Te Necesito

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Summary

Te Necesito ¿Qué pasa cuando sientes que tu vida simplemente se detuvo? Conociste el cielo, probaste la felicidad, sentiste el amor… pero un día, sin previo aviso, todo se fue. Simplemente terminó. ¿Qué sucede después de eso? ¿Cómo vuelves a mirar la vida con entusiasmo? ¿Cómo aprendes a vivir cuando ya no recuerdas cómo hacerlo? Esas son las preguntas que atormentan a Susana. Retomar su vida no es fácil, así que recurre al camino más sencillo: fingir. Fingir que todo está bien, que sigue siendo la hija, hermana, nieta y prima perfecta. Cargar sobre sus hombros las mayores responsabilidades, sumergirse de lleno en su trabajo, intentar —de alguna manera— seguir viviendo. Hasta que un viaje de vacaciones le abre la puerta a una oportunidad inesperada. Demasiado fácil y tentadora para ignorarla. Sin comprometer casi nada… y con mucho por ganar. Ese enigmático hombre habla su mismo idioma, y eso, para Susana, es irresistible.

Status
Ongoing
Chapters
31
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 Accidente

Susanna 

Son apenas las siete de la mañana y estoy atrapada en el caótico tráfico de Nueva York.

—Lo siento, señorita, pero esto es una locura —se disculpa uno de los escoltas que me lleva a la oficina esta mañana. Llevamos al menos cuarenta minutos avanzando a la velocidad de una tortuga coja.

Mi celular vibra otra vez en mis manos. Una de mis asistentes me escribe para avisarme que todo está listo. Me dice que, en la oficina de mi hermano, él y mis tíos ya están reunidos tomando café. Bufo de coraje y desesperación. Hoy es un día importante para mí: se reunirá el consejo completo de la empresa y yo presentaré los números astronómicos que hemos conseguido este año, además de los nuevos planes que Vincent y yo tenemos para la compañía familiar.

Pero aquí estoy, atrapada en esta congestión, sin señales de que vayamos a movernos pronto. Odio llegar tarde; eso se lo dejo a los gemelos.

—Me voy caminando —les digo a los chicos. Ellos se miran y comentan entre sí mientras yo recojo mi maletín y tomo mi chaqueta antes de bajarme del auto.

El calor me golpea de inmediato: es pleno julio y se nota. Camino rápido hasta la acera.

—Susana… —me giro un poco y veo a Vlad, ceñudo, acercándose—. Señorita, por favor, espere por mí.

Le sonrío. Trabaja como escolta de mi familia desde hace mucho tiempo y, cuando tuve la oportunidad de elegir quién me cuidaría, él fue el primero en quien pensé para mi círculo de seguridad.

—Camina más rápido si no quieres quedarte atrás. Estás hecho un viejo, Vlad —le digo sin bajar el ritmo. Él se hace el ofendido, me alcanza y me quita el maletín de la mano.

—Ya quisieras tú estar en la forma física que tengo yo —murmura, haciéndome sonreír.

—Avancemos un poco más para ver si conseguimos un taxi.

Esquivamos a la gente que se cruza en nuestro camino. En realidad, es Vlad quien me guía. Yo tengo los ojos fijos en el celular, dando instrucciones para que todo esté listo cuando llegue. Quiero que todo salga perfecto. Quiero lucirme.

Estoy tan concentrada que apenas escucho a Vlad a lo lejos. Reviso uno de los reportes que voy a presentar cuando…

—¡Susana, cuidado!

Oigo un chirrido de gomas muy cerca y, al mismo tiempo, siento el empujón de Vlad. La mitad de mi cuerpo choca contra el capó de un auto negro. Literalmente quedo con el pecho sobre él. Lo siguiente ocurre en cámara lenta: mi celular se me escapa de las manos, golpea el capó, se desliza hasta caer en la calle… y unos cuatro autos le pasan por encima.

—¡Nooo! ¡No, no, no! —grito. Me incorporo sin apartar la vista del aparato destrozado. Lo necesito como si fuera una extensión de mi cuerpo.

—¿Susana, estás bien? ¡Por Dios, niña, ni se te ocurra! —me advierte Vlad al ver que intento cruzar entre los autos para recuperar lo que queda de mi celular.

Vlad, mi salvador, se encarga —con ayuda del conductor del auto— de recoger los restos.

—¿Se encuentra bien? —pregunta una voz masculina. Me giro y veo a un hombre que acaba de bajar de la parte trasera del auto. Viste un traje oscuro entallado, de esos que se hacen a la medida, como los de mi padre y mi hermano. Lleva la chaqueta desabotonada, gafas oscuras, y se acerca extendiéndome la mano.

—¿Se encuentra bien? —repite. Tiene un acento extraño, creo que podría reconocerlo.

—¿Cómo cree que estoy si casi me atropellan con su auto? —le suelto de corrido y a gritos. Estoy histérica: voy tarde, casi me matan y he perdido uno de mis bienes más preciados, justo cuando más lo necesitaba.

—Usted se interpuso en nuestro camino —responde con calma.

—¡Será cretino! —exclamo, acercándome con claras intenciones de encararlo. El hombre retrocede un paso al ver mi mano agitarse cerca de su cara, pero esa pequeña línea de sonrisa en sus labios me enfurece más. —¡Cómo se atreve! ¡Su auto se atravesó!

—Tranquila, fue tu culpa —dice Vlad, apartándome de él. Me ofendo de inmediato.

—Lo sentimos, caballero. Si me permite su tarjeta, cubriremos los gastos que pudiésemos haber causado a su auto —añade Vlad.

—No hace falta —responde el hombre, mirándolo y luego volviendo a mirarme—. ¿Tiene prisa por llegar a algún lugar, señorita?

No le contesto. Sacudo mi melena, me doy la vuelta y sigo caminando. Recuerdo que tengo un compromiso importante y que estoy perdiendo el tiempo.

Camino hasta el final de la calle, muy cerca de la esquina. Levanto la mano y un taxi amarillo se detiene enseguida. Antes de que pueda abrir la puerta, Vlad lo hace por mí.

—Gracias por esperarme —me dice con sarcasmo.

Un segundo antes de subir, el auto negro pasa a mi lado. El hombre de las gafas baja la ventanilla y me dice:

—Que tenga un buen día, señorita Susana Johnson.

****

Al bajarme del taxi frente al edificio de Johnson Industries, mis dos asistentes salen a mi encuentro. Una de ellas me entrega un pequeño iPad para revisar mis correos. Camino sin apartar la vista de la pantalla y, aun así, no tropiezo con nada. Las puertas del edificio están abiertas para mí; nadie de la recepción intenta detenerme. Avanzo con paso seguro hasta uno de los ascensores privados, detenido por uno de los guardias de seguridad.

—Éxito, niña —me detengo un momento para besar la mejilla de Vlad, que sonríe. Voy a decir algo, pero él me interrumpe: —Ya lo estoy gestionando. En un par de horas, como mucho, tendrás un nuevo aparato.

—Eres el mejor —le digo antes de entrar al ascensor. Las puertas se cierran y observo mi reflejo en el metal. Estoy vestida de manera impecable: falda negra entallada hasta la rodilla, camisa blanca y un largo collar negro. He dejado mi melena suelta, y me favorece.

Unas semanas antes de mi cumpleaños número veintinueve decidí hacerme un cambio: aclaré bastante mi cabello, que siempre había sido negro y liso, como el de mi abuela. Quien me conocía sabía que era su viva imagen en su juventud. Ahora, con los reflejos claros, casi podría decirse que soy rubia. Me gusta: es intimidante y sexy.

—¿Entonces lo confirmo? —escucho a una de mis asistentes, sacándome de mis pensamientos. —Sí, hazlo. Envíame las copias para revisarlas. No des ninguna cifra; eso lo hago yo —respondo. Ella teclea con rapidez. —Encárgate de esto —añado a la otra mientras le paso la chaqueta—, y estate pendiente cuando Vlad traiga mi nuevo celular.

Las dos asienten. El ascensor se detiene y ellas bajan. —En treinta minutos en la sala de conferencias —les digo antes de cerrar las puertas para subir al último piso.

Cuando las puertas se abren, me encuentro con Victoria. Me mira divertida. Es realmente hermosa: morena de cabello castaño, ojos marrones preciosos, alta, esbelta y con un instinto natural para los negocios. Es abogada y una de las personas en las que más confío. Nos conocemos desde niñas y es parte esencial de mi familia inmediata. Firmó un contrato de cinco años con la empresa; ya vamos por el segundo y no quiero que se vaya. Sé que tiene sus propios sueños y metas, pero soy egoísta: haré lo posible por retenerla.

—¿Susana Johnson llegando tarde? —se burla. —No me jodas, Vicky —le suelto. —Qué mal hablada, señorita —dice con fingida indignación, haciéndome reír. Ella es una de las mujeres más mal habladas que conozco.

—¿A dónde vas? —le pregunto al verla entrar al ascensor. —Solo subí a saludarte y hacer tiempo para que llegaras. Tengo una reunión en veinte minutos. —¿No me digas que soy la última en llegar? —pregunto alarmada. —No, faltan los hermanos Castillo, pero que hayas llegado después que los gemelos… eso sí es grave —responde, riendo a carcajadas al ver mi cara de horror.

Camino hacia la sala de conferencias. Al abrir las puertas, me encuentro con el consejo de Johnson Industries. Todos hablan y sonríen. El consejo lo integran miembros de mi familia: el centro de mi vida, todos reunidos en un solo lugar.

A un lado, mi tío Oliver se ríe con fuerza mientras mi tía Lila seca una lágrima de los ojos, aparentemente por algo que dijo mi padre. Cerca de ellos están mi hermano Vincent, Max y Mark, mis primos, hablando los tres a la vez hasta que mi hermano los hace callar. Muy cerca se encuentra mi cuñada Astrid, con cara de aburrimiento. No le gusta este tipo de reuniones familiares en las que todos hablamos al mismo tiempo. Siempre me pregunto cómo fue que Vincent terminó casándose con una mujer tan… sosa.

—Mi Susana —esa voz ilumina mi día. Mi abuelo Patrick está aquí. Ya casi no sale de casa, así que su presencia me alegra y me pone nerviosa. Me abrazo a él y me embriago de su cariño. —Mi querida Susana —susurra.

En un momento, todos se acercan. Mis primos se burlan porque llegaron antes que yo. Mi tío Oliver me da un apretón y mi tía Lila me guiña un ojo antes de ir a sentarse junto a mi abuelo.

—¿Estás bien? —mi padre me toma de las manos y las besa. Ese gesto, según él, significa que está a mis pies. Solo lo hace con mi madre, mi abuela y conmigo. —Lo siento, papá. Él niega con la cabeza y me regala su hermosa sonrisa, que me tranquiliza al instante. Marcus Johnson es todo un seductor. Aunque soy su hija, no soy inmune a su encanto. —Todo está bien —dice, besándome la mejilla, antes de ir a sentarse a la cabecera de la mesa. Él es el presidente, pero sabe que pronto deberá pasarnos el baton, como mi abuelo lo hizo con él. Nos prepara con paciencia. Amo sus consejos y la manera en que lidera las reuniones. Lo amo y lo admiro a partes iguales.

—¿Lista? —me pregunta Vincent. —Siempre. —Aquí llegan los que faltaban.

Patricia Castillo es la primera en entrar. Lleva el uniforme azul del hospital y una chaqueta de cuero negra. Sus enormes gafas oscuras no logran restarle fuerza a su presencia. Su cuerpo —o su lienzo, como lo llama ella— está cubierto de tatuajes visibles. Ya ni recuerda cuántos tiene. Lo combina con su corte de cabello rapado a los lados y más largo en el centro. Es alegre, desinhibida y brutalmente honesta. —Café, necesito mucho café. Estuve de guardia, así que perdóname si me duermo —me dice, dándome un beso antes de dirigirse a la mesa del café.

—Terminemos con esto —es el saludo de Lucas. —Tengo un millón de cosas que hacer —añade. Igual que su hermana, me besa la mejilla y le da una palmada en la espalda a Vincent. Lucas es… Lucas.

Todos toman asiento, menos Vincent y yo. Nos mantenemos de pie. Mi padre nos observa orgulloso. Sé que le cuesta iniciar la reunión. —Hace mucho, mucho tiempo que me hice cargo de la compañía de mi padre. La saqué de la inestabilidad en la que se encontraba —dice mi abuelo, despacio pero con firmeza—. Pero realmente creció cuando mis hijos, en medio de una economía hecha pedazos, la llevaron al siguiente nivel. Y aquí estamos… ya hace treinta años de aquello, y Dios me permite ver el siguiente cambio, lo próximo. Vamos, hijos míos, comiencen.

Aclaro mi garganta para no echarme a llorar. Mi tía ya lo hace, y Patricia se seca un ojo con disimulo.

—Este año ha sido un reto, pero muy, muy productivo —empieza Vincent, hablando de nuestro crecimiento y logros. Está en su elemento; sé que será un gran sucesor de mi padre.

Yo tomo la palabra para hablar de los nuevos planes, las metas y dónde nos vemos en diez años. Mi padre y mis tíos nos hacen preguntas, quizá intentando ponernos nerviosos, pero no lo consiguen. Vincent y yo formamos un gran equipo. Sabemos de lo que hablamos.

****

La reunión fue todo un éxito. Me siento complacida y me encanta ver a mi hermano tan animado; esto es lo que él siempre ha querido hacer. Por mi parte… no lo sé. Siempre me he preparado para esto: liderar la compañía, seguir los pasos de mi padre. No era lo que imaginaba hacer con mi vida, pero eso cambió hace tres años.

Todos comienzan a despedirse y a salir de la sala de conferencias. Son las once de la mañana y mi agenda sigue cargada para lo que queda del día.

—¿Almorzamos juntas? —pregunta Patricia. Niego con la cabeza mientras recojo unas carpetas esparcidas sobre la mesa. —No puedo, tengo una reunión internacional. ¿Cenamos? —Tengo guardia esta noche también. Me están exprimiendo, saben que me iré de vacaciones por un mes. ¿Nos iremos juntas? —Sí. Tú, Victoria y yo. Una semana en Santorini; ya lo tengo todo listo.

Voy a la boda de unos amigos y me llevaré a mis dos primas conmigo. Las necesitaré; será difícil enfrentarme a ciertas personas.

Bajo en el ascensor con Patricia, nos despedimos y yo camino a mi oficina. El resto del día pasa en un pestañeo. El teléfono suena. —Vete a casa —me dice Vincent. —Ya estoy recogiendo. Quiero adelantar lo más posible para irme tranquila a Berlín.

En dos semanas viajaré a Alemania para cerrar negocios, reunirme con posibles socios y crear nuevas alianzas que serán muy productivas… tanto para la empresa como para unos planes que tengo en mente. —Intenta no hundir las cosas mientras no esté. —Sí, claro. Avísame si necesitas algo.

Cuelgo, recojo mis cosas y mi nuevo celular. Camino hacia el ascensor; ya no hay nadie en la oficina. Los cubículos están vacíos, la luz es tenue y el sonido de mis tacones resuena en el lobby. Uno de los guardias se levanta al verme pasar; le deseo buenas noches y salgo. Afuera hace un calor de los mil demonios.

Mi auto me espera con la puerta abierta. Me detengo un momento para contestar rápido un mensaje a mi madre, disculpándome por no ir a cenar con ellos. Estoy agotada y solo quiero un rato para mí.

Entonces lo veo: un hombre, a unos cincuenta pasos, me observa. Alto, de cabello negro. No logro distinguir su rostro por la distancia, pero su mirada me atraviesa. Y, por alguna razón, me gusta. Para estar segura, miro alrededor y luego vuelvo a buscarlo con la vista. Él se lleva las manos al pecho.

—¿Nos conocemos? —le grito. Niega con la cabeza, y eso solo aumenta mi intriga. Doy unos pasos hacia él.

—Susana, no sé qué piensas hacer, pero estoy seguro de que es peligroso. Súbete al auto —me ordena Vlad, tomándome del codo para guiarme. —¿Lo viste? —Claro que lo vi. Ha estado ahí desde antes de que salieras. Sabes que eso es peligroso, niña. Es como si en todos estos años no te hubiera enseñado nada —me dice, molesto.

Entro en el auto. Busco al hombre con la mirada… pero ya no está. En su lugar, una gran camioneta negra se incorpora al tráfico. Me muero de curiosidad. Podría pedirles a los chicos que lo sigan… pero, ¿qué me pasa? Debo de estar perdiendo la cabeza.