Prólogo
Londres, 2001.
Hermione Granger jamás imaginó que un martes cualquiera terminaría con un vestido de gala, una corona heredada y la amenaza de un linaje perdido.
Había pasado un año desde la guerra. Harry se convirtió en auror, Ron ayudaba a George en Sortilegios Weasley, y ella… ella trabajaba en el Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas. Hasta que un día, un hombre vestido con una capa azul oscuro y un bastón de plata apareció en su oficina con una reverencia exagerada.
—Señorita Granger… —dijo—. Vuestra Alteza, en realidad. Su Majestad la Reina de Cordelia ha muerto. Y vos sois la última de su línea.
Hermione se rió. Pensó que era una broma. Pero no lo era.
Una semana después, estaba en un carruaje mágico rumbo a un castillo antiguo escondido entre los fiordos del norte. Y su vida nunca volvió a ser la misma.
Lo que Hermione no sabía, era que el Consejo de Cordelia ya había planeado un acompañante para su "entrenamiento real". Y cuando el carruaje se detuvo frente a las puertas doradas del palacio, lo vio.
Rubio, elegante, con una sonrisa altiva que no había cambiado ni un poco.
—¿Tú? —soltó ella, con un escalofrío.
Draco Malfoy se inclinó como un caballero de cuento.
—Tu Alteza… me enviaron para ayudarte a no arruinar el reino.
Hermione pensó que no podía odiarlo más. Lo que no sabía… era cuánto iba a llegar a necesitarlo.