Familia…
El sol de mayo abrasaba la carretera. Eran las cuatro de la tarde y el calor se pegaba al asfalto como una promesa de tormenta. Leire se quitó las sandalias y subió los pies al salpicadero, mientras Eloy conducía con las ventanillas bajadas. El aire caliente no refrescaba, pero al menos rompía el silencio del coche.
—¿Cuánto queda para Cáceres? —preguntó ella, jugando con una pulsera de hilo que él le había hecho en Semana Santa.
—Unos setenta kilómetros. Pero... tenemos que parar. Estoy casi en reserva.
—¿Crees que nos llega para repostar?
Eloy la miró de reojo y sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Si pagamos en monedas y rezamos un poco, igual sí.
Pararon en una área de servicio medio vacía. Bajaron del coche como si se tratase de un ritual: él estirándose, ella buscando sombra bajo una marquesina rota. Compraron una botella de agua y compartieron un bocadillo de tortilla. Sentados en el bordillo, hablaron en voz baja.
—Nuestros padres no pueden seguir así —dijo Leire, con la mirada perdida en el horizonte. Tenía la voz cansada—. El otro día mi madre vendió una sortija para poder enviarme dinero.
—Y mi padre ha vuelto a trabajar los fines de semana en el taller de su primo. Tiene sesenta años, Leire.
Ambos guardaron silencio. Se tocaban los dedos, las manos, sin soltarse del todo. Era su manera de sostenerse. Estaban enamorados. De esos amores que pesan tanto como salvan.
Subieron al coche de nuevo, con el depósito a medias y el corazón igual de lleno y de vacío.
Entonces ocurrió.
Un coche oscuro, algo viejo, redujo la velocidad en el arcén. Sin detenerse del todo, un hombre abrió la puerta trasera y empujó a un perro fuera. El animal tropezó, cayó al suelo y, en cuanto el coche arrancó, salió corriendo detrás de él, ladrando desesperado.
—¡Eloy! ¡Síguelo! —gritó Leire, con un nudo en la garganta.
—¿Qué...? ¿Lo ha abandonado?
—¡Dale, corre!
Pisaron el acelerador. El coche del hombre aceleró, pero el perro no se detenía. Corría con todas sus fuerzas. Ladraba, jadeaba. No entendía por qué lo habían dejado. Solo quería volver a su sitio. Solo quería que lo quisieran otra vez.
—¡Pita! ¡Pítale! —gritaba Leire—. ¡Haz que pare!
Eloy pitó. Nada. El coche del hombre se perdió en una curva, dejando una nube de polvo y abandono. El perro siguió corriendo... hasta que cayó.
Se desplomó sobre el asfalto como una toalla mojada. Leire bajó del coche antes de que Eloy frenara del todo. Se arrodilló en el suelo, el calor le abrasaba las rodillas, pero no le importaba.
—Shhh... ya está... ya está... —susurró, acariciando su lomo tembloroso.
El perro la miró, sin fuerza. Estaba cubierto de polvo y sudor, con la lengua fuera, el pecho agitado. Aún así, movió levemente la cola.
En la clínica veterinaria, la sala olía a desinfectante y esperanza. El veterinario, un hombre mayor de manos firmes, les explicó que el perro no tenía chip.
—Se lo arrancaron —dijo, señalando una pequeña herida cicatrizando tras la oreja—. Lo hizo con una cuchilla. Se nota.
—¿Va a vivir? —preguntó Eloy, con la voz tensa.
—Está deshidratado, pero sí. Es joven. Un chucho, pero muy fuerte. Tendrá unos cuatro años.
Salieron a la calle. Se sentaron en el bordillo, esta vez sin bocadillo, sin agua, sin palabras. El sol seguía cayendo con toda su fuerza, pero ellos ya no sentían el calor. Solo el peso de lo que acababan de vivir.
Pasaron unos minutos hasta que Eloy habló:
—No podemos dejarlo.
Leire giró la cabeza lentamente hacia él. Tenía los ojos enrojecidos, pero serenos.
—Claro que no. No pienso hacerlo. No sé cómo lo vamos a conseguir, pero ese perro... —se le quebró un poco la voz—. Ese perro es nuestro ahora.
—¿Estás segura? No tenemos dinero. Apenas nos llega para nosotros, Leire.
—¿Y qué? No somos como ese hombre, Eloy. ¿Lo has visto? Ni siquiera se ha girado. Lo ha lanzado como si fuera una bolsa de basura. Y el pobre... el pobre solo quería volver con él. Aún lo perseguía. Aún lo quería.
Eloy bajó la mirada.
—Ya, pero no podemos vivir solo del amor...
Leire le tomó la mano con fuerza, como si lo sacudiera desde dentro.
—¿Y qué otra cosa tenemos, Eloy? ¿Qué otra cosa tenemos que no sea eso? Amor es lo que nos ha traído hasta aquí. Amor es lo que ha hecho que nos matemos a trabajar, que sigamos estudiando, que aguantemos en un piso sin calefacción. Amor es lo que va a salvarnos. Y a él también.
Él la miró en silencio, asombrado por su fuerza. Ella no temblaba, no dudaba.
—Será nuestro compañero de piso —dijo él, con una sonrisa triste.
—No. Será nuestra familia. No es lo mismo. Este perro va a crecer con nosotros. Vamos a llevarlo a las rutas de senderismo, a los domingos de biblioteca, a la feria del libro, a los descansos de ensayo, a nuestras noches de pizza y manta. Vamos a enseñarle que hay humanos que no abandonan. Que el mundo puede ser otra cosa.
Eloy la miró, conmovido.
—¿Cómo le vamos a llamar?
Leire pensó un segundo y sonrió, por fin, como si algo bueno se hubiera encendido dentro de ella.
—Todavía no lo sé. Pero lo primero que va a aprender será su nombre... y después, que nunca más estará solo.
Y así, en mitad de una carretera polvorienta, bajo el sol inmisericorde de mayo, nació una familia.