CECILE II

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Summary

Creí que ya había tocado fondo. Creí que mi cuerpo ya sabía hasta dónde podía romperse… me equivoqué. El verdadero infierno apenas comenzaba. Esta es la continuación de mi caótica existencia. 🔞🔞🔞🔞🔞🔞🔞🔞🔞🔞

Status
Complete
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

El primer año despues de ti.

La música hacía vibrar el suelo. El antro no era un lugar común; era un templo de cristal, luces y poder. Solo entraban herederos, magnates y aquellos que podían pagar el lujo de sentirse dioses por una noche.

Cecile Cipriano avanzaba entre las luces como si flotara. Un año había pasado desde que se graduó, y la niña universitaria había quedado atrás. Ahora era una mujer hecha de curvas peligrosas y mirada afilada. Su cabello castaño oscuro caía en ondas sobre sus hombros desnudos, y el vestido negro de satén abrazaba su cuerpo como una caricia indecente. Sus labios, rojos como pecado, eran el punto de fuga de todas las miradas.

—Estás rompiendo la pista, amore mio —la voz de Bruno Riveroll retumbó en su oído como una caricia suave y dominante.

Bruno. El hombre que se había vuelto su mundo. El niño rico y dulce ya no existía. Ahora era un CEO de 27 años, un hombre de hombros amplios y traje hecho a medida que no intentaba ocultar el poder que emanaba de su cuerpo. Cabello castaño , ojos verdes que podían derretir o congelar con la misma intensidad. Sus manos, siempre tibias y firmes, rodeaban la cintura de Cecile como si fuera un secreto que no estaba dispuesto a compartir.

Ella giró y lo vio sonreír: arrogante, hermoso, letal. El tipo de sonrisa que podía incendiar un país entero.

—Bruno, nos están mirando… —susurró con una mezcla de pudor y deseo.

—Que miren. Que sepan que eres mía.

La besó sin pedir permiso, hundiendo los dedos en su cabello, y el antro entero desapareció.

Alrededor, risas, copas chocando. Sus amigas se acercaron con sonrisas traviesas, todas ellas bellas, jóvenes, hechas de la misma pasta de privilegio y exceso.

—Cecile, por Dios —rió una de ellas—. ¿Y la boda? Un año comprometidos y nada. ¿O nos tienes una sorpresa?

El corazón de Cecile dio un salto. La palabra boda era dulce y amarga al mismo tiempo. Miró a Bruno, que reía con su copa en la mano, dueño de la noche. Lo amaba. Lo amaba con la vida. Pero una sombra cruzó su mente: ojos grises como cielo sin luna. Lucien.

—Pronto —contestó Cecile, fingiendo seguridad mientras la copa temblaba entre sus dedos.

El cristal de la copa vibró como si traicionara su mentira. Bruno la miró en silencio, y en esa quietud había algo devastador: él seguía viéndola como nadie, como si el tiempo no hubiese sido suficiente para arrancarla de su piel. Se inclinó, acercando su rostro al de ella hasta que el aire entre los dos pareció romperse.

—No tienes que responder preguntas incomodas —susurró, su voz grave rozándole los labios sin llegar a tocarlos.

—No es lara nada incomodo… —su voz se quebró, apenas un murmullo que ni siquiera era reproche.

Él la observó con una sonrisa. Su mano bajó lentamente por su brazo hasta rozar su espalda baja. Ese toque, esa propiedad tácita que jamás pidió permiso, le arrancó el aire.

—Vámonos de aquí —dijo él, no como una orden, sino como un refugio.

Bruno la guió entre la multitud, protegiéndola con su cuerpo. La puerta se abrió y, de pronto, el ruido del antro murió de golpe, tragado por el aire espeso de la noche.

El aire afuera olía a lluvia y gasolina. El chofer abrió la puerta de la limusina negra mientras los guardaespaldas despejaban el camino. Cecile y Bruno se hundieron en el asiento de cuero, y el silencio entre ellos se llenó de electricidad.

—¿Sabes qué estaba pensando mientras bailabas? —Bruno se inclinó, su voz baja, ronca.

—¿Qué? —susurró ella, ya sin aire.

—Que quiero arrancarte ese vestido con los dientes.

No esperó respuesta. La besó con ganas, y su mano ya estaba subiendo por su pierna, sintiendo la liguísima tela de las medias. Cecile gimió contra su boca mientras el auto arrancaba, y Bruno soltó una carcajada oscura.

—Quítate la tanga. Ahora.

