¿Donde está mi motero con chupa?
Sara
—¿¡Cómo has dicho!?
Es lo que oigo gritar a Víctor, después de que nuestra familia se haya reunido toda para soltarnos la bomba: nos vamos a casar. Sí, yo, Sara Herrera, hija de inversores en arte, voy a casarme con Víctor Mendoza, el heredero de la cadena hotelera más importante de España: Hoteles Mendoza. ¡Soy la mujer más afortunada de la Tierra! Era mi mayor deseo desde niña… no te haces una idea… ¡Y una mierda! ¿¡En qué puto siglo vivimos!? ¡Se va a casar quien yo me sé!
Víctor se pone en pie tras la noticia y tira la silla al suelo, es un poco dramático. Yo, en cambio, me mantengo recta y quieta como la dama que soy. Es la primera vez que nos vemos en la vida. La primera impresión no va muy bien que digamos: es un chico con el pelo engominado, alto, algo definido, y se le nota a kilómetros que es un niño pijo. Odio a los tíos como él, siempre creyendo que el dinero lo soluciona todo.
Miro a mi izquierda con disimulo, intentando verme como una joven avergonzada y tierna. Me está mirando, y no de una manera agradable. Tiene la frente arrugada y se le dilatan hasta las fosas nasales por la rabia contenida. Es guapo cuando se enfada, pero esto es una pesadilla también para mí. Bajo la mesa, arrugo con los puños mi vestido blanco bien pulcro. Me llega hasta los tobillos y llevo un bonito pañuelo rosa pálido en el cuello. Mientras todos a mi alrededor creen que soy la hija perfecta, con sonrisa en la cara y sumisa como ninguna, yo escondo más secretos que una matrioska.
—¿No vas a decir nada? —¿Me habla a mí? ¡Oh, sí! Es a mí…
Me aclaro la garganta antes de hablar.
—Aceptaré cualquier cosa que mis padres decidan… Estoy muy feliz de saber que me han elegido un buen marido. —¡Qué asco! Que alguien me secuestre o algo. ¿Dónde está el motero buenorro con chupa de cuero que aparece, te tira el casco y te dice “monta, nena”? ¡Yo monto! ¡Joder si monto!— ¿Me disculpáis un momento? Debo ir a empolvarme la nariz…
—Cómo no —suelta irónico—. Tú aceptarías hasta casarte con un viejo si te lo dicen tus padres… —¿acaba de juzgarme?— Qué poca personalidad… —Lo mato. A éste lo mato.
Siento su mirada recorrerme con asco mientras salgo de esa sala privada. Estamos en un restaurante pijo donde la comida es para pitufos. Me muero de hambre, pero he venido preparada. Entro en el baño de señoras cerrando la puerta con suavidad. Me pongo frente al espejo, respiro un par de veces para relajar los nervios. En mi bolso llevo una caja con una hamburguesa con queso de McDonald's. Está a la mitad, porque he comido un poco antes de entrar en este restaurante. Gimo de placer cuando le doy un bocado y lo vuelvo a guardar, abriendo el grifo para lavarme las manos.
Al salir del baño me encuentro de frente a Víctor, quien me mira fijamente sin decir nada. Se le arrugan los ojos, fijándose en un punto concreto de mi cara, y me recorre una descarga en la columna cuando se acerca un paso.
—Sara, ¿verdad? —Ladea la cabeza con interés, dibujando una sonrisa. ¿Quiere pelea?
—Llámame señorita Herrera, por favor —me pongo recta, sonriéndole como me sale.
—Vale, señorita Herrera —pone la voz ronca, acercando su mano a mi cara. Pasa el pulgar por mi mejilla y me lo enseña—. ¿Es salsa? ¿O con lo que os empolváis la nariz las mujeres ahora? —Se me borra la sonrisa de golpe. He olvidado lavarme la cara.
«Como veo que no respondes, no te importará que lo pruebe para saber lo que es, ¿verdad?» —Le sujeto la muñeca para impedirlo y le limpio el dedo con un pañuelo que tengo en el bolso.
