Exvivis Sublimatio by Kit_Spoon at Inkitt
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Exvivis Sublimatio

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Summary

¿Puede un mago pacifista destruir lo que parece ser su único vínculo con su hijo? Cuando Percival tenga al asesino de su hijo frente a sus ojos, ¿podrá realizar el hechizo que complete su venganza?

Genre
Fantasy
Author
Kit_Spoon
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

En el Hotel Chino, aquel edificio olvidado por el tiempo y la atención pública, rara vez ocurría algo digno de mención. Sus pasillos eran grises, sus habitaciones, predecibles, y su clientela, tan constante como irrelevante. Sin embargo, todo cambió el día en que la dueña, una mujer de gustos extravagantes y una obsesión casi enfermiza por coleccionar objetos inusuales, decidió adquirir una pieza única: un dragón de oro, tallado con un detalle sobrenatural, que colocó con orgullo en el vestíbulo principal como adorno. Desde entonces, la quietud del lugar se resquebrajó.

En un piso de este hotel, Efraín y Domerian, dos oficiales jóvenes, enérgicos y visiblemente ansiosos por ascender dentro de la jerarquía policial, se encontraban en medio de lo que, sin duda, sería el episodio más peligroso de sus carreras hasta la fecha: una balacera en pleno corazón del edificio.

—¡Creo que no quiero hacer esto nunca más! —exclamó Domerian, con los ojos desorbitados y la espalda contra la pared del pasillo, lanzando su queja hacia donde estaba su compañero.

—¡¿Estás bromeando?! —respondió Efraín con una mezcla de adrenalina y entusiasmo—. ¡Esto es lo más emocionante que hemos vivido en meses! ¡No... de hecho...!

El intercambio se interrumpió de golpe cuando ambos vieron cómo una granada rebotaba en el suelo entre ellos. La superficie metálica girando con un silbido agudo los dejó estupefactos y los obligó a reaccionar sin pensar.

—¡Scutum Breve! —gritó Domerian, extendiendo su brazo y conjurando un escudo mágico que se formó como un destello transparente frente a él.

—¡Ventus Lenis! —clamó Efraín, liberando una ráfaga de viento precisa y contenida, lo justo para enviar la granada de vuelta en la dirección de la que vino.

El pasillo se llenó de humo y presión. Efraín, sin perder tiempo, lanzó otra ráfaga para despejar la visibilidad. Fue entonces cuando ocho enemigos emergieron de las sombras, armas listas, disparando a quemarropa. Domerian, sin dudar, levantó su escudo para cubrir a su compañero, absorbiendo el ataque inicial.

—Bien... mi turno —murmuró Efraín, con una mirada seria, como si la fatiga, el miedo y la furia se concentraran en su voz—. Terra Motus...

El suelo tembló con violencia. No era un temblor natural, sino uno controlado, focalizado en ese nivel del edificio, como si la Tierra misma obedeciera a su voluntad. Los enemigos perdieron el equilibrio y cayeron entre gritos y confusión. Aprovechando la oportunidad, los dos oficiales se lanzaron sobre ellos, reduciéndolos rápidamente.

Con el pecho agitado y los músculos tensos, Domerian no pudo evitar volver al punto anterior, como si el caos no hubiese pasado:

—¿De hecho?

Efraín, exhausto, apenas logró mantenerse en pie mientras respondía:

—Años, mi amigo —dijo, casi derrumbándose, pero Domerian lo sostuvo justo a tiempo—. Sí, años.


La escena posterior fue de devastación. Entre los escombros del hotel, Efraín divisó cuerpos desmembrados, personas atrapadas bajo los restos del techo, y niños que respiraban con dificultad, cubiertos de polvo y sangre. Los paramédicos llegaron en tropel, atendiendo a quienes aún se podían salvar. En medio de ese infierno, una mano se posó sobre su hombro. Era el director Hammock.

—Buen trabajo. Logramos capturar a la mayoría de los ladrones. Sí, señor —dijo, con tono seco.

—Director —Efraín respondió con tensión—, ¿no cree que podríamos haber manejado mejor la situación? Había rehenes...

—Al final no hubo rehenes, ¿verdad? —respondió con una pregunta, Hammock.

—Todos murieron.

—Por culpa de los ladrones. Tú solo haz tu trabajo, hijo —dijo Hammock, intentando cerrar el tema con rapidez. Al ver la mirada vacía de Efraín, agregó—: Nosotros somos la paz y el orden.

—Traemos —corrigió Domerian, que se había acercado y escuchaba desde atrás.

El director le lanzó una mirada rápida, pero sin detenerse más, volvió a dirigirse solo a Efraín.

—Ustedes dos... lo hacen bien. Efraín, enorgullece a tu padre —dijo antes de marcharse por el pasillo principal del hotel.

—Efraín —llamó Domerian, con un tono más bajo.

Efraín, absorto en sus pensamientos, tardó un segundo en reaccionar.

—¿Qué?

—Acabo de hablar con un tipo del restaurant del hotel y nos ofreció comida gratis.

—¿Ahora? Gente murió, Domerian.

—¿Qué? ¿Desde cuándo nos dan cosas gratis? Vamos. No seas aguafiestas.

Mientras tanto, en la entrada, frente a la prensa, el director emitía declaraciones oficiales:

—Muchos civiles resultaron heridos, pero no hubo fallecidos. La policía respondió con rapidez y eficacia al llamado, y esos dos oficiales —señaló hacia Efraín y Domerian, que se alejaban hacia el restaurante— son los responsables de que todo haya salido de la mejor manera posible.


En una mesa modesta, Efraín, joven blanco, de cabello corto y ordenado, comía fideos con expresión tensa. Frente a él, Domerian, un joven negro con la cabeza afeitada y gruesos lentes redondos, soplaba sus fideos intentando no quemarse.

—Somos unos cobardes —dijo Efraín de pronto, con la mirada fija en su plato.

Domerian dejó de soplar y lo observó, confundido.

—¿Nosotros? Hicimos todo el maldito trabajo. No entiendo de qué hablas. Estás raro últimamente. Yo prefiero mil veces quedarme sentado todo el día y recibir la estúpida paga.

—Hablo de nosotros... como sistema. La policía ya no se atreve.

—¿Atreverse a qué? ¿A morir? Porque mis padres sí se atrevieron, y no quieres saber cómo terminaron —replicó Domerian con una risa amarga.

Cuando al fin logró probar sus fideos, Efraín soltó una frase que lo hizo atragantarse:

—No somos capaces de investigar una organización como Ordo Thanati. Somos esclavos de un sistema podrido.

Domerian soltó los fideos justo antes de tragarlos.

—¿Cobardes? No, hombre. Ordo Thanati es quien manda. Ellos escriben la sinfonía. ¿Corruptos? Claro, todos lo somos: policías, jueces, doctores, taxistas... Ese ha sido siempre el chiste.

—El chiste... es que podemos cambiarlo.

—¿Y cómo propones hacerlo?

—Mi madre solía decirme...

—Ay, no. ¿Otra vez con tu madre?

—Me decía que luchara por mis convicciones, Domerian.

—¿Tus convicciones? ¿Y quieres cambiar el sistema tú solo? ¿Tienes uno mejor?

—Podemos construirlo sobre la marcha.

—¿Podemos?

—Eres la única persona a la que se lo digo... porque eres mi maldito mejor amigo.

—Dios...

—Nadie de nosotros está peleando por lo que cree. Solo sobrevivimos.

Domerian bajó la cabeza, frustrado.

—No lo lograrás.

—Lo lograremos. Tengo evidencia.

—¿Qué tan fuerte?

—Lo suficiente.

—¿Y los medios?

—¿Recuerdas a Nira?

—¿Tu novia?

—Es periodista. Está terminando la carrera. Tiene contactos.

—Nos tacharán de traidores.

Efraín se inclinó y posó su mano sobre el hombro de Domerian, atravesando la mesa entre ambos.

—Luchemos por nuestras convicciones.


Al salir del hotel, una lluvia persistente caía sobre la ciudad. Domerian miraba el suelo, incapaz de sostener la mirada hacia arriba. Sentía el frío del agua y el peso de la decisión a la que lo empujaban.

—¿Le contaste a tu padre?

—Aún no. Y probablemente no lo haré. Es pacifista... y anticuado.

—Es un buen hombre.

—Lo sé. Debería visitarlo pronto.

Domerian seguía con la vista fija en las gotas que golpeaban el asfalto. Cada una de ellas parecía recordarle a sus padres. A su pérdida.

—Seré valiente, Efraín.

—Entonces mira hacia arriba, Domerian.

Y aunque le costó, Domerian lo hizo. Alzó el rostro, dejando que la lluvia lo golpeara de frente. Cada gota, fría y densa, era un desafío que aceptaba. Una molestia que le invitaba a mirar abajo. Una prueba. Y, al final del día, na razón más para seguir.

—Seré valiente.

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