Ella obedeció temblando. El aire frío rozó su piel desnuda cuando la tela de encaje cayó al suelo del carro. Bruno se inclinó, metió los dedos entre sus piernas y la encontró húmeda, lista.

—Siempre tan puta para mí —dijo contra su oído.

—Solo para ti, Bruno…

El auto olía a sexo y deseo. Ella se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo su erección dura contra la tela de su pantalón caro. Lo montó ahí mismo, con el chofer fingiendo no escuchar los gemidos ahogados. El orgasmo llegó como un rayo, brutal, húmedo, desgarrador. Y el camino al penthouse apenas había comenzado.


El departamento de Bruno era una obra de arte: cristal, mármol negro y una vista que hacía sentir que la ciudad entera les pertenecía. Pero esa noche, la única obra de arte que importaba era ella.

Bruno la empujó suavemente contra la cama de sábanas de seda, arrancándole el vestido en un movimiento único. Cecile, desnuda, parecía un pecado creado solo para él.

El sonido metálico hizo que Cecile temblara. Juguetes. Bruno los extendió sobre la cama: un vibrador negro elegante, esposas de cuero, una barra separadora. Sus ojos verdes brillaban de lujuria.

—Esta noche no vas a olvidar que eres y seras para siempre mia.

Las esposas se cerraron en sus muñecas con un clic que sonó como una sentencia. El metal helado mordió su piel mientras Bruno sonreía de lado, esa sonrisa que siempre fue pecado y refugio.

—Quiero que no te muevas —dijo, y la forma en que apretó su barbilla no dejaba espacio a dudas.

El vibrador tocó su clítoris y Cecile soltó un jadeo entrecortado antes de que siquiera se encendiera. Cuando el zumbido comenzó, fue como si un fuego eléctrico la atravesara.

—Bruno… ¡ah! —gimió, la voz rota.

Él la sujetó por las caderas, clavando sus dedos como si quisiera dejar marcas.

—Vas a correrte en mi puta cara si sigues gimiendo así.

El primer orgasmo le arrancó un grito placentero antes de poder siquiera pronunciar su nombre. Su espalda se arqueó violentamente y las cadenas de las esposas repicaron contra la cabecera.

Bruno no le dio respiro. Retiró el vibrador solo para presionar dos dedos empapados dentro de ella, empujando con fuerza mientras su pulgar volvía a su clítoris palpitante.

—Mírame, joder —escupió, y su voz era pura lujuria—. Quiero ver cómo te mueves para mí.

Cecile abrió los ojos entre lágrimas, y ahí estaba él: sudor en la frente, la mandíbula tensa, esa mirada que la hacía sentir puta y diosa a la vez.

El segundo orgasmo llegó más rápido, desgarrándole un gemido que no era humano.

—Eso es… mierda, Cecile, siempre fuiste mi maldita adicción.

Bruno tiró del cinturón de su pantalón, bajándolo con movimientos torpes, desesperados. El sonido de la cremallera se mezcló con el vibrador encendido y los gemidos de ella. Le separó las piernas de golpe, hundió la lengua en su coño empapado y succionó su clítoris con la misma hambre con la que la cogia en sueños.

—¡Bruno! —gritó, tirando de las cadenas hasta sentirlas hundirse en su piel.

Él levantó la cabeza, la boca brillando con su humedad.

—Voy a tomarte hasta que no recuerdes tu puto nombre.

El dildo frío entró en ella sin piedad, empujado hasta el fondo mientras el vibrador volvía a castigarla. Cada embestida la hacía temblar más fuerte, y Bruno la miraba con ojos ferales, como si fuera suya en cuerpo y alma.

Se incorporó y la penetró de golpe, duro, brutal, haciéndola gritar con el cuerpo entero. Las cadenas tintineaban, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación.

—Eres mía… siempre fuiste mía —murmuró entre dientes mientras la cogia, cada palabra acompañada de un golpe de cadera tan salvaje que la cama crujía.

El vibrador seguía en su clítoris mientras su polla la abría una y otra vez, el punto exacto donde el dolor y el placer se volvían lo mismo.

—Te amo tanto… —gimió contra su boca, casi desesperado— …que dueles, joder, dueles.

Cecile se vino gritando, el orgasmo arrancándole lágrimas mientras él se corría dentro de ella, empujando hasta el último segundo como si pudiera tatuar su amor sucio y violento en lo más profundo de su cuerpo.

