Capítulo 1
Dedicado al amor de mi vida, quien con su apoyo incondicional me inspiró a dejar volar mi imaginación, a plasmar sueños en palabras y a creer siempre en la magia de crear.Gracias por ser mi impulso y mi refugio en cada página.
Las primeras luces del amanecer apenas se filtraban entre las cortinas delgadas del cuarto de Haerin. Todo en su habitación tenía un aire apagado: los libros bien alineados, la colcha desgastada de tanto doblarse entre llantos silenciosos y ese aroma a lavanda que ya no podía esconder el cansancio de tantas noches sin dormir.
El piso chocaba con sus pies descalzos haciendo un pequeño ruido, por eso Haerin caminaba en puntas de pie. Era una costumbre que había adoptado desde niña. Mientras menos ruido hiciera, menos probable era que su tía se despertara de mal humor. Y eso era lo que más deseaba cada mañana: no ser notada.
La cocina estaba en penumbra. El reloj marcaba apenas las 6:03 a.m. El agua para el té aún no hervía. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y una taza vacía entre las manos frías. Cerró los ojos por un momento y dejó que su mente se perdiera en esos pensamientos que siempre volvían, recordándole que iba a ser otro día igual.
—Ya hiciste el favor que te pidió tu hermana, ¿no? —decía siempre su tía, con ese tono seco que dolía más que un grito.
Pero no era un favor. Nunca lo había sido. Haerin había pasado toda su vida cumpliendo los caprichos de Eunji: desde lavar su ropa, limpiar su cuarto, hasta atravesar media ciudad solo para conseguir esa prenda exacta que tanto le gustaba. Eran cosas que su hermana jamás haría por ella.
Y si por alguna razón el encargo no salía como Eunji esperaera—si la prenda no era la correcta o si llegaba con una mínima arruga— los golpes no tardaban en llegar. Las patadas eran su castigo habitual. Haerin había aprendido a no llorar. En esa casa, llorar era perder. Y si lo hacía, la única respuesta era:
—¿Otra vez vas a ponerte así? Ni siquiera te duele. Ojalá te hiciera algo realmente doloroso para que llores, pero bueno… no soy tan cruel —decía Eunji, rodando los ojos—. No soy mala, solo que a veces te portas muy mal, Haerin, ¿ya? Lo que te pido es tan fácil, y que lo hagas mal es como si no quisieras ayudarme —añadía, cruzándose de brazos con expresión de fastidio.
—Haerin, lo siento, pero hoy no vas a tener comida por discutir. Debes comportarte como una señorita amable, ya tienes 18 años —decía fríamente su tía mientras revisaba los platos.
Y lo cumplía. A veces Haerin no recibía ni un solo grano de arroz. Ni una fruta, aunque las amaba. Apenas recordaba el sabor de algunas, como la sandía. Pero para Eunji, su fruta favorita siempre estaba en su plato, sin falta, desde niña.
Una vez, Eunji la observó de arriba abajo, notando su figura delgada. La envidia brilló en sus ojos antes de tirarle una barra de chocolate sin emoción.
—Engorda con eso —murmuró, sin siquiera mirarla.
Haerin bajó la cabeza y murmuró un "gracias" que no sentía. Era lo único que podía comer ese día, aunque la barra de chocolate nunca había sido de su gusto. También era lo único que le recordaba que existía para alguien, aunque solo fuera para dañarla.
Sus padres habían muerto durante un viaje, justo el día del cumpleaños de su madre. La historia oficial decía "accidente", pero nadie hablaba del cómo ni del por qué. Desde entonces, ella y Eunji quedaron al cuidado de su tía Yoona.
Pero la verdad era que sus padres tampoco habían sido buenos con ella. Ellos también preferían a Eunji. Siempre había sido así. Incluso ahora, muertos, sus decisiones seguían pesando.
—Eunji necesita más cariño —decía su madre-. Haerin es fuerte, puede soportarlo. Así que cuida de mi pequeña Eunji desde hoy. Mañana salgo de viaje con Minho.
Esa frase se le quedó grabada. La había escuchado una vez a escondidas, mientras intentaba ver por primera vez a la tía Yoona desde lejos.
Yoona, aunque más cruel y directa, solo repitió el mismo patrón. Como hermana de su madre, parecía tener cierta debilidad por Eunji. Tal vez porque le recordaba la juventud de su hermana fallecida. Aunque Haerin sabía —en secreto— que ella también tenía los mismos ojos que su madre: grandes, redondos, rasgados. Nadie lo notaba. Ni siquiera Yoona.
Pero a veces, en las madrugadas, Haerin escuchaba a su tía sollozar en la cocina. Y luego... silencio. Como si se arrepintiera de algo.
Eran mellizas, Haerin y Eunji. Pero de esas que nadie confundiría jamás.
Haerin tenía el cabello castaño ondulado, los ojos de un verde oscuro profundo y una cara fina. Pero la luz rara vez alcanzaba sus ojos. Solo en momentos exactos, el verde se revelaba: brillante, hermoso, como si por un instante la oscuridad se retirara para mostrar quién era en realidad.
Eunji, en cambio, tenía el cabello castaño lacio, un rostro más cuadrado y unos ojos marrones con un leve matiz verdoso que solo se notaba si le apuntabas con la linterna del celular. Aun así, ella era la favorita. Siempre lo había sido.
Haerin ya no se preguntaba por qué. Tal vez porque no tenía esa personalidad "sorprendente" que todos admiraban. O tal vez porque, en el fondo, ya conocía la respuesta.
A veces, cuando la casa estaba en completo silencio, también recordaba a su abuela. Una de las pocas personas que alguna vez pareció verla realmente.
—Dicen que existe un hilo rojo que conecta a las almas destinadas —le susurró una tarde, acariciándole el cabello mientras ambas miraban la lluvia por la ventana. Eunji dormía.
—¿De verdad existe? —preguntó Haerin, con los ojos brillantes de ilusión.
—Probablemente sea solo una leyenda —respondió su abuela, sonriendo con tristeza—. Pero si algún día llegas a ver ese hilo... prométeme que no lo seguirás a ciegas si te lleva a alguien malo, ¿sí? Igual te protegeré. Porque nadie va a tocar a mis niñas. Ni a ti ni a Eunji, aunque tu hermana sea un poquito quisquillosa —rió con suavidad.
Depronto el pitido agudo de la tetera la sacó de golpe de sus pensamientos.
El vapor empezó a escapar en forma de nube delgada y blanca, como si fuera el alma de sus recuerdos evaporándose con el calor. Haerin se levantó con suavidad, como si no quisiera molestar siquiera al aire. Apagó la hornilla y sirvió el agua en su taza vacía, aún tibia por el contacto de sus manos.
El olor del té verde llenó la cocina. No era su favorito, pero era lo único que había.
Lo sostuvo entre las dos manos y sopló lentamente, observando el vapor elevarse hacia la nada. El calor le rozó los labios y pensó por un segundo que, al menos por ese instante, era suyo.
La casa seguía sumida en un silencio denso. Eunji aún dormía. Su habitación era la más grande: colchón nuevo, aire acondicionado, una luz cálida que parecía abrazarla. Haerin dormía en la más pequeña, con una ventana que apenas podía abrirse y cuando lo intentó sonaba como un tenedor raspando un plato vacío. Su tía nunca había querido repararla.
Se sentó a la mesa y revisó su viejo celular —el mismo que alguna vez había sido de Eunji y que su tía le entregó sin una pizca de afecto. Aun así, lo cuidaba. Era uno de los pocos objetos que podía llamar suyo.
Una notificación de Instagram apareció. Era una publicación nueva de Eunji. Aunque la otra no la seguía, Haerin sí lo hacía. Por más que la vida actual estuviera plagada de silencios, ausencias y desprecios, algo en ella todavía recordaba aquella infancia compartida... esa versión más inocente de ambas, haciendo que tenga un poco de afecto por su hermana.
La imagen mostraba a Eunji posando con su tía en una cafetería de postres. La sonrisa de ambas parecía tan perfecta como falsa. Mientras ella limpiaba los pisos del hogar aquel día, las otras dos saboreaban dulzura en vitrinas doradas.
Una luz tenue se filtró por la ventana. Afuera, Seúl comenzaba a despertar. El murmullo lejano de los autos, el roce de una escoba barriendo hojas secas, el canto breve de un pájaro sobre el cableado eléctrico.
La normalidad despertaba.
El mundo seguía girando.
Y ella solo... estaba.
Bebió un sorbo del té. El calor descendió por su garganta con lentitud. No era reconfortante, pero al menos la mantenía despierta.
Como cada mañana, prepararía el desayuno sin que nadie se lo pidiera. No por deseo, sino porque el castigo por no hacerlo siempre llegaba como una lluvia de piedras. Y no tenía energía para más golpes.
Empezó por cortar unas frutas. Las más frescas, por supuesto, serían para Eunji. Tomó una sandía y la partió en dos. Un recuerdo fugaz de su infancia le cruzó por la mente: su padre en la mesa, cortando sandía bajo la luz de la cocina con dos pequeñas niñas al lado suyo. El mismo padre que le negaba abrazos si Eunji lloraba por celos.
Cerró los ojos un segundo.
El cuchillo golpeó la tabla de madera. Una vez. Otra vez.
Cada corte era automático, limpio.
—Haerin —la voz de su tía rasgó el pasillo con fastidio—. No cortes tan fuerte. Pareces un hombre.
Contuvo el suspiro. Solo respondió con un suave:
—Sí, tía Yoona.
El sonido de los pasos alejándose fue lo único que acompañó su siguiente exhalación.
Volvió a su taza y bebió otro sorbo. El té ya no estaba tan caliente, pero tampoco se había enfriado del todo.
Sus ojos vagaron hacia la ventana. El cielo, aún pálido, se teñía lentamente de un azul suave. Ese momento del día le gustaba. Era como si el mundo todavía no supiera qué rostro ponerse.
Y por eso, por unos segundos, Haerin también podía no tener rostro.
Podía simplemente mirar.
Sin sonreír.
Sin hablar.
Sin tener que fingir que todo estaba bien.
Afuera, una pareja pasó tomada de la mano. Parecían jóvenes, tal vez de su edad o un poco más. Vestían el uniforme de universidad. Ella los observó con calma. Por costumbre, bajó la mirada a sus meñiques.
Nada.
No había hilo.
Pero Haerin No todos los hilos se mostraban al instante. Algunos hilos eran invisibles incluso para ella, otros estaban incompletos esperando que el destino terminara de atarlos o simplemente ya estaban unidos a otras personas.
Desde los seis años podía verlos.
No supo nunca cómo empezó.
Un día, estaban ahí: delgados, rojos, flotando sutiles entre los dedos de personas que se cruzaban en su camino. Algunos tensos. Otros flojos. Algunos tan débiles que parecía que el viento mismo podía deshacerlos.
Y otros... ya rotos, como si el destino hubiese renunciado.
Nunca se lo contó a nadie. Ni a su madre, ni a su hermana, ni a su tía cuando llegó a vivir con ella.
Porque desde pequeña aprendió que guardar silencio era la única forma de estar a salvo.
Y luego, pensó en el suyo.
¿Dónde estaría su hilo?
¿Existía siquiera?
O tal vez... ese primer hilo que vio de niña —aquel que nunca pudo seguir— era el único que le pertenecía.
Y ya se había perdido para siempre.
Se levantó. Tenía que alistarse. Iria a la biblioteca hoy. No porque amará leer, sino porque estar entre libros le daba una especie de refugio y también para evitar problemas en su hogar.
A veces pensaba que si debía escapar, sería a través de una historia que no fuera la suya.
Volvió a su cuarto. Se lavó la cara, se peinó con cuidado. No podía levantar mucho el flequillo, por miedo a que alguien notara el color de sus ojos. Verde arqueroso, como decía su tía con desdén.
Había aprendido a esconder todo lo que la hacía ser ella.
Porque ser ella nunca había sido suficiente.
Y sin embargo...
Y sin embargo, esa mañana —sin explicación, sin razón— sintió una leve tensión en su dedo meñique.
Una presión sutil.
Apenas perceptible.
Como si algo... hubiera despertado.
No pensó demasiado en ello.
Lo dejó pasar, como se dejan pasar los pensamientos que duelen y se termino olvidando de aquel suceso.