interés.
No sé si quiero hacerlo.
Bebo el último sorbo de café y dejo la taza sobre el platillo con un leve clic.
—Voy a entrenar —digo sin esperar respuesta.
Me pongo de pie y salgo del comedor, sintiendo la mirada de mi madre siguiéndome hasta que desaparezco por el pasillo.
Ella sabe.
Y pronto, querrá respuestas.
El edificio de la DEA es una fortaleza de concreto y vidrio, diseñado para intimidar y controlar. Pasillos fríos, luces blancas y un flujo constante de agentes en trajes impecables o con chalecos antibalas.
Camino junto a Sebastián, mi padre, con el rostro neutro y la mirada al frente. Su presencia es imponente, y los agentes se apartan a su paso. No es solo su rango. Es lo que él es. Un hombre que impone respeto por la fuerza de su autoridad.
Yo, en cambio, soy un fantasma en este mundo.
No pertenezco aquí.
No oficialmente.
Pero eso no significa que no conozca cada rincón de este lugar.
Entramos en la sala de reuniones. En la mesa de cristal hay expedientes abiertos, fotografías, mapas con rutas de tráfico humano marcadas en rojo. La tensión es densa, una presencia silenciosa en el aire.
Y ellos ya están ahí.
Claro, como si no pudiera haber una reunión sin estos dos.
Dante y Alex Blackwell.
Los mejores agentes de la DEA. Y, para mi desgracia, los dos hombres que menos soporto en este mundo.
Lo que me sorprende, considerando que uno es la encarnación del caos y el otro parece un robot programado para ser incómodo.
Dante está recostado contra la pared con una actitud despreocupada, el aire de arrogancia envolviéndolo como una segunda piel. Su camisa blanca está remangada hasta los codos, mostrando los tatuajes en sus antebrazos. Tiene una sonrisa torcida en los labios, pero sus ojos, fríos y depredadores, me analizan en cuanto cruzo la puerta.¿Es mi paranoia o ese tipo sonríe como si supiera algo que ni yo misma sé?
Alex está junto a la mesa, con los brazos cruzados. Su postura es rígida, su expresión inescrutable. Es el contraste perfecto con Dante. Donde Dante juega con la hostilidad, Alex se sumerge en el silencio calculador. El tipo tiene una calma tan aterradora que casi siento que podría estar planificando mi asesinato sin inmutarse.
No dicen nada al principio.
Pero no dura mucho.
—¿Qué hace ella aquí? —pregunta Dante, su tono burlón.
Mi mandíbula se tensa, pero no muestro ninguna otra reacción. En lugar de eso, levanto la barbilla y sostengo su mirada sin parpadear.
—No es de tu incumbencia —respondo con frialdad.
Dante sonríe más, como si mis palabras lo divirtieran.
Alex, en cambio, sigue mirándome en silencio, sus ojos oscuros recorriéndome con un análisis que no me gusta. Él nunca ha necesitado palabras para hacerme sentir que está buscando algo en mí. Algo que no quiero que vea.
Esos ojos de Alex... son como los de un depredador en busca de su presa, y yo no quiero ser la que termina en su plato.
Tomo asiento en la mesa sin prestar más atención a ellos.
Los documentos frente a mí muestran nombres, rutas, compradores.
Pero están atrasados.
Semanas atrasados.
La información que ellos buscan desesperadamente ya está en mi computadora, encriptada, esperando ser utilizada en el momento correcto.
Pero nadie debe saberlo.
Nadie puede saberlo.
Porque en este mundo de sombras, las verdades siempre se esconden a plena vista, y el único modo de sobrevivir es siendo invisible.
Así que me limito a observar. A escuchar. A jugar mi papel.
Porque en este juego de sombras, siempre hay alguien mirando.
Y yo no puedo permitirme ser descubierta.
Dante sigue sonriendo, con esa maldita expresión de burla permanente.
—¿No es de mi incumbencia? —repite, dejando escapar una risa baja—. Vamos, princesa, todo lo que pasa en esta agencia es mi incumbencia.
Lo miro sin pestañear, mi voz es un filo de hielo cuando respondo.
—Entonces tal vez deberías concentrarte en hacer tu trabajo en lugar de desperdiciar oxígeno.
Su sonrisa se ensancha.
—Vaya, qué carácter. Me pregunto si lo heredas de mamá o de papá.
Sebastián levanta la vista del expediente que está leyendo.
—Dante —dice con su tono seco de advertencia.
Pero Dante no parece inmutarse.
Alex, sin embargo, se mueve.
Lentamente, con precisión, se sienta en la silla frente a mí y entrelaza los dedos sobre la mesa. Sus ojos oscuros me analizan, diseccionándome capa por capa, como si estuviera intentando leerme sin que yo me diera cuenta.
Me está estudiando. Pero yo soy la que se juega la partida.
No lo permito.
—¿Cómo te hiciste eso? —pregunta de repente, su voz baja, pero firme.
Frunzo levemente el ceño.
—¿Hacerme qué?
Él inclina la cabeza señalando mi labio inferior.
Mierda.
Había olvidado el corte.
Dante chasquea la lengua y se inclina un poco más cerca.
—Déjame adivinar... —Su voz es puro veneno disfrazado de diversión—. ¿Te metiste en problemas anoche?
Mi mandíbula se aprieta, pero mi expresión no cambia.
—Si tanto te interesa mi vida personal, deberías dejar la DEA y trabajar en una revista de chismes.
Dante suelta una carcajada.
—Dios, eres divertida.
Alex sigue observándome, su rostro inmutable.
—¿No vas a responder?
Cruzo los brazos.
—Tropecé.
Dante me mira con incredulidad y luego le lanza una mirada a Alex.
—¿Tú le crees?
Alex no responde de inmediato. Su mirada sigue fija en mí, como si intentara encontrar la verdad entre líneas invisibles.
—No —dice finalmente.
¿Qué demonios? ¿Alex acaba de darme la respuesta que ni yo misma quería escuchar?
Me esfuerzo por no tensarme.
Sebastián suspira, cerrando el informe con un golpe seco sobre la mesa.
—No estamos aquí para discutir sobre los accidentes de Isa. Tenemos un caso que resolver.
—Claro —dice Dante, recostándose en su silla con una sonrisa—. La red de trata... qué problema tan complicado.
Mi mirada recae sobre los documentos abiertos en la mesa.
Ellos aún están buscando respuestas.
Yo ya las tengo.
Y nadie puede saberlo.
El eco de mis tacones resuena en los pasillos de la DEA. Paso firme, postura recta, expresión inmutable. Un escudo que he perfeccionado con los años.
Pero algo está mal.
Mi visión se vuelve borrosa en los bordes, como si la realidad estuviera a punto de disolverse. Un mareo repentino me sacude, haciéndome tambalear apenas un segundo. Apenas suficiente para que mi cuerpo me advierta lo inevitable.
No.
No ahora.
Parpadeo rápido, tratando de disipar la pesadez que se aferra a mis párpados. Mis manos se cierran en puños. Me concentro en cada paso. Un pie delante del otro. Pero el suelo parece moverse bajo mí, como si el mundo estuviera oscilando en un eje invisible.
Me apoyo disimuladamente contra la pared.
Respiro.
Profundo.
El aire frío no ayuda. Siento el latido errático en mis sienes, el peso arrastrándome al abismo.
Tengo que llegar a mi oficina.
Tengo que...
Un escalofrío me recorre la espalda.
Alguien me está observando.
Levanto la vista, obligándome a enfocar.
Alex Blackwell.
Está apoyado contra la pared más adelante, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí. Su rostro es una máscara impenetrable, pero hay algo en sus ojos... una sombra de análisis, un destello de reconocimiento.
¿Sospecha algo? Mi instinto grita que no debo dejar que me vea así. Si alguien tiene la habilidad de detectar una mentira, ese es Alex. Y yo no tengo margen de error.
Enderezo la espalda de inmediato, reprimiendo la debilidad. Mis pasos se vuelven más seguros, más mecánicos. Como si nada estuviera mal.
Como si no estuviera a segundos de caer.
Pero Alex no deja de mirarme.
Y eso me preocupa.
Mucho.
El peso en mis párpados es insoportable.
Cada paso que doy es una batalla. Siento la adrenalina forzando mi cuerpo a mantenerse en movimiento, pero sé que es inútil. No tengo control sobre esto. No puedo detenerlo.
Pero nadie puede darse cuenta.
Me obligo a respirar con calma, aunque cada inhalación es un esfuerzo titánico. Mis piernas amenazan con ceder, mi visión se empaña con manchas oscuras. Un sonido lejano zumba en mis oídos, como el eco de un túnel sin salida.
Sigo caminando.
Sigo...
—Isa.
Su voz me detiene.
Alex.
Su tono no es burlón como el de Dante. Tampoco es cálido. Es firme. Directo.
No me detengo. No puedo. Si lo hago, sabrá que algo no está bien.
—Isa.
Más cerca.
Siento su presencia justo a mi lado. Alto, sólido, intimidante.
No respondo. Aprieto la mandíbula y sigo avanzando.
Pero entonces mi cuerpo traiciona mi voluntad.
El suelo se inclina de golpe.
Un vértigo salvaje me arrastra sin piedad. El pasillo se distorsiona. Se vuelve una mezcla de sombras y luces parpadeantes.
Mis rodillas ceden.
Pero antes de tocar el suelo, una mano me atrapa.
Fuerte. Segura.
Alex.
Su agarre es firme alrededor de mi muñeca, como un ancla que me impide caer por completo.
Levanto la vista y me encuentro con sus ojos. Oscuros. Intimidantes. Pero, por primera vez, hay algo más ahí. Algo parecido a... preocupación.
No. No puede ser.
No es posible. El chico de los ojos fríos acaba de romper la regla de no sentir. Esto no lo estaba planeando.
Tengo que decir algo. Controlar la situación.
—Suéltame.
Mi voz suena más débil de lo que me gustaría.
Alex no obedece. En lugar de eso, me estudia con atención. Su mano sigue sosteniéndome, sujeta con la misma fuerza con la que sostiene su arma en una redada.
—¿Qué te pasa?
Es una pregunta peligrosa.
No puedo responderla.
No con la verdad.
Me enderezo, apartando su agarre con un movimiento brusco.
—Nada —miento.
Él no se mueve. No aparta la mirada.
El aire entre nosotros se carga de tensión.
Sabe que estoy mintiendo.
Lo veo en la forma en que sus ojos recorren mi rostro, buscando señales.
Lo siento en la forma en que su cuerpo se mantiene rígido, como si estuviera listo para atraparme de nuevo en caso de que mi cuerpo vuelva a ceder.
Pero no lo permitiré.
No puedo.
Tomo un paso hacia atrás. Necesito alejarme.
—Estoy bien —insisto, con más firmeza esta vez.
Silencio.
Alex finalmente asiente, pero la sospecha sigue latente en su mirada.
Y eso es un problema.
Porque Alex Blackwell no deja cosas sin resolver.
Y yo acabo de convertirme en su próximo enigma.
El sonido del teléfono rompe el pesado silencio. Es Sebastián, llamando desde la oficina. Mi mirada se encuentra con la de Alex un último segundo. Un desafío tácito flota entre nosotros. Pero la llamada me obliga a desviar mi atención, y, en ese momento, mi cuerpo responde por fin a la adrenalina acumulada. Es hora de actuar.