El silencio que siguió fue pesado, casi sagrado. Solo se oía el jadeo de ambos y el goteo lento de su humedad sobre las sábanas arruinadas. Bruno no se movió de inmediato; seguía dentro de ella, como si temiera que si la soltaba el mundo se deshiciera alrededor.

Cecile sintió el metal morder sus muñecas cuando intentó mover los brazos.

—Bruno… —su voz era un susurro quebrado.

Él reaccionó como si despertara de un trance. Sus manos grandes, aún temblando, buscaron la llave de las esposas. El sonido del clic al abrirse fue tan suave como una disculpa. Las muñecas rojas quedaron libres y él las besó una por una, lamiendo suavemente donde el metal había dejado su marca.

—Lo siento —susurró contra su piel—. Joder, Cecile, siempre termino lastimandote.

Ella lo miró a través de las pestañas mojadas, el cuerpo aún temblando por el orgasmo.

—No… no me lastimaste—murmuró—. Me hiciste tuya.

Bruno soltó un suspiro bajo, casi un lamento, y la sacó de debajo de él con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de minutos antes. La colocó sobre sus piernas, aún desnuda, aún empapada, mientras su polla blanda descansaba húmeda contra su muslo.

—Déjame verte —dijo, apartándole el cabello de la cara. Sus dedos recorrieron su cuello, bajaron por sus hombros, hasta sus pechos que aún subían y bajaban rápido. La besó allí, suave, como si quisiera pedirle perdón a cada centímetro de su cuerpo.

Tomó una toalla húmeda y comenzó a limpiarla despacio. Pasó el paño caliente por sus muslos, entre sus piernas, con la misma ternura con la que siempre la ha amado. Cecile gimió bajito al sentir sus dedos deslizarse por su sexo hinchado, ahora con un cuidado reverente.

—Estás temblando… —susurró.

—Estoy exhausta… —respondió ella, apenas audible.

Bruno dejó la toalla a un lado y la abrazó contra su pecho desnudo. Su aroma a madera y piel húmeda la rodeó y por un segundo no hubo culpa, no hubo pasado ni futuro: solo dos personas enamoradas que se encontraban otra vez en medio de la oscuridad.

—Te amo tanto —repitió, esta vez en un suspiro que se quedó atrapado en el cabello de ella.

Cecile cerró los ojos, sintiendo las manos de Bruno recorrer su espalda, sostenerla como si fuera frágil y al mismo tiempo eterna. Afuera, la lluvia empezó a golpear los cristales, lavando el mundo mientras ellos seguían unidos, piel con piel, amor con pecado.

—Ya quiero que seas mi esposa, Cecile —susurró contra su cuello.

Ella cerró los ojos, tragando lágrimas y deseo.

—Yo también…


A miles de kilómetros, en el despacho más alto de un pais extranjero, Lucien era un dios reclinado en su propio altar. El cristal oscuro detrás de él mostraba la ciudad como un océano de luces sumisas, pero nada competía con la perfección de su presencia.

Lucía más delgado que la última vez, pero no por fragilidad; sino por una elegancia cortante que volvía cada línea de su cuerpo una amenaza exquisita. El traje negro a medida abrazaba sus hombros amplios como si fuera parte de su piel. Su cabello, un desorden calculado, caía sobre sus sienes como un pecado diseñado. Era hermoso de forma obscena, peligroso como un veneno envuelto en seda.

El sonido de una notificación rompió el silencio. Un asistente dejó discretamente una carpeta sobre el escritorio, y la pantalla a su lado destelló con el titular de un portal de farándula:

“La pareja más amada: Bruno Riveroll y Cecile Cipriano, vistos cenando juntos en un lugar exclusivo de la ciudad”

Lucien dejó de hojear los documentos de inversión. Sus dedos largos, perfectos, se detuvieron a medio paso de una firma millonaria. La mandíbula se tensó apenas un milímetro, un movimiento tan pequeño como letal.

Se inclinó hacia atrás en su silla de cuero, la sonrisa lenta y peligrosa apareciendo como una sombra. Ese tipo de sonrisa que precedía a una guerra.

—Disfruta lo que te queda de ella, mocoso… —su voz fue baja, tan suave que daba miedo— …porque voy por lo que me pertenece.

El eco de sus palabras quedó flotando en el aire, mezclándose con el perfume caro de madera oscura y el sonido lejano de la lluvia contra los ventanales. Lucien Legrand no era un hombre que perdiera nada. Y Cecile jamás había sido libre de él.