Capitulo 1-Los Monstruos Debajo de la Piel
(Aarón)
Salir de la cárcel es como salir de una tumba y darte cuenta de que el mundo ha seguido sin ti.
Las luces son más brillantes. Los ruidos más agudos. La gente va demasiado deprisa, como si tuvieran miedo de quedarse quietos un segundo y escuchar sus propios pensamientos.
Yo he tenido siete años para escuchar los míos.
Siete putos años para recordar el momento exacto en el que le estampé la cabeza a un chaval contra el suelo de una discoteca. El momento en que escuché un ruido sordo, como romper un melón. Y el silencio que vino después. Nadie gritaba. Nadie se movía. Todo estaba suspendido, como si Dios le hubiera dado al pause.
Tenía veinte. Ahora tengo ventisiente . Y todavía me pregunto si ese chaval alguna vez volvió a escuchar música, o si sigue tumbado en una cama, mirando al techo, sin poder decirle a su madre que tiene sed.
Empiezo las mañanas sudado, incluso en invierno. Me levanto buscando barrotes. Miro alrededor y no hay rejas, pero el aire sigue oliendo a sudor, a miedo, a lejía.
Barcelona está llena de gente y me siento más solo que nunca.
Camino por el Raval, las manos en los bolsillos, evitando miradas. Paso frente a escaparates que reflejan mi sombra alargada. Mido uno noventa, tatuajes, cicatrices... La gente me rodea, se aparta sin mirarme a los ojos.
No me quejo. Prefiero que no me miren. Si me miran demasiado, tarde o temprano ven la jaula detrás de mis pupilas.
A veces me imagino qué pasaría si me cruzara con la familia del chaval al que casi maté. Si me reconocieran. Si me llamaran asesino. Quizá lo soy. No lo sé. Fue un golpe. Uno solo. Pero a veces basta un golpe para cambiarlo todo.
Sigo andando, sin saber muy bien adónde. Intento mantenerme limpio, alejado de broncas, de tentaciones. Me prometí que iba a empezar de cero. Que esta vez sería distinto. Que iba a vivir.
Pero cada vez que escucho una sirena, se me encoge el pecho. Cada vez que alguien me roza el hombro, me giro preparado para golpear.
No sé cómo dejar de ser un animal.
No sé si quiero dejar de serlo.
(Luna)
La mayoría de la gente no sabe qué se siente al vivir con un fantasma que sigue respirando.
Mi hermano está vivo. Técnicamente. Tiene veintiún años y se pasa los días tumbado en una cama, con los ojos fijos en el techo. No habla. No se mueve. Una máquina le dice al mundo que sigue aquí: bip... bip... bip...
Hace siete años, alguien le reventó el cráneo en una pelea de mierda. Desde entonces todo en mi vida se desmoronó.
Mis padres me miran como si yo hubiera sido la culpable. Como si por existir, yo hubiera robado la vida que le faltó a mi hermano. Mamá ya no me abraza. Papá dejó de decir mi nombre. Me llaman “ella” o “la niña” cuando creen que no escucho.
Yo lo escucho todo.
Así que aprendí a callar. A tragarme la culpa. A tatuarme cosas en la piel para no explotar. A llenarme de piercings, a cambiarme el color del pelo cada vez que necesito dejar de ser yo.
Me llamo Luna. Y hace mucho que me convertí en un agujero negro.
Hoy he pasado la tarde sentada en el bordillo de la plaza Salvador Seguí, viendo a unos skaters caerse una y otra vez. Fumo un cigarro detrás de otro, sintiendo la nicotina como pequeños latigazos que me mantienen despierta. Llevo la chaqueta de cuero aunque estamos a treinta grados. Necesito el peso sobre los hombros. Me recuerda que existo.
Un tío se me acerca, con pinta de trapichear cosas. Me mira el escote, me sonríe.
—¿Qué pasa, morena? ¿Te hace algo para volar?
Le sostengo la mirada. Clavada. Inmóvil. Mi voz sale baja.
—Si me tocas, te rajo.
El tío se ríe, pero se larga. No vuelvo a verlo en toda la tarde.
A veces me da por imaginarme a mí misma metiéndome una raya, o dos, o las que hagan falta, para que todo me importe una mierda. Pero no lo hago. No porque sea buena chica. Sino porque sé que si empiezo, no voy a saber parar. Y no quiero acabar como esas chicas que veo en los portales, con la mirada vacía y los brazos llenos de pinchazos.
Prefiero mantenerme jodida, pero consciente.
Miro el móvil. Doce llamadas perdidas de mi madre. Sé lo que quiere. Que vaya al hospital. Que me siente al lado de la cama y le cuente a mi hermano cómo está el mundo ahí fuera. Que finja que somos una familia normal.
No puedo.
No hoy.
Me levanto. Empiezo a caminar por las calles más oscuras del barrio. Olor a meados, a grasa, a cerveza. Bajo la vista para evitar encontrarme con algún cliente que me reconozca. Hace un año, me metí en cosas que prefiero olvidar. Cosas por las que todavía me despierto gritando.
Mi móvil vibra. Mensaje nuevo de Fran. Dónde estás, puta loca? Te estoy buscando.
Fran. El error más grande de mi vida. Un capullo que me hizo sentir protegida... para luego tratarme como basura. Todavía me debe pasta. Y si me ve, me va a pedir algo que no pienso darle.
Apago el móvil. Lo meto en el bolsillo.
Me juro que no volveré a follar con nadie que no sepa pronunciar mi nombre sin escupirlo.
(Aarón)
Estoy sentado en las gradas del MACBA, viendo a un par de chavales intentando saltar con el skate por unas escaleras. Me recuerdan a mí cuando tenía trece años, antes de convertirme en un monstruo.
Unos turistas me piden que les haga una foto. Les sonrío, cojo el móvil, pulso el botón. Les devuelvo el móvil. Y me voy.
Camino sin rumbo, las manos en los bolsillos. Paso frente a un escaparate y me miro. No me reconozco. Los tatuajes en mis antebrazos parecen más oscuros a la luz de los neones. Me veo mayor de lo que soy. Me veo cansado.
Una chica pasa junto a mí, con una chaqueta de cuero. Pelo oscuro, largo, desordenado. Un cigarro entre los labios. La huelo antes de verla bien: tabaco, sudor y algo metálico, como sangre seca. No me mira. Va mirando el suelo, con paso rápido.
Me fijo en el tatuaje que asoma en su cuello. Un diseño negro, retorcido. Me intriga.
Pero me obligo a apartar la vista. No quiero problemas. No quiero líos. No quiero meterme en la vida de nadie más.
Sigo caminando. La dejo atrás.
Aunque algo me dice que debería haberle dicho algo. No sé qué. Pero algo.
(Luna)
Siento que alguien me mira mientras paso por delante de una tienda de cómics. Un tío alto, con camiseta negra, brazos enormes, tatuajes. Tiene una mirada rara, como si estuviera escaneando el mundo en busca de peligro.
Por un segundo, se cruzan nuestros ojos. Y me recorre un escalofrío. No porque me dé miedo. Sino porque durante una milésima de segundo, me da la impresión de que él podría entenderme.
Él parpadea. Aparta la mirada. Sigue caminando.
Y yo sigo andando, apretando los puños, como si algo se me escapara.
(Aarón)
Mientras me alejo, no puedo sacarme de la cabeza a la chica de la chaqueta de cuero. No sé quién es. No sé por qué me ha dado ese vuelco el corazón.
Pero sé que hay algo en sus ojos que se parece demasiado a lo que llevo dentro.
Y, por primera vez en días, me pregunto si tal vez todavía me queda algo por lo que luchar.