MI PADRE

Summary

Luego del torneo de los 3 magos, en dónde Harry Potter venció a todos, el joven de 14 años se entera que su vida no es lo que parece, llevándolo al colapsó. El joven Potter buscará refugio en las personas menos esperadas, personas que le contarán la verdad y le mostrarán el camino. Está historia es un Severitus! Disclaimer: Los personajes son propiedad y autoría de JK Rowling y WB.

Status
Complete
Chapters
48
Rating
4.9 7 reviews
Age Rating
18+

Capitulo 1 Mentiras

Todos estaban celebrando en el Gran Comedor. Harry Potter había ganado el Torneo de los Tres Magos, dejando la copa en Hogwarts. Cedric Diggory lo había felicitado muy a regañadientes, pues él había tenido que ser rescatado del Lazo del Diablo a pocos pasos de la copa. Sin embargo, a pesar de unos cuantos rasguños y golpes, Harry había ganado el torneo.

Sonrió. No tenía ganas de estar en la celebración. Harry se sentía mal. Era el tercer día de festejo y comenzaba a ver cosas que no le estaban gustando. Tomó un poco de café mientras recordaba esa mañana, antes de bajar a desayunar, cómo Ginny —la hermana menor de su mejor amigo y su novia— le había dicho que debían dar una declaración de prensa presentándose oficialmente. A Harry esto le había resultado bastante repulsivo. Él no quería estar en primera plana más tiempo del necesario. Odiaba llamar la atención. Había sido suficiente con el torneo y el baile de Navidad, donde llevó a Ginny, y la prensa se volvió loca.

Tomó una tostada y la masticó con pereza mientras escuchaba a Ron y a Hermione hablar de que ahí nadie los estaba reconociendo, que su trabajo no figuraba. Harry escuchaba cómo Hermione hablaba de pedir una corrección del artículo. Rodó los ojos. Es que nadie le había preguntado cómo estaba, por sus heridas; ni siquiera había ido a la enfermería. De no ser por las pociones que le dio su maestro de las mazmorras, todavía tendría moretones. Pero, por algún motivo, Harry no estaba sorprendido por sus amigos ni los directivos. Ya le habían demostrado ese año demasiadas veces que él no valía. Luego del ataque en el Mundial, Dumbledore no lo había buscado. Sirius y Remus habían sido los únicos en preguntar cómo se sentía. Merlín, extrañaba a su padrino. Dumbledore no le había permitido que viniera al torneo. Harry había tenido pánico al regreso de Voldemort ese año y, sin embargo, nadie le había prestado atención.

Salió de sus divagaciones cuando sintió una mano larga y esquelética posada en su hombro que ejercía presión, llamando su atención de forma que le fuera imposible evitarlo. Harry no necesitó voltear para saber que se trataba del hombre de sus pensamientos, quien se encontraba detrás de él.

—Harry, mi muchacho —el mencionado se estremeció al oír esa frase; la última palabra le traía los peores recuerdos. La odiaba—. Me gustaría que me acompañes a mi despacho un momento...

Él no respondió. No tenía caso. Se puso de pie, sintiendo aún la mano en su hombro. Se dejó guiar, casi resignado, por el director de la escuela de magia y hechicería. Atravesaron los pasillos y las escaleras hasta llegar a la gran gárgola que permitía la entrada.

Una vez dentro, Harry se dejó caer en la silla frente al hombre, que sonreía de tal forma que al joven le recordaba al gato Cheshire. Esa sería la única vez que él agradecía a todos los fundadores que mañana pudiera regresar a su casa. Últimamente le tenía más miedo a Dumbledore que al mismísimo Lord Voldemort.

—Mi muchacho, mañana volverás a casa de tus tíos. Pero no te preocupes, que vamos a estar vigilando la casa… —dijo, haciendo referencia a los ataques mortífagos que hubo en el Mundial de Quidditch.

—¿No podría quedarme con Sirius...? —preguntó, ya sabiendo la respuesta.

—Me temo, mi querido muchacho, que eso no es posible en este momento... —comentó aún con su sonrisa y sus ojos azules centelleando—. Pero estarás con tu familia, y eso es bueno, Harry...

—Supongo...

—No te entretengo más. Era para avisarte que pasarás todo el verano allí... y que estarás cuidado —parecía una burla—. Ve a disfrutar de la celebración en tu nombre, joven...

—Sí, señor —dijo de forma monótona, y se encaminó a la puerta, seguido del hombre.

—Te acompaño...

Ambos bajaron las escaleras y se encaminaron al Gran Comedor. Sin embargo, el director Albus Dumbledore frenó frente a una puerta de un salón en desuso y lo despidió con una sonrisa amable. La mente de Harry era un tumulto, y estaba bastante molesto con el director, así que no se fue. Lo observó entrar, lo vio cerrar la puerta y vio cómo la puerta cedía, como si quisiera que él escuchara. Cuando se acercó lo suficiente, oyó unos murmullos. Eran dos personas aparte del director: un hombre y una mujer. La puerta y el cuadro se abrieron más sin hacer ruido, y Harry entendió que Hogwarts quería que viera y oyera eso.

Se colocó la capa que siempre llevaba consigo para emergencias, un consejo del maestro de Pociones que, muy a regañadientes, había tomado. Pasó por la puerta despacio, notando que el cuadro permanecía abierto, como diciéndole que podía huir cuando quisiera. Levantó la vista y se congeló; su sangre se heló de una forma muy profunda.

Allí, parados frente al director, estaban James y Lily Potter. Un poco más grandes que en sus fotos, pero sin dudas reconocibles. Iban con un joven de doce años muy parecido a él, aunque sin los ojos verdes. Harry sintió cómo su pecho se hundía poco a poco, como si su corazón se partiera.

—No ha vuelto... —comentaba Dumbledore. Harry se apoyó en la pared, tratando de sostenerse.

—Dijiste que volvería. Por eso pusiste a Harry en el torneo —exclamó James. El mencionado soltó un jadeo y agradeció a Merlín haberse tapado la boca. No podía creer lo que oía. Sentía que era una muy mala broma.

—Estamos cansados de escondernos, director... —murmuró la pelirroja, abrazando al niño castaño por los hombros—. Dijo usted que El-que-no-debe-ser-nombrado volvería y de una vez se acabaría todo... Que Harry terminaría con todo y nosotros podríamos respirar.

—Lo sé, mis muchachos... —dijo con voz de abuelo consternado—. Hay que ser pacientes...

—¡Pero director! Mi hijo no puede entrar en Hogwarts porque no es seguro aún... Ya se ha perdido sus dos primeros años.

—En realidad, James, muchacho... podrías ingresarlo igual...

—No expondré a mi hijo a un peligro de esa magnitud —gritó el castaño, y el corazón de Harry se volvió a partir. Nadie le había roto el corazón tantas veces en tan poco tiempo. Sintió cómo las lágrimas caían por sus mejillas. Le dolían los ojos al sentir la presión de sus propias lágrimas.

—¿Harry está con Petunia, no? —preguntó Lily, con una mueca de asco en el rostro. Harry no sabía si era por él o por su tía. No importaba—. ¿Severus aún sigue el juramento de protegerlo en mi memoria? —preguntó casi con burla en la voz. Harry se preguntó si esa era realmente su progenitora.

—Sí... así es... No tienes que preocuparte. Todo va de acuerdo a lo previsto —dijo Dumbledore, jugando con el largo de su barba mientras miraba al joven de doce años—. Están haciendo exactamente lo que deben. Harry ama el mundo mágico, y sin dudas matará a Tom por protegernos, o se sacrificará... tal como lo preveíamos —dijo con un brillo inusual en los ojos.

El joven de catorce años no soportó más y salió, agradecido porque la puerta siguiera abierta. Se escabulló por las escaleras en dirección a la Torre de Astronomía. Podía sentir las lágrimas caer por su rostro sin control alguno. Sentía su corazón hacerse miles de pedazos. Uno a uno caían en su estómago con peso, doliendo cada vez más, convirtiéndose en un dolor físico que lo atravesaba.

Corrió con la capa en la mano, sin mirar por dónde iba, sin mirar con quién se cruzaba en el camino.

Severus Snape, odiado maestro de Pociones de Hogwarts, estaba saliendo del Gran Comedor a paso apurado, pues quería alistar los preparativos para marcharse lo antes posible de la institución. No veía la hora de despedir a sus estudiantes y volver a casa. A casa con él.

Sus divagaciones mentales fueron interrumpidas cuando un adolescente bajo, de cabello oscuro y lentes, pasó corriendo a su lado. Severus estuvo a punto de reprenderlo fuertemente por la estupidez de correr en el pasillo principal. Sin embargo, reconoció al joven inmediatamente. No había sido casualidad. Él había arriesgado su vida por él.

Lo siguiente que reconoció fue el rastro de lágrimas que caían por su rostro sin control. Por mucho que a Severus Snape le gustara su imagen, él no era un desalmado maltratador de niños, por lo que, sin dudarlo, siguió al chico hasta la Torre de Astronomía, donde vio una de las peores imágenes que podía ver: un niño de catorce años sentado en el suelo, abrazado a sus rodillas y llorando a gritos. No había otra forma de definir eso: era llorar a gritos.

Lo revisó con la mirada. No tenía heridas físicas aparentes. Entonces, ¿qué era? Parecía demasiado llanto para una ruptura amorosa o una pelea de amigos. Aunque bien sabía que los jóvenes exageraban, no le parecía que Harry Potter fuera precisamente el chico que haría eso. Entonces, nuevamente: ¿qué le pasaba?

—¿Potter...? —preguntó en un tono suave, tratando de no asustarlo demasiado con su presencia.

El mencionado alzó la vista, maldiciendo en voz baja al darse cuenta de quién se trataba. Quería decirle que lo dejara en paz. Sin embargo, la voz no salió, solo un gemido lastimero, como el de un gatito pequeño asustado.

Severus se acercó despacio, tratando de que el joven viera que no le haría nada. Luego se agachó para quedar a su altura.

—¿Qué le ocurre? —insistió el maestro.

Harry vio la preocupación en los ojos del hombre. Vio incluso dolor, aunque no sabía por qué.

Harry recordó lo que había oído. Ese hombre había jurado protegerlo. Y él sabía que eso era verdad. Lo había visto de primera mano. Ese hombre se pondría enfrente de un hombre lobo antes de que a él le pasara algo. Tragó saliva, no pudiendo creer lo que iba a hacer: confiar en Severus Snape, el murciélago de las mazmorras.

—Ellos están vivos... —vio la incógnita en los ojos ónix—. Mis padres están vivos...