Sin Perder La Razón. by Liexel Jiménez at Inkitt
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Sin Perder La Razón.

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Summary

Cinco vidas transformadas, cinco familias apenadas. Esta antología reúne las vivencias de personas que perdieron la salud mental súbitamente, alterando sus destinos y el de sus familiares. Un homenaje a quienes perdieron en vida o en muerte, a un ser amado, que emprendió un viaje sin retorno a través de su mente. Porque si hay algo que debo conservar, y por lo que vale la pena luchar, es por la vida y la razón.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

La primera Ilusión

He amado hasta llegar a la locura; para mí, es la única forma sensata de amar (Françoise Sagan).

Toda historia merece ser contada: algunas alegres, otras tristes, unas más trágicas. Todas, sin excepción, tienen su importancia.

La primera vez que vi a Lena me pareció una chica normal. Muy desarrollada para su edad, sí, pero normal, a pesar de las burlas que recibía por su peculiar apellido: Lena Bu Valerio. Aún lo recuerdo con claridad. No era un apellido común, por eso ha quedado tan fresco en mi memoria.

Nos conocimos el primer día de clases, allá por los años noventa, cuando los padres aún eran los principales proveedores y las madres se dedicaban al hogar.

Lena era hija única de Rafael Bu y Flor Valerio, una pareja muy sobreprotectora, especialmente el padre. Flor era una mujer dulce y reservada; de ella Lena heredó la timidez que la caracterizaba. Su familia gozaba de una economía sólida, lo que les permitía ofrecerle a su hija todo lo necesario para una buena educación.

Mi situación era diferente, pero eso no impidió que hiciéramos tareas y exposiciones juntas. Fue así como descubrí su amor por los gatos, el baile y la comida. Don Felo —como llamábamos a su padre— solo le permitía trabajar con niñas, y siempre en casa. No la dejaba reunirse en lugares que no estuvieran bajo la vigilancia de su madre, ya que él pasaba largas horas fuera por trabajo.

Llegó el día de la exposición. Asistieron personas de otras escuelas. Recuerdo a Lena ponerse intensamente colorada cuando vio entrar por la puerta a un joven de piel canela, cabello negro y unos ojos azules que dejaban sin aliento. Su estatura y sus brazos fuertes completaban el cuadro: Lena quedó deslumbrada.

Ella se ponía muy nerviosa al exponer, pero, vamos, ¿Quién no? El temblor de sus manos no era nada en comparación con las lágrimas de Reina, otra compañera que solíamos aplaudir al terminar para infundirle confianza. Verla llorar con cada palabra era surreal, pero así era.

Al terminar la exposición, el joven se acercó a saludarnos. Lena tenía una belleza angelical. Había heredado el cuerpo de su madre, aunque con más busto, herencia paterna. Varios compañeros estaban locos por ella, pero nadie se atrevía a acercarse: corría el rumor de que su papá estaba loco y tenía espías vigilándola día y noche. Rumores de adolescentes, nada más.

—Vaya, sí que se esmeraron en este proyecto. Soy Gerardo, ¿y ustedes? —dijo él.

Lena seguía atontada, así que yo tomé la iniciativa.

—Gracias por tu apreciación. Soy Analía, un placer conocerte.

—¿Y tú eres?

—Lena… gracias por tus palabras —respondió ella con una sonrisa que dejaba ver su deslumbrante dentadura.

—¿Te han dicho que tienes una hermosa sonrisa?

Sus mejillas se pusieron aún más rojas.

—Gracias… tú también eres muy lindo.

—Este es el teléfono de mi casa. Llámame cuando quieras. Me gustaría conocerte —dijo él, algo nervioso, al despedirse.

Lena suspiró, y yo le dije en broma:

—Andando, Julieta, que se hace tarde.

Ella rio a carcajadas.

—No seas exagerada, jeje, que no me estoy derritiendo ni moriré por nadie.

—Me quito el nombre si no es así —le respondí.

—¿Si no serás Analía Moreno, cómo te llamarás?

—Lalita. Mejor será que nos apuremos.

Con el tiempo, Lena inició una relación clandestina con Gerardo. Estaba completamente enamorada. Nada parecía poder salir mal… al menos eso creí. Cuando llegaron las vacaciones de verano, me fui a casa de mi abuela, como todos los años. No supe mucho de ella durante ese tiempo. No me preocupé: la comunicación entonces no era tan inmediata como ahora.

Al volver a clases, Lena me sorprendió con un relato inquietante.

—En las vacaciones estuve internada.

—¿Qué te pasó, Lena?

—Me llevaron al médico porque me puse muy nerviosa… y comencé a ver angelitos que bajaban del cielo y me sonreían.

Escuché en silencio. Todo era muy extraño. Intuía que faltaban piezas en su historia, pero no porque no quisiera contarlas, sino porque, con el tiempo entendí que, quizás no sabía cómo explicarlo.

—¿Qué dijeron los médicos? Una persona no se pone mal de la noche a la mañana.

—Solo que estoy enferma de los nervios.

—¿Pero ya estás bien?

—Sí, claro que sí.

No le di mayor importancia. Ojalá lo hubiera hecho. Tal vez podría haberla ayudado.

Al año siguiente me enteré de que Lena no había aprobado una materia y fue retirada del colegio. Siguió estudiando, pero en otro centro. Un día la visité con otras compañeras y lo que nos contó nos dejó perplejas. Había tenido nuevas crisis. El estrés por los estudios, sumado a que su padre descubrió su relación con Gerardo, la llevó a tocar fondo.

Su padre, en un arranque de ira, salió con una pistola en mano a buscar a Gerardo. Le colocó el arma en la sien y le dijo:

—Aléjate de mi hija. No es un trapo que puedas usar y desechar.

Gerardo, lejos de amedrentarse, respondió:

—Mejor dígale a su hija que me deje en paz, que es ella quien no me deja tranquilo.

« Qué poquito resultó», pensé.

En ese instante, Gerardo pasó casualmente por la acera de enfrente. Lena al verlo, se cayó de la silla y trató de ocultarse. Nos contagiamos de sus carcajadas. Aunque sus manos temblaban y sus emociones estaban a flor de piel, no creí que la situación fuera tan grave.

Un año después, me encontré con Flor, su madre.

—Ay, mi niña, qué gusto encontrarte. Ve a visitar a Lena cuando puedas, le hará bien verte.

—Querida Flor, ¿Cómo está usted? ¿Y ella, cómo va?

—Igual, hija… en su mundo.

—¿A qué se refiere?

—Ve a verla. Allá hablamos.

Sus palabras me inquietaron. Había visto bien a Lena el año anterior, o eso creí. Coordiné con unas compañeras para visitarla, pero ninguna pudo acompañarme.

Nada me preparó para lo que vi.

Lena estaba ausente. Tenía sobrepeso, el maquillaje corrido, varias capas de ropa sobrepuestas. Me reconoció. Me habló de haber terminado la escuela, de que su padre le pondría un negocio y le daría una casa para vivir con Gerardo.

En ese instante supe que mi amiga había iniciado un viaje sin retorno. Estaba atrapada en su propia mente. Le tomaba media hora decir una idea, comenzaba una conversación, la interrumpía, y la retomaba como si no hubiera pasado nada. Mi corazón se arrugó. Su madre tenía razón: había llegado a un punto de no retorno.

Han pasado muchos años desde aquella tarde en que salí de su casa con los ojos anegados en lágrimas, un nudo en la garganta y con una tormenta en mi corazón que latía con violencia. Juré no volver a visitarla sola. No lo resistiría.

Últimamente he pensado mucho en ella. Decidida a buscar respuestas, consulté a un psicólogo y le describí los síntomas que recordaba. Con tan poca información, no se podía dar un diagnóstico certero, pero me explicó que podría tratarse de una psicosis reactiva breve, un trastorno en el que la persona sufre episodios psicóticos como reacción a un evento emocional muy estresante.

A ciencia cierta, nunca sabré qué pasó con Lena. Indagar más en su familia no me parece prudente. Aún converso con su madre cada semana. Lena sigue sumergida en ese mundo de fantasía, del que, en el fondo, ambas sabemos que no volverá a salir… por más momentos de lucidez que experimente.

Su primer amor la trastornó. Al no poder ser feliz con él, se perdió a sí misma.

A veces el amor nos salva. En el caso de Lena, fue una eterna condena.

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