¿¡Pero este tío está loco o qué!?
Me voy corriendo de vuelta a la mesa. Es un gilipollas, no hay dudas. Un niño rico gilipollas que casi me hace temblar cuando se ha acercado la salsa a la boca. Contrólate, Sara, esto es lo peor que me puede pasar en la vida, y mira que me han pasado cosas. Entro en la sala sentándome con una sonrisa. Paso mis dedos por la mejilla con disimulo por si aún tengo algo; por suerte estoy limpia. ¿Me ha ayudado? Podría haberlo dejado sin más.
No ha vuelto a la mesa después del encuentro del baño. Supongo que nos hemos cruzado cuando se iba a casa o vete tú a saber. Ya me gustaría a mí salir de este circo también, pero yo no he traído coche.
—Sara —me llama mi futuro suegro, y levanto la mirada del plato—. Nos hace feliz que seas tú la futura mujer de Víctor. —El señor Mendoza me mira, pero no es mi voz la que quiere oír. Sé cómo funciona.
—Sara es una hija modelo. Ha estudiado en las mejores escuelas, es recatada, nunca ha bebido alcohol y, lo mejor… se ha mantenido casta todos estos años. Algo difícil de conseguir con 23… —no me da la risa porque no puedo dejar caer mi máscara aquí, pero me estoy riendo por dentro—. Una familia tan conservadora como la vuestra debe entender el valor de una mujer tan bien criada. —Ale, mi madre ya me ha vendido como a un cerdo, y qué pancha se ha quedado.
La comida sigue esa dinámica absurda. Yo sonrío, finjo que como algo (porque, seamos sinceros, una hamburguesa es mejor que esta pitumierda), mis padres hablan por mí como si no estuviera, me río sin ganas, me suicido mentalmente más de cinco veces: «cojo el tenedor del postre y me lo clavo en la yugular, sangre por todo»; «rompo la botella de vino contra mi cabeza como en las películas y caigo redonda»; ahora algo más surrealista: «me levanto, me subo a la mesa, me engancho en la lámpara que cuelga, giro como una peonza y salgo volando por la ventana». ¿Estoy sonriendo?
Nos levantamos para despedirnos por fin. Se dan las manos y yo hago una reverencia. Ellos son los primeros en irse. Mis padres comentan cuatro cosas mientras yo salgo antes que ellos. En la entrada del restaurante veo a Víctor apoyado en la pared del restaurante. Tiene las manos en los bolsillos y me mira con una sonrisa petulante, que yo ignoro pasando de largo.
—¿No te despides de tu prometido? —¿A este qué le pasa? ¿Quiere pelea? Freno para mirarlo. No soy una maleducada como él—. Después de haberte salvado el culo, me merezco aunque sea un beso…
—Adiós, señor Mendoza —me tiembla el labio por la rabia. ¿Este qué se cree?
Me doy la vuelta entrando en el coche. Mis padres salen poco después, se despiden del cretino y lo veo mirando en mi dirección con esa estúpida sonrisa que me pone los pelos de punta.
El viaje en coche no es más agradable. Mi madre es una pesada y no deja de hablar de los beneficios de esta boda, de todas las propiedades que tendré cuando nos casemos y bla, bla, bla. He desconectado. No quiero oírlo.
Miro mi teléfono bajando del coche y entro en casa, dejando a mi madre con la verborrea. Cuando se pone así no hay quien la aguante ni la frene. Bueno, sí hay alguien. Miro a mi padre de reojo, quien se ha mantenido callado todo el tiempo. Hasta ahora, claro.
—No me gusta ese chico para mi hija, no sabe estar en los sitios. —Me voy porque se avecina discusión y paso de estar en medio. Ya oigo las voces de mi madre de lejos.
Ruby
Nena, te necesito esta noche. Nos ha fallado Carol… porfa, dime que puedes venir.
Leo el mensaje de mi amiga. No contesto. Solo subo a mi habitación y me preparo para desconectar un